Poliamor o programa socialista. Las aporías de la izquierda narcisista

en El Aromo n° 107/Novedades

Ricardo Maldonado
Grupo de Cultura Proletaria


Dicen que Lenín no podía creerlo cuando le llegó la noticia de que la socialdemocracia alemana había votado a favor de los créditos para financiar la guerra imperialista, apoyando a su propia burguesía y dando inicio a la llamada en ese momento Gran Guerra. El 25 de julio, diez días antes, el partido aún había afirmado solemnemente en un manifiesto: El proletariado consciente de Alemania, en nombre de la humanidad y de la civilización, eleva una vibrante protesta contra los promotores de la guerra. (…) Ni una gota de sangre de un soldado alemán puede ser sacrificada a la sed de poder del grupo dirigente austríaco, a los apetitos imperialistas del beneficio” Sólo uno de los diputados se opuso, Karl Liebknecht. Rosa Luxemburgo ironizó con que la consigna “proletarios del mundo uníos” parecía usarse sólo en tiempos de paz, porque para los de guerra se aplicaba “proletarios mátense unos a otros”. Lo mismo sucedía en los demás países, los partidos proletarios se unían a sus burguesías. Inglaterra movilizó a 5 millones 700 mil soldados, el 26% de su población masculina, Rusia a 19 millones, el 23% y Alemania a 13 millones el 33% de su población masculina. Pero en casi todos los países una minoría internacionalista resiste esta traición. En algunos, dentro de esa minoría hay una ala izquierda (encabezada por el mismo Lenín que no daba crédito a la defección alemana) que plantea transformar la guerra imperialista en guerra civil. Propósito que finalmente lograría al tomar el poder, terminar la guerra con los imperios centrales y responder con la guerra civil al terror blanco y la agresión imperialista.

Esta historia nos ilustra brevemente sobre la situación en la que se desarrolló la revolución más reivindicada por los partidos de izquierda. Y a la vez la más idealizada. En 1914, cuando las burguesías se lanzaron a la carnicería, la resistencia a la misma fue minoritaria, los partidos socialistas reflejaron el nacionalismo imperante, no lo crearon (tampoco lo combatieron es cierto) y los ejércitos, compuestos mayoritariamente por obreros (o campesinos miserables como parte del ejército ruso) marcharon a la matanza mutua.

Por ejemplo, la deserción en el ejército francés fue baja comparada con la anterior guerra franco prusiana (de la que esperaban vengarse) Y en el caso del ejército ruso, que si tuvo una deserción altísima, esto estaba relacionado con la cantidad insuficiente de pertrechos, el retraso técnico y las sucesivas derrotas (sobre todo en el frente nororiental) La deserción era causada por las dificultades para matar obreros alemanes y austríacos con eficiencia, no por un espíritu internacionalista innato. Para resumir, los soldados rusos y alemanes estuvieron durante cuatro años matando a sus hermanos de clase con saña terrible. Y las sucesivas desorganizaciones (la rusa antes, la alemana luego del armisticio) no ocurrieron a causa de su elevada conciencia internacionalista sino de las derrotas, es decir de la imposibilidad práctica de seguir matando obreros extranjeros. Claro es que sobre esta realidad se montó la actividad política de la mencionada izquierda internacionalista, que la previó, la aprovechó y la potenció. Tanto como que su prédica pudo ser cosechada en el momento en que la crisis (las derrotas producto de la insuficiencia técnica, material) hicieron su tarea de socavamiento.

Entonces esos soldados, en gran parte miserables que no podían volver al campo donde la crisis era mayúscula, se agrupan en consejos, como los obreros, y constituyen los soviets de obreros, soldados y campesinos. Es decir que quienes hasta poco antes estaban en las trincheras matando obreros alemanes al servicio de la autocracia rusa y de los imperialismos francés e inglés, ahora, agrupados, constituían el vehículo de la revolución.

Salvo que uno piense bajo el paradigma nacionalista, la guerra civil y la guerra nacional son dos formas de masacre y represión burguesa contra la clase trabajadora, dos forma en las que fracciones del proletariado (nacional o internacional) se enfrentan entre sí. En una absolutamente en función de los beneficios de los explotadores. En el caso de una guerra civil podemos tomar partido por uno de los bandos, pero no es obstáculo para poder observar que en 1917 la revolución se hizo con soldados que con sus armas defendían intereses burgueses hasta (valga la paradoja) varios meses después de la revolución. Es importante devolver a los procesos sociales por lo menos algo de su complejidad real. El 25 de octubre de 1917 marca un nuevo inicio, en el que aparecen muchas cosas a resolver, por ejemplo la paz. Las acaloradas discusiones al respecto demuestran que no era tan simple y finalmente es firmada en marzo de 1918.

Por otro lado salvo que pensemos bajo la impronta profunda del liberalismo, la “elección individual” es muy relativa. Obtener la libertad de elegir morirse de hambre es una sutileza de Marx para demostrar la contradicción entre la libertad formal y real que propone el capitalismo. Ni el soldado ruso (o alemán) ni el miserable del conurbano eligen ser soldado del imperialismo o policía. Ambos bajo amenazas profundas para su vida, tanto más directa como indirecta es su tarea represiva. Y ambos en situación de evadir la convocatoria de manera individual (los desertores rusos, los que pueden conseguir otro trabajo, los que ascienden en la escala del ejército y dejan el frente, los que salen “de caño” y ejercen la violencia sobre los trabajadores a titulo del emprendedorismo) o colectiva, cuando se produce la desorganización de la fuerza.

De los dos modelos más clásicos de revoluciones del siglo XX la primera, la que estamos describiendo apeló a la desorganización del ejército burgués para construir sobre sus escombros una fuerza militar no existente al momento de la aparición de esta crisis. En las restantes, una fuerza militar alternativa derrotaba militarmente al ejército, también desorganizado, del estado burgués. Si no hay posibilidad de desorganización de las fuerzas represivas lo que se debe admitir es que (aunque sea en forma de propaganda) el objetivo es la de un enfrentamiento militar con ella.

Pero a toda esta comparación hay que señalarle los cambios que la distinta geografía y época produjeron. Argentina no es un país atrasado como el Imperio del Zar, su estructura capitalista desarrollada le impone otras condiciones. Por empezar la desaparición de las clases precapitalistas y la proletarización creciente de la pequeño burguesía, hace recaer casi todas las tareas “estatales” en capas proletarias. Ni la educación burguesa, ni la represión burguesa está a cargo de burgueses (como si podía tratarse en el caso de los cosacos del Don por ejemplo o esos montañeses que, cita Trosky, “les importaba muy poco a quien había que degollar”) por lo tanto estas tareas están a cargo de asalariados, cuyas posibilidades de vida están atadas a la venta de su fuerza de trabajo y cuyo asentamiento geográfico es el mismo que el de los docentes o los pibes chorros.

Esto significa que si se supone que las relaciones sociales burguesas serán causantes de sucesivas y más profundas crisis en el futuro, que afectarán al funcionamiento del conjunto de la economía y por lo tanto al nivel de vida de los trabajadores, esas crisis no podrán dejar de hacer mella en estas capas, tanto más cuando dependen de un estado quebrado. El impedimento de sindicalización, o sea el impedimento de debate, organización e incluso de una estructura de disciplina virtualmente alternativa (los burgueses no dejan nunca de expresar que las comisiones internas son una poder alternativo dentro de sus empresas) es parte del plan burgués de protección de una cadena de mandos amenazada por la miseria. Por el contrario, el planteo de que no se debe aceptar un laburo como policía tiene la misma efectividad (y parte del mismo razonamiento) que el de no usar bolsas de plásticos en las compras: no tiene efecto social, en la miseria creciente no se podrá evitar que haya más ladrones, pero tampoco que haya policías con obras social, vacaciones y estabilidad. “No te pongas la gorra” es el equivalente a “comprá productos orgánicos” su efectividad práctica es casi nula.

El trato riguroso a la herramienta contrasta con la suavidad con quien la empuña. La oposición a los derechos a la sindicalización policial contrastan con la meticulosidad con que defendieron, por ejemplo, los derechos del político burgués DeVido en el Congreso.

Si el conjunto de las fuerzas policiales fueran un bloque sólido de perversos y rufianes, la prensa de esos mismos partidos deberían librar un batalla constante para evitar que bajo ninguna razón las denuncias de abusos (y obvio que ninguna otra) fueran tramitadas a través de las comisarías, ya que desprovistas de tensiones internas y prolijamente integradas por enemigos, estamos dejando que uno de los sectores más golpeados y oprimidos de la sociedad concurra a la boca del lobo. “Realizar la denuncia y demás, es una decisión personal” afirmaba Myriam Bregman a la pregunta de una periodista de Página 12 sobre qué hacer ante la violencia de género (Página 12 16 de diciembre de 2016). Pero este aspecto práctico de una política idealizada no es explicado ni agitado. Justamente las denuncias por inacción policial que se realizan constantemente demuestran que los partidos de izquierda consideran a la institución policial como atravesada por contradicciones que son pasibles de ser explotadas por una política revolucionaria.

Las agrupaciones de izquierda que consideran a la sindicalización policial como Poli-amor (amor por la policía) poco dicen del amor de Lenín y Trostky por los soldados de las trincheras que disparaban a sus camaradas alemanes, a sus camaradas del movimiento obrero más organizado y potente del momento. Y como expresó precisamente Trostky tomamos a los hombres tal como los ha creado la naturaleza y como la antigua sociedad los ha educado en parte, y en parte estropeado. En el seno de ese material humano vivo, buscamos donde asentar las palancas del partido y del estado revolucionario” La aplicación de normas ideales como sendero para el cambio social rechazando definir los caminos concretos para tareas concretas, puede contribuir a lustrar el propio narcicismo o a evitar conflictos peligrosos, pero no ayudará a sumar a quienes se propongan transformaciones radicales y busquen un programa para hacerlo.

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