Trece Rosas: que mi nombre no se borre de la historia La historia de las militantes de las JSU fusiladas el 5 de agosto de 1939

en Aromo/El Aromo n° 112/Novedades

¿Quiénes fueron las Trece Rosas? ¿Por qué las mataron? A 81 años del fusilamiento de las militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), las recordamos y te contamos por qué su lucha sigue más vigente que nunca.

Dolores Martínez González – Trece Rosas

Ocupación de Madrid y la caída de la JSU

Tras la ocupación de Madrid por el ejército franquista el 28 de marzo de 1939 y el fin de la guerra, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) intentaron reorganizarse clandestinamente bajo la dirección de José Pena Brea, de veintiún años. Cuando fue detenido, fue forzado a confesar, mediante torturas, todos los nombres de sus compañeros/as y a firmar una declaración. Además, debido al golpe de Estado del coronel Casado, los ficheros de militantes del PCE y las JSU no habían podido ser destruidos y fueron requisados. Por último, el trabajo de Roberto Conesa, un policía infiltrado que posteriormente fue comisario de la Brigada Político-Social franquista, aportó muchísima información para encontrar a los militantes.

Prácticamente la totalidad de la organización  clandestina cayó, sin tener posibilidad de reorganizarse. La mayor parte de los detenidos aún no había tenido tiempo de integrarse o apenas acababan de hacerlo. Apenas los hacían prisioneros, los conducían a instalaciones policiales donde los torturaban y luego los trasladaban. En el caso de las mujeres el destino era la cárcel de Ventas, construida para cuatrocientos cincuenta personas en donde hacinaban a unas cuatro mil. Muchas de las reclusas eran menores de edad y las encerraban en sectores separados de las adultas para que no se “contaminaran”, pero la realidad era que todas eran presas políticas, compañeras que se ayudaban y acompañaban.

El 27 de julio de 1939 tuvo lugar un atentado contra el coche donde viajaba el comandante Isaac Gabaldón Izurzún, quien iba acompañado de su hija Pilar de dieciséis años de edad y el conductor José Luis Díez Madrigal de veintitrés años, cuando circulaban por la carretera de Extremadura cerca de Talavera de la Reina. El comandante era un antiguo miembro de la Quinta columna de Madrid y en aquel momento desempeñaba un cargo importante en el aparato represivo franquista, pues estaba encargado del “Archivo de la masonería y el comunismo” que suministraba documentación a los fiscales militares en los consejos de guerra contra los partidarios de la República, de ahí que el régimen interpretara su muerte como “un desafío de un adversario al que creía totalmente aniquilado, y decidió castigar a los verdaderos o supuestos responsables de un modo ejemplar”. El 4 de agosto se realizó un primer consejo de guerra sumarísimo en Madrid, y allí fueron condenados a muerte 65 de los 67 acusados, todos ellos miembros de las JSU que ya se encontraban detenidos al momento del atentado.

El 5 de agosto fusilaron a 63 de los acusados en la tapia del Cementerio de La Almudena, donde se encontraban trece mujeres jóvenes.

Trece Rosas Rojas

Luisa Rodríguez de la Fuente tenía 18 años y era sastre. En 1937 comenzó a militar en las JSU sin ocupar ningún cargo. Le propusieron crear un grupo, pero no había convencido aún a nadie más que a su primo cuando la detuvieron. Reconoció su militancia durante la guerra civil, pero no la clandestina. En abril de 1939 la trasladaron a Ventas, siendo la primera de las Trece Rosas en entrar en la prisión.

El 18 del mismo mes fueron a buscar a Joaquina López Laffite a su casa y se la llevaron junto a sus hermanos. Tenía 23 años, era secretaria y estaba afiliada a las JSU desde septiembre de 1936, tenía a cargo la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino. La encerraron en un chalet y la acusaron de comunista, ella solamente reconoció su militancia durante la guerra civil y desconocían el cargo que ocupaba. Recién el 3 de junio la trasladaron a la cárcel de Ventas.

En mayo Julia Conesa Conesa estaba cosiendo en su casa cuando la fueron a buscar. Tenía 20 años, había nacido en Oviedo, pero vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas, donde trabajaba como modista. Se afilió a las JSU por las instalaciones deportivas que presentaban a finales de 1937, donde se ocupó de la monitorización de estas. Pronto se empleó como cobradora de tranvías, ya que su familia necesitaba dinero para subsistir, y dejó el contacto con las JSU. Fue denunciada por un compañero de su novio.

El 16 de mayo fueron detenidas cinco mujeres militantes que trabajaban de modistas. Virtudes González García tenía 18 años. En 1936 se había afiliado a las JSU, donde conoció a Vicente Ollero, quien luego fuera su novio.

Carmen Barrero Aguado, de 20 años, trabajaba desde los doce años, tras la muerte de su padre, para ayudar a mantener a su familia, pues tenía ocho hermanos más, cuatro menores que ella. Militante del PCE, tras la guerra, fue la responsable femenina del partido en Madrid.

Pilar Bueno Ibáñez tenía 27 años. Al iniciarse la guerra se afilió al PCE y trabajó como voluntaria en las casas-cuna (donde se recogía a huérfanos y a hijos de milicianos que iban al frente). Al acabar la guerra, fue nombrada secretaria de organización del radio Norte de la reorganización del PCE.

Dionisia Manzanero Salas tenía 20 años y se había afiliado al Partido Comunista en abril de 1938. Al acabar la guerra fue el enlace entre los dirigentes comunistas en Madrid.

Ana López Gallego, había nacido en La Carolina, Jaén, era militante de las JSU y tenía 21 años. Fue secretaria del radio de Chamartín durante la Guerra. Su novio, que también era comunista, le propuso irse a Francia, pero ella decidió quedarse con sus tres hermanos menores en Madrid. La trasladaron a la cárcel de Ventas el 6 de junio.

Adelina García Casillas tenía 19 años y era militante de las JSU e hija de un guardia civil. Le mandaron una carta a su casa afirmando que solo querían hacerle un interrogatorio ordinario. Se presentó de manera voluntaria, pero no regresó a su casa. Ingresó en prisión el 18 de mayo.

A principios de junio hubo más detenciones. El 3 le tocó a Elena Gil Olaya, tenía 20 años y militaba en las JSU desde 1937. Al terminar la guerra comenzó a trabajar en el grupo de Chamartín. El 6 llegaban a Ventas Victoria Muñoz García, de 18 años, que desde los 15 militaba en las JSU. Pertenecía al grupo de Chamartín, donde su hermano Gregorio era responsable militar. Y a Martina Barroso García, una modista de 24 años, quien también participaba del mismo grupo, la encontraron cuando estaba yendo a buscar armas y municiones al abandonado frente de la Ciudad Universitaria.

La mayor de las trece era Blanca Brisa Vázquez. Una pianista de 29 años, que no tenía ninguna militancia política. Se había casado con Enrique García Mazas, un músico perteneciente al Partido Comunista y tenían un hijo de 11 años.

“Que mi nombre no se borre en la historia”

Todas estas mujeres fueron, en lo formal, condenadas a muerte por un crimen que no cometieron, básicamente porque se encontraban presas en el momento en que este sucedía. Pero la realidad es que su condena fue para ejemplificar, no solo al conjunto de la clase obrera, sino especialmente a todas esas mujeres obreras que hicieron de la militancia socialista su bandera. Una militancia que les permitió poner en cuestión los roles, ocupar lugares de mando, formarse como cuadros y trabajar codo a codo con sus compañeros por una realidad diferente. Su condena fue ejemplo para que las que quedaban no se atrevieran a poner en cuestión la sociedad capitalista y patriarcal en que vivimos.

El principal motivo por el que las compañeras del frente feminista de Razón y Revolución elegimos este nombre, es que ellas representaron el programa que nosotras estamos construyendo, eran militantes socialistas. Y esto queda muy claro cuando María del Carmen Cuesta, una militante de las JSU que tenía 15 años al momento de su encierro en la prisión de Ventas, cuenta que en la madrugada del 5 de agosto su amiga Virtudes González García corrió a buscarla apenas se enteró de la sentencia y le dijo: “No te olvides de lo que hemos hablado y que la unidad está por encima de todo, eso es lo que tenemos pendiente, eso es lo que vais a tener que trabajar y luchar por eso. La unidad, no solamente del partido, de toda la clase obrera.”

La compañera Virtudes fue muy precisa, la clave está en trabajar por la unidad. Es por eso que las militantes socialistas tenemos que tener algo muy claro: la dominación de clase cuenta con una herramienta muy poderosa, el patriarcado. Esta estructura le permite dividir a la clase obrera y establecer mejores condiciones de explotación general sobre todo el proletariado y, en particular, sobre las mujeres obreras. Así, la subordinación se suma a la explotación, siendo ambos sistemas solidarios.

Nuestra compañera Rosana López Rodríguez dice que Las mujeres somos el motor del feminismo y nuestro objetivo es la emancipación de toda la humanidad. La mujer que no lo entiende, la que no entiende que no habrá liberación de la mujer sin socialismo, no es feminista. El feminismo será socialista o no será nada.” Tenemos la tarea de construir un programa socialista y feminista, que tiene por objetivo hacerle frente a los programas que dividen, que debilitan a la clase.

En la madrugada del 5 de agosto de 1939, Julia Conesa le escribió una carta a su familia en donde decía “que mi nombre no se borre en la historia”. Tomamos esa consigna y nos proponemos seguir la lucha que ellas llevaron adelante contra la explotación y el patriarcado y hacia el socialismo.

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