Coronavirus. ¿Por qué los parásitos que nos gobiernan actuaron tarde?

en La Hoja Socialista 18/Novedades

Si recuerda algunas semanas atrás, cuando surgió la posibilidad de la llegada del virus a nuestro país, cientos de personas fueron en masa a comprar todo el alcohol en gel disponible. Si esa misma pericia y previsión la hubieran tenido los burgueses que nos gobiernan, no estarían ahora buscando en un mercado caro y desabastecido los elementos necesarios.

Los sistemas de salud están organizados en todo el mundo en función de la competencia, por lo tanto, operan de manera irracional y con contradicciones. Eso les resta eficiencia y efectividad. Ante la perspectiva de que la epidemia afecte al conjunto de la economía de un país, aparecen los intentos de racionalizar y centralizar un sistema que se mueve en sentido contrario. No funciona bien porque no está construido para la racionalidad.

Como explicamos en la nota anterior,  llegar tarde es tan criminal como no hacer nada. En cierta medida, es lo mismo. Ya que la cantidad de casos se multiplican en el tiempo, el tiempo es el principal enemigo. Lo que nos lleva a la pregunta sobre la lentitud en la adopción de estas medidas. Y aquí aparece la clave para entender todo el problema: el capitalismo.

En el capitalismo, un sistema de burgueses en competencia, lo que organiza la vida social es la ganancia. Para obtener ganancias un patrón adelanta un capital esperando obtener un monto mayor. Pero eso es una especulación, una suposición que puede caerse y que necesita de la confianza, de la fe en que el ciclo se va a cumplir y lo invertido volverá con creces. Contrariamente a lo que supone el progresismo, los capitalistas aman la paz, la circulación y el crecimiento de los negocios. Las epidemias ponen en cuestión todo eso. Y esa es la razón por la que, contra todo criterio sanitario, miran para otro lado y ciegan los ojos de los demás, hasta dónde pueden.

La circulación de personas es tan importante para el capitalista como lo es el de mercancías. De hecho las personas son, para los capitalistas, portadoras de mercancías, vendedoras de fuerza de trabajo. Lo explicamos hace un tiempo. Eso no significa que en espacios y momentos muy particulares, lo impidan. Pero la interrupción de la circulación es un problema para el capital. De allí que los capitalistas aborrecen los piquetes que impiden la circulación para vender fuerza de trabajo (en una huelga) o la circulación de mercancías (en la ruta). E incluso de allí viene que para presionar sobre el gobierno salgan a la ruta como forma de lockout.

El derecho genérico a la circulación es un derecho individual básico, un derecho de la sociedad burguesa básico. Que sea cuestionado desde esa misma sociedad nunca es fácil. Para hacerlo debe haber una amenaza a la acumulación, a la ganancia, que lo exija. Por eso la restricción no es un hecho negativo para la clase obrera en sí misma. Hay casos y casos. Durante la dictadura (también durante el gobierno peronista con la Triple A), lo fue. Andar por la calle podía ser un viaje al cementerio (si es que el cadáver de uno aparecía).

Hoy, no circular, es protegerse. No es lo mismo que dejar de circular sea una forma de abortar un proceso de luchas (los ’70 y la dictadura) o que sea una medida sanitaria para intentar salvar vidas obreras. Por eso, durante la dictadura la demanda central era política, recuperar las condiciones para luchar sin que la burguesía nos asesine, y hoy es casi inversa, obtener los recursos económicos para poder minimizar el riesgo en la salud.

Es muy probable que surjan luchas en el sentido opuesto: para que no nos impidan cuidarnos. Las explosiones de descontento de los trabajadores de salud por la falta de recursos para su protección y la escasez de sus salarios se asocian al reclamo de quedarse en su casa ya ocurrido en Felfort, Pepsico y otras fábricas, aquí y en el mundo. Ese es el camino. No es la libertad de circulación el principal reclamo en este momento sino un subsidio generalizado a la clase obrera por el valor del salario íntegro. Para vivir de manera normal hasta que pase el peligro. Para contribuir a resolver la epidemia.

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