Yasser Arafat: del nacionalismo burgués al imperialismo

 

Marcelo Novello

 

En los últimos días de vida de Arafat, su esposa Suha Tawil acusó a la dirigencia palestina de “querer enterrar(lo) vivo”. Quizás el muy publicitado pago de 20 millones de dólares, más una pensión mensual vitalicia de 35 mil, logre calmar la ira de la viuda, pero los médicos personales de Arafat no descartan la versión del envenenamiento del líder. Una lucha de poder se ha abierto, donde la diplomacia yanqui y sionista también juegan sus cartas.

 

La causa nacional palestina

 

Repasar la historia del líder palestino es hacer la historia política de la causa que abrazó. Yasser Arafat nació en agosto de 1929, en El Cairo (Egipto), hijo de palestinos emigrantes en busca de un mísero lote de tierra. La nación palestina, sojuzgada bajo el Imperio Otomano, quedó luego durante 30 años (1918-1948) bajo ocupación británica. En su adolescencia en Egipto, Arafat toma contacto con exiliados que serán los futuros líderes de la revuelta árabe de 1936-39 contra el poder sionista-británico en Palestina. El rediseño del mapa por parte del imperialismo es la inevitable consecuencia del final de la 2º Guerra Mundial. Inglaterra deja paso, en todo Medio Oriente, al imperialismo americano. En 1947, el presidente Truman, con la aprobación de Stalin, obtiene de la ONU la Resolución nº 181 que dictamina la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel. Inglaterra se abstiene en la votación. Las monarquías árabes (en ésa época meras neo-colonias británicas) se oponen a la Resolución y van a la guerra contra los sionistas, mientras una fracción considerable de la próspera burguesía palestina huye con sus capitales (la masa monetaria de los bancos de Jordania llega a duplicarse), aún cuando la guerra tenía un final abierto. Arafat está en la universidad en 1948 cuando le llegan noticias de la muerte de sus amigos en combate contra las tropas sionistas, y allí decide unirse a un grupo de voluntarios egipcios para pelear por la causa palestina, participando en la batalla de Kfar Darom en Gaza. Dos semanas después el Ejército egipcio desarma a todas las fuerzas irregulares  –los países árabes no buscan ganar sino seguir a Inglaterra. Los sionistas, en cambio, reciben armas hasta de la URSS (vía Checoslovaquia, para salvar las apariencias). Los árabes son derrotados, y las fuerzas sionistas expulsan a 750 mil palestinos de sus tierras hacia la diáspora. Israel nace como cuña imperialista en una región estratégica y potencialmente explosiva (Mossadegh en Irán, Nasser en Egipto, Qassem y el PC en Irak). Es imposible no recordar las célebres palabras de Sir Ronald Storrs, gobernador británico del Protectorado palestino, para quien el proyecto sionista de “formar para Inglaterra una pequeña Ulster leal” en medio de un mar de panarabismo hostil, le resultaba muy tentador.

En Kuwait (1959) Arafat es uno de los fundadores de Al-Fatah (que significa “la victoria”), un grupo clandestino de estudiantes que comienza a operar con una estructura de células armadas en lucha contra el Estado de Israel y llega a convertirse en la corriente mayoritaria, cuando varias organizaciones confluyen por iniciativa de la Liga Arabe, en 1964, para formar la OLP. Fuerza militar de ocupación al final de cuentas, Israel buscará una oportunidad propicia para extender sus fronteras, y en la “Guerra de los Seis Días” (1967) aplasta nuevamente a los ejércitos árabes y ocupa la Franja de Gaza, los altos del Golán y toda Jerusalem, infringiendo una verdadera derrota histórica al nacionalismo árabe (y al stalinismo de la región, que hacía seguidismo de aquél). En 1969, Arafat llega a la conducción de la OLP y caracteriza que la estrategia de guerra convencional contra el poderío militar israelí está condenada al fracaso. Por esos días la sede de la OLP está en Jordania, donde en septiembre de 1970 se dan los hechos conocidos como el “Septiembre Negro”: tentado por el imperialismo y el sionismo, intimidado por ese verdadero “Estado dentro del Estado” que era la OLP y temeroso del carácter subversivo y desestabilizador del activismo palestino, las tropas del rey Hussein de Jordania atacan los campos de refugiados y masacran a miles de palestinos, asestando un duro golpe a la estructura militar de la OLP. Nasser trata de mediar entre el rey Hussein y Arafat, para poner fin a la masacre: las fuerzas de Arafat deberán reorganizarse desde Beirut (Líbano). Con la nueva derrota de Egipto y Siria en la llamada Guerra de Yom Kippur (1973) a manos del Ejército Israelí vuelve la sospecha que no se puede esperar la liberación de Palestina por gracia de los Estados Arabes. Aunque formalmente tolerado, entre bambalinas Arafat era hostigado por los líderes árabes, que lo veían como el abanderado de una “causa noble, pero perdida”, justo en el momento cuando esos regímenes se preparaban a negociar con el imperialismo un nuevo reparto de la creciente renta petrolera. Algún día habría que hacer el conteo de las víctimas palestinas en Jordania, Líbano y Siria, para ver que Israel no era el único enemigo de la causa palestina. Es que, en definitiva, una Internacional “nacionalista” es una contradicción en los términos, no importa cuantas líneas del Corán pudieran recitarse para querer mostrar lo contrario.

Luego de tres guerras, el presidente egipcio Sadat firma con Israel el Acuerdo de Camp David (1978): Arafat se siente traicionado, y en 1979 patrocina la expulsión de Egipto de la Liga Arabe. Finalmente, en 1981 un grupo islámico egipcio asesina al “traidor” Sadat. En el Líbano estalla la guerra civil y las tropas de los falangistas cristianos hostigan a las fuerzas de Arafat, hasta que en 1982 el mismísimo Ejército Israelí invade el país y “cierra la pinza” sobre la OLP, que es expulsada para pasar a Siria, donde también es perseguida por el régimen del Partido Baath sirio (Arafat estuvo a punto de ser asesinado en las cárceles sirias en 1983). Arafat encuentra refugio en Túnez, mientras la OLP se ha establecido ya como el portavoz político de la burguesía palestina en el exilio: por ese motivo puede combinar tácticas de lucha guerrillera, negociaciones con los Estados Arabes y otras fuerzas regionales. El próximo paso para esta burguesía palestina en busca de un Estado propio, era entrar en negociaciones con el imperialismo –un cambio tan profundo que la capitalización contrarrevolucionaria de la colosal primer Intifada (1987) logra poner a la orden del día.

 

La capitulación de Oslo

 

Cuando en 1988 Arafat, frente a la Asamblea General de la ONU, reconoce por primera vez en 41 años el derecho a la existencia del Estado de Israel y anuncia el fin de las acciones armadas, el giro ya es irreversible. Ni siquiera al nivel de la retórica se sigue sosteniendo la voluntad de reemplazar al Estado Sionista con un Estado Palestino democrático y secular. Al final, Arafat ha aceptado la infausta resolución de la ONU de 1947 que partía la región. La OLP se entusiasma con la existencia de un Estado Palestino colindante con el Estado Sionista. Bajo el clima político del “Nuevo Orden Mundial” y los auspicios del imperialismo, en septiembre de 1993 Arafat firma con el primer ministro israelí Yitzhak Rabin los Acuerdos de Oslo, contra las masas y la nación palestina, con el total apoyo de los regímenes árabes.

Los Acuerdos de Oslo dieron nacimiento a la llamada Autoridad Nacional Palestina (ANP), una parodia de embrión de Estado palestino (que no controla ni sus leyes, ni sus fronteras, ni sus rutas, ni su agua), fijándose 1999 fecha de nacimiento. Reconocidos intelectuales como Edward Said, que renunció a su lugar en la dirección de la OLP tras los Acuerdos de Oslo, y Noam Chomsky (ambos insospechados de ser “trotskos” de la “paleo-izquierda”…) empiezan a fustigar con dureza las capitulaciones del último Arafat ante el sionismo y el imperialismo. Los palestinos siguen siendo un pueblo oprimido y dividido por muros y retenes militares. En julio de 2000, el premier laborista Ehud Barak y Bill Clinton elevan a Arafat una nueva propuesta de paz que consistía en aceptar un futuro Estado palestino asentado únicamente sobre el 22% de las tierras que conformaban la Palestina pre-1948. La ANP retrocede en toda la línea, pero hay cosas que resultan demasiado deshonrosas. Israel y EE.UU. buscan forzar a los palestinos a renunciar al “derecho al retorno” a los territorios que pasaron a manos de Israel en 1948. Con la intervención del imperialismo en Afganistán e Iraq, Arafat acepta incluso la “hoja de ruta” diseñada por Bush. Sharon aprovecha y anuncia un “retiro unilateral de Gaza” (el 10% de los territorios ocupados) al mismo tiempo que aumenta los asentamientos de colonos sionistas en Cisjordania, bloquea las principales ciudades de Cisjordania (especialmente Nalus y Jenin, supuestas bases de los “extremistas”) y lleva adelante una ofensiva contra los  campos de refugiados. Irónicamente, pese a la cooperación de Arafat con el sionismo y el imperialismo, ésto no impidió que desde diciembre de 2001 hasta prácticamente su muerte, Israel mantuviera sitiado a Arafat en su bunker-prisión de Mukata, en Ramallah, bajo la acusación israelí de no haber “tenido a raya” a los palestinos “extremistas”.

 

La herencia (no sólo política…) de Arafat

 

Arafat concentró para sí los cargos de líder de Al-Fatah (partido), de la OLP (frente político), y de la ANP (Estado), creando una dirección absolutamente verticalista, con dirigentes de gestión poco transparente (para decir lo mínimo). Su fortuna personal era casi indistinguible de las multimillonarias finanzas de la OLP, y se pueden contabilizar inversiones en 67 empresas comerciales, que van desde cemento, combustibles, tabaco y alcohol, hasta líneas aéreas en Malasia, acciones en Coca-Cola, plantaciones de bananas, compañías mineras en Africa y compañías marítimas en Grecia. Pero también habría cuentas secretas en Suiza y Francia. Que el lector no crea que se trata de “carne podrida” del Mossad: hasta el mismísimo vicepresidente del Parlamento palestino, Hassan Khreishe, sostuvo que “es dinero del pueblo palestino y es urgente una investigación parlamentaria sobre toda la materia”. La actual dirección de la ANP goza quizás de algunas simpatías en EE.UU. e Israel, pero no entre los palestinos. Quien hoy reemplaza a Arafat al mando de la OLP (el oscuro Abu Mazen) apenas acaba de salvar su vida en un tiroteo donde murieron 2 de sus guardaespaldas y nadie puede señalar a Hamas o la Yihad islámica como “sospechosos” porque se sabe que, en los últimos años, se abrió una enorme brecha entre la dirección histórica de la OLP y el joven activismo palestino (los tanzim, hartos de las capitulaciones quieren un liderazgo consecuente elegido por las bases). En la línea sucesoria se mencionan a Marwan Barghouti y Mohammed Dahlan (“capo” de Gaza, pero favorito de la diplomacia yanqui). Barghouti, un “operacional” que fue líder popular de la última Intifada (2000) goza de enorme popularidad, pero está preso en las cárceles sionistas cumpliendo una condena de 5 (!!) cadenas perpetuas. La Unión Europea también juega sus cartas a las elecciones palestinas (que debieran tener lugar en 60 días, es decir en enero 2005) y participa con €14 millones para cubrir los gastos. El diario de la burguesía italiana Corriere della Sera analiza que “existe el riesgo que de las urnas salga vencedor Hamas…pero una dirigencia surgida del voto es de todas maneras preferible a un poder decidido por los [fusiles] Kalashnikov”. Aún así las dudas persisten: ¿se permitirá el voto a los 300 mil palestinos de Jerusalem (un tercio de los habitantes de la ciudad)? ¿Israel liberará al ‘terrorista’ Barghouti para que gane las elecciones? Cualquiera sea la “salida política” que se planee en Washington, Tel Aviv o Ramallah, en definitiva tendrá que resistir la prueba de los hechos: la voluntad combativa de las masas palestinas.

 

Conclusión

 

La odisea de Arafat, el corto camino que va desde el nacionalismo burgués a la colaboración con el imperialismo, demuestra que es imposible una solución nacional-burguesa a la cuestión palestina, cuya resolución íntegra y definitiva exige poner en movimiento fuerzas sociales bien distintas a las interpeladas por la OLP.

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