Coronavirus, el socio del afortunado Tío Alberto

en La Hoja Socialista 18/Novedades

Desde que asomó la fórmula Alberto-Cristina, hace ya casi año, comenzó a popularizarse el apodo de “Albertitere” para designar al ahora presidente. Es que, se intuía, el Fernández hombre iba a ser una marioneta de la Fernández mujer. En realidad, sucedió lo contrario. Desde la hora cero, se vivió una disputa interna más o menos abierta, con las designaciones de funcionarios o la negativa a Alberto a consentir la existencia de “presos políticos”, que no fue otra cosa que la forma de amenazar al cristinismo recordándole que las rejas eran una amenaza real.

Tener una gestión propia, no era tarea fácil para Alberto. No, al menos, hasta la llegada del Coronavirus. Alberto recibió una “bomba”: la misma que le dejara Cristina a Mauricio, solo que ahora se sumó una gigantesca deuda externa. No sorprende, como ya explicamos, la Argentina está quebrada hace años. Para colmo, el Tío la recibió sin tener soja (como Néstor) ni la posibilidad de tomar deuda (como Mauricio). De allí que en sus primeros días no tuviera más que ofrecer que gestos simbólicos de corto vuelo, como el uso del lenguaje inclusivo.

Fernández se limitó, apenas asumido, a realizar la misma política que Macri: garantizar el pago de la deuda a costa de un ajuste bestial de la economía (el ajustazo a los jubilados, por caso), en la creencia en que Vaca Muerta y la posibilidad de retornar al endeudamiento, le facilitarían la tarea hacia fines de 2021. Pero la crisis mundial pronto quebró sus ilusiones: el precio del petróleo se desplomó y el sueño de Vaca Muerta se convirtió en pesadilla.

Y allí hizo su entrada en escena la pandemia. Si para la economía mundial fue un “cisne negro”, para el gobierno argentino fue lo contrario. El cambio del escenario no podría haber sido más brutal: de la imposibilidad de emitir, para mostrar cuentas ordenadas, a una emisión descontrolada; de garantizar el pago de la deuda, al default en cuotas. Este escenario, en torno a la variable que organiza la crisis en la Argentina de Fernández, la deuda, solo es pensable en el marco de la crisis mundial y la emergencia sanitaria.

Lo que Alberto hace es lo mismo que está haciendo el mundo: “quedate en casa y te bancamos con emisión monetaria”. El uso de la máquina de imprimir billetes tiene por función principal evitar la quiebra generalizada de empresas. Pero otra, tan o más importante que esta, es el temor a la rebelión social que una situación como esta pueda provocar (¿Ya lo escuchó a Ginobili preocupado por el asunto?).

Sin duda alguna, se trata de un temor más agudo en países como la Argentina. Con un porcentaje de población elevado que trabaja para el Estado, el gobierno argentino sabe que basta con emitir billetes para garantizar la cuarentena de todos los estatales. En la economía privada, los billetes recién impresos garantizan el pago de sueldos por medio de créditos regalados para el sector. Flexibilizar la cuarentena para “actividades esenciales” cuya necesidad está en duda (las papitas de Pepsico, por ejemplo), es otra forma de subsidio a la economía privada.

El otro sector que Alberto está obligado a atender, para evitar la rebelión social, es la población más sumergida, que no tiene más opción que vivir de la ayuda del Estado. Es la preocupación por el Conurbano. En este punto, el Tío aprendió de Néstor: asistencialismo y expansión del aparato punteril. En este caso, reparto de bolsones de alimentos, salario familiar de emergencia, refuerzo de la AUH. Se logra, por esa vía, mantener desmovilizada a la población, en un camino que puede llevar, si tiene éxito, a la construcción de una red puramente albertista de control de Conurbano.

Es, insistimos, el cambio de la situación mundial por la crisis y la pandemia, lo que hizo posible este giro en la política del gobierno. Y es este giro el que catapultó la figura de Alberto en las encuestas, que solo se debilitan cuando habla de flexibilizar la cuarentena. Habla y promete profundizar la cuarentena y sus números ascienden. Logró, ahora sí, inventar su propia presidencia. No sorprende que Cristina esté en un silencioso aislamiento social, por su viaje a Cuba, pero también político.

De todos modos, no todo es color de rosas para Fernández. Su fortuna actual tiene bases frágiles. Mientras la economía se desploma, su figura crece, precisamente, porque la economía se desploma. Se trata de una perspectiva sin futuro: el desplome de la economía no puede evitarse por demasiado tiempo mediante la máquina de imprimir billetes. La “post-pandemia” amenaza con una explosión hiperinflacionaria. Al mismo tiempo, buena parte de las empresas quebradas no va a superar la cuarentena. Yeso va a dejar una enorme desocupación.

No hay nada que parezca sacar a la Argentina de la quiebra. Por eso, para continuar con su ascenso, Fernández necesita la cuarentena, pero para darle bases económicas reales necesita su fin. Es así que la post-pandemia trae un 2001 bajo el brazo. Depende de nosotros que ello se convierta en un Argentinazo, esta vez, triunfante.

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