El golpe militar de 1976 y los empresarios (nivel secundario)

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Leer el texto: «24 de marzo: la represión en las fábricas» y contestar.

  1. ¿Cómo actuó el golpe militar contra los activistas sindicales?
  2. ¿Qué hicieron las empresas y la burocracia sindical? Dar ejemplos.
  3. ¿Cuál fue el verdadero blanco de la represión militar?

24 de marzo: la represión en las fábricas

El 24 de marzo de 1976 las principales plantas industriales del país amanecieron militarizadas. Centenares de activistas fueron detenidos al presentarse en su lugar de trabajo, o fueron a buscarlos a sus casas si por precaución ese día no fueron a trabajar. Los militares sabían a quiénes buscaban: contaban con listas negras, elaboradas por directivos de las empresas con la complicidad de la burocracia sindical.

La empresa Dálmine-Siderca del Grupo Techint, por ejemplo, fue ocupada por las Fuerzas Armadas en la mañana del 24. Los destacamentos del Ejército se apostaron dentro de la fábrica o en los portones de entrada, con los listados de las personas “marcadas” para ser detenidas. Los apresados fueron conducidos a un Centro Clandestino de Detención montado en el Tiro Federal de Campana, adyacente a la planta de Techint.

En Propulsora Siderúrgica, del mismo grupo empresario, los militares llegaron a ubicar una ametralladora de gran calibre en un punto alto del predio, lista para ser usada en caso de ser necesario. Los oficiales de inteligencia se llevaron los archivos del personal y los utilizaron para identificar activistas.

En Astilleros Astarsa, del Grupo Braun, fuerzas del Ejército ingresaron el 24 a la planta en un operativo que contó con el apoyo de tanques de guerra, carros de asalto y helicópteros. Allí detuvieron a cerca de 60 obreros, de los cuales 16 aún continúan desaparecidos.

Un caso paradigmático lo constituye la llamada “Noche del apagón”, un episodio represivo tristemente célebre ocurrido en Jujuy en la madrugada del 20 de julio de 1976. Esa noche las Fuerzas Armadas cortaron el suministro eléctrico en los pueblos adyacentes al Ingenio Ledesma, de la familia Blaquier. Amparados en las sombras, y utilizando vehículos y choferes de la empresa, procedieron a secuestrar a todo el activismo de la zona. Esa noche, y a lo largo de toda una semana en que los “apagones” se repitieron, secuestraron a 300 personas, de las cuales 60 eran trabajadores del Ingenio Ledesma: 30 aún continúan desaparecidos.

La planta de la automotriz Ford en Pacheco también fue ocupada por el Ejército. Entre marzo y mayo de 1976, 25 delegados del establecimiento fueron secuestrados, la mitad dentro de la fábrica, la otra mitad en sus domicilios. La información había sido proporcionada por los gerentes de la empresa. Durante el tiempo que los militares ocuparon la planta, contaron con el respaldo de la Ford: fueron equipados con vehículos y se les asignó un espacio en el predio para que usaran como cuartel. Hasta almorzaba en el comedor de la empresa. La represión que cayó sobre los obreros automotrices no hubiera sido tan cruenta de no contar con la venia del Secretario General del SMATA, José Rodríguez.

En Mercedes Benz, 10 de los 14 desaparecidos habían protagonizado un proceso de lucha exitoso en octubre de 1975, que culminó con la reincorporación de 117 activistas despedidos. Tras el conflicto, la burocracia del SMATA publicó una solicitada en donde denunció que la huelga fue una provocación animada “por agitadores profesionales […] destinada a descalificar a los órganos de conducción sindical, a destruir la estructura gremial y a promover el caos y la anarquía, mediante un acto típico de la guerrilla industrial”. Desde luego, Rodríguez no movió un pelo cuando los militares secuestraron e hicieron desaparecer a buena parte del activismo en su rama.

Estos hechos develan claramente los verdaderos objetivos del golpe. Con la guerrilla acorralada tras una serie de fracasos militares, el principal blanco de la represión fue la llamada “guerrilla fabril”, es decir los obreros que llevaban adelante luchas en sus fábricas para mejorar sus condiciones de trabajo. La reacción obrera al Rodrigazo (ajuste económico a finales del gobierno democrático de Isabel Martínez de Perón) había mostrado que el ajuste y la restructuración económica que la burguesía como clase necesitaba sostener el capitalismo, no podrían ponerse en marcha sin aplastar violentamente al movimiento obrero y a sus organizaciones políticas. Por eso al menos el 44% de los desaparecidos eran obreros.

Tamaña masacre no fue producto de la improvisación, ni de los “errores” o “excesos”. El accionar coordinado de los grupos de tareas, la estructura de mandos perfectamente definida, los blancos previamente seleccionados y la infraestructura montada así lo demuestran. El plan de exterminio había sido preparado con mucha antelación por la cúpula de las Fuerzas Armadas, con el apoyo de empresarios y sindicalistas que necesitaban sacarse al activismo fabril de encima. Y fue ejecutado con precisión de cirujano. Así actúan los patrones cuando el capitalismo se ve amenazado.

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