La irreal pesadilla burguesa. Sobre la película «El hoyo»

en Aromo/El Aromo n° 110/Novedades

El Hoyo es una película distópica más que muestra que es perfectamente imaginable el fin del capitalismo, pero que sólo nos ofrece imaginarlo como pueden hacerlo los burgueses. Un género que parece decirnos en el lenguaje contemporáneo del cine lo que se le atribuye a Luis XV: “después de mi, el diluvio”. (Atención: en la nota se expone la trama)

Ricardo Maldonado – Grupo de Cultura Proletario

El Hoyo es una película distópica más que muestra que es perfectamente imaginable el fin del capitalismo, pero que sólo nos ofrece imaginarlo como pueden hacerlo los burgueses. La película en la superficie muestra cosas conocidas: estratos diferenciados y en conflicto dentro de la misma clase de personas (de hecho a todos les toca un lugar aleatorio entre el 1 y el 350) todos bajo los designios de una administración encargada de organizarlos. La administración ha costeado la infraestructura, y los costos operativos. Estos son la construcción del hoyo, un edificio que duplica con creces al Burj Khalifa que tiene sólo 163 pisos y es el más alto del mundo real, y también los gastos de una comida diaria de alta cocina para los 700 residentes del hoyo, que cuenta con la doble condición de alcanzar para todos y a la vez caber prolijamente en una mesa de no más de 6 metros cuadrados. En estas trampas a la racionalidad y la materialidad se encuentra una clave sugerida: la administración lo puede todo. Es la expresión de un poder omnímodo. También es la que decide a quienes acepta incorporar (voluntariamente) sin informarles las condiciones. Las reglas son desconocidas o modificadas. Por ejemplo, afirman que no puede haber nadie en el hoyo con menos de 16 años pero luego descubrimos que si hay una niña enterrada.

En resumen un poder oscuro y absoluto cuya dinámica es eternamente repetitiva y carece totalmente de sentido. Su objetivo no es punitivo (el protagonista entró para dejar de fumar, leer el Quijote y obtener un título homologado, su primer compañero canjeó una pena por la permanencia en el hoyo, algo así como una probation sin razón de ser), no obtiene beneficios de los residentes (no pagaron para ingresar, no hacen ni producen nada, y la regla general es que mueren desnutridos o asesinados) sino totalmente perverso, demoníaco. Es el mal por el mal mismo. Y es la idea que la burguesía tiene del fin del capitalismo.

Un mundo sin una dinámica y sin un fin que podamos conocer, y a la vez profundamente amenazante. El hoyo reproduce la visión de un mundo en el que la opresión y el funcionamiento social son opacos, sin sentido. El hoyo es siempre igual a sí mismo, y sugiere la opción de sobrevivir individualmente. La brecha dramática que abre el protagonista consiste en intentar que el conjunto de los enterrados acepten su condición y se autoregulen. Producir un cambio en la conciencia por medio de su prédica, sin que varíen las condiciones objetivas imperantes. Despliega una forma cristiana de pensamiento, en la que como sucede con el pecado original, el sufrimiento absurdo (en la vida y en el hoyo) se debe a los propios castigados y no a los opresores. El pecado original o el egoísmo goloso de los enterrados en el hoyo no tiene causa, solo consecuencias: jorobarse.

El conjunto del film mira hacia abajo. En toda la narración el problema está allí, la trama nunca mira hacia arriba. Una posible solución distinta pasa todo el tiempo ante nuestros ojos pero es invisible para los protagonistas: una mujer baja (y luego sube porque el hoyo no es circular) buscando a su hija. Si ella puede subir, una y otra vez ¿porque todos no pueden hacerlo? O al menos porque no lo intentan en lugar de insistir en el infructuoso camino del sacrificio y la auto moderación. En cierto momento desarman unas camas para hacerse de unos largos garrotes. Pero el garrote es utilizado para ir hacia abajo defendiéndose de los hambrientos. No utilizan las barras para hacerse de escaleras que les permitan ir en busca de la administración. Al contrario, el plan de salvación es enviarle un mensaje. Conmover a los de arriba, mostrando que han aprendido a controlarse, que han podido ponerse de acuerdo y enviar un plato de comida intacto (luego enviarán a la niña que si pudo sobrevivir con ayuda una mujer sola en el piso 351) Un mensaje que los haga reflexionar en lugar de una rebelión que los quite de su sitio.

Pero la respuesta de los enterrados en el hoyo es inteligente, la propuesta del protagonista no. Si nada en el hoyo es racional, tiene causa o fin ¿qué posibilidad hay de enfrentarlo exitosamente? ¿cómo ganarle a algo que no sabemos cómo funciona? ¿cómo saber si el mensaje produce la liberación o el próximo banquete llegará envenenado?

Las distopías suelen abundar en esta lógica: la condición humana no permite las soluciones asociativas, socialistas. Si atacan los zombies, entre los que están encerrados dentro de la casa prevalecerán las diferencias y envidias. Y tampoco hay manera de construir la asociación y la solidaridad porque enfrentamos algo desconocido, e imposible de conocer. El egoísmo se nutre de la ignorancia, y la ignorancia es insuperable de manera egoísta. Es claro que la tensión dramática se fortalece por esas diferencias bajo el fondo amenazante de la muerte. Pero requiere una suspensión superlativa de la incredulidad.

Porque sabemos que ante las amenazas también puede aflorar la solidaridad. Algo de eso se puede entrever en los trabajadores esenciales en este momento. Incluso a pesar del plan miserable del gobierno de Fernández y sus patrones de someterlos económicamente. Incluso para enfrentar un problema del que sabemos poco, pero sabemos que si ganamos tiempo vamos a saber más para enfrentarlo.

Hasta aquí el remanido machacar de la burguesía con la falsedad de nuestra insuperable condición egoísta, competitiva e ignorante. Pero es una película y no una proclama, por lo que se entiende que recorra el camino del tan probado éxito apocalíptico con leves variaciones. El riesgo y el éxito comercial no se amigan mucho, así que es lógico que todas se parezcan tanto.

Lo que estas producciones muestran es que para los patrones la sociedad podría cambiar de una sola manera, alocadamente y para peor. Refuerzan una idea que desde posiciones opuestas han propiciado muchos intelectuales en estos días de pandemia: la sociedad es una “cosa” que se afecta y muta por elementos exteriores a ella. ¿Qué sociedad va a ser la de la de la post-pandemia? Se preguntan, y responden que esta crisis sacará lo mejor de nosotros (algunos) o que esta crisis nos dejará en un nuevo mundo ominoso (otros). Pero la sociedad que espera luego de la pandemia es la misma: el capitalismo. ¿Con una gran crisis económica? Obvio, pero eso es lo propio del capitalismo, funcionar con crisis periódicas. ¿Con una altísima destrucción de empleos y de capitales? Claro que sí, así resuelve, o intenta hacerlo, el capitalismo sus crisis. ¿Con millones de seres humanos golpeados por la miseria luego de haber sido golpeados por la enfermedad y haberla combatido en primera línea? Seguramente, el capitalismo se mueve por la ganancia y la acumulación, no por la misericordia. ¿Con grandes cataclismos sociales? Es esperable y deseable que la clase trabajadora no acepte pasivamente las consecuencias de la crisis y el desastre sanitario propiciado por los dueños del mundo. El mundo se mantendrá en manos de los ricos, porque el virus no ataca la propiedad privada, la explotación y la irracionalidad capitalista, sino al sistema respiratorio.

La sociedad que nos espera no será otra que la existía cuando comenzó todo esto (pero empeorada) porque el capitalismo es una organización social. Y las sociedades no cambian por los cataclismos o los virus. Pueden desaparecer, pero no cambiar. Para que la sociedad cambie es necesario que alguna fuerza social (no una partícula inerte de arn) lo haga realidad. Y si para enfrentar los efectos de la epidemia no hay ninguna fuerza social disponible que no sea la clase trabajadora (como lo demuestran los industriales de todo el mundo tratando de reanudar el trabajo o despidiendo) para cambiar la sociedad tampoco hay otra fuerza que la clase trabajadora.

Por eso, si de imaginar futuros se trata, El hoyo es una pesadilla burguesa, pero no es la metáfora de un mundo factible. En primer lugar porque nos propone pensar que bajo cualquier situación la condición humana es invariable, e invariablemente egoísta. Puede cambiar el entorno en el que se vive y nada afectará ese egoísmo. Pero la otra cara es que mientras los oprimidos humanos que se presentan en las distopías son iguales a algunos de nosotros, la sociedad que se describe no es igual a la nuestra y no podemos imaginar qué produjo ese cambio particular. El capitalismo es una sociedad organizada alrededor de la acumulación, y ésta requiere del mercado, donde se compra y se venden las mercancías, y donde se puede obtener una muy particular que es la fuerza de trabajo, la única que produce más valor que el de su reproducción. Si el capitalismo ha trastornado el mundo en una revolución técnica sin parangón es porque su modo de apropiación de excedentes es novedoso en la historia humana. Organiza los recursos sociales a través del mercado, lo que supone competencia de productores independientes. La burguesía, por su forma particular de apropiarse del excedente nunca es una fuerza monolítica porque siempre está en disputa con los otros miembros de su clase, intentando expropiarlos por la vía de la competencia. Puede aceptar la dictadura si se le garantiza su propia inmunidad ante ella, la de competir para acumular. En resumen, un sistema que hace cohabitar la intensa racionalidad interior de las empresas con la disparatada irracionalidad del mercado, es muy distinto del sistema que nos exponen las distopías. La “administración”, cómo la corporación Shield en Highlander, Skynet al cobrar conciencia de si misma, Tyrrell en Blade Runner, ya no son metáforas del capitalismo porque funcionan por fuera de sus contradicciones.

Nos muestran siempre la misma historia: si se superara el mundo de la competencia y la valorización incesante nos encontraríamos en el de la opresión sinsentido. Contra la repetida sentencia de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, podemos afirmar que casi todas las distopías lo hacen: Si no se nos hace evidente es porque la idea del funcionamiento del capitalismo a la que nos remitimos es la que el propio capitalismo difunde de sí mismo. Una visión autocomplaciente en la que la explotación y la irracionalidad quedan ocultas ante las reglas y las libertades formales (esas que desaparecen en las tramas opresivas). Es un género que parece decirnos en el lenguaje contemporáneo del cine lo que se le atribuye a Luis XV: “después de mi, el diluvio”. Pero la historia nos enseña que no fue así, después vino la revolución.

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