La nueva década necesita del socialismo

en Aromo/El Aromo n° 109/Novedades

En los números comienza una década. En los ciclos de la lucha de clases ¿también? Periodizar y pronosticar son tareas asociadas y militantes, definir los ciclos que se cierran, las continuidades que persisten, las novedades que habrá que tomar en cuenta para la acción.

Desde la mitad del siglo XX, hubo décadas en las que la estela de revoluciones triunfantes impactó duro sobre las conciencias. Más allá de los balances de esas experiencias, lo más complicado para el campo socialista fue el peso aplastante de un ejemplo que no servía para la realidad que pretendía transformar. La luz de esas victorias aplastaba la inventiva y la intelección bajo el peso de la imitación y el dogma. Es el período de consolidación de los actuales ismos: estalinismo, trosquismo, guevarismo, maoísmo. Cada uno de ellos, a la vez auto fragmentado en corrientes adversarias entre sí por cuestiones menores.

Esas divisiones reflejaban el agotamiento de los ejemplos en los que se sostenían. El Muro de Berlín, en su derrumbe, los golpeó a todos con sus cascotes. Una década de atontamiento de las fuerzas revolucionarias fue aprovechada por la burguesía para desplegar junto a sus ideologías políticas tradicionales como liberalismo o populismo, una ideología reaccionaria de base: el posmodernismo. El final de la década del 90 encontró a Sudamérica pagando los ajustes capitalistas de esos años y a la vez recibiendo un regalo inesperado: los precios elevados de sus producciones primarias exportables.

Pero, desde que el ciclo ascendente de las materias primas y la captación de renta por parte de las burguesías nacionales comenzó a cerrarse, se deterioró la hegemonía y estabilidad de los gobiernos que las disfrutaron. Los derechistas y los progresistas por igual, habían usufructuado una situación excepcional (la incorporación de China al mercado mundial con una demanda descomunal de recursos para su crecimiento exponencial) que se percibió en esta parte del mundo como un ingreso inusual de dólares que permitía financiar a las burguesías latinoamericanas, en términos globales faltas de competitividad, parasitarias y miserables. E incluso, por primera vez, pagar deuda con dinero contante y sonante como hizo Kirchner.

Caída la fuente de recursos para sostener un capitalismo rastrero, presenciamos en la década que acaba de concluir los estertores de una forma de vida social insostenible. Fue la década del ajuste gradual y permanente, de los rechazos a los gestores de la miseria, de pagar las cuentas de la fiesta y de descubrir a los corruptos de toda laya. La década del 2010.

Lo que constituye la base material de la nueva década es que sin la renta, las políticas de neoliberales y populistas se vuelven imposibles de diferenciar porque son coincidentes: congelar jubilaciones, “sanear” el fisco, renegociar la deuda, licuar salarios con inflación, rebajar el nivel de vida. La bonanza económica que se terminó hace más de un lustro ha desencadenado sobre la clase trabajadora latinoamericana una pesadilla. Y no es fácil para quienes vivimos de la venta de nuestra fuerza de trabajo, rebelarnos ante la miseria. Pero, la paradoja está en que en cierto momento es casi imposible no hacerlo. En Venezuela o en Colombia, en Ecuador o en Uruguay, en Brasil o en Argentina, en Bolivia o en Chile, las condiciones de vida caen como si persiguieran con retraso al precio de las materias primas que sostenían de manera enclenque un sistema sin futuro.

En Brasil, el declive fue soportado por el PT en una primera etapa con los ajustazos, la militarización de las favelas y le devastación del Amazonas. Las protestas masivas contra Dilma antes del Mundial ya exhibieron el agotamiento del PT ajustador y en una serie de procedimientos constitucionales propios de la democracia burguesa (similares a el que se intenta contra Trump, el que se aplicó contra Kuczynski en Perú o el que podría derivar en una salida de Piñera) se hizo a un lado Dilma, para reemplazarla por Temer y, luego en las elecciones, ni el PT ni sus aliados pudieron obtener el favor de una clase trabajadora que los rechazó. La única opción en ese momento fue el outsider Bolsonaro que capitalizó el descontento.

En Venezuela la extrema fragilidad de una economía sin ningún cambio de fondo y totalmente dependiente del petróleo estalló con la caída del precio del mismo. La respuesta del gobierno fue dejar a las masas en la miseria y reprimir duramente a las organizaciones obreras, estabilizando mínimamente su economía gracias a la expulsión de varios millones de exiliados.

En Bolivia, el declive de la economía, la resistencia de los pueblos originarios de segunda y de los sectores sindicales minaron el apoyo electoral al MAS: Y sin otra opción que seguir al frente él mismo, Evo desconoció la Constitución que él había hecho aprobar, desconoció el mandato popular del referéndum que rechazaba su postulación y forzó una situación que culminó en su salida por movilizaciones populares que fueron capitalizadas, por ahora, por la derecha.

En Chile, el deterioro del nivel de vida de la clase trabajadora, escondido bajo la pantalla del “modelo chileno”, reventó con la corta mecha de un aumento de transporte y desparramó por el mundo la realidad del país, la profundidad de la resistencia y la ferocidad de la represión.

En Colombia, en Ecuador, en Perú, huelgas generales, políticos acusados de corrupción, enfrentamientos en las calles, represión y torturas, los ponen en la misma perspectiva.

Ante esto hay dos lecturas posibles. Una es la del progresismo (incluido el FITU) Desde esta perspectiva hay una de cal y una de arena. En algunos países hay maniobras del imperialismo, y en otra resistencia ante el neoliberalismo. En ambos casos se responde con la democracia burguesa. En Bolivia y Brasil se proponen resistir, “no al golpe”, en Chile “Asamblea Constituyente”, en Venezuela “no a la intervención”. Esto une objetivamente a la izquierda con un sector burgués, con parte de la burguesía chilena que busca una salida dentro del sistema con la consigna (trotskista) de Asamblea Constituyente, en Bolivia con la burguesía masista en que hay un golpe de estado (aunque esa misma burguesía esté participando abiertamente del proceso electoral). Esta situación se expresa también en Argentina.

El representante de la corriente hegemónica en la izquierda, Nicolás del Caño del FITU, en el debate presidencial ante la mayor audiencia que un trotskista argentino haya tenido en la historia para exponer sus propuestas, se negó a hablar de socialismo. De sus palabras no se puede desprender la idea de que el capitalismo está agotado y es el problema. El problema del país es, según la versión del FITU, el imperialismo y la deuda. Aplicando esa lógica se presentó de la siguiente manera: “Me crié en una familia trabajadora y desde muy pibe vi sufrir a mis viejos con la hiperinflación de los 80, después sufrimos la gran desocupación con Menem, después vino la catástrofe de De La Rúa y ahora Macri que nos deja este desastre” Es lógico que si no se ataca al capitalismo no se ataque a su principal sostén. Se negó a mencionar al kirchnerismo cuando nadie dudaba que sería el próximo gobierno y es una obligación con nuestra clase denunciar a su próximo ajustador. Ese silencio sólo continuó de manera más forzada lo que durante el gobierno de Macri se escondió tras la consigna “Contra el ajuste de Macri y los gobernadores” Decir “los gobernadores” es decir “la parte de mala del peronismo” y salvar, el núcleo bueno que suponen es el kirchnerismo. Desde el “diario de Irigoyen” pasando por el “cerco” a Perón, hasta llegar a las “traiciones” variadas (Alberto Fernández, Massa, Randazzo, Bossio, Pichetto) a los Kirchner y el “fuego amigo” de las últimas semanas, la aceptación de un populismo bueno que hay que defender contra “gorilas” e “infiltrados” es una de las mayores estafas políticas a la clase trabajadora. La izquierda se pliega una y otra vez a ella.

El precio es que a pesar de la colaboración sistemática del peronismo con el gobierno de Macri, desde su rol en las organizaciones gremiales para garantizarles la paz ante el ajuste, hasta la colaboración en los órganos legislativos con mayoría peronista para que Cambiemos aprobara sus leyes, el FITU apenas superó el 2% de los votos. Y eso a pesar de la clara (en la medida de las fuerzas reales) oposición de la izquierda a ese mismo gobierno. Tan clara es la diferencia en los hechos que el 24 de noviembre comenzó el juicio contra los militantes César Arakaki del PO y Daniel Ruiz del PST-U que previamente estuvieron con prisión preventiva tres meses y un año. No le falta osadía, entrega o militancia a la izquierda. Le falta un programa que no entregue toda esa construcción para presentarse como un peronismo consecuente (el peronismo es rotundamente consecuente, pero es burgués) sino como una opción de clase, socialista. Los compañeros de esas fuerzas seguramente nos podrán mostrar que en algún recuadro o en alguna línea dicen algo de todo esto, contrariamente, en la ocasión de dirigirse a la más amplia audiencia posible para una fuerza política, la usaron para parecer peronistas buenos, para dejar flotando la confianza en una fracción política burguesa. Y ya que es así, el voto fue para dónde era lógico que fuera: para la fuerza política que Del Caño omitió como ajustadora y antiobrera.

¿Por qué le pasa esto al trotskismo? Por 50 años de estar esperando el regreso, cual Penélope roja, de las clases aliadas de la clase obrera para la revolución permanente. A falta de encontrarlas las inventa. Tiene el mérito (a diferencia del maoísmo, el estalinismo o el autonomismo) de no estar integrado orgánicamente al peronismo, incluso en sus listas. Tiene el defecto letal, de quedarse a mitad de camino. Y eso lo está pulverizando.

Hoy es una fuerza política constituida por más de una docena de partidos y grupos en un proceso centrífugo de rupturas. En 36 años pasó de dos partidos que sumaban 0,37% a sumar 2, 16% como expresión de la conjunción de 4 partidos con personería electoral (PO, PST, MST e IS) más el apoyo de directo o crítico una decena. El trosquismo ha logrado crecer más en fragmentos que en porcentaje de votos, y eso a pesar de arrancar con una base tan irrisoria como un tercio del 1 %. Sin embargo, una fuerza centrífuga los lleva a romper para quedar girando alrededor del mismo programa, disputando detalles (imposibles de ser explicados a los legos) y con delirantes problemas de cartel para el tamaño de su representación. La Tendencia del PO que está afuera, pero quiere estar adentro de un partido al que denosta de la peor manera no es más que el último episodio, por ahora.

La lógica de buscar al verdadero peronismo durante años se hecho carne en la misma actitud hacia adentro: muchos partidos y grupos trotskistas desgastando a sus sacrificados militantes en la disputa por el verdadero trosquismo, todos empantanados en el mismo programa.

El gobierno de Alberto Fernández ya ha demostrado que no hay lugar para lunas de miel ni esperanzas. Represores en los gabinetes, ortodoxos en los ministerios, poder para la iglesia y “los gobernadores”, estatización de las organizaciones de trabajadores, saqueo de los jubilados con el congelamiento, y del dinero de los jubilados metiendo la mano en el ANSES, aumentos de precios, congelamientos de salarios, beneficios para los capitales, comenzando por las mineras y petroleras. Algunas de las medidas que promueve el peronismo han sido (al menos por ahora) enfrentadas exitosamente en las calles, como en Mendoza, no casualmente una provincia en la que el dominio político peronista es menor, en la vecina San Juan, en manos peronistas, la mina Veladero se encuentra descontrolada.

La década que termina demostró tres cosas: que la hegemonía de nuestras burguesías depende en forma directa del comercio global de materias primas, sin viento de cola en este aspecto sólo les queda hambrear y reprimir. También que, aunque con el temor propio de los que no tenemos plan B, ni red dónde caer, los trabajadores salimos a enfrentar esta situación, a enfrentar a los gobiernos burgueses de cualquier color, y a sus continuadores, y que el principal obstáculo es el corset de las organizaciones aliadas a los gobiernos (como la CUT-PT o la CGT-PJ). Pero la tercera y más importante es que si en ésta década los socialistas no nos ofrecemos como una opción claramente distinta y enfrentada a los burgueses de toda laya, el descontento seguirá siendo capitalizado (o intentará serlo) por quienes se animen a hacerlo desde otra perspectiva y otros intereses, como Bolsonaro, Camacho, Guaidó, o Fernández. Se inicia otra década, quizás nos ofrezca la ocasión para que sea realmente otra, para que sea la década en la que el socialismo levante su puño en la región.

2 Comentarios

  1. Comparto plenamente el análisis que hacen. En efecto, el FITU hace rato que eligió al kirchnerismo como la parta buena (o menos mala) de la burguesía. Y hay dos consecuencias innegables de esta postura: El fracaso rotundo como estrategia electoral, y el notable desprecio con que el kirchnerismo le paga al FITU esa esperanzada lealtad: medios como La batalla cultural no se cansan de denunciar a «la basura troska pagada por el imperialismo». Ironías de la vida-

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