¿Qué es el capitalismo? – Por Maurice Dobb

¿Qué es el capitalismo?[1]

Por Maurice Dobb (1900-1976)

Tenemos el significado dado por vez pri­mera por Marx, quien no buscaba la esencia del capitalismo en un espíritu de empresa, ni en el uso de dinero para finan­ciar una serie de transacciones de intercambio a fin de lograr una ganancia, sino en un modo particular de producción. Con modo de producción no mentaba el mero estado de la técnica -que denominó estado de las fuerzas productivas-, sino el modo de apropiación de los medios de producción y las rela­ciones sociales entre los hombres resultantes de sus conexio­nes con el proceso de producción. Así, “capitalismo” no era simplemente un sistema de producción para el mercado, o sistema de producción de mercancías, como lo denominara Marx, sino un sistema bajo el que la fuerza de trabajo se ha­bía “convertido, a su vez, en mercancía” y era comprada y vendida en el mercado como cualquier otro objeto de cambio. Tuvo su presupuesto histórico en la concentración de la pro­piedad de los medios de producción en manos de una clase que sólo constituía un pequeño sector de la sociedad y en el consiguiente surgimiento de una clase desposeída, que tenía en la venta de su fuerza de trabajo su única fuente de subsisten­cia. Esta última, por lo tanto, realizaba la actividad produc­tiva, no por compulsión legal sino sobre la base de un con­trato de salario. Es claro que esta definición excluye el régi­men de producción de artesanos independientes, en que éstos poseían sus pequeños implementos de producción y efectua­ban la venta de sus propios productos. Aquí no había divorcio entre propiedad y trabajo; y excepto donde contaba en cierto grado con el empleo de jornaleros, su interés esencial era la compra y venta de productos inanimados y no de fuerza hu­mana de trabajo. Lo que diferencia esta definición de otras es que no basta con que exista comercio y préstamo en dinero, o una clase especializada de mercaderes o financistas -aun­que sean hombres acaudalados- para constituir una sociedad capitalista. No basta que haya poseedores de capital, por “lu­crativo” que sea: tienen que emplear ese capital para extraer plusvalía a la fuerza de trabajo en el proceso de producción. […]

El desarrollo del capitalismo a través de las principales fases en que se escinde su historia estuvo asociado, esencial­mente, a cambios técnicos que afectaron el carácter de la producción y, por este motivo, los capitalistas ligados a cada nueva fase tendieron a ser, inicialmente al menos, un estrato dife­rente de capitalistas de los que tenían su capital invertido en el tipo de producción más antiguo. Esto ocurrió, de manera no­table, en la revolución industrial. Los pioneros de las nuevas formas técnicas, en su mayoría, fueron hombres nuevos que carecían de privilegios o de posición social y que entraron en lucha contra los privilegios de intereses creados más antiguos, en nombre del liberalismo económico. A menudo, estos hom­bres nuevos debieron procurarse el capital que necesitaban para expandirse mediante el recurso de entrar en sociedad con capitalistas de más antigua data; a veces, mercaderes fabrican­tes que antes financiaran industrias domésticas, instalaron fábricas; y gradualmente el capital se transfirió de lo viejo a lo nuevo, de manera tal que el antagonismo entre los estratos de­ capitalistas más antiguos y los nouveaux riches de la nueva industria nunca fue muy hondo. A su vez, este cambio en la estructura de la industria transformaba las relaciones sociales dentro del modo capitalista de producción: modificó radical­mente la división del trabajo, raleó las filas del pequeño tra­bajador-propietario, subcontratista, artesano de tipo intermedio entre capitalista y asalariado y transformó la relación del obre­ro con el proceso productivo mismo.

Pero sería un error suponer que estas relaciones sociales fueron el pasivo reflejo de procesos técnicos e ignorar el grado en que sus modificaciones ejercitaron una influencia recipro­ca, a veces decisiva, sobre la forma del desarrollo. Ellas cons­tituyen, ciertamente, la cáscara dentro de la cual crece el pro­pio desenvolvimiento técnico. Si la concepción del capitalismo y su desarrollo adoptada aquí por nosotros es válida, pareciera desprenderse que todo cambio en las circunstancias que influ­yen sobre la venta de la fuerza de trabajo, esa mercancía crucial de todo el sistema -se trate de su abundancia o esca­sez relativas, o del grado de organización y de acción concer­tada de los obreros, o de sus posibilidades de influencia política-, debe afectar vitalmente la prosperidad del sistema y. por lo tanto, el ímpetu de su marcha, las políticas social y eco­nómica de los dirigentes de industria y hasta el tipo de orga­nización social y el progreso de la técnica. En el caso extremo, estos cambios serán decisivos en cuanto a la estabilidad del sistema.

Lo que nuestra manera de interpretar el capitalismo pone de relieve, es que cambios relativos al carácter de la pro­ducción y a las relaciones sociales que de él dependen, por lo general ejercitaron sobre la sociedad una influencia más pro­funda y poderosa que las modificaciones de las relaciones de intercambio per se. Pero no debe creerse por ello que comercio y mercados no ejercitaran, a su vez, una importante influen­cia recíproca sobre la producción y que no deba asignárseles papel protagónico en varios puntos del relato. No sólo fue el comercio el terreno del cual surgió por vez primera una bur­guesía; no sólo su contacto con la aldea medieval influyó po­derosamente sobre ella, aun si de manera indirecta al promo­ver una diferenciación en el campesinado entre campesinos acomodados y pobres y fomentar con ello el desarrollo de un semiproletariado rural a partir de los segundos; no sólo con­figuraron los mercados los moldes en que se instaló la industria, a la par que dependían ellos mismos del desarrollo de la pro­ducción, sino que, puede decirse, son períodos de rápida ex­pansión de mercados y de oferta de trabajo los períodos por excelencia de expansión industrial, de progreso tanto en la técnica productiva como en las formas de organización; mientras que, al parecer, con mercados contraídos es cuando el interés por una rutina segura y por consolidar una posición establecida tiende a desalojar el espíritu de aventura y cuando sobreviene un esclerosamiento de la industria capitalista. Comparándolo con sistemas anteriores, no pueden caber dudas de­ que el capitalismo moderno ha sido progresivo en alto grado: según el conocidísimo homenaje que le rindieron Marx y En­gels en el Manifiesto Comunista, “la burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente re­volucionario […] hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre […] (ella) no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumen­tos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social”.

Pasar, en la indagación económica, de un estudio de sociedades de cam­bio en general, a un estudio de la fisiología y el crecimiento de una economía específicamente capitalista -estudio que, necesariamente, debe ligarse a un estudio comparativo de di­ferentes formas de economía-, es un cambio de orientación que, al menos en Inglaterra, parece estar haciéndose esperar mucho tiempo.

Notas

[1] Tomado de Dobb, Maurice: Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971.

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *