La traición de la II Internacional

en La Hoja Socialista 16/LHSHistoriaSocialismo

Uno de los hechos más lamentables de la historia de los partidos de izquierda fue el apoyo que diputados socialistas brindaron a las naciones capitalistas en su disputa bélica. Pero así como resultó un hecho lamentable, nos dejó numerosas enseñanzas sobre las que siempre conviene tomar nota.

Como sabemos, en 1914 estalló una Guerra entre Serbia y el Imperio Austro-Húngaro. Sin embargo, un esquema de alianzas previo entre las potencias capitalistas, terminó de darle una magnitud “Mundial”. No estaba en discusión el interés de los obreros, sino los intereses de los grandes capitalistas mundiales. El movimiento obrero internacional ya había discutido el tema: los Congresos de Zurich y Paris de la II Internacional habían debatido el asunto de la guerra y la paz, dejando en claro la negativa a apoyar las empresas bélicas burguesas, en la que la sangre la ponen los trabajadores para que se beneficie el bolsillo de otros. En Sttutgart, en 1907, el problema fue más dividido, pero se resolvió que la izquierda debía aprovechar la guerra para “acelerar la caída de la hegemonía capitalista”.

Pero en los hechos, una vez estallada la Gran Guerra, los partidos socialdemócratas alemán, francés y belga votaron a favor de los créditos de guerra (esto es, el financiamiento extraordinario de las fuerzas militares). El asunto fue más lamentable en el caso alemán. El Partido Socialdemócrata de ese país era uno de los más grandes de Europa, con una fuerte inserción de masas y una responsabilidad política fundamental. Pero su dirección asumió una deriva “revisionista”: las ideas teóricas de Bernstein hicieron mella en el partido, asumiendo en los hechos una postura parlamentarista y reformista.¿Qué significa eso? Que se puede arribar a una sociedad igualitaria, reformando y mejorando el capitalismo. Eso tuvo, sin dudas, efectos nocivos para la organización revolucionaria. La socialdemocracia francesa y alemana se movilizó a la guerra y asumió una defensa del nacionalismo. Es decir, una defensa de la burguesía nacional.

Ante esta postura (llamada “defensista”), se alzaron varias voces. Entre ellas, las de Rosa Luxemburgo y Lenin. En Rusia, los bolcheviques llamaron al “derrotismo” revolucionario. Una política que reconocía que la guerra era ajena a los intereses de los obreros, y por lo tanto, los obreros ganarían más con la derrota nacional que con la victoria. Había que transformar la guerra en una guerra civil entre clases, hasta tirar abajo el capitalismo, mediante la huelga de masas o la insurrección.

El asunto dejó varias conclusiones. Primero, las guerras encubren intereses burgueses. Es la forma político-militar que asume la competencia entre capitales. En un escenario semejante, los obreros conforman pura carne de cañón. Por eso, el nacionalismo no supone otra cosa que la política de la burguesía nacional. Sencillamente, porque las naciones son el coto de caza de cada burguesía nacional. No existe contra el nacionalismo, un nacionalismo “obrero” de ningún tipo. Segundo, el reformismo y el parlamentarismo presentan más pronto que tarde derivas peligrosas para la independencia política de la clase obrera y la revolución en general. Lo supo la clase obrera alemana y lo sabremos siempre que se diga que “necesitamos 5, 7 o 10 diputados” para poder emprender una transformación social. Cuando posiciones semejantes asoman, lo que corresponde en combatirlas abiertamente, hasta dejar claras las diferentes tendencias en el seno de la izquierda y la clase obrera, y derrotar aquellas abiertamente reformistas.

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