Arqueología del socialismo revolucionario. El programa socialista revolucionario en los ‘70

en El Aromo n° 106/Novedades

Guido Lissandrello y Ana Costilla
Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina – CEICS


A pesar de la multiplicación de nomenclaturas y tradiciones, la izquierda argentina tiene en realidad un núcleo programático común: la liberación nacional. De estalinistas a trotskistas, pasando por admiradores de Mao o el Che, el grueso de los partidos políticos que se reclaman del proletariado consideran que en nuestro país hay tareas burguesas no cumplidas y, por lo tanto, el capitalismo local no está plenamente desarrollado. El imperialismo, sobre todo, sería el responsable del subdesarrollo de la potencia nacional. Contaría, además, con socios locales que, con algún matiz aquí o allá, son siempre reconocidos en una oligarquía parasitaria en el agro y una burguesía sin espíritu nacional o impotente.

Claro que para todos los partidos no es igual. Hay quienes confían en la posibilidad de que un sector de la burguesía nacional se enfrente al imperialismo y pueda desarrollar la nación para, luego sí, iniciar el tránsito al socialismo. Con sus matices, esa es la posición del maoísmo y del estalinismo. El trotskismo denuncia la impotencia de esa misma clase, pero sostiene que sus tareas no cumplidas deberán ser realizadas por la clase obrera. De ese modo, las tareas nacionales y las socialistas se combinan y se desarrollan al mismo tiempo en un proceso revolucionario ininterrumpido hacia la construcción de una sociedad sobre nuevas bases. Con todo, la liberación nacional aparece como algo indiscutido. Sobre esa base emergen los peores vicios de esa izquierda: el nacionalismo, el seguidismo al peronismo, el antimonopolismo y el discurso antioligárquico, dos elementos que llevan a la defensa del pequeño capital (en su variante Pyme urbana y campesina rural). Quien ose discutir estas ideas, que no se validan en ningún dato concreto sino en la cita de autoridad de algún pope del marxismo que escribió sobre otra realidad en otro tiempo para hacer su revolución, es tildado de delirante o idiota. Que la Argentina está subdesarrollada, oprimida o es una semicolonia, es una verdad que debiera ser indiscutible.

Lo cierto es que, no solo es una lectura profundamente equivocada de la estructura económico-social de nuestro país, sino que existe una tradición, olvidada y borrada de ese archipiélago de múltiples pero pequeñas islas que es la izquierda argentina, que defendió lo que parece hoy un delirio: la Argentina está preparada para la revolución socialista porque el capitalismo ya se desarrolló por completo y no tiene nada para ofrecer. En los ’70 esta variante programática existió y hubo intentos por darle un sustento teórico. En esta oportunidad, vamos a desempolvar un trabajo de Luis “el colorado” Guzmán (pseudónimo con el que firmaba Cristian Roth), un militante de la organización Socialismo Revolucionario, que emprendió esa tarea y discutió abiertamente los vicios de sus compañeros de ruta, que son los mismos a los que nos enfrentamos hoy.

Un punto de partida diferente

Guzmán es un personaje ignoto. Sobre su trayectoria biográfica se sabe poco. Los escasos testimonios que refieren a su persona lo ubican en 1968 formando parte de la ruptura del Partido Comunista que dará lugar al Partido Comunista Revolucionario. Su destino, sin embargo, fue otro. En Rosario puso en pie la organización Socialismo Revolucionario, que editaba un periódico, Unidad Proletaria. En el número 2 de esa prensa, publicó un extenso documento que sentaba las bases teóricas del programa socialista revolucionario y lo hacía en discusión con las diferentes variantes de la izquierda.1 Si bien su organización no alcanzaría a tener una significativa inserción a la clase obrera, su propuesta programática influyó a otros partidos que sí tuvieron mayor desarrollo, como la Organización Comunista Poder Obrero. Veamos cuales fueron sus planteos.

En el artículo que mencionamos, Guzmán se proponía dilucidar el carácter de la revolución en la Argentina. Sus esfuerzos en ese sentido no estaban destinados a encontrar una respuesta en los textos de Mao, Trotsky, Lenin, el Che u otro referente. Por el contrario, pretendía observar la realidad concreta que tenía delante de sus ojos para clarificar cuales eran las relaciones de producción que trababan el desarrollo de las fuerzas productivas en el país, cuales eran las clases sociales que se enfrentaban y si se habían cumplido las tareas nacionales. Sostenía, como hipótesis, que las relaciones de producción eran completamente capitalistas en todas las ramas de la economía nacional y que la traba al desarrollo de las fuerzas productivas radicaba justamente en esa realidad, motivo por el cual la única forma de lograr un progreso humano era el Socialismo. Sobre esta base, comenzó su trabajo analizando las relaciones de producción en el agro y en la industria urbana.

Contra el mito oligárquico y la ideología campesinista

Guzmán afirma el carácter capitalista de la producción agropecuaria argentina. Para ello, primero, desnuda un prejuicio común en la izquierda según el cual el capitalismo se encontraría trabado en el campo por el latifundio. Señala, por caso, que el agro estadounidense a mediados de 1950 detentaba un mayor grado de concentración de la tierra que la Argentina y, sin embargo, nadie se animaría a afirmar que el yanqui era un capitalismo atrasado o dominado por una oligarquía parasitaria. Coherente con su posición inicial, defiende que el elemento definitivo se encuentra en las relaciones de producción que se desarrollan en las explotaciones rurales.

Guzmán establece que las clases en el agro se dividen en dos grandes grupos: los que trabajan y los que viven de trabajo ajeno. En el primer campo, ubica a los obreros rurales y a la “pequeña burguesía rural trabajadora”, y estima que aquí se encontrarían unas 1.450.000 personas. Sin embargo, ello no lo lleva al terreno del campesinismo. En primer lugar, porque no considera a esa “pequeña burguesía” como un bloque uniforme. Discrimina allí a la capa semiproletaria -que tiene parcelas pero necesita asalariarse­-, al sector pobre -que apenas logra su subsistencia con la tierra en un nivel de vida similar al obrero- del sector medio y rico -que, si bien pueden llevar adelante alguna faena, son explotadores de fuerza de trabajo-. En efecto, estima que de los 1.450.000 mencionados, 1.350.000 son no explotadores (obreros rurales, semiproletarios y pequeñoburgueses pobres). Incluso haciendo uso de censos agropecuarios de 1914, 1937, 1947, 1952 y 1957 y datos del CONADE, muestra como la tendencia es a la polarización en el campo, entre burgueses y proletarios. De este modo, el campo argentino es abrumadoramente obrero. Y de esto se desprende la primera conclusión político-estratégica. No hay una alianza obrero-campesina que construir. A cualquier partido revolucionario le basta con organizar exclusivamente a los explotados del campo.

En el terreno de los explotadores, Guzmán distingue terratenientes y burgueses. Sin embargo, no encuentra en ellos dos clases sociales diferentes ni antagónicas. No hay, en definitiva, una “oligarquía parasitaria” que oprima a productores farmers. Un terrateniente rentista puede enfrentarse a un burgués arrendatario, pero se trata siempre de un enfrentamiento interburgués. Polemizando con la izquierda que reproducía el mito oligárquico, Guzmán señalaba que con esas concepciones “la mayor parte de la burguesía deja de ser burguesía y la lucha contra la ‘oligarquía’ reemplaza la lucha contra el capital.” Del mismo modo, un burgués agrario puede enfrentarse al burgués que hace de intermediario o que industrializa la producción primaria. Se trata, en todos los casos, de una disputa por la apropiación de plusvalía que ninguno de los dos ha generado. Esto no era un purismo teórico. Por el contrario, tenía importantes consecuencias políticas. Buena parte de la izquierda setentista se arrastró detrás del movimiento liguista, acompañando a los sectores burgueses del campo que en su interior luchaban por mejoras en los precios con un lenguaje “antimonopolista”, pues denunciaban a las “grandes” comercializadoras. Frente a ello, Guzmán llama a trazar con claridad la línea que divide a explotados y explotadores y dar una batalla contra el “conjunto del capital”. No puede resultar extraño entonces que, partiendo desde estas concepciones, nuestro intelectual rechazara la consigna de “reforma agraria” a la que consideraba innecesaria, porque no existía una traba latifundista, y ajena a los intereses del proletariado, porque era parte de un enfrentamiento entre sectores del capital.

Para sintetizar, vemos que Guzmán traza un escenario agrario en el que las relaciones de producción son dominantemente capitalistas, con una línea de clase suficientemente clara: explotados versus explotadores. El campesinado como clase precapitalista aparece como una realidad inexistente, y utilizado como rótulo no refiere más que a sectores de la pequeña burguesía no explotadora. Se trata, en resumidas cuentas, de una evaluación del campo esencialmente diferente a la que propusiera la abrumadora mayoría de la izquierda argentina, que creía encontrar en el latifundio una traba al capitalismo, y la existencia de un campo cuyo sujeto protagonista era el campesino. El correlato político de estas evaluaciones es claro. Mientras que teóricos como Guzmán acababan por sentar los cimientos de una estrategia que tenía como sujeto revolucionario al proletariado rural y rechazaban una tarea burguesa (la reforma agraria), el grueso de las organizaciones apostaban a la alianza obrero-campesina y ponían como objetivo fundamental el parcelamiento de la gran explotación.

De imperios, monopolios y pymes

Al igual que hiciera con el agro, Guzmán también intenta desentrañar el carácter de las relaciones de producción en la industria argentina. Si en el primer caso, enfrenta al sentido común oligárquico y campesinista que eran moneda corriente en la izquierda contemporánea, en la segunda parte de su texto desarma la defensa del universo pyme, el antimonopolismo y el antiimperialismo.

Naturalmente, su preocupación es demostrar que las relaciones de producción en la industria son definitivamente capitalistas. Un rasgo que, aclara, no se modifica por la existencia de monopolios, dependencia o vínculos financieros con la economía mundial. Un primer dato que destaca es que en 1955 la industria fabril representaba el 56% del volumen físico de la producción global. Pero, al igual que con la producción agraria, Guzmán coloca la lupa para distinguir a quienes trabajan y quienes se apropian del trabajo ajeno. Para analizar este problema recurre a datos contenidos en el censo industrial de 1954.

Allí se establece que, de los 151.823 establecimientos industriales existentes, menos de la mitad serían pequeños talleres que no explotan trabajo asalariado. Sin embargo, esto no lo conduce a imaginar una industria precapitalista o artesanal. Pues estos establecimientos representan un 8% del total de la producción industrial. Por tanto, la primera conclusión es que el 92% de la producción industrial es necesariamente resultado del trabajo asalariado.

Habiendo establecido el carácter decididamente capitalista de la industria, el siguiente paso de Guzmán es mensurar el universo pyme. Tomando en conjunto las empresas que emplean hasta 10 obreros, y las que emplean de 11 a 25,2 es decir las más pequeñas de todas, encuentra que estas ocupan en total a 320 mil obreros y señala:

 “el conjunto de estas ‘pequeñitas’ someten a una miserable explotación a nada menos que 320.000 obreros industriales, sobre un total de 1.000.000 […] si bien individualmente explotan pocos obreros como sector del capital, sin embargo explotan una gran parte del proletariado.”

A ello se suma, que los capitalistas más chicos son los que ofrecen peores condiciones de trabajo por la sencilla razón que son menos eficientes que los grandes:

“El pequeño capitalista, al igual que el más grande, no puede mantener su empresa sino es con una adecuada tasa de ganancia media de su capital. Esto es una ley económica del desarrollo capitalista. […] Los más pequeños capitalistas, esa lumpen burguesía, puede conservarse en esas condiciones sólo a condición de no cumplir ni siquiera las leyes laborales del propio capitalismo, porque estas leyes están sancionadas para los capitalistas ‘en serio’; y eso lo sabe cualquier obrero industrial. Para el que piensa como pequeño capitalista lo fundamental es evitar su desaparición.”

En el mismo censo Guzmán encontraba que las 1.126 empresas más grandes, esas que siempre reciben el rótulo de “monopolios”, ocupaban al 28,8% (290.000) de los obreros industriales, o sea casi tanto como las “pequeñitas” en su conjunto. Sin embargo,

“apreciar esto como lo fundamental es propio del pequeño burgués que solo busca ‘repartir mejor’ la explotación del trabajo asalariado; repartirlo ‘más equitativamente’, atacar al monopolio que por sí solo esclaviza ejércitos de obreros, pero ‘olvidándose’ de estos ‘pequeñitos’, cada uno de los cuales por sí solo no puede hacerlo, lo hace en su conjunto como sector del capital.”

Para nuestro intelectual el asunto es suficientemente claro: no es una cuestión de tamaño, sino de clase. Su planteo político en este punto es consecuente:

“nosotros decimos que tampoco apoyaremos a lucha del pequeño burgués con espíritu de pequeño capitalista contra el monopolio. Nosotros lucharemos contra el capital en su conjunto, incluyendo lo más progresista del mismo – al monopolio- porque ya a esta altura del proceso histórico el capital es globalmente reaccionario. No apoyaremos la lucha de la pequeña producción contra el monopolio, lucharemos contra el capital incluyendo su expresión monopolista”

El otro blanco al que decide atacar es el del antiimperialismo y el nacionalismo. Aquí enfrenta a las posiciones políticas que suponen que el capital extranjero viene a oprimir y trabar la acumulación, a generar subdesarrollo. Contrariamente, señala Guzmán, el capital va hacia otros países en busca de ganancias. Por lo tanto, es cierto que “algo se lleva”, pero ello no es más que plusvalía extraída a los obreros que explota:

“Por eso, cuando se habla de ‘lo que se lleva’, lo primero que hay que tener en cuenta es que se trata de plusvalía, o sea, la apropiación que corresponde a la relación social capitalista establecida. La primera conclusión que se extrae de esto, es que la inversión directa de capital extranjero presupone por definición el establecimiento de una relación de producción capitalista.” 

Cuando se denuncia al imperialismo por extranjero, dice nuestro intelectual, en realidad lo que queda expuesto es el nacionalismo de la izquierda que cree ver el problema en la bandera del burgués y no es su carácter explotador mismo. Lo puesto en discusión por Guzmán es el contenido de la lucha antiimperialista que proponen los sectores que conciben al imperialismo como la traba fundamental al desarrollo de las fuerzas productivas. Un combate que pone la mira en el grueso de la izquierda, del maoísmo al estalinismo, pasando por el trotskismo y el guevarismo. Se va configurando así la especificidad del programa del socialismo revolucionario.

Banderas al viento

Finalmente, el último combate que libra el documento de Guzmán es contra quienes consideran que la Argentina no está completa como Nación. En este sentido, apoyándose en Lenin, nuestro intelectual señala que la cuestión nacional se resuelve una vez que la burguesía logra delimitar un espacio de dominación que le permite desarrollar la acumulación capitalista:

“La autodeterminación nacional, que desde el punto de vista marxista significa, ni más ni menos, que la constitución de una nación separada del resto de las naciones del mundo […] fijando las fronteras aduaneras tiende a proteger su propio mercado al mismo tiempo que establece relaciones con las otras economías del mundo […]; haciendo desparecer las trabas a la circulación interna de mercancías, da vida real a su libertad de comercio interior. En pocas palabras, puede decirse que la burguesía interna de cada Nación aprovechando elementos desarrollados en la conciencia de las masas, gesta el sentimiento y conciencia nacional de las mismas, y une políticamente la Nación como ente separado del resto de las naciones. De este modo, subordinado a su estado centralizado, constituye su área de reserva para la explotación, propia frontera de explotación del trabajo asalariado.”

Una vez que la burguesía conquistó la autodeterminación política (la existencia de una nación separada del resto) y la unificación nacional (superación de los particularismos, creación de un Estado y garantías para la libre circulación de mercancías), la burguesía cumplió con todas sus tareas, sostiene Guzmán. De modo que el dependentismo y todas las variantes de izquierda que bajo diferentes ropajes consideran que la Argentina no es independiente, confundirían la dependencia económica o financiera con una dependencia política. Lo que los lleva a adoptar un programa de liberación nacional con el cual “la lucha política contra la burguesía como clase es reemplazada por la lucha contra uno de sus sectores de mayor o menor magnitud.” En este punto, Guzmán aclara que no hay ningún margen para alianzas del proletariado con la burguesía, no porque esta no sea “decididamente revolucionaria” sino porque al haber agotado su papel histórico “es decididamente contrarrevolucionaria globalmente como clase”.

En tanto que liberación nacional debe entenderse como la revolución que logra la constitución de la nación políticamente independiente, esta tarea no tiene sentido en la Argentina. Por tanto, lo que está por delante es sencillamente la Revolución Socialista:

“Esto significa que la revolución que está planteada como necesidad –tanto por el carácter de la estructura como el de la superestructura- es la revolución social del proletariado, que debe destruir el estado de la burguesía, reemplazándolo por su propio estado –la dictadura del proletariado y el poder soviético- procediendo a la expropiación progresiva de la propiedad capitalista, con lo cual se inicia ‘el periodo de transformación revolucionaria del capitalismo en comunismo’.”

Tras las huellas del Socialismo

En esta nota hemos examinado lo central del documento programático de SR, de la pluma de Guzmán. Como pudimos constatar, fue una propuesta que decididamente rivalizó con las ideas que en la izquierda eran (y son) vacas sagradas: el campesinismo, el discurso antioligárquico, el nacionalismo, el antimonopolismo y la defensa de la pequeña producción, ya sea rural o urbana. El resultado fue un severo cuestionamiento a lo que señalábamos al inicio es el núcleo duro de la izquierda: la cuestión de la liberación nacional.

Desprovisto del lastre de las tradiciones, sin buscar la respuesta a los problemas en clásicos, Guzmán apunto a comprender la realidad que tenía frente a sus narices, haciendo uso de algunos datos elementales que estaban a la vista de cualquiera. Con ellos forjó un programa político que ponía en el centro de la escena la lucha por el Socialismo, sin etapas intermedias, tareas burguesas pendientes ni alianza con sectores burgueses o supuestos relictos precapitalistas.

El fuerte de su aporte no fue la agitación de este programa en el seno de la clase obrera, su organización nunca superó el puñado de militantes. Pero sí fue insumo para organizaciones mayores, tal como señalamos al comienzo. Con todo, su aporte se ubica en la agudeza de su crítica a una izquierda que, por fragmentada, no dejaba de ser notablemente parecida. Puso un mojón en la construcción de una corriente programática, que conserva (aún más que antes) completa vigencia: la del socialismo revolucionario.


Notas

1“Acerca del carácter de la revolución”, en: Unidad proletaria, N°2, 1972. Todas las citas refieren a esta publicación.

2Hacemos notar al examinar lo que considera “pequeño capital” lo hace en abstracción de las condiciones técnicas de producción y el nivel de productividad, tomando solo como indicador la cantidad de obreros explotados.

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