Con la lupa. Acerca de los criterios de medición de la pobreza por ingresos en Chile

en Aromo/El Aromo n° 108/Novedades

Nicolás Villanova
OES – CEICS


Los intelectuales liberales se cansaron de mostrar y reivindicar el camino a seguir para la economía argentina y latinoamericana: el modelo chileno. Un modelo cuyo punto de partida fue una dictadura militar (burguesa) y que luego continuó con su esencia bajo una democracia (burguesa). Uno de los argumentos de los defensores del modelo remite al supuesto descenso sistemático de la población pobre que, en base a las estadísticas oficiales, a fines de la década de 1980 la cifra era cercana al 45%, mientras que, según el último dato oficial disponible de 2017, el porcentaje habría disminuido a un escueto 8,6%. Uno podría imaginar que, de continuar con esta tendencia, la pobreza desaparecería. Sin embargo, la tendencia decreciente de los niveles de pobreza parece asemejarse más a una cuestión estadística que real. En efecto, la realidad social chilena viene mostrando la verdadera cara del modelo a través de las manifestaciones: millones de personas que no logran garantizar sus condiciones de vida más elementales y que salieron a las calles a decir “basta”. Basta de ajuste, miseria y pobreza. En este artículo analizamos los criterios de medición de la pobreza en Chile. Si bien existe más de un tipo de medición, aquí sólo esbozamos los criterios de registro de pobreza por ingresos. Como veremos, las cifras de pobres en el país andino son bajas porque quienes pretenden contabilizarlos no hacen más que ocultarlos con artilugios nefastos.

El punto de partida

Bajo el capitalismo, todo obrero es un pobre virtual, o sea, un candidato a ser pobre. Debe entrar en relaciones de explotación con el capital, de lo contrario, su vida corre peligro. A diferencia de modos de producción previos, bajo el capitalismo el obrero sólo subsiste si tiene dinero, pues todas sus necesidades de reproducción se encuentran mercantilizadas. Y dado que su trabajo nunca está asegurado, todo obrero ocupado siempre está en vías de sucumbir en la desocupación y la miseria. Por su parte, ciertas capas de la población reproducen sus condiciones de vida inmersos en la pobreza absoluta. En este sentido, las diversas capas de la sobrepoblación relativa (los indigentes, los desocupados, los obreros ocupados que venden su fuerza de trabajo por debajo de su valor, cuya reproducción biológica se encuentra en peligro) son pobres y no meros candidatos. Aquí también la pobreza se vincula directamente con el capital, pues la población sobra “para” las necesidades del capital. También, la pobreza se manifiesta de manera más invisible: aún cuando los salarios de las fracciones ocupadas y productivas de la clase obrera pueden incrementarse, la creciente extracción de plusvalía que se apropia la burguesía, por la vía del aumento de la productividad del trabajo, expresa un empobrecimiento relativo. Esto quiere decir que unos pocos se enriquecen más, mientras que muchos otros se empobrecen crecientemente.

La ideología burguesa oculta esa relación existente entre ricos y pobres, o entre el enriquecimiento y el empobrecimiento. Sea para lavarse las culpas (o simplemente para ocultar pobres sin cuestionar el sistema capitalista), la burguesía sólo registra la pobreza en base al “acceso” a determinada “calidad de vida”, o a ciertos “bienes y servicios”. Estos criterios siempre tienden a disminuir los niveles de pobreza, pues los estándares requeridos para no ser considerado pobre tienen su punto de partida en la “calidad de vida” de la población más pobre. Veamos esto un poco más en detalle y comencemos por el mayor ocultador de pobres: el Banco Mundial.

La mayoría de las mediciones de pobreza por ingresos monetarios establecidas en el mundo asumen criterios semejantes: en primer lugar, se elabora una canasta de consumo que representa el mínimo indispensable para poder sobrevivir; y, en segundo término, se calcula su precio. Luego, toda persona (o familia) que obtenga un ingreso por encima del precio de la canasta de consumo no será considerada pobre; mientras que, aquellas personas o familias cuyos ingresos se encuentran por debajo del precio de la canasta, serán consideradas pobres. El Banco Mundial utiliza estos criterios para estimar la pobreza en el mundo. ¿Y cómo construye la canasta de consumo?

El umbral de la línea de pobreza por individuo que utiliza el Banco Mundial comenzó siendo de 1 dólar por día durante principios de los años ’90. Es decir, todo individuo que obtuviera más de un dólar por día no era considerado pobre. Con el paso de los años, y en la medida en que fue aumentando el costo de vida de los países, el monto de umbral de pobreza fue modificado hasta que en 2015 se estipuló en 1,9 dólar por día. Este monto representa la media de las líneas de pobreza encontradas en 15 de los países más pobres del mundo clasificados por consumo per cápita, específicamente de Asia y África. Por lo tanto, el Banco Mundial construye un indicador de lo que el organismo denomina “pobreza extrema”.

A partir del año 2017, el Banco Mundial comenzó a elaborar otros umbrales de pobreza segmentando más a la población en base a su poder adquisitivo. Puesto que para países con ingresos per cápita más elevados, como por ejemplo Finlandia o Canadá, donde los ingresos mensuales superan los 12.500 dólares y son considerados “países con ingresos altos”, el umbral de 1,90 dólares por persona por día resultaba un indicador de pobreza “muy poco exigente”. En este sentido, el Banco Mundial estipuló otros umbrales de pobreza cuyos ingresos diarios para no ser pobres serían de 3,20 dólares por día (indicador que deriva de las líneas de pobreza nacionales de los países clasificados como de “ingresos medios bajos” y de 5,50 dólares diarios (se deriva de los países clasificados como “ingresos medios altos”). En todos estos casos se trata de umbrales insignificantes que nos hablan, probablemente, de población más cercana a la indigencia.

Según los indicadores del Banco Mundial, la pobreza extrema se habría reducido drásticamente entre 1981 y 2015. En base al umbral estimado en 1,90 dólar por día por persona, la pobreza en el mundo se habría reducido de un 42,2% a un 10%. Es decir, de 1.906 millones de personas en extrema pobreza durante los primeros años de la década de 1980, a 736 millones. Con el umbral de 5,50 dólar por día por persona: de un 66,4% a un 46% entre 1981 y 2015. ¡La mitad de la población mundial es pobre! Es decir, de 3.000 millones de personas pobres en 1981 habría aumentado a 4.000 millones en 2002, para luego “descender” a unos 3.384 millones en 2015. Este descenso, lógicamente, es en términos relativos y no absolutos. El sólo hecho de que en la actualidad la mitad de la población mundial sea pobre, aún con estos estándares utilizados por el Banco Mundial, y con el gigantesco avance y desarrollo de las fuerzas productivas, expresa lo poco que puede ofrecer la relación social capitalista a la sociedad y, sobre todo, los límites de esa relación para garantizar las necesidades más elementales de las personas.No obstante, cada país tiene sus particularidades. ¿Cómo se mide la pobreza por ingresos en Chile?

Un poco de pan, agua y una lechuga

En Chile, la medición de la pobreza por ingresos que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) parte de la construcción de una canasta de alimentos, de bienes y servicios cuya calidad es pésima. Esto explica las razones por las cuales el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza medida oficialmente resulta bajísimo. El criterio para medir la pobreza se inicia con la construcción de una canasta de consumo alimentaria que se adecúa a las costumbres de consumo y a los requerimientos nutricionales mínimos de la población. Históricamente, el INE redujo sistemáticamente las kilocalorías (kcal) necesarias para tal fin: en los años ’70 se estimaron en 2.318 kcal. diarias promedio por persona para garantizar una dieta “saludable”; mientras que, en los años ’90 se reestimó en 2.187 kcal y en 2013 se calculó nuevamente para pasar a unas 2.000 kcal.1

¿Por qué se redujo la necesidad de una ingesta en nutrientes? Con la última modificación, la Comisión para la Medición de la Pobreza argumentó que este descenso se debe a los cambios en la dieta de los chilenos y a que el 64% de la población mayor de 18 años se hallaba con sobrepeso u obesidad, mientras que, el 89% del total de la población llevaba vidas sedentarias.2 Por lo tanto, amparados en las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por su sigla en inglés) consideraron pertinente disminuir las kcal necesarias.

Sin embargo, estos criterios debieran ser matizados. Por empezar, un 32% de la población ocupada chilena se empleó en los últimos años en actividades vinculadas a la ganadería y agricultura, pesca, explotación de minas, industria manufacturera y construcción, es decir, actividades laborales de elevada intensidad. Además, en los últimos años cerca de un 20% promedio de los ocupados trabaja más de 45 horas por semana. Por lo tanto, más allá del supuesto “sedentarismo” de la población, una elevada población obrera destina un gigantesco gasto energético que no es contemplado a través de las estadísticas, toda vez que los “promedios” siempre “tiran” hacia abajo.

Incluso, las kcal necesarias fueron reducidas aún más por el organismo de estadísticas, específicamente para los niños y adolescentes. Su argumento se debe a que el Estado, por intermedio del Programa de Alimentación Escolar (PAE), ya garantiza unas 210,8 kcal a través del desayuno y almuerzo que brinda el programa a un porcentaje de niños escolarizados en situación de vulnerabilidad.3 Consecuentemente, las kcal promedio necesarias para obtener una dieta nutritiva se redujeron a 1.843,5, promedio. Una reducción notable que nos habla de los mínimos estándares con los que se estima una dieta “saludable”.

Los contenidos nutricionales y proteicos de la composición de la canasta alimentaria elaborada por el INE son de pésima calidad. En efecto, la CEPAL, organismo encargado de registrar las primeras mediciones de pobreza por ingresos en los años ’70 para los países latinoamericanos, elaboró una crítica a esta medición y construyó una canasta “más saludable”. Sobre la base de la misma cantidad de kcal respecto de la canasta que elabora el INE (2.000 kcal diarias), la CEPAL modificó las cantidades y tipos de alimentos que se requieren para una dieta de mayor calidad.4 Para ello incrementó el insumo de frutas y verduras (107%), las porciones de lácteos y derivados al día (272%), aumentó las proteínas saludables, es decir, las carnes de ave, pescado, legumbres, cereales y vegetales en general, excluyendo las carnes rojas (19%).

Por otra parte, eliminó todo el insumo de comidas rápidas por fuera del hogar, incrementando alimentos más nutritivos, así como también, evitó los jugos, bebidas gaseosas y derivados, suplementándolos con el insumo exclusivo de agua mineral. También eliminó el consumo de chocolates, golosinas, helados, papas fritas y otros tantos. Se trata, por cierto, de una dieta “teórica” que no tiene en cuenta la vida real. Por ejemplo, los obreros muchas veces deben almorzar por fuera de sus viviendas toda vez que la actividad laboral les impide retornar a sus hogares. A su vez, deja afuera cualquier “gusto” que pueda darse una familia obrera, un consumo que puede ser parte de las costumbres de la población. El resultado de esta construcción alternativa es contundente: el costo de la canasta alimentaria es un 36,1% más cara que la oficial y, consecuentemente, la población que no puede acceder a estos alimentos es mucho más elevada. En efecto, más del 84% de los dos deciles más pobres de la población no podrían cubrir esta canasta.

¿Quién accede a esta canasta?

El paso siguiente para la construcción de la canasta de pobreza es hallar la población que gasta en alimentos el equivalente a esta canasta. El INE encuentra que la población que puede acceder a esa canasta se encuentra en los quintiles 1 y 2, es decir, la población que obtiene menores ingresos. Por otra parte, con el valor de la canasta alimentaria ya puede estimarse el porcentaje de personas “indigentes” (que difiere de los “pobres”). Indigente es, desde esta perspectiva, toda persona o familia que con sus ingresos solo logra cubrir el valor de la canasta alimentaria, pero sin obtener los ingresos suficientes para cubrir la canasta de pobreza. Algunos críticos a esta medición señalan, con razón, que es prácticamente imposible que una familia pueda obtener con sus ingresos estos alimentos sin poseer nada para garantizar su consumo, como, por ejemplo, combustible para su cocción, o bien, aunque más no sea, algún cubierto o un espacio para poder comer. Consecuentemente, el registro de la indigencia se encuentra subrepresentado.

Una vez estimada la canasta alimentaria y seleccionada la población que se supone garantiza el consumo de estos bienes (otra vez, los más pobres de la sociedad), se calcula el resto de los bienes y servicios para completar la canasta de pobreza. Se trata de los gastos destinados a los servicios públicos, vivienda, salud y otros tantos. Para estimar los gastos no alimentarios, el INE de Chile utiliza un coeficiente, denominado de Engel (al igual que Argentina y otros países latinoamericanos). Es decir, no registra los gastos reales en alquileres o pago de servicios públicos del conjunto de la sociedad, sino lo que la población más pobre destina a otros gastos no alimentarios. Se trata de la estimación de un gasto hipotético que se basa en la presunción de que todo aquello que no se gasta en alimentos, se utiliza para la compra de otros bienes y servicios, siempre de la población más pobre del país (la cual destina un gasto importante a los alimentos). Ese coeficiente parte de un supuesto teórico según el cual todo incremento de los ingresos de una familia no necesariamente repercute en un aumento semejante en el consumo de alimentos.

Por el contrario, cuando suben los precios de los alimentos, ese coeficiente, teóricamente hablando, supone que se gastará menos plata en el resto de los servicios. Algo que parece obvio cuando se trata de una población que ya es pobre. Razón por la cual, cuando aumentan los precios de los alimentos, el cálculo del coeficiente tiende a subestimar el gasto hipotético del resto de los bienes y servicios: tales como por ejemplo el alquiler de las viviendas y los servicios públicos, sobre todo para la población que no se encuentra en el quintil más pobre de la sociedad. Para sintetizar, la construcción de una canasta para medir la pobreza en base al consumo de la población de menores recursos tiende a sobreestimar las posibilidades reales de su alcance de otras fracciones de la población de ingresos medios.

La trampa de los ingresos familiares

Una vez estimada la canasta alimentaria y de pobreza (que es lo mismo que decir la “línea de indigencia” y “línea de pobreza”), se comparan estos valores con los ingresos del conjunto de la población a los efectos de constatar la cantidad de hogares y personas que superan o no esas líneas. Para ello se suman todos los ingresos monetarios de la unidad familiar y se compara con el precio de la canasta. Estos ingresos incluyen los procedentes del trabajo, los que se obtienen de las jubilaciones y pensiones, las transferencias monetarias que perciben los hogares beneficiarios de subsidios del Estado a través de programas sociales. El dato significativo del cálculo de los ingresos es la imputación de un monto de dinero “indirecto” para quienes son propietarios de vivienda (o que se encuentran pagándola por toma de crédito hipotecario), a quienes viven en casas “cedidas” (por un familiar o por quien sea), o bien, el uso de una vivienda cedida por servicio o trabajo. Por lo tanto, a los montos físicos en dinero de diversas procedencias, se suma a los propietarios una suma de dinero basada en el valor del alquiler de esa vivienda en el barrio donde se ubica.

Cabe destacar que la cantidad de hogares a la cual se le imputa un ingreso por un hipotético pago de alquiler tiende a disminuir, puesto que el porcentaje de familias propietarias en Chile bajó de un 70% en 2003 a menos del 60% en 2017.5 Lo que implica que comprar una casa o departamento en Chile es un sueño cada vez más lejano.

Hasta cierto punto, el hecho de imputar un ingreso por alquiler de vivienda cuando se trata de una casa o departamento “cedido” por un familiar o por trabajo no deja de ser una transferencia de dinero de hecho. Cabe destacar que, el porcentaje de hogares bajo estas condiciones resulta ínfimo. Sin embargo, dicha imputación al conjunto de los hogares que no alquilan resulta un tanto engañosa. ¿Dónde está la trampa en esta imputación? En que el valor imputado por alquiler a un propietario de su vivienda (de la que nada se dice acerca de la condición material en que se encuentra) sobreestima el ingreso monetario total familiar en relación con la canasta de pobreza construida en base a la población más pobre. Dicho de manera más sencilla: el ingreso imputado por alquiler no es luego descontado por el gasto en alquiler de vivienda, sino que se compara con el conjunto de gastos no alimentarios de una familia cuyo estándar de vida es pobre. El resultado es la subestimación de población que podría ser pobre aún siendo propietaria de su vivienda.

Evidentemente, el organismo que se encarga de medir la pobreza en Chile está más preocupado por esconder pobres que por contabilizarlos. No sólo reduce notablemente las kcal necesarias, de una canasta alimentaria de pésima calidad, sino que a su vez imputa un ingreso ficticio a la población que es propietaria de su vivienda. Todo un síntoma de lo que las estadísticas burguesas nos quieren hacer creer.

¿Cuántos pobres hay en Chile?

Con los criterios antes mencionados no sólo resulta dificultoso conocer la cantidad real de pobres. La propia medición “por ingresos” resulta poco fiable, toda vez que un breve aumento o descenso del índice de precios incrementa o disminuye el porcentaje de pobres en cientos de miles de personas. Incluso, existen otras mediciones de orden más estructural, las cuales también son deficitarias y, en ciertos casos, anacrónicas, para las cuales dejaremos su análisis para próximos números. Lo cierto es que algunas mediciones de pobreza por ingresos alternativas a las estipuladas por el INE registran cifras mucho más elevadas de pobres. Veamos.

La Fundación Sol elaboró una crítica a la última medición oficial de la pobreza en Chile, según la cual registra a la población pobre descontándole los ingresos por imputación de alquiler, así como también, el monto de dinero por transferencias del Estado.6 Podríamos decir que se trata de una “simulación” para medir la pobreza a expensas del accionar estatal, o sea, sobre la base de los ingresos obtenidos por la vía del trabajo. En base a los criterios de obtención de datos de la encuesta CASEN, la Fundación Sol llega a los siguientes resultados para el año 2017: la pobreza sin el ingreso por “asignación familiar” sería del 8,9%; sin la “Pensión Básica Solidaria”, 10%; sin “subsidios”, 12,5%; sin “alquiler imputado”; 19,5%; sin “alquiler imputado ni Pensión Básica Solidaria”, 21,3%; sin “subsidios ni alquiler imputado”, 24%; y, sólo tomando “ingresos del trabajo + jubilación contributiva (autofinanciada)”, la pobreza sería del 29,4%. Comparada con el 8,6% que mide el INE para el mismo período la diferencia es notable.

Ahora bien, si se toma como válida la construcción de la canasta alimentaria que construye CEPAL de la que hablamos más arriba, los niveles de pobreza se incrementan aún más. La medición oficial del 8,6%, sin quitarle los ingresos de alquileres imputados ni las transferencias estatales, se incrementa a un 19,8%. Mientras que, descontándole los ingresos antes mencionados, la cifra de población pobre aumenta a un 42,8%, equivalente a 7,6 millones de personas durante el año 2017.7Esto quiere decir que, si se descuenta el alquiler imputado y las transferencias estatales, y dependiendo de las canastas alimentarias que se tomen, la población pobre ronda entre un 30 y un 43%. Una gigantesca cantidad de obreros que no logran reproducir normalmente sus condiciones de existencia.

Evidentemente, en Chile existe una cantidad sustantiva de obreros cuyas condiciones de vida se encuentran en peligro. Esto se expresa en la creciente asistencia estatal por la vía de la transferencia directa de ingresos a los hogares más vulnerables. Por ejemplo, según datos extractados de la encuesta CASEN para el año 2017, el 58,2% de hogares con niños escolarizados perciben el beneficio del Programa de Alimentación Escolar, el cual garantiza desayuno y almuerzo para los niños más pobres. Con la misma encuesta y para el mismo año se estimó que el 50,8% de los hogares chilenos reciben algún tipo de transferencia directa de ingresos por parte del Estado. Dicho de otra manera, la mitad de los chilenos depende de la estructura del Estado para reproducir sus condiciones de existencia, o sea, es pobre.

Luego, en base a los mismos datos extractados de la encuesta CASEN en 2017, observamos una enorme cantidad de personas y hogares con problemas de vivienda y de hábitat o servicios públicos. Por ejemplo, en Chile el consumo de gas resulta muy caro, por eso la población que no puede acceder a gas, o bien para abaratar costos, utiliza leña o carbón para calefaccionar. En este sentido, el 59% de los hogares utilizaba leña, carbón u otro combustible para calefaccionar su vivienda o no tenía sistema de calefacción. El uso de leña es más barato en Chile, pero a la vez crea serias consecuencias en la salud de la población. Algunos estudios medioambientales muestran el efecto contaminante del uso de leña y las enfermedades respiratorias y cardiovasculares que crea, cuando no es la muerte prematura por intoxicación. Por su parte, el 12% de los hogares había sufrido algún tipo de contaminación en su red de agua potable en el último año. O bien, el 40% de las familias manifestó que en el último año se le había acumulado basura en su barrio por el déficit del sistema de recolección de residuos.

Más impactante aún es el porcentaje de hogares que en el último año sufrió algún tipo de “desastre” medioambiental, a saber, un terremoto o tsunami; inundación o anegamiento; sequía; incendios forestales o en zona urbana; erupción volcánica; derrumbes de tierra; heladas; o, emergencia sanitaria, cuya consecuencia fue la pérdida material o humana (9,04%). Se trata de crímenes sociales, es decir, muertes o pérdidas evitables que son provocadas por las condiciones de miseria de la población a la que la lleva el capitalismo. Por último, el 9.8% de la población se hallaba en situación de hacinamiento. Como vemos, existe una gigantesca masa de la población chilena que es pobre y que no es registrada por las estadísticas.

El legado

Como hemos visto, los organismos de estadísticas oficiales tienden a ocultar pobres más que a contabilizarlos. Con los criterios propios de la ideología burguesa la población pobre se encuentra completamente subestimada. Sin dudas se trata de una manera de legitimar un sistema capitalista que tiende a crear miseria, desocupación y hambre. En este sentido, el “modelo” chileno no es la excepción. Hoy, las manifestaciones en Chile expresan de manera más realista lo que las estadísticas burguesas intentan ocultar: el empobrecimiento generalizado del conjunto de la población como consecuencia del desarrollo capitalista. Ese “modelo” que instauró Pinochet hace 40 años y que continúa bajo la democracia actual.


Notas

1Se trata de promedios generales dado que, para cada persona, en base a su sexo, edad, talla y actividad, las kcal difieren. No obstante, la reducción de las kcal “tiran” hacia abajo todos los promedios.

2Comisión para la medición de la pobreza: “Informe final”, Chile, enero de 2014. (Pág. 32, cita al pie 26).

3Ministerio de Desarrollo Social: “Nueva metodología de medición de la pobreza por ingresos y mutidimensional”, Documento Metodológico, n°28, Gobierno de Chile (Pág. 14).

4CEPAL, Ministerio de Salud de Chile y OPS: “Estudio sobre el cálculo de indicadores para el monitoreo del impacto socioeconómico de las enfermedades no transmisibles en Chile”, Santiago de Chile, julio de 2015 (Pág. 52-57).

5CEF ANÁLISIS: “Informe CEF Macrofinanciero”, n°22, abril 2019. Universidad de Los Andes.

6Durán, Gonzalo y Kremerman, Marco: “La pobreza del ‘modelo’ chileno, la insuficiencia de los ingresos del trabajo y pensiones”, en Ideas para el Buen Vivir, n°13, 2018. Fundación Sol.

7Ídem.

2 Comentarios

  1. Certero análisis, en tus notas están varios de los documentos que estaba revisando para realizar una postualación a un fondo estatal, en el que claro hay que expresar los términos «oficiales» de medición de pobreza por ingresos y multidimiensional.
    Me gustaría seguir leyendo tus publicaciones 🙂

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