Editorial: Abrir los ojos y enfrentar la barbarie

en Aromo/El Aromo n° 111/Novedades

Para gran parte del arco político este momento es una reedición del enfrentamiento entre las políticas neoliberales y las políticas progresistas o estatistas. Pero quizás sea el momento final de esa oposición de políticas que abre paso a la discusión entre los modos de organizar la sociedad, la oposición entre sistemas. Seguir con el capitalismo que nos trajo hasta esta situación, o comenzar a marchar hacia el socialismo.

Ricardo Maldonado

Editor Responsable

¿Cuál es el problema principal?

Una de las principales razones de la peligrosidad del coronavirus es nuestro desconocimiento. Desconocemos como fabricar una vacuna y desconocemos muchas de sus particularidades. Por la misma razón nos preocupa desconocer que va a suceder con nuestra vida, nuestros trabajos, nuestros ingresos, nuestro futuro. En primer lugar, tratemos de conocer al gobierno.

La demora para tomar medidas frente a un problema que afectaba a países enteros, fue la demora en aceptar restringir los negocios para cuidar la salud obrera, la salud de la mayoría. “El virus no llega” decía el ministro de salud y un par de semanas más tarde el virus ingresaba tranquilamente por Ezeiza sin que le revisen el equipaje. Si es correcto, y lo es, que Catamarca esté en cuarentena sin haber tenido ningún caso, la espera a tener casos al interior de nuestro país para cerrar las fronteras fue un crimen. Son improvisados, si, pero ese no es el principal problema.

En campaña se repartió promesas a diestra y siniestra, como la altisonante de “apenas asuma subo el 20% las jubilaciones” y apenas asumieron les pegaron un sablazo a las mismas. O, ya durante la cuarentena, la queja a Rocca por los despidos fue seguida de la firma inmediata de un decreto que los permite. Mienten, si, pero ese no es el principal problema.

Decretada de manera imprevista, o sea improvisada, la cuarentena el día 20, el miércoles 25, el primer día hábil, ningún plan previó la organización de los flujos de acceso a la ciudad de Buenos Aires, trabajadores de salud tardan varias horas en llegar a los trabajos. Las aglomeraciones en el pago a los jubilados vuelven a mostrarlo. En un viernes infernal se amontona a la población de riesgo en una ruleta rusa bancaria. Luego se les endilga permanecer atados a viejas costumbres. Al comienzo los maestros deben ir a los colegios, pero no los niños, luego el rechazo de los docentes evidencia que esa presencia contradice la cuarentena y se promueven clases virtuales que se hunden por la falta de medios. No es un gobierno integrado por inoperantes, es un gobierno patronal, eficiente, pero para servir a otra clase. Eso obliga a la ubicuidad de Fernández que, al aparecer, como el garante de todas las correcciones, es también el responsable de todos los fiascos. Cometen torpezas, si, pero ese no es el principal problema.

Lo mismo sucede con las compras de alimentos y barbijos, a primera vista parece un problema de corrupción (y claramente lo es) pero más a fondo nos encontramos con la manifestación de una manera de concebir la vida social: la vida la organiza el mercado. ¿Por qué pagan caros los gobiernos? Porque el mercado manda (“se plantaron” dijo Arroyo) y el mercado les impone condiciones. Solo porque nos encontramos en una situación límite, y esta vez lo usual pareció una provocación, se dio marcha atrás. Pero nos sirvió para ver quién manda y quién obedece. Se reculó un poco, pero sin cambiar la forma en que se organiza la vida. Son corruptos, si, pero ese no es el principal problema.

La cuarentena ha conformado en principio una gran unidad nacional para seguir al flautista de Hamelin. Los titubeos iniciales de Fernández han quedado a cubierto con la aparición de la pandemia, desde marzo esos malos pasos fueron disimulados por nuestros temores: es lógico que se desee (hasta la negación) que el gobierno acierte, porque se teme que de lo contrario nos hundiremos. No es extraño que así sea, ante una gran amenaza la reacción inicial y natural es la unidad para enfrentarla. Toda catástrofe genera un abroquelamiento automático. Desde el gobierno, sea el que sea, se estimula ese sentimiento que podemos resumir en que “ahora no es el momento de críticas y cambios”. El apoyo actual del gobierno de Fernández se debe a que, aunque tarde, impuso una medida necesaria. Y se debe en segundo lugar a la expectativa por la promesa de medidas que parecen aportar soluciones, pero están preparando problemas. En tercer lugar, porque la disputas inter burguesas pasaron a un plano sordo. La del kirchnerismo con el fernandismo, se juega en el protagonismo de Alberto contrastando con el borramiento de Cristina. Pero, como todo sacudón profundo, la pandemia cataliza la crisis económica de manera que se reorganizan los frentes. La burguesía argentina y mundial se encuentra dividida en este momento entre abrir la economía y pagar el costo humano y social, o mantener las actividades restringidas y profundizar la recesión. Los capitalistas se ubican a uno y otro lado de esta nueva grieta, no movidos por su sensibilidad humana, sino por las posibilidades que les ofrece cada uno de los planes. Entre los políticos, los que cargan con conglomerados que son una bomba de tiempo social, se inclinan a la apertura, mientras que los que se apoyan en una base socialmente más sólida se inclinan por las restricciones. Larreta parece el vice de Alberto, y Kicillof un disidente tibio. Las internas y algo de la vieja grieta existen, si, pero ese no es el principal problema.

Hacer eje en la vieja grieta, en la torpeza, la corrupción o la improvisación es decir una verdad, pero una verdad de segundo orden. Ocultan lo que realmente debemos abordar para anticiparnos y enfrentar el futuro.

¿Entonces qué viene?

Dejemos de lado las ilusiones basadas en los cambios subjetivos. Ninguna catástrofe cambia por si misma al conjunto social ni para un lado ni para otro. Sobre todo, porque no son la salud ni la enfermedad las que organizan la vida social, sino la vida social la que organiza, distribuye e, incluso, alienta o contiene, la enfermedad.

Evitemos la falsa polarización entre “esto va sacar lo mejor de nosotros” y “esto va exponer lo peor de la humanidad”. Basta con taparse un ojo para sumarse al rebaño de los que ven media realidad. Señalando el esfuerzo de innumerables trabajadores que sostienen las condiciones mínimas de funcionamiento de la sociedad, en el aplauso persistente que les brindan los vecinos, se afirma el sentimiento de comunión que es el lado alentador de las catástrofes. U observando a los especuladores, los vecinos que increpan o golpean a los laburantes que vuelven a sus casas porque consideran que los ponen en riesgo, los que confunden cuarentena con vacaciones, que dan pie a los afirman que la situación expresa el estado terminal de nuestra conciencia social. El sueño del virus (o cualquier acontecimiento exterior) como catalizador moral, tan profundamente religioso, es un sueño absurdo. Los malos seguirán siendo más o menos malos, los buenos más o menos buenos, y no será el Covid-19 el que cambie el balance general del mundo. Quizás sólo lo expone de manera más flagrante en su funcionamiento, en sus miserias, y también en su grandeza expectante. Al salir de la pandemia cambiarán algunas cosas, pero lo que va a cambiar no es sustancial porque lo sustancial hay que cambiarlo. En principio, es decir a corto plazo lo que viene es más de lo mismo; capitalismo.

Viene una continuidad del capitalismo con un estado grande y fofo, sosteniendo todo lo que a los capitalistas no les interesa porque no da ganancias. Viene una continuidad del capitalismo, con quitas de deudas, defaults y renegociaciones porque si no se va a poder cobrar como se había pactado es mejor comprometernos a pagar algo al menos. Viene una continuidad del capitalismo con unidad nacional y esfuerzo compartido. Lo que significa que los capitalistas ganan, pero menos, mientras nosotros perdemos pero “no tanto”. ¿Por qué no tanto? Porque eso es lo que ya sostienen en cada ocasión los políticos burgueses. Si nos quitan un cuarto del sueldo, nos amenazan con que podíamos haber perdido el trabajo. Si nos dejan sin trabajo nos amenazan con que podíamos perder el plan. Si perdemos el plan podemos perder la salud…. Viene una continuidad del capitalismo que va a poner en primer plano su elasticidad para las mutaciones siempre que su corazón siga palpitando, siempre que una porción sustantiva de los patrones logre seguir acumulando en este país. Viene una continuidad del capitalismo encogido, pero a la vez más concentrado. Todo lo débil morirá y los restos, los escombros de los burgueses más inútiles, caerán sobre nuestra cabeza. Viene una continuidad del capitalismo con más nacionalismo que es lo mismo que decir con más privaciones y carestía para la clase trabajadora. Cada burguesía de acuerdo a sus posibilidades se dispone a entablar guerras comerciales en las que los ingresos obreros serán la infantería, y morirán en el campo de batalla de la acumulación nacional. Todo esto viene y puede que quiera quedarse. Una parte sustancial del destino de las luchas contra lo que viene se va a dirimir en la cabeza de los trabajadores, en la independencia que logren de los burgueses causantes del desastre.

Afirmamos que lo que viene será más de lo mismo porque todas las medidas apuntan a eso. Todos los subsidios posibles certifican el papel y la existencia la burguesía. Pagar los salarios de quienes no pueden hacerlo es la aceptación de que se cubre una incapacidad de los explotadores y no una necesidad de los trabajadores. De lo contrario simplemente se garantizaría a cada trabajador lo necesario para sobrellevar la situación, sin pasar por la mediación de los patrones y el salvataje de sus negocios. Pero este sistema, recordemos, se basa en mantener a la clase trabajadora impedida de cualquier acumulación y ahorro, dependiendo obligadamente de sus explotadores. Impidiendo disponer de recursos que les permitan elegir y negarse a ser expoliados miserablemente. Eso es necesario para mantener los engranajes de la explotación y las ganancias. Subsidiar a los patrones es mantener aceitados esos engranajes. Los millones que el estado solicita a la inflación futura, es decir a la caída salarial de mañana, van a los patrones para que mantengan sus empresas. Cuando toda la realidad cuestiona la irracionalidad del mercado y la competencia que nos llevó a esta situación, el gobierno reafirma esta modalidad social.

El despertar de un sueño.

Santa Teresa de Jesús afirmó que “se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”, eso es lo que viene para las bases ilusionadas del peronismo y de la izquierda troskista, maoísta, guevarista. Su programa de cuestionar los pagos de la deuda, de reivindicar el agrandamiento del estado, de subsidios y salvatajes a los capitales más débiles (“campesinos”, “pequeños productores”, “cooperativas”, “economías indígenas”), todo eso viene. Y combinado con la reivindicación no clasista de las libertades individuales, para todos, combinado con una expansión sin criterio del particularismo, la disidencia, la fragmentación que también viene. Se viene la realización, finalmente de aquello que sirvió para constituir un frente común de parte de la izquierda con un sector de la burguesía para enfrentar a otro sector, al que definían como el “neoliberalismo de los especuladores, la oligarquía y los CEOs”. Décadas de justificación del capitalismo tras la cortina de humo de combatir al “capitalismo más salvaje y liberal”, van llegando a su fin. Así como lo que llaman “neoliberalismo” fue el continuador natural del llamado “estado de bienestar”, el salvataje del capital mediante el estado, subsidios, emisión -represión mediante- es la continuidad natural de ese “neoliberalismo”. Las políticas burguesas son la adecuación táctica del capital, en cada momento, a las acciones necesarias para su acumulación. El liberalismo se ha pegado un tiro en la sien, hasta Milei parece peronista: admite limitar la circulación, pide emisión e intervención del estado. La necesidad (del capital) tiene cara de hereje.

Debería ser el momento de gloria de la izquierda tradicional, de quienes han propuesto este programa como su objetivo, como el eslabón de una transición hacia algo mejor. Pero no. Como dijo Santa Teresa por (algunas) plegarias atendidas se derraman lágrimas. Porque llega el momento en que gran parte del programa de la izquierda nacionalista va a ser cumplido sin que el régimen social se modifique en un milímetro a favor de la clase obrera y desatando un vendaval de miseria. Viene el intento de descargar sobre la clase trabajadora los golpes más brutales, y sin embrago el estado se va ampliar, las barreras proteccionistas van a elevarse y van a poner plata (superdevaluada) en los bolsillos obreros.

Más adelante, la batalla política tradicional intentará ser encausada hacia lo de siempre. Por un lado en el sector menos parasitario de la burguesía culpando al gobierno de lastrar la inversión productiva y desalentarla, en el peronismo intentando echarle la culpa (además de a Macri) al virus. La izquierda culpará a la inconsecuencia del peronismo que no va tan a fondo o a algunos rasgos de las medidas que las desvirtúan. El problema es que hoy todas las fracciones burguesas están de acuerdo en estas medidas que mañana criticarán. Y que la izquierda troskista y nacionalista ha agitado por años este programa al que previsiblemente tildarán de tibio e inconsecuente.

Por el contrario, para nosotros, los socialistas es una oportunidad. La de multiplicar los esfuerzos para sacar la venda de los ojos. Es el momento de barrer en las conciencias con las oposiciones secundarias entre populismo y neoliberalismo, corruptos y honestos, capaces y torpes, honestos y mentirosos, más o menos Estado. Es una oportunidad para oponer a la irracionalidad y miseria del capital, el socialismo. Porque las medias tintas están siendo barridas en la realidad, porque la realidad de miseria que se avecina borrará aun más las medias tintas. Éste si es el principal problema, decidir entre el socialismo o el abismo.

Etiquetas:

1 Comentario

  1. Comparto plenamente el análisis que hacen. En efecto, la pandemia no va a cambiar al conjunto social y en la post pandemia lo que viene es más capitalismo nacionalista, para mal de los trabajadores. Si algo quedó en evidencia en esta crisis es que la riqueza de las naciones siempre la ha creado la clase obrera, no los burgueses; espero que los trabajadores pueda adquirir la conciencia necesaria para capitalizar este hecho. En cuanto a la los partidos de la izquierda argentina, no están a la altura de las circunstancias ni siquiera en tiempos normales, menos pueden estarlo ahora.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

*

Últimas novedades de Aromo

Ir a Arriba