Ni con EE.UU., ni con China. Por una salida socialista para Venezuela

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La reasunción de Nicolás Maduro en Venezuela generó un debate político a nivel internacional. El Grupo de Lima (conformado por Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, y Santa Lucía), buena parte de los países miembros de la UE, EE.UU. y Canadá, han salido a rechazar al gobierno considerando que es producto de elecciones ilícitas convocadas por la Asamblea Nacional Constituyente, el órgano creado el gobierno de Maduro para reemplazar a la Asamblea Nacional en manos de la oposición. El nuevo gobierno sí fue reconocido por otra buena parte del mundo. Por empezar, China, que envió a su ministro de Agricultura, que buscará negociar acuerdos en temas vinculados con la agroindustria, y Rusia a través del vicepresidente de la Asamblea (Ilyas Umakhanov). A esto se suman Bolivia, El Salvador, Cuba, México, Uruguay, Turquía, Irán, y Argelia, la OPEP, que enviaron delegaciones. Los eventos que se vienen desarrollando desde hace años en el país caribeño dan cuenta, por un lado, de una crisis de caída de régimen, y por el otro, de una disputa entre el imperialismo chino-ruso y el norteamericano.

La descomposición del régimen se ha hecho evidente tanto desde sus aspectos económicos, como políticos y sociales. En el 2012 el PBI venezolano creció un 5.6%, mientras que para el año pasado la caída fue de una caída del 18%, mientras que la hiperinflación publicada por la Asamblea Nacional, ya que el Poder Ejecutivo no brinda datos al respecto, fue de un desquiciante 1.698.000%, y el FMI calcula una inflación 10.000.000% para el 2019. El resultado de este descalabro es la pauperización avanzada de buena parte de la clase obrera, donde más del 70% se ubica por debajo de la línea de la pobreza, en la cual se registra una caída en el peso de la población producto del hambre, y una condena al exilio de más de 4 millones de venezolanos que se han escapado del país y ocupan empleos precarios en los país vecinos. El trabajador venezolano, en el caso de que aún tenga la suerte de seguir percibiendo un salario, vive con menos de un dólar por día. La descomposición política acompañó este proceso, con la liquidación del Parlamento, la proscripción política de partidos, incluyendo los de izquierda, y una pelea faccional hacia el interior del Estado, con jueces, fiscales, políticos, muchos de ellos nombrados por el propio chavismo, que se han ido del país. Es decir, es un régimen político que no logra controlar ni siquiera los elementos institucionales más elementales.

Mientras los números se mantuvieron relativamente estables, sustentados en la renta petrolera, Venezuela gozó de cierta autonomía y estableció vínculos con la burguesía transnacional a través de la conformación de empresas mixtas entre PDVSA y las principales petroleras norteamericanas, como Chevron que el año pasado reconoció que seguirá trabajando con su “socio” PDVSA, rusas, chinas, españolas, y holandesas. De hecho, las sanciones de Trump a Venezuela no afectaron la provisión de petróleo a EE.UU., principal mercado del país caribeño y tercer proveedor de petróleo del país del norte. Obviamente, el chavismo también contó con su apoyo interno, como la boliburguesía local que se ha beneficiado de la importación, con tipo de cambio preferencial, de maquinaria petrolera para constituirse en proveedora de PDVSA, y de insumos para ensamblaje de automóviles y envasado de productos terminados. Los años felices del chavismo también le permitieron mantener lazos con la clase obrera, tanto la ocupada principalmente la vinculada al empleo estatal o petrolero, y principalmente con la población sobrante que se nucleó en los colectivos y se benefició con las misiones sociales.

Con la crisis económica, el gobierno se recostó en la boliburguesía, incluso con Maduro, Pérez Abad (presidente de FEDEINDUSTRIA bajo el chavismo) llegó a ocupar cargos en el gobierno, y avanzó el ajuste contra la clase obrera. La pérdida de apoyo popular derivó en que, como ocurre con todo régimen bonapartista, se blinde y militarice, constituyendo en el camino una burguesía militar a través de la creación de empresas de todo tipo, con las cuales avanzó en la represión de las movilizaciones como en 2014 y 2017, que arrojaron más de 100 muertos, el encarcelamiento y desaparición de dirigentes sociales, como Rodney Álvarez, Alcedo Mora y los hermanos Vergel, entre muchos otros, la instauración de las OLP con más de 18.000 detenciones, por dar algunos ejemplos.

Venezuela, históricamente ha tenido una canilla de financiamiento a través del petróleo, desde el descubrimiento de los primeros yacimientos a comienzos del siglo XX. La volatilidad del precio del mismo, hizo entrar en crisis al país en varias ocasiones, como sucedió por ejemplo a fines de la década del 70. Esta canilla comenzó a cerrarse en el 2012 con el desplome del precio del petróleo pasando de estar por encima de los 100 dólares a la mitad en los últimos años. En paralelo, Venezuela también se financió a través de tomar deuda con China y Rusia. El mecanismo de endeudamiento consistía en acceder a divisas proporcionadas por estos países, a cambio de que Venezuela pague sus deudas con el envío de petróleo, al mismo tiempo que daba prioridad a las empresas rusas y chinas en la contratación para los emprendimientos que vayan a realizarse, incluyendo los de exploración petrolera. Con Rusia tomó deuda por más de 17.000 millones de dólares, mientras que con China se endeudó por encima de los 60 mil a través del Fondo de Inversión Chino-Venezolano. Esta canilla, si bien no se ha cerrado por completo, sí empieza a ser un problema, debido a las dificultades que tiene Venezuela para hacer frente a las obligaciones con ambos países. Producto de la caída de la productividad del petróleo venezolano, Venezuela entregó 176.680 barriles a Rusia, que significó el 40% de los que debía haber enviado el año pasado, mientras que envío 463.500 barriles a China, cumpliendo solo con el 60%.

Como este nivel de endeudamiento no alcanza para recomponer la situación política y económica de Venezuela, y las dificultades para endeudarse con el resto del mercado financiero, el gobierno recurrió lisa y llanamente a la privatización de PDVSA. En 2015 acordó la venta de un 35% de Petromonagas a la petrolera estatal rusa Rosneft, por 500 millones de dólares. También le vendió el 49,9% de la empresa estadounidense CITGO, propiedad de PDVSA, a cambio de 1.500 millones. El 50,1% restante ya lo había hipotecado con bonistas de PDVSA por 3.400 millones de dólares al 8,5% con vencimiento en el 2020. Luego, vendió un 10% de la empresa Petropiar, que ya compartía con Chevron, a Rusia. Es decir, la privatización de activos estatales aparece como un elemento compensador para el régimen.

Con este último país, si bien Maduro dijo haber acordado con Putin el desembolso de nuevos préstamos por 6.000 millones de dólares para la exploración en minas e hidrocarburos, donde se incluye el oro que Rusia está comenzando a stockear, el gobierno ruso hasta el momento no ha confirmado la acreditación de dicho préstamo. Putin también tiene un interés en Venezuela además de la industria petrolera, que tiene que ver con la industria de defensa militar. Poco se conoce sobre este punto, aunque debe señalarse la instalación de fábricas del fusil Kalashnikov AK-103, y otra para la producción de municiones a través de la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (CAVIM), también se instaló el Centro de Mantenimiento y Reparación de Helicópteros rusos en Acarigua y el centro de simulación de aviones caza Sukhoi. Como parte de esta alianza militar, también debe señalarse entrenamientos conjuntos, como el último realizado en diciembre que implicó la llegada de dos bombarderos rusos y una centena de militares para realizar maniobras en diciembre, por lo que la oposición habló de una “invasión extranjera”. Padrino López, el Jefe del Alto Mando Militar de Venezuela, señaló respecto a dicho ejercicio que estarán dispuesto a todo para defender al país y la asunción de Maduro, dando a entender que contarán con apoyo ruso en caso de alguna acción belicista por parte de EE.UU. y el Grupo de Lima. Los rumores indican que existe la posibilidad de una posible instalación de una base militar rusa en suelo venezolano, puntualmente en La Orchilla (una isla situada a 160 km de Caracas). Si bien por el momento no hay mayores precisiones, el propio Diosdado Cabello dijo que ojala se instalen bases militares rusas en Venezuela.

China también tiene sus intereses en juego en el país caribeño, aunque no es el principal destino de sus inversiones, ranking que es liderado por Brasil. Pero una avanzada militar de EE.UU. en Venezuela, o un gobierno opositor tutelado por el país del norte, lo ubicara en las fronteras de las mayores inversiones chinas en la región. Parte de la radicalización reciente de la situación internacional venezolana tiene que ver con la radicalización del enfrentamiento entre Trump y su par chino.

Es decir, Venezuela entra dentro del plano internacional en una disputa geopolítica. Rusia busca mantener a Venezuela dentro de su campo para tener injerencia en la defensa militar en América del Sur, en un contexto donde muchos países comienzan a girar hacia EEUU. Por eso se ha pronunciado en defensa de Venezuela en reiteradas ocasiones. No es para menos, ya que de concretarse los planes para La Orchilla, Rusia tendría su primera base militar en América del Sur. Al mismo tiempo, Rusia es acreedor de Venezuela que le paga con petróleo, y socio en el negocio con PDVSA. Una invasión o control norteamericano directamente, vía intervención militar, o indirectamente, azuzando un golpe de Estado por parte de la oposición, sería un agujero negro en relación a esa deuda y a los negocios de Rosneft con PDVSA. Lo mismo vale para el caso Chino.

La oposición hoy por hoy parece debilitada, aunque desde la Asamblea Nacional convocó a la realización de un “Cabildo Abierto” para discutir con la “población” la conformación de un gobierno provisional. Es decir, busca poner el descontento de la clase obrero bajo su ala. De todas formas, más allá de esto, la oposición difícilmente pueda llevar adelante una acción desestabilizadora de fondo contra el gobierno de Maduro sin la ayuda de EE.UU. A su vez, cualquier injerencia de este país en los asuntos internos venezolanos, lo enfrentará militarmente contra Rusia y China en la región.

A pesar de todo lo dicho, la izquierda ha salido a defender una supuesta autodeterminación de Venezuela frente a una avanzada imperialista del Grupo de Lima y los EE.UU. El PTS llegó a hablar de “cipayismo” por parte de los gobiernos latinoamericanos que apoyan el desconocimiento del régimen de Maduro, pero que se callaron frente al “golpe” de Temer a Dilma, la “proscripción” de Lula, y el ascenso del “fascista” Bolsonaro. Todo esto, sin que el PTS diga una sola palabra sobre los crímenes de Maduro. Si bien hace mención a la crisis del socialismo del siglo XXI, sostiene que esto no habilita a que “países alineados con Estados Unidos, puedan definir los gobiernos de otros países. Solo el pueblo venezolano tiene ese derecho”. Parecería que para el PTS no solo hay burgueses buenos y malos, sino también imperialismos buenos y malos, amén de que no propone ninguna alternativa para la clase obrera venezolana. Llamar a reconocer la dictadura de Maduro implica apoyar a una de las alianzas imperialistas, la liderada por China y Rusia, y a una capa particular de la burguesía venezolana, la boliburguesía. Incluso, el apoyo a Maduro puede derivar en un endurecimiento aún mayor del régimen en caso de que el poder se concentre en la ANC controlada por Diosdado Cabello.

Para el PO, asistimos a un “ultimátum de parte del imperialismo y sus lacayos” buscando instaurar una situación de doble poder en Venezuela, reforzado por la avanzada “fascista” de Bolsonaro buscando impulsar la avanzada derechista en los procesos electorales de América del Sur de este año. Si bien denuncia al régimen de Maduro, al cual no caracteriza como una dictadura, sostiene hay que echar la camarilla chavista de los sindicatos, nacionalizar el petróleo, y la necesidad de un gobierno de los trabajadores, en sus consignas convoca a un repudio internacional al “boicot imperialista” a Venezuela y Cuba, a romper con la OEA, el FMI, y el aparato diplomático imperialista, el retiro de bases militares, el desconocimiento de la deuda externa, y la lucha de clases consecuente contra los gobiernos que integran el Grupo de Lima. Es decir, frente a una crisis política del conjunto del régimen, el PO propone una medida sindical (echar a la burocracia) y un saludo a la bandera (gobierno de los trabajadores). Al mismo tiempo, corre detrás del programa nacionalista (no al pago de la deuda, romper con el FMI) a la cual adheriría hasta la propia burocracia chavista. A su vez, convocar a luchar solo contra los gobiernos alineados con el Grupo de Lima, es un guiño para Evo, en Bolivia, y por qué no, para Cristina en Argentina. Es decir, en lugar de proponerle una salida real a la clase obrera, la lucha por la toma del poder y la construcción del socialismo, el PO le propone el programa de la CTA.

Por todo esto, la izquierda debe convocar a rechazar tanto al gobierno dictatorial y asesino de obreros de Maduro, como al eje imperialista que lo sostiene. También debe mostrar la imposibilidad del Grupo de Lima de darle una solución a la clase obrera venezolana, ya que el propio EE.UU tiene 40 millones de habitantes, una Venezuela entera, en situación de pobreza. Es necesario que la clase obrera venezolana convoque a una Congreso Nacional Obrero, que incluya a todas las capas, para discutir un verdadero plan de salida a la crisis independiente tanto de la boliburguesía y el imperialismo chino-ruso, como de la burguesía escuálida y el imperialismo norteamericano. Una salida Socialista.

Abajo la dictadura de Maduro y sus aliados internacionales.
Por un Congreso Nacional Obrero independiente.
Por una salida socialista a la crisis social de Venezuela.

Razón y Revolución

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