Otra ronda de pizza con champagne. Acerca de un posible Plan Melconián, el retorno de los ‘90 y la calesita argentina

en Aromo/El Aromo n° 120/Novedades

Ante la debacle, se gesta un consenso como el de los ’90. Milei-Espert vienen a cumplir el rol de heraldos como hiciera en su momento Alsogaray, mientras Melconian se prueba el traje de Cavallo impulsado por el capital productivo más concentrado. Pero las reformas en ciernes no van a resolver los problemas de fondo de la economía argentina. Serán más sangre, sudor y lágrimas… para nada.

Eduardo Sartelli

Damián Bil

OME – CEICS

En las últimas semanas, Carlos Melconian regresó a la palestra por una situación particular: la propia Fundación Mediterránea lo convocó no solo para dirigir el IERAL (el Centro de Estudios o think tank de la entidad), sino para diseñar un plan económico de cara a la próxima administración del ejecutivo desde 2023 1, si es que la realidad no fuerza a otra cosa antes.

A decir verdad, para ser un personaje que es consultado asiduamente, su aparición pasó algo desapercibida en los grandes titulares de los medios. No obstante, su intervención no debería ser menospreciada. Al contrario, expresa la intención del sector más concentrado de la burguesía industrial argentina, bajo el comando de Arcor, la única empresa argentina “productiva” con algún valor real, merced a su capacidad competitiva en el mercado internacional, de intervenir para diseñar un escenario específico en medio de la gestación de un nuevo consenso económico y político. En ese sentido, proponemos revisar qué puntos podría contemplar un plan de tal tipo.

La Fundación Mediterránea y el retorno al noventismo

La Fundación Mediterránea (FM) se fundó en 1977, por iniciativa de Piero Astori (construcción), Fulvio Pagani (Arcor) y Pedro Venturi. Uno de sus objetivos centrales fue la creación del Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) 2, con el fin de desarrollar actividades de investigación y diseño de programas para intervenir en la situación nacional. Allí se destacó en su dirección Domingo Cavallo, uno de sus intelectuales orgánicos fundamentales, cuya formación en los Estados Unidos fue íntegramente financiada por la institución. Recordemos que este personaje, que participó de varios gobiernos en distintos roles de la función pública, comandó desde el Ministerio de Economía el proceso que se conoció como “Convertibilidad” durante la década de los ’90. Este período de ajuste estuvo precedido por la acotada esperanza alfonsinista, donde se produjo una leve recuperación de indicadores como el salario real, una leve reducción de la inflación y del desempleo luego de la crisis de 1982. No obstante, la ilusión duró apenas unos pocos años: pronto, la inflación volvió a trepar a 3 dígitos anuales, mientras que el salario real en 1988 había perdido un 30% del poder adquisitivo que tenía en 1984. De ahí la formulación, en 1988, de (otro más) plan de estabilización conocido como “Plan Primavera”. El paquete de marras resultó inútil para torcer el avance de la crisis, que explotó con la hiperinflación de 1989-91, una caída brutal del salario (en 1989 fue casi la mitad que el de 1984), y un aumento exponencial de los niveles de pobreza (de 4,8 millones de personas en 1985 a 13 millones en 1990), para señalar solo algunos indicadores.

En este marco, luego del ajuste propiciado por la misma realidad, el menemismo representó el impulso de lo que hemos denominado en ocasiones como programa desarrollista liberal. En otras palabras, en medio de una crisis fenomenal y luego de un ajuste bestial, la imposición de la agenda de la burguesía industrial más concentrada: privatización de empresas públicas, deficitarias y socialmente desacreditadas, que habían funcionado a pérdida conteniendo población sobrante para el capital; estabilización monetaria a partir de la institución de un nuevo signo y fijación de un tipo de cambio sobrevaluado con el engrosamiento de reservas por un endeudamiento masivo; flexibilización laboral y del comercio exterior; reforma fiscal; entre varias otras. Estas políticas, que aparecen en el discurso “progre” como impulsadas por las grandes finanzas y el capital extranjero contra los verdaderos intereses nacionales, son en realidad exigencias de la gran burguesía industrial nacional, en un momento en el cual la magnitud de la crisis no permite la existencia de tantos capitales en el mercado. En ese contexto, algunos recordarán que en las transformaciones de aquellos años jugó un papel relevante la machacona prédica de Álvaro Alsogaray, rol que hoy viene a cumplir el arco Milei-Espert.

Una agenda económica en busca de un candidato

La Argentina está quebrada. El Banco Central se encuentra prácticamente sin reservas líquidas para, por ejemplo, intervenir en el mercado cambiario para contener la devaluación o asegurar importaciones vitales para la producción. Si bien la estadística oficial muestra que al 10 de diciembre el BCRA contaba con casi 42.000 millones de dólares en reservas brutas, muy poco de este monto es utilizable para instrumentar política económica, ya que la mayor parte corresponde a swaps con otros países o instituciones financieras (China o el Banco Basilea), encajes bancarios, oro y los denominados DEG (Derechos Especiales de Giro). En consecuencia, según algunos analistas, las reservas realmente utilizables por la autoridad monetaria se encuentran por debajo de los 3.000 millones de dólares o incluso en valores negativos 3. Por otra parte, la inflación no cede: acumula en cifras oficiales un 45% en lo que va de 2021 y, medida en términos de doce meses (noviembre de 2021 versus mismo mes de 2020) trepa al 51,2% 4. Mientras tanto, la brecha entre el dólar oficial y el paralelo sigue muy elevada, llegando en los últimos días al 82%. El déficit fiscal, aunque se redujo en términos del PBI por el ajuste de Guzmán, alcanzó a octubre los 349 mil millones de pesos, mientras el financiero fue de casi 910.400 mil millones 5. ¿Y qué decir de los ingresos de la masa de la población? Desde 2014 hay un deterioro sensible de los salarios, profundizado en estos dos últimos años: en 2020, el poder adquisitivo del salario promedio registrado fue un 18% menor que el del 2017, y durante el presente año, con casi todas las restricciones de la pandemia ya en el pasado y cierta recuperación de la actividad frente al desastre del año pasado, es un 23,4% menor que el de 2020 6. Vale agregar que este proceso se puede constatar, con vaivenes, desde comienzos de siglo. Ya señalamos cómo ese fenómeno de pulverización del salario en los últimos veinte años se refleja en la relación entre los ingresos obreros y uno de los bienes tradicionales de la canasta alimenticia argentina: la carne. Mientras que en lo más agudo de la crisis de comienzos de siglo (marzo de 2002) con un salario promedio de trabajador registrado se podían comprar 233 kilos de carne promedio de cortes de cierta calidad, en marzo de 2021 solo 118 (casi la mitad).

En este panorama crítico, se va gestando un consenso, como ocurrió hacia fines de los ’80. En aquel entonces, la crisis y la prédica de personajes como Alsogaray, entre otros factores, dieron como resultado un rechazo masivo al “estatismo” y sentaron las condiciones políticas para las privatizaciones, y para la llegada de Cavallo al ministerio de Economía. Hoy, volvemos a presenciar un proceso de características similares. Es decir, la construcción de un consenso político-ideológico, de características liberales, imponiendo la convicción en las fuerzas políticas y en la población de que algo, en apariencia radical, hay que hacer con la situación. Por eso, el papel que se le otorga a figuras marginales como Milei o Espert, quienes en los últimos tiempos (sobre todo el primero) tuvieron bastante más presencia en los medios que otros candidatos. Estos personajes vienen a representar el papel que cumpliera en su momento el líder de la UCeDé. O sea, alguien que mete miedo y prepara el terreno para que se produzcan las transformaciones en cuestión. No será la opción más extrema, que corporiza la barbarie libertaria estilo Milei (aunque, siguiendo la máxima del extinto diputado radical Baglini, comenzó a moderar su discurso luego de las elecciones), pero sí una variante realizable. Por eso, como Cavallo a comienzos de la década de 1990, desde hace un tiempo Melconián se posiciona en ese lugar. Si bien el personaje aparece de manera asidua en los medios de comunicación como analista, ahora nos encontramos con algo más profundo: como ocurrió con el cordobés ministro de Menem, la burguesía más concentrada lo ungió como su candidato para manejar las riendas de la economía.

Dentro del consenso que se conforma en los círculos políticos, luego del espaldarazo de los últimos comicios de medio término, se pueden establecer algunos puntos que son más que probable integren una agenda de plan económico. Entre ellos, se encuentran el acuerdo con el FMI, que permitiría destrabar el acceso a futuros flujos de endeudamiento externo. En segundo término, la reducción del déficit fiscal y del gasto público. Es decir, los planes de incentivo al consumo, al estilo “Plan Platita”, deben ser restringidos. Aquí se inserta, entre otros elementos, el discurso acerca de acabar con la cultura de los planes y generar trabajo genuino en el sector privado. Y este ítem no es algo que solamente enarbola la oposición, sino también el propio oficialismo, que sancionó una medida que busca generar incentivos para la contratación en el sector privado de los beneficiarios de planes 7. Dentro del achicamiento del gasto, se encuentra el problema de los subsidios y las tarifas de los servicios, tema que se debate hace años con medidas de distinto efecto. Ahora, ya está bajo discusión la “segmentación” de las tarifas, que en el fondo es un retiro de subsidios y un consecuente aumento de los precios directos para los usuarios 8. En ese aspecto, una posible reforma impositiva más general es un elemento que sobrevuela de manera constante, en todos los procesos de dificultades (incluso es una recomendación del FMI), donde el discurso de la generación de un sistema más equitativo esconde en realidad mayores cargas sobre el bolsillo de los sectores de la clase obrera en mejores condiciones.

La reforma laboral también está en el horizonte. De hecho, ya hubo debates sobre la posibilidad de eliminar la indemnización y reemplazarla por un “seguro”. La crítica a la “industria del juicio” busca en realidad presionar para ir hacia un sistema estilo yanqui, con una mayor flexibilidad del mercado laboral. En otras palabras, la libertad para contratar y despedir sin costos para el patrón y la reducción de diversas cargas laborales. La tercera de las “R”, la reforma jubilatoria, también es un elemento que el propio Melconian señaló en más de una ocasión. Con el brutal ajuste que el gobierno de los Fernández aplicó sobre las jubilaciones ni bien asumió, el tema pasó momentáneamente a un segundo plano en el debate, pero no deja de estar en la agenda de las distintas fracciones de la burguesía.

Otro punto es el combate a la inflación. Melconian declaró que el gobierno es “socio” de la inflación, ya que mediante la misma ajusta salarios, licúa el gasto público y actualiza recaudación 9. Aunque también es cierto que una inflación como la de nuestro país, que no baja del 40% anual en los últimos tres años, no permite ninguna actividad económica normal. Relacionado a esto último, la reforma monetaria. A este paso, el peso va camino a repetir la historia de las anteriores monedas argentinas, pulverizadas por el tándem devaluación – inflación. La propuesta de dolarizar la economía no es viable para buena parte de la burguesía, ya que sería comprarse un grillete, debido a que queda atada a la dinámica de otra estructura (similar a lo que ocurre con las economías menos eficientes de la Zona Euro, por ejemplo). La moneda propia permite devaluar, establecer políticas diversas para beneficio propio, etc. Pero sin duda hay que ordenar la situación actual.

Lo mismo, pero peor…

Como observamos, varios de los elementos reseñados que aparecen sobre la mesa para un posible plan económico “de estabilización” ya están siendo avanzados por el gobierno. Prácticamente todo el arco burgués exige recomponer las condiciones de acumulación, puesto que en la situación actual la dificultad para hacer negocios rentables es evidente. La aparición en primera plana de los capitales más concentrados, por la vía de uno de sus think tank más importantes (la FM), pone de relieve la magnitud de la crisis y el ajuste que se precisa: aquí, dirían, hay que ajustar las condiciones de vida de las masas por diversos mecanismos, reducir los gastos del Estado y desplazar capitales inútiles, como forma de renovar la dinámica al capitalismo argentino.

Esto puede darle aire por un tiempo a la economía, y relanzar la acumulación en el país. Pero es una película que ya vimos. Es lo típico de la vida política y económica desde hace setenta años. La Argentina vive desde (por lo menos) finales de la década de 1940 y comienzos de la de 1950 un espiral de ciclos donde se suceden fases de expansión y de ajuste de manera continuada. Estas fases se encuentran divididas por una crisis profunda, producto de las limitaciones del capitalismo argentino que producen su colapso periódico. Imposibilitado de desarrollar las fuerzas productivas en términos del mercado mundial, se abre paso al ajuste (a partir de los famosos “planes de estabilización”). En el mismo, se procede a ordenar variables luego de que la propia realidad las adaptó al fenómeno de achicamiento de la economía argentina. Podríamos remitirnos a la etapa de expansión 1946-48, rápidamente cerrada en una espiral inflacionaria, recesión y agotamiento de divisas desde 1949, que desembocan en el plan de estabilización peronista de Cereijo-Gómez Morales en 1952 10. O de la moderada expansión de 1957-58 a la debacle que lleva al Plan de Estabilización y Desarrollo de Frondizi (ideado por el ministro Del Carril y por Rogelio Frigerio) y al famoso “hay que pasar el invierno” de Álvaro Alsogaray (pocos meses después Ministro de Economía). Quizás también al aparente despegue de 1964-65, interrumpido abruptamente por otra desaceleración económica y un nuevo plan a cargo de Adalbert Krieger Vasena, ya bajo el gobierno militar de Onganía. Poco después, tenemos el veranito del tercer gobierno peronista en 1974, con el récord de exportaciones manufactureras que hizo (y aún hoy es interpretado así de manera errónea) pensar a muchos académicos que la Argentina podía romper su carácter agroexportador y sumarse al concierto de países con cierto peso de la industria no agraria a nivel mundial. Pero al año siguiente, otra vez el derrumbe: crisis, deterioro de indicadores y “Rodrigazo”, con una fuerte devaluación y aumentos de tarifas, escalada inflacionaria y topes salariales. Posteriormente, la dictadura militar anunciando que los argentinos somos derechos y humanos, hasta una nueva crisis en 1981-82, con una caída salarial de más del 20% en relación a 1980 y una duplicación de la tasa de desempleo. Ya mencionamos la etapa alfonsinista, con la ilusión en que la democracia permitiría comer, educar y sanar; hasta que la coyuntura de 1988-1989 mostró la realidad, con los saqueos y salida anticipada de Alfonsín. Luego, plan de Convertibilidad, el “uno a uno”, la supuesta entrada en el Primer Mundo y el cohete a la estratósfera. Y un nuevo colapso, con la crisis de 2001-02, con una desocupación oficial de casi el 23% (el doble que en 1994), devaluación de más del 40%, una pérdida salarial del 36% en relación al año ’95, y una población con 55% de pobres (más de 20,7 millones de personas). Luego del ajuste de Lavagna, los Kirchner prometieron un “nuevo modelo productivo”, pero la plata de la soja solo sirvió para situar los indicadores al nivel de los ’90, sin transformaciones estructurales a pesar del relato. Una nueva crisis, con su primer aviso en 2009 y la recesión abierta desde 2012-13, derivó en otro capítulo de esta historia con el gradualismo macrista y su endeudamiento masivo, hasta la debacle de 2018-19. Y ahora, nos aprestamos a comenzar el juego otra vez.

Como observamos, la calesita gira sin solución de continuidad desde hace siete décadas. Períodos de aparente expansión y supuesto derribo de las barreras para el despegue económico, hasta que una nueva crisis pone en evidencia las limitaciones estructurales del capitalismo en Argentina. Las salidas, con sus consiguientes planes de ajuste, abren un período de recuperación, pero solo en relación al peor momento del desplome. Como reseñamos, esas “recuperaciones” reordenan los indicadores económicos y sociales siempre un escalón debajo de la etapa previa de expansión. En esa vuelta de carrusel, la sociedad argentina se ilusiona con la posibilidad de ser otra cosa sin cambiar la estructura y, peor aún, se acostumbra a la constante degradación de sus condiciones de vida. Desde mediados de la década del ’50, la Argentina no puede sostener todo el volumen de vida social al que dio origen en su expansión económica previa. Por eso la estructura reacciona, reduciendo las capacidades vitales de su población trabajadora. Así se entiende la creciente miseria, degradación de la vida, desocupación, delincuencia, entre otras calamidades. Cada ajuste de los reseñados le otorga un poco de sobrevida al capitalismo argentino, pero no resuelve su problema de fondo, y pronto volvemos al carrusel. En este sentido, el ajuste (que vale aclarar, está en marcha hace años) y un futuro plan de estabilización, asuma la forma que asuma, va a ser más de lo mismo. La solución es sacarse de encima al elemento retardatario de la estructura social argentina, la burguesía, que un estado obrero centralice la riqueza y los medios productivos, y resuelva de manera eficiente la asignación de recursos en sectores claves que permitan darle una dinámica virtuosa al país. Socialismo.

Notas

  1. Infobae, 2/12/21, https://tinyurl.com/2p8tah7c
  2. IERAL, Orígenes y Objetivos (sitio web), https://tinyurl.com/yc2sr884
  3. Ver “Cierre contra reloj con el FMI: cuántos dólares quedan”, canal de youtube de Maxi Montenegro, 12/12/21; e Iprofesional, 9/11/21, https://tinyurl.com/3h66hhv6
  4. Índice de Precios al Consumidor, vol. 5, n° 38, INDEC, noviembre de 2021. https://tinyurl.com/5cjwpu23
  5. En base a información de la Oficina Nacional de Presupuesto, https://tinyurl.com/2p952x6w
  6. En base a Remuneración Imponible promedio de los trabajadores estables (RIPTE), Secretaría de Seguridad Social, octubre de 2021, https://tinyurl.com/ycksx5ha
  7. Télam, 19/10/21, https://tinyurl.com/52ta54zf
  8. Ecojournal, 16/12/21, https://tinyurl.com/yc5xfjus
  9. Perfil, 10/12/21, https://tinyurl.com/2zwcjzk2
  10. Para un detallado análisis de la situación económica bajo el peronismo, ver Kabat, Marina: PerónLeaks. Una re-lectura del peronismo a partir de sus documentos secretos 1943-1955, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2017. Capítulo 2.

1 Comentario

  1. Muy interesante y conincido casi plenamente en lo que ud dice. Pero la solución no es el socialismo. Es la tercera posición que decía el general, pero bien aplicada. Los alemanes le dicen capitalismo social. Un estado posibilitador: que el trabajador gane 1500 euros al mes, decidiendo él lo que quiera. Clubes de campo, vacaciones, hijos universitarios, todo lo que relacionamos a una buena vida. Esto es posible sin flexibilidad laboral descarnada ni ajuste, se necesita estado de derecho, que los chicos no mueran a manos de la policía, que al trabajador no lo ajusten por inflación o con corralito, que no haya más prebendas políticas/empresariales, que no haya más corrupción y justicia de verdad. Si solucionamos eso, en seis meses el país sale adelante. Habría un aumento de la productividad porque no se malgastarían recursos. Se acaba la inflación y el peso se revalúa si los 200mil millones de dólares que se fugaron (algunos dicen 400mil) esta en cuentas bancarias para financiar inversiones, basta de robar, es el eterno dilema del prisionero. Necesitamos la tercera posición con estado de derecho. Esto traerá justicia social y nos sacará se la pobreza. Implementemos el capitalismo social en nuestro país, es posible. Saludos cordiales

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