¿Qué es el capitalismo? – Por Maurice Dobb

en El Aromo nº 78

¿Qué es el capitalismo?[1]

Por Maurice Dobb (1900-1976)

Tenemos el significado dado por vez pri­mera por Marx, quien no buscaba la esencia del capitalismo en un espíritu de empresa, ni en el uso de dinero para finan­ciar una serie de transacciones de intercambio a fin de lograr una ganancia, sino en un modo particular de producción. Con modo de producción no mentaba el mero estado de la técnica -que denominó estado de las fuerzas productivas-, sino el modo de apropiación de los medios de producción y las rela­ciones sociales entre los hombres resultantes de sus conexio­nes con el proceso de producción. Así, “capitalismo” no era simplemente un sistema de producción para el mercado, o sistema de producción de mercancías, como lo denominara Marx, sino un sistema bajo el que la fuerza de trabajo se ha­bía “convertido, a su vez, en mercancía” y era comprada y vendida en el mercado como cualquier otro objeto de cambio. Tuvo su presupuesto histórico en la concentración de la pro­piedad de los medios de producción en manos de una clase que sólo constituía un pequeño sector de la sociedad y en el consiguiente surgimiento de una clase desposeída, que tenía en la venta de su fuerza de trabajo su única fuente de subsisten­cia. Esta última, por lo tanto, realizaba la actividad produc­tiva, no por compulsión legal sino sobre la base de un con­trato de salario. Es claro que esta definición excluye el régi­men de producción de artesanos independientes, en que éstos poseían sus pequeños implementos de producción y efectua­ban la venta de sus propios productos. Aquí no había divorcio entre propiedad y trabajo; y excepto donde contaba en cierto grado con el empleo de jornaleros, su interés esencial era la compra y venta de productos inanimados y no de fuerza hu­mana de trabajo. Lo que diferencia esta definición de otras es que no basta con que exista comercio y préstamo en dinero, o una clase especializada de mercaderes o financistas -aun­que sean hombres acaudalados- para constituir una sociedad capitalista. No basta que haya poseedores de capital, por “lu­crativo” que sea: tienen que emplear ese capital para extraer plusvalía a la fuerza de trabajo en el proceso de producción. […]

El desarrollo del capitalismo a través de las principales fases en que se escinde su historia estuvo asociado, esencial­mente, a cambios técnicos que afectaron el carácter de la producción y, por este motivo, los capitalistas ligados a cada nueva fase tendieron a ser, inicialmente al menos, un estrato dife­rente de capitalistas de los que tenían su capital invertido en el tipo de producción más antiguo. Esto ocurrió, de manera no­table, en la revolución industrial. Los pioneros de las nuevas formas técnicas, en su mayoría, fueron hombres nuevos que carecían de privilegios o de posición social y que entraron en lucha contra los privilegios de intereses creados más antiguos, en nombre del liberalismo económico. A menudo, estos hom­bres nuevos debieron procurarse el capital que necesitaban para expandirse mediante el recurso de entrar en sociedad con capitalistas de más antigua data; a veces, mercaderes fabrican­tes que antes financiaran industrias domésticas, instalaron fábricas; y gradualmente el capital se transfirió de lo viejo a lo nuevo, de manera tal que el antagonismo entre los estratos de­ capitalistas más antiguos y los nouveaux riches de la nueva industria nunca fue muy hondo. A su vez, este cambio en la estructura de la industria transformaba las relaciones sociales dentro del modo capitalista de producción: modificó radical­mente la división del trabajo, raleó las filas del pequeño tra­bajador-propietario, subcontratista, artesano de tipo intermedio entre capitalista y asalariado y transformó la relación del obre­ro con el proceso productivo mismo.

Pero sería un error suponer que estas relaciones sociales fueron el pasivo reflejo de procesos técnicos e ignorar el grado en que sus modificaciones ejercitaron una influencia recipro­ca, a veces decisiva, sobre la forma del desarrollo. Ellas cons­tituyen, ciertamente, la cáscara dentro de la cual crece el pro­pio desenvolvimiento técnico. Si la concepción del capitalismo y su desarrollo adoptada aquí por nosotros es válida, pareciera desprenderse que todo cambio en las circunstancias que influ­yen sobre la venta de la fuerza de trabajo, esa mercancía crucial de todo el sistema -se trate de su abundancia o esca­sez relativas, o del grado de organización y de acción concer­tada de los obreros, o de sus posibilidades de influencia política-, debe afectar vitalmente la prosperidad del sistema y. por lo tanto, el ímpetu de su marcha, las políticas social y eco­nómica de los dirigentes de industria y hasta el tipo de orga­nización social y el progreso de la técnica. En el caso extremo, estos cambios serán decisivos en cuanto a la estabilidad del sistema.

Lo que nuestra manera de interpretar el capitalismo pone de relieve, es que cambios relativos al carácter de la pro­ducción y a las relaciones sociales que de él dependen, por lo general ejercitaron sobre la sociedad una influencia más pro­funda y poderosa que las modificaciones de las relaciones de intercambio per se. Pero no debe creerse por ello que comercio y mercados no ejercitaran, a su vez, una importante influen­cia recíproca sobre la producción y que no deba asignárseles papel protagónico en varios puntos del relato. No sólo fue el comercio el terreno del cual surgió por vez primera una bur­guesía; no sólo su contacto con la aldea medieval influyó po­derosamente sobre ella, aun si de manera indirecta al promo­ver una diferenciación en el campesinado entre campesinos acomodados y pobres y fomentar con ello el desarrollo de un semiproletariado rural a partir de los segundos; no sólo con­figuraron los mercados los moldes en que se instaló la industria, a la par que dependían ellos mismos del desarrollo de la pro­ducción, sino que, puede decirse, son períodos de rápida ex­pansión de mercados y de oferta de trabajo los períodos por excelencia de expansión industrial, de progreso tanto en la técnica productiva como en las formas de organización; mientras que, al parecer, con mercados contraídos es cuando el interés por una rutina segura y por consolidar una posición establecida tiende a desalojar el espíritu de aventura y cuando sobreviene un esclerosamiento de la industria capitalista. Comparándolo con sistemas anteriores, no pueden caber dudas de­ que el capitalismo moderno ha sido progresivo en alto grado: según el conocidísimo homenaje que le rindieron Marx y En­gels en el Manifiesto Comunista, “la burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente re­volucionario […] hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre […] (ella) no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumen­tos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social”.

Pasar, en la indagación económica, de un estudio de sociedades de cam­bio en general, a un estudio de la fisiología y el crecimiento de una economía específicamente capitalista -estudio que, necesariamente, debe ligarse a un estudio comparativo de di­ferentes formas de economía-, es un cambio de orientación que, al menos en Inglaterra, parece estar haciéndose esperar mucho tiempo.

Notas

[1] Tomado de Dobb, Maurice: Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.

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