Sin novedad en el Frente

en Comunicados RyR/Novedades

La socialdemocracia argentina, de una alianza con Cristina a otra.

De un lado y del otro, todos anuncian un cambio a partir del famoso “acuerdo” con el FMI. Para algunos, Alberto, casi todo el PJ y las “palomas” de Juntos (Larreta, Monzó) un cambio que va a permitir al país empezar a enderezar el rumbo. Para quienes se oponen, el kirchnerismo más duro, Cristina y la llamada “izquierda”, uno que va a hundir al país. Lo mismo dicen a partir de la renuncia de Máximo: para todos, se trata de un giro en la situación política. En realidad, el acuerdo no va a mejorar ni va a empeorar, por sí solo, una economía, en caída libre desde el 2013, que está en la recta final antes del estallido. En ese mismo sentido, la renuncia de Máximo no va a agravar ni va a clarificar un escenario político ya bastante descompuesto. La crisis económica y política no puede atribuirse a un acuerdo financiero ni al gesto de un diputado.


El entendimiento (y, tal vez, futuro acuerdo) con el FMI no va a cambiar la dinámica de la economía argentina ni el avance del ajuste. Este último no va a ser mayor al que se tenía pensado. Primero, porque se pactó un acuerdo sumamente “light”, que algunos hasta lo calificaron como “peronista”. Por ejemplo, a Macri le pidieron la reducción del déficit en cuatro puntos del PBI en un año y medio. A Alberto, 1,5 puntos en dos años. Si nos ponemos formales, Macri firmó un Stand-by (con obligaciones financieras a corto plazo) y Alberto llegó a un entendimiento (que todavía no es un acuerdo) por un Extended Fund Facility, lo que implica plazos mucho más largos. El fondo no le pidió reformas laborales o previsionales. Anunciar un giro de 180 grados en ese campo, y encima ligado a un organismo financiero, es un absurdo de alguien que no vive en el país. Primero, porque se desconoce que, sin ningún acuerdo, Alberto y Cristina ya realizaron un ataque a los salarios y a las jubilaciones que hacen parecer a Macri un verdadero derrochador. Segundo, porque se ignora que los principales beneficiados de un ajuste son los capitalistas locales (salvo que alguien crea que los salarios los paga el FMI), que no necesitan que nadie venga a decirles qué hacer. Si fuesen consecuentes, todos los que culpan al FMI de nuestros males no deberían hacerle nunca ninguna huelga a ningún patrón local, quienes también estaría siendo saqueados por los bancos extranjeros. Tercero, porque niega la gravedad de la crisis capitalista actual y la pendiente por la que se arrastra el país, particularmente, desde el fin de la soja. La Argentina va a un desbarranco y por eso sale a pedir y no al revés. Creer lo contrario es pensar que basta con no pagarle al fondo para resolver todos los problemas. Lo que no se entiende es por qué, siendo tan malos pagadores, el paraíso no llegó.
Tampoco es cierto que ahora el gobierno vaya a cambiar su política de endeudamiento. Alberto incrementó la deuda del Estado mucho más de lo que lo hizo Macri, si tomamos la deuda en dólares y en pesos. Esto, otra vez, antes de un acuerdo que todavía no se firmó.


En términos políticos, el cristinismo y la izquierda trotskista anunciaron que este pacto le quitará soberanía a la Argentina y la transformará en una especie de “virreinato” de los EE.UU. (debido a la “revisiones”). ¿Será por eso que asintieron al llamado a un Frente Nacional en diciembre?
Mientras Máximo, Gabriel Solano y Miryam Bregman denunciaban la incorporación de una estrella más a la bandera yanqui, Alberto se mostraba públicamente con Putin en plena escalada bélica entre Biden y Rusia por Ucrania. No contento con esto, fue a China donde no se privó de la inauguración de esos Juegos de Invierno a los que EE.UU. llamó a boicotear. Como si fuera poco, pactó la construcción de una central nuclear (Atucha III) y la incorporación de la tecnología 5G, nada menos que en la empresa Huawei, uno de los ejes de disputa con la administración norteamericana. Se puede decir que Alberto es un desorientado, que mientras negocia con uno, va a apoyar al otro. Pero no se puede decir que él y su clase social son títeres de los yanquis.

El compañero Máximo

Otra de las llamadas “novedades políticas” fue la renuncia del hijo de Cristina a la presidencia del bloque de diputados del FdT. La excusa fue ese intento de acuerdo. Toda la “izquierda” salió a festejar, como si se tratara del retorno del hijo pródigo. Manuela Castañeira (dirigente del Nuevo MAS) corrió arrodillada a pedirle un lugar en algún acto. Gabriel Solano (del Partido Obrero) y Myriam Bregman (del PTS), ambos del FITU, sin quedarse atrás, lo retaron a que sea consecuente, lo que supone un saludo a su gesto. Para todos, se trata de una “ruptura”, y una por izquierda. La operación, el “relato” trotskista, es bastante simple: el enemigo es Macri-FMI; Alberto y Cristina eran el ala derecha e izquierda, respectivamente, del gobierno; Cristina es una líder revolucionaria “inconsciente” (como decía el PTS de Saddam Hussein); ahora quedó liberada de sus compromisos con la “derecha”, pero no se anima; ergo, la izquierda debe “hacerla consciente” y empujarla, a ella o al movimiento, hacia su destino…
Lo primero que hay que decir es que, quien se sorprenda de ese tipo de maniobras, se olvidó de las renuncias masivas post PASO. Renuncias reales. También, se olvida a las cartas públicas de Cristina, del acto donde la vicepresidenta fustigó a Alberto en su propia cara y del boicot de Máximo al presupuesto. En ese contexto, la simple renuncia a presidir un bloque, no debe resultar llamativa ni terminante.


Entiéndase bien, Máximo no renunció a su cargo de diputado. Tampoco renunció al bloque del FdT ni se dispuso armar otro bloque. Ni siquiera armó ningún subloque (como tiene el FITU…). La coordinadora del bloque oficialista, Paula Pennaca, militante de La Cámpora, no renunció. Tampoco renunciaron al bloque los 18 diputados camporistas ni los otros seis aliados más recalcitrantes (CCC, Patria Grande, los Moreau).
Menos aún dejó los cargos que ostenta él y su gente. Sigue siendo el presidente del PJ y ya está en campaña para la renovación de autoridades en 135 municipios. No se movió nadie del gabinete que le coparon a Kicillof. César Valicenti sigue presidiendo el bloque de diputados del FdT en la Provincia de Buenos Aires. Eso, por no hablar de los intendentes del conurbano y los legisladores en diferentes provincias. Y, sobre todo, mantienen lo más importante, la esencia de su agrupación: las cajas. Volnovich sigue en el PAMI, Raverta en ANSES, Moretti en el IPS bonaerense, Giles en IOMA y Saintout en el Instituto Cultural. La Cámpora no es una organización de masas. Es un grupo de dirigentes (“de cuadros”, delira su responsable) que hace política con plata del Estado. Jorge Asís la llama, muy acertadamente, “La agencia de Colocaciones”. Al crearla, Néstor y Cristina pretendían construir un organismo típico de los bonapartismos. Un Estado dentro del Estado, al que todos los elementos ligados al clientelismo tuviesen que recurrir: intendentes, organizaciones sociales, gobernadores, agrupaciones, incluso el PJ. Es decir, conquistar “por arriba” a esos aparatos, sin necesidad de construir “desde abajo”.


La estrategia de Cristina no es ser Chacho Álvarez. Ni siquiera Cobos. Su idea está más cercana a Duhalde a fines del mandato de Menem. Por un lado, no romper, para no quedarse en el llano, pero diferenciarse clara y progresivamente a medida que se acerquen las elecciones. Por el otro, mantener su propia imagen y sus dirigentes en los puestos claves del ejecutivo de cara al pasaje a la oposición o en caso de una crisis generalizada. Especula con un escenario continental favorable para los regresos (Lula) o los gobiernos “progresistas”: Castillo, Boric, Arce/Evo. Las pintadas anunciando “Cristina 2023” en el corazón de La Cámpora, La Plata, pueden ser de un sector marginal, pero muestran una voluntad de tantear el campo. No es algo diferente a lo que hemos visto y una política revolucionaria se preocuparía menos de eso que de preparar a la clase obrera para una intervención independiente.


El FITU y su periferia (NMAS y Política Obrera), eso que llamamos la socialdemocracia argentina, se mueve en el campo de Cristina. Desde 2019, se negaron a señalarla en cualquier denuncia. En cuanto a la crisis, para ellos, el responsable último es Macri, siempre y únicamente Macri. De hecho, para esta gente, Alberto ni siquiera es enteramente responsable por la situación, sino simplemente por no revertir lo que hizo el gobierno pasado. Lo mismo con el pacto con el FMI: el problema es que “legitima” la deuda de Macri. O sea, suponiendo, al menos por un momento, que el problema sea la deuda, todos los gobiernos anteriores al PRO son inocentes. Ergo, si el problema es Macri (o Patricia Bullrich), cualquiera que no lo sea, es un aliado (¿Larreta y el ala blanda?).


El FITU y su periferia conformaron, luego del 2015, un frente, en los hechos, con el kirchnerismo. El famoso Frente AntiM, contó, entre sus hitos, con la marcha del 2×1. Ese frente tuvo por horizonte reponer a Cristina en el poder en 2019. En realidad, la victoria del FdT no se debió al apoyo de la izquierda, sino al del PJ. Por su parte, el FITU tampoco logró mejorar electoralmente. A cambio de nada, entregó la única bandera por la que valía su nombre: la independencia de clase. Hoy, todo el llamado trotskismo se dispone, más abierta o solapadamente, reeditar esa misma experiencia. Será el Frente AntiFMI. Recurrentemente, se vuelve al peronismo.


¿Por qué esta alianza? Hay una razón programática y otra estratégica. Programática: el nacionalismo. La izquierda cree que el país sufre de una opresión colonial. Por lo tanto, burguesía y clase obrera están oprimidas por el imperialismo yanqui. El país es saqueado para alimentar la riqueza de los EE.UU. Dicho de otra forma: si no fuera por los yanquis y el FMI, la Argentina sería un país de una acumulación notable (dejemos por ahora el problema del “desarrollo”).

Capitalista, pero pujante. Eso lleva a dos cosas. En primer lugar, una coincidencia no episódica con fracciones de la burguesía perjudicadas por la competencia internacional. De acuerdo a los vaivenes de la lucha de clases mundial, esas coincidencias pueden ser más estrechas o quedar más solapadas. Eso lleva a pensar que las fuerzas “nacionales y populares” pueden ser aliadas. En segundo, y esto es importante, no hace falta ningún plan para desarrollar la Argentina. La Argentina es rica, solo que es saqueada. Todo lo que hay que hacer es liberarse y repartir. Por eso no proponen ningún plan para la Argentina. No lo necesitan. La consigna de “nacionalizar la banca” supone que hay mucho para conseguir ahí y que el problema es cómo repartirlo. Esa falta de plan es, en los hechos, un aval a la forma que ha tenido la burguesía de dirigir la economía.


Ahora bien, el programa puede acercar, pero no obliga necesariamente a ese pegoteo, a ese frente cotidiano. De hecho, una parte de la izquierda supo mostrar una notable independencia en la acción en el 2001, por ejemplo. Lo que sucede es que a la confusión programática se agrega un problema estratégico.
La cuestión estratégica: el electoralismo. En los últimos 15 años, el trotskismo dejó de pensar, mal o bien, en el problema del poder para dedicarse a usufructuar un lugar como un apéndice del Estado. Dicho de otra forma: le importa juntar bancas. Cuando esa banca es lo más importante, todo vale para conseguirla o para no perderla. Es decir, la banca no construye una política, sino que es la política la que tiene como tarea construir a esa banca. En esa dinámica, hay que apelar a la conciencia burguesa: “el pueblo”, “los jóvenes y las mujeres”, “el problema es Macri y la derecha” y siguen las firmas. Todo el proyecto se reduce a luchar “contra el ajuste” y no por el Socialismo, del que ya no se habla. El reformismo en el discurso es el producto del reformismo en el propósito. Que quede claro: ir a una elección es importante. Participar de una campaña, también. Lógicamente, nadie va a una elección para perder. Pero el cargo debe ser la expresión de una idea, no al revés.


Ahora bien, en esa estrategia, el trotskismo apunta a pescar en el lago de Cristina. No van a llamar a votarla. Eso los dejaría sin su propia base. Apuestan al corte de boleta, a las migajas que caen. Es decir, no tienen siquiera vocación de poder en términos burgueses.
El problema es que el Frente AntiFMI no puede reeditar aquel AntiM. Si en 2019 Cristina todavía guardaba alguna imagen positiva ante las masas, las elecciones del año pasado muestran que la ha perdido. Hace diez años que no gana una elección o que no gana sola (y no precisamente apoyándose en la izquierda). Tampoco tiene poder real en las calles.


Con todo, hay acá un problema más grave: desconocer la naturaleza reaccionaria el peronismo, cuya tarea histórica, entre otras, fue enfrentar a las organizaciones revolucionarias a sangre y fuego. En cada sindicato, en cada colegio, en cada barrio, el enemigo inmediato es el peronismo. El burócrata o el puntero al que cualquier militante enfrenta diariamente no es del PRO o de Milei, es peronista.


En medio de un gobierno que está llevando a cabo un ataque a la clase obrera como no se ha visto en décadas, apuntar al FMI es cuando menos una ingenuidad. Ligarse con alguna facción del oficialismo, un acto criminal. Creer que todo el problema es el saqueo es ignorancia. No tener un plan, una irresponsabilidad.
La devaluación, la inflación, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, la desocupación, la precarización laboral y educativa no dependen del FMI, sino de este gobierno, del que pasó y de la clase social a la que representan. La crisis política tampoco depende del Fondo, ni a las candidaturas o a los resultados electorales. Es la expresión de la falta de un proyecto de la burguesía argentina.


Esa crisis y esa debilidad es nuestra urgencia y nuestra oportunidad. Es necesaria una tarea pedagógica y agitativa. Hay que romper definitivamente con Cristina y convocar a una movilización contra todo el gobierno y la oposición: se tienen que ir todos. Se impone ya mismo un congreso de quienes nos reivindicamos revolucionarios, para elaborar una salida, un plan de lucha independiente y una perspectiva. No basta con luchar “contra el ajuste”. Hace falta un verdadero plan de gobierno para sacar a la Argentina del pantano y ofrecer a la clase obrera un camino hacia una solución real a sus problemas. Sobre todo, porque será ella misma quien lo labre. Esa debe ser la novedad en este escenario decadente que pretende arrastrarnos al abismo.

Razón y Revolución

2 Comentarios

  1. aqui nadie lo quiere decir……..pero los cambios de 1917 en rusia ,los de 1949 en china, los de corea del norte y del sur, por una causa u otra fueron con fricciones , entre clases, nos guste o no, pasa algo similar en cuba ,nicaragua y colombia, aunque son expresiones distintas con tinte sudamericano……..yo soy un charlatan por que de esto no tengo conocimientos cientificos, quiza un somero analisis pragmatico, pero si la izquierda trotskista , que atomiza demasiado los problemas, piensa que va a convencer al populismo va por mal camino………digo esto por lo que lei el trotskismo con su revolucion permanente no resuelve nada,opinion personal, los paises normbrados salieron con direcciones duras, con distinto grado de participacion de la clase trabajadora……..aqui no se puede ni se debe engañar a la propia clase trabajadora….si elegis el socialismo , hay que pensar en sacrificio colectivo, si elegis el capitalismo, el mercado global te produce un sacrifcio peor…….. se va hacia un embudo primero politico que luego va a determinar el camino economico segun el poder de los contendientes…. ahora los dirigentes que tengan el poder p’ara gobernar tienen que pensar …que cambio quieren y como lo financian nada es gratis

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

*

Últimas novedades de Comunicados RyR

Ahí está Rodney

Esta madrugada la clase obrera venezolana dio un paso al frente gigantesco.
Ir a Arriba