1890-2001: una crisis, dos soluciones

 

En 1890 tuvo lugar una crisis semejante a la que vivimos hoy, con quiebras, devaluación, caída de salarios y desocupación, que eliminó las posibilidades de ascenso social de los trabajadores. Hasta entonces en la Argentina, un obrero podía ahorrar el sueldo de un par de meses, pegar el salto y convertirse en patrón al montar su propio taller. Por eso, en este período surgió el estereotipo del inmigrante que llega con los bolsillos vacíos y logra hacerse la América. Varias de las principales empresas argentinas tienen estos orígenes. En la industria gráfica, Jacobo Peuser y Guillermo Kraft empiezan de esta manera. Lo mismo ocurre con Vasena en la metalurgia; Bieckert y Otto Bemberg, el fundador de Quilmes, o Noel en la rama alimenticia.

Pero después de 1890 estas posibilidades disminuyen drásticamente. La crisis arrasa con muchos tallercitos que cierran o son absorbidos por empresas mayores. Al igual que todas las crisis del capitalismo, la de 1890 se resolvió por la vía de la concentración y centralización de capitales. Sin embargo, en 1890 ésta era aún una salida progresista: las empresas sobrevivientes, de mayores capitales, hicieron evolucionar las fuerzas productivas locales al introducir procesos técnicos más avanzados. En la década de 1890 se amplía la división del trabajo y la mecanización. Estos cambios se profundizan luego; sin embargo, al margen de los momentos de crisis, el empleo tiene un marcado crecimiento y el país sigue absorbiendo mano de obra inmigrante.

Los trabajadores, al ver alejarse las posibilidades de ascenso social, dejan de preocuparse por convertirse en patrones y comienzan a luchar por mejorar su situación como obreros. En la década de 1890 se producen así las primeras huelgas importantes, surge el Partido Socialista y aparecen varios grupos anarquistas.

Por ese entonces, la pequeña burguesía halla en la educación un camino alternativo para el ascenso social, aprovechando la demanda de personal calificado y profesionales que este crecimiento genera. Desde el modesto, pero trascendental avance que significaba tener una hija maestra o un hijo perito mercantil, al sueño de toda madre, un hijo doctor, el estudio era el camino a seguir para mejorar la posición social.

Hoy, en el siglo XXI, también esta perspectiva se cierra: los índices de desempleo entre los egresados universitarios así lo demuestran. La  pequeña burguesía, empobrecida, expropiada por el corralito y que además vive un proceso de la proletarización (los profesiones son cada vez más claramente asalariados de las grandes empresas de servicios en vez de trabajadores independientes) es impulsada a la acción.

Al perder su independencia económica y sus posibilidades de ascender o incluso mantener su condición social, estos sectores inician hoy el camino que los trabajadores manuales transitaron un siglo antes. Para ellos y para el conjunto de la clase obrera no hay salida progresista en el actual sistema social; no al menos si se garantizar la subsistencia de la población: mayor concentración, más mecanización y automatización bajo el capitalismo solo pueden significar el desempleo masivo. El camino inverso, la defensa de las pymes, el salvataje de empresas quebradas y atrasadas por parte del estado, no beneficiará a los trabajadores y sólo hará retroceder el nivel de vida de la población (como lo venimos viendo). Una sola salida queda entonces: una transformación revolucionaria del sistema social.

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