De derrotas y derrumbes. Balance del desempeño del trotskismo en las PASO

en El Aromo n° 106/Novedades

Guido Lissandrello
Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina


“Hemos tenido una mala elección”, reconoció Macri en su bunker minutos antes de que difundieran los primeros resultados de las PASO. Un acto de sinceridad ante una paliza electoral que sorprendió a todos los partidos, incluso a los ganadores. El trotskismo, por su parte, no tuvo un resultado mucho más alentador, pero sí le faltó la cuota de sinceridad. Del Caño abrió la conferencia de prensa del FITU, tras conocerse los primeros resultados, señalando que “a pesar de la enorme maniobra que hicieron los partidos del régimen, intentando hiperpolarizar la elección, el Frente de Izquierda Unidad ha hecho una importante elección.”[1] Los datos duros de la realidad indican lo contrario y muestran una crisis profunda que difícilmente pueda ser superada si se parte de negar lo evidente. El cuadro se agrava, porque la crisis política y económica se acelera, y el trotskismo no sale de su postración electoralista.

Ni aquí, ni allá

Los números son malos, se los mire por donde se los mire. Para Presidente y Vicepresidente se obtuvieron 697.748 votos, un 2,86%. Así, la elección se ubica por debajo de la de 2015, donde se obtuvieron 732.851 votos, que equivalían por aquel entonces a un 3,08%. Solo es levemente superior a la primera elección del FIT (527.237 votos,  2,35%), es decir, en momentos en que el frente no era siquiera conocido a nivel nacional y daba sus primeros pasos. Recordemos que una década atrás no era para nada habitual ver el desfile de dirigentes de izquierda en cuanto programa televisivo hubiera. Estos años dejaron una enorme exposición que le dio una visibilidad nada despreciable a las fuerzas de izquierda que conforman el frente. Ocho años después, con esta amplia difusión a cuesta, solo hay 110.000 votos de diferencia.

Ahora bien, el escenario empeora al considerar que hoy el FIT se ha ampliado, para integrar prácticamente a casi la totalidad de la izquierda que participa en elecciones. Si sumamos los resultados del FIT y el MST en 2011, obtenemos 717.331 (un 3,2%), lo que muestra entonces que actualmente se ha retrocedido. Puede contrargumentarse que por aquellos años el partido de Bodart iba en alianza con el de Pino Solanos (Proyecto Sur), por lo tanto hay votos que no le pertenecían a la izquierda. Pues bien, la otra elección comparable es la de 2015, cuando el MST participó solo. Ya vimos, sin embargo, que allí el FIT obtuvo más votos que ahora, por lo tanto, al contemplar el voto al MST, el cuadro empeora: la sumatoria arroja 828.631 votos, casi un 3,5%. Aquí la pérdida es del orden de los 130.883 votos.

Contra estos números, los compañeros del FITU suelen decir que las elecciones en cargos ejecutivos, fundamentalmente en los nacionales, son un terreno adverso para las fuerzas de izquierda. Es cierto que allí la izquierda viene cosechando peores resultados. No menos cierto es que el trotskismo mismo incentiva ese voto estilo Carrió (“te voto para que haya alguien que critique en el Congreso”), cuando agita consignas como “la izquierda tiene que estar”. Sin embargo, el asunto de fondo es más grave. Lo que el trotskismo toma como un dato inmodificable de la realidad, es en rigor de verdad uno de sus mayores déficits. La izquierda argentina no ofrece un plan de gobierno real, no explica que haría si tuviera en sus manos el timón del país. Solo señala consignas genéricas (“nacionalización de la banca”, “nacionalización del comercio exterior”) que no ofrecen ninguna perspectiva real. Si uno no se prepara para gobernar, no sorprende que nadie luego confíe en uno para esa tarea. Un déficit que se sobreimprime y agrava la ausencia de una agitación socialista que explicite el programa real de la izquierda (quizás porque ya no es ese su programa real…).

Dicho esto, concedamos el argumento y veamos la categoría de diputados, que permite una comparación a largo plazo. La elección actual del FITU en esta categoría, con 759.029 votos (3,15%), está por debajo de las que hizo el FIT (sin MST) en las PASO 2017 (924.671 votos, 3,81%) y las de 2013 (919.277 votos y 3,96%). Tampoco supera a las PASO 2015 contemplando los votos del MST (825.995 votos, 3,47%) y se ubica levemente por encima de la primera elección del FIT sumando de nuevo los votos del partido de Bodart (737.250 votos), bien que por debajo del porcentaje (3,29%). De nuevo: se lo mire por donde se lo mire fue una mala elección habida cuenta de que se perdieron muchos votos, que dejan al frente prácticamente en el mismo nivel en el que arrancó. Casi una década en balde.

De los “batacazos” provinciales de elecciones pasadas, es decir,allí donde los guarismos superaron o arañaron las dos cifras, no quedó nada. El 11,69% (125.516 votos) de Mendoza en la categoría diputados de las generales de 2017, cayó a 4,41% (47.307 votos). Se perdieron más de 78.000 votos, casi dos tercios. El “Vilcazo” de Jujuy en 2017 con 17,74% (63.512 votos) en diputados, se desplomó a 4,82% (16.265). Acá la pérdida de votos fue de tres cuartos, más de 47 mil votos. Lo mismo podría decirse de Santa Cruz, que con un 9,79% (16.222) en 2017 cayó a 2,78% (4.775 votos). Lo cierto es que estos “éxitos” que se alcanzaron sin mucha explicación y que se disiparon de la misma forma, no son novedad dentro del FIT. Cualquier militante de izquierda recuerda a “Salta la troska” y la posibilidad de conquistar una intendencia, cuando en las generales de 2013 se consiguió un 18,88% (119.146 votos), para desplomarse en 2015 a 6,54% (42.868 votos). De eso, ahora solo queda un 3,65% (23.033 votos).Lo mismo puede decirse del “batacazo” que catapultó a Del Caño en 2013, con el 14,03% (143.381 votos), que hoy descendió al 4,41% (47.307 votos).

Si se mira en detalle el desempeño provincia por provincia, lo que queda claro es que el FITU no se desplomó aún más porque la caída en Capital Federal y Buenos Aires, que históricamente le aportaron el 50% de su caudal electoral, no fue tan pronunciada como en el resto del país. Si comparamos la categoría diputado entre las PASO de 2017 y las de este año, la caída en Capital Federal y Buenos Aires fue del 4% (de 412.363 a 394.992 votos) mientras que en las provincias restantes fue del 41% (de 512.300 a 302.756 votos).

El cuadro del trotskismo se completa con el NMAS. El partido de Castañeira puede hacer análisis mezquinos señalando que hizo una buena elección al duplicar los votos en relación a 2015, alcanzando ahora los 173.582 (0,71%) en su mejor rubro.Pero muestra la misma impotencia que el FITU. Su campaña completamente despolitizada, cuyo único contenido era destacar que en sus filas se encontraba la única candidata presidencial mujer buscando captar de manera oportunista la llamada “ola verde”, no alcanzó para juntar los votos necesarios para superar las PASO. Manuela habló con el pañuelo, y le contestaron con el bolsillo.

En definitiva, la elección fue mala. En 2013, el FIT alcanzó su mejor rendimiento (generales a diputado con 1.211.252 votos, 5,32%). Desde 2015, cuando tomó el comando del Frente el PTS con la línea posmoderna que ahora ganó al NPO, se encuentra estancado y, ahora, inicia una etapa de franco retroceso. Lo cierto es que la izquierda que participa en elecciones no logró posicionarse como alternativa real en ninguna de las coyunturas en las que le tocó intervenir. Ni cuando el kirchnerismo vino“por todo” (2011) ni cuando este se iba repudiado por impulsar el ajuste (2015). Ni cuando Cambiemos revalidaba su mandato con poco resultado para exhibir (2017), ni cuando fue castigado por el ajuste (2019). La izquierda es inmune a la coyuntura, y eso no es bueno. Hay un piso de votantes que, hasta ahora, no se pierde. Esa quietud no es alentadora, al contrario. Este déficit se expresa con toda crudeza en coyunturas como las actuales, donde el “voto bronca” no encuentra en el FIT-U un canal de expresión. Si no se hace algún balance de todo esto, el próximo “que se vayan todos” va a incluir a la izquierda electoral…

El apuro

Las fuerzas del FITU no han hecho un balance. Un balance serio, se entiende. Por el contrario, expusieron aún más su ceguera autocomplaciente. Como señalamos al comienzo, todos los partidos coinciden en que se hizo “una gran elección”. No falta, como siempre, el señalamiento exitista acerca de que “se pasaron las PASO”,[2] como si con 8 años ya de existencia del frente, habiendo pasado siempre las primarias, eso constituyera un dato para calibrar la calidad de la elección. De hecho, que se celebre eso muestra lo contrario: la izquierda trotskista no supera aún la marginalidad electoral, por lo cual es motivo de algarabía haber alcanzado dos o tres puntos por arriba de lo requerido.

Hacer lo mismo una y otra vez esperando que alguna vez el resultado sea distinto, no es inteligente. El trotskismo ha desperdiciado una oportunidad histórica. En lugar de sepultar a su principal enemigo, el peronismo, le dio aliento. Marchó codo a codo (2×1, Maldonado), se alió para disputar espacios gremiales con el macrismo (la FUBA) y lo defendió cuando se lo juzgó por meter la mano en el bolsillo de los trabajadores (De Vido). Cuando la clase obrera quiso repudiar al macrismo, se encontró con una opción, el kirchnerismo, porque entre el original y una copia mala, eligió al original. No hay mucho que reprocharle, el FITU no ofreció una alternativa real, por lo tanto, no había mucho más para escoger que aquello que se juzgaba como un verdugo menos malo.

¿Cómo sigue entonces el trotskismo en ausencia de un balance? Como siempre. Por un lado, continuando en su deriva electoralista. Ya se ha visto a la cabeza del NPO, Gabriel Solano, mendigando votos a Zamora y al NMAS para que entre Myriam Bregman en CABA o Pitrola en Buenos Aires. No se juega poco. La apuesta electoralista funciona cuando se consiguen bancas, y si no se produce esa transferencia de votos, el FITU no ingresará ningún diputado nuevo, algo que no sucede desde 2013. Si el frente ya ni siquiera sirve para eso, se va a poner en cuestión su propia existencia y a los dirigentes que imprimieron esa orientación.

Por el otro lado, y vinculado a esto mismo, la importante devaluación que sobrevino a las elecciones, le dio la excusa perfecta a la dirigencia trotskista para fugar hacia adelante, evitando reconocer errores y responsabilidades. La estrategia es sencilla: no importa ya lo que pasó el 11, hay que salir a luchar. No es que no sea necesario un plan de lucha. Al contrario, urge. Pero hay que estar a la altura de la tarea. Exigirle a la burocracia que se ponga a la cabeza o llamar a que el Congreso delibere sobre este asunto, es poco menos que irresponsable. Lo que une el fracaso electoral con este intento de fuga hacia adelante es el mismo déficit: la ausencia de vocación de poder.

La única forma de quebrar la inercia, de ponerse a la altura de la tarea histórica, es convocar a un Congreso de la Izquierda que discuta la naturaleza de la crisis, defina un programa y se quite el lastre de las direcciones posmodernas, socialdemócratas y filokirchneristas que ya han mostrado su fracaso. Hay una posibilidad de rectificar el rumbo, y las bases de todos los partidos lo merecen. Pero el tiempo es ya. Si la dirigencia no está a la altura de la tarea, si no puede ser parte de la solución, que por lo menos deje de ser parte del problema y de un paso al costado. No podemos dejar pasar otro 2001 y para eso es necesario una nueva Izquierda.


Notas

[1]https://www.laizquierdadiario.com/Del-Cano-Nuestra-importante-votacion-servira-para-fortalecer-las-peleas-de-la-clase-trabajadora

[2]http://izquierdasocialista.org.ar/index.php/noticias/nacionales/9348-paliza-electoral-a-macri-muy-buena-eleccion-del-fit-unidad

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