Una marcha anti-feminista al servicio del tío Alberto

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¿Por qué Trece Rosas no marcha este 25 de noviembre?

Este 25 de noviembre, un día en el que las mujeres tenemos la tarea de poner en las calles nuestras luchas, amanece bajo el signo del retroceso feminista. Se cumplen hoy 59 años del asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana. Ser opositoras al régimen de Trujillo les costó la vida. Habían pasado 21 años de ese crimen, cuando en 1981, en Colombia, durante el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, se estableció que el 25 de Noviembre se recordaría como Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer.

Después de haber protagonizado acciones masivas contra los femicidios, de haber llenado las calles para luchar por el aborto libre, seguro y gratuito; después de haber instalado la discusión acerca del feminismo en todos los ámbitos; después de dos años de luchas intensas, se esconden todas esas luchas detrás de otras necesidades, se desvirtúan y tergiversan los reclamos feministas y se camuflan programas políticos que difícilmente expresen los intereses de las mujeres en general y de las trabajadoras en particular. Se pierde entonces, el carácter específico de la jornada y se disimula una alianza política preocupante.

En efecto, para este 25N en Buenos Aires, se pergeñó un documento que se caracteriza por la negación del feminismo. Una negación práctica, en tanto no se hace explícito en ningún lado, aunque es el resultado del conjunto del documento. Nadie va a negar que los despidos y demás consecuencias de la explotación capitalista son temas de cualquier agenda feminista de izquierda. Sin embargo, no señalar que afectan de manera diferencial a las mujeres y proponer soluciones para «colectivos» minoritarios sin ninguna consigna general, significa aceptar la estrategia burguesa queer según la cual las apelaciones retóricas a la mujer están a la orden del día, pero las soluciones prácticas no. No hay ninguna consigna que exprese una propuesta para el problema de la desocupación de todas las mujeres, mientras se mantiene la demanda por la Ley Sacayán. Está claro: para el colectivo travesti-trans, una ley específica y concreta. Para el resto de las mujeres, vaguedades: «Fuera el FMI, el colonialismo, y bla, bla, bla». Un subsidio generalizado a todas las mujeres desocupadas igual a dos canastas básicas no parece habérsele ocurrido a nadie. Ni siquiera algo parecido.

Por otra parte, problemas específicos como el femicidio ocupan un lugar lateral, como si el Ni una Menos no hubiera sucedido. Lo mismo pasa con la prostitución. El documento se manifiesta implícitamente regulacionista y pro-AMMAR al no hacer la más mínima mención no solo del flagelo de la prostitución, sino ni siquiera de la trata con fines de explotación sexual. Si bien algunas consignas que remiten al contenido específico del día están presentes, no ocupan el centro del documento. Al contrario. El texto expresa la alianza política entre la izquierda mayormente reunida en el FITU y el kirchnerismo. Dicha alianza aparece con claridad en las acusaciones a diestra y siniestra contra el imperialismo, el FMI, el colonialismo y engendros queer como el «cisheteropatriarcado», generosidad crítica que contrasta con la nula mención a las burguesías locales, la concentración en figuras a esta altura fantasmáticas (como Macri) y la ausencia de toda mención explícita a Alberto Fernández. Una vaga «exigencia» a la burocracia sindical de un «un gran paro nacional contra el ajuste antes que acordar un pacto social», no solo se abstiene de señalar y explicar por qué y a quién va dirigida esta demanda, sino que parece insinuar que «ajuste» y «pacto social» no son lo mismo, en tanto que el paro se plantea contra el primero, no necesariamente contra el segundo. Por supuesto, el acuerdo FITU-K (al que se suman otras organizaciones de izquierda como Las Rojas-NMas) se corona con un tour por las embajadas, para defenestrar a Piñera (el malo) y defender a Evo (el bueno), repitiendo los alineamientos internacionales del kirchnerismo.

Quizás el punto más preocupante es el tratamiento del aborto. Como suele suceder en estos documentos, donde la componenda prima sobre la coherencia, la discusión está planteada contra Macri, por el no reconocimiento de la existencia del protocolo para la interrupción legal del embarazo. No hay, sin embargo, ninguna exigencia explícita al nuevo gobierno, más allá de que se vuelva a tratar la ley rechazada por el mismo senado reaccionario que acompaña a Fernández hoy. Preocupante, como dijimos, es la repetición hasta el cansancio de la consigna de «aborto legal». Es fácil entender que tal expresión implica una política no necesariamente idéntica a la del «aborto libre» (sin justificación), seguro (intervención realizada en instituciones médicas por profesionales) y gratuito (el aspecto propiamente obrero de la propuesta). En efecto, tal como aparece en las consignas, por más que en el interior del texto se especifique otra cosa como al pasar y sin desplegar esta diferencia, esa formulación abre la puerta a otra política: la de la no punibilidad en ciertos casos, es decir, la aprobación del protocolo que Macri rechazó. Está claro que eso no es lo que buscaron las millones de mujeres que se manifestaron en todas las calles del país el año pasado. Está claro, que esa política que no hace sino dejarnos más o menos en donde estamos hoy, es un camino de conciliación con la Iglesia que el kirchnerismo está buscando. Finalmente, el documento no define el lugar central y dirigente que la mujer debe tener en su propio movimiento. Al mejor estilo queer, nos sumerge en el colectivo de las «disidencias», nos quita protagonismo, nos expropia de nuestra historia y nos subordina a los intereses de la nueva coalición de poder que se apresta a gobernar la Argentina. Todo ello con el aval de quienes se supone que deberían hacer lo contrario. Con este documento, para defender esta política, no podemos marchar. No queremos ser cómplices de este vaciamiento del feminismo al servicio del ajuste brutal que se viene, del que las mujeres seremos las principales perjudicadas.

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