Editorial: Otra acción es posible

en Aromo/El Aromo n° 113/Novedades

Tenemos a la vista un vodevil en el que todos los políticos burgueses se aman y odian alternativamente, en una unidad nacional de oscuros enfrentamientos subterráneos. Decimos que esa pelea es subterránea porque la batalla es apolítica: odiadores, estigmatizadores, psicologización de las acciones. Es decir, se prepara el terreno para justificar, desde todos los campos, la represión. ¿Qué otra cosa hacer con posturas políticas a las que se comienzan a señalar como patologías psiquiátricas? Y no se trata de las relaciones entre los bandos burgueses, sino, cómo lo están haciendo en este momento con Facundo Astudillo, el estado de ánimo que permite desaparecer pobres, y matar activistas. Así se justifican las Triples A, con la expulsión del campo político de los futuros perseguidos. Ya lo hizo Perón con los “infiltrados marxistas”, y tiene buenos discípulos.

Las grietas burguesas (todas, las de halcones y palomas en Cambiemos, las de albertistas y cristinistas en el FdeT, las de “populistas” y “neoliberales”) aparecen cuando escasea la guita, sólo expresan eso. Así se quebraron los noviazgos de Néstor y Magneto luego de más de cuatro años de regalos mutuos, así se resquebraja la de Alberto, Kicillof y Larreta, cuando la población se comió sus ahorros y necesita guita que no le quieren dar. A esta debacle la dejan seguir su curso de forma inercial, cargando en los propios trabajadores la responsabilidad, en principio, de ganarse el mango, y, en segundo lugar, de las consecuencias de esa búsqueda.

Ese cansancio, causante de la renovada grieta, de un nuevo sálvese quien pueda, se ofrece invertido a nuestros ojos. En lugar de reconocer que dejan caer las medidas sanitarias porque quieren mantener al país como uno de los que menos plata ponen para sostenerlas (muy por debajo del Brasil de Bolsonaro, mal que les pese) todas las fracciones burguesas repiten que la gente “está cansada” y que el problema son “las reuniones sociales”. Su miserabilidad provoca una catástrofe, y buscan endilgársela a los trabajadores.

Cien años atrás, la modalidad artesanal aún prevaleciente en los oficios, y el estado embrionario del capital, alentó la idea de poder, individualmente, lograr una superación social, nacieron así el anarquismo y el socialismo liberal, el cierre de esta ilusión llevó a unos a ser reprimidos y a otros a integrarse. Luego, a mitad del siglo XX, las grandes concentraciones obreras acentuadas por una mayor acumulación, pusieron en el centro las negociones colectivas. Mientras el peronismo liquidaba todo chispazo o embrión revolucionario, las paritarias fueron el camino reformista aceptado hasta que el declive salarial llevó a los turbulentos años de fines del sesenta. El despuntar de una vanguardia revolucionaria fue aplastado, por el peronismo primero, y por la dictadura más tarde. Esa masacre, dejó profundas marcas en la conciencia de los trabajadores.

Desde hace décadas, venimos posponiendo una solución. La inflación y la deuda de Alfonsín, el remate del patrimonio acumulado socialmente, por Menem, el duhaldismo y el primer kirchenirsmo dilapidando en favores a sus amigos los precios disparados de la soja china, y desde el 2011, la vuelta al endeudamiento con Cristina y Macri. Toda esa guita desaparece, no porque se la roban (aunque en parte lo hacen), sino porque se destina a sostener una clase improductiva y sin perspectiva.

Venimos posponiendo una solución a los problemas que ya estaban planteados en los 70, pero que se han profundizado. La producción aumentó, pero sin mercados adónde llegar competitivamente, se mantuvo fragmentada y replegada, lo que significa que expulsó a una inmensa masa de trabajadores a la precarización y el desempleo, y a otra parte a los ritmos febriles de trabajo, y al pluriempleo. Dando pie a que la burguesía fogonee estas diferencias con la “grieta”

Ante semejante panorama de decadencia burguesa, pero también de falta de alternativas ¿qué podemos esperar del futuro? Podemos soñar, pero a condición de hacerlo comprometiéndonos en otra acción. Otra política y otra acción son posibles. Es un sueño que se puede hacer real.

El sueño, como todo sueño, se puede contar. Lo podemos comparar con el principal partido del orden burgués en el país, el peronismo. Y se hace visible. El gobierno amagó, sin hacerlo, expropiar Vicentín, y lo justificaba en que la empresa estaba quebrada. Años antes Menem vendió YPF barata cuando valía algo, Néstor regaló otra parte cuando valía menos, y finalmente Cristina la recompró cara, cuando nada valía. En resumen, el peronismo compra clavos y regala diamantes. El estado libera a los patrones de los problemas y se los carga a los trabajadores.

Pero podemos intentar otra cosa. Podemos intentar, en lugar de hacernos cargo todos de lo que no funciona (para que una ínfima minoría disfrute de los negocios que pueden andar) invertir la fórmula. Eso nos encamina al socialismo. Muchos se escandalizan de que un puñado de millonarios tengan la mitad de la riqueza mundial, pero a la vez creen intocable ese abuso. ¿Y si lo damos vuelta? ¿Si intentamos una acción en beneficio de las mayorías trabajadoras, aún a costa de perjudicar a algún millonario?

Podemos hacer algo por nosotros, los trabajadores, si esa inmensa acumulación desorganizada se organiza, y pone a funcionar, para la mayoría trabajadora, registrada, precarizada, desocupada. Dominando la economía que funciona (no sosteniendo la que no funciona) podríamos cubrir un IFE real que permita cuidarse, mejorar la infraestructura de los barrios de trabajadores, no sólo de los centros de esquí o los accesos a El Calafate.

Podríamos discutir, democráticamente, un plan que sea ecológicamente viable y socialmente sustentable. Podríamos resolver como feministas, la cobertura de los medios materiales para que las víctimas de violencia tengan adonde alojarse y reconstruir su vida, no sólo un número de teléfono al que llamar, se podría aprobar el aborto legal seguro y gratuito, a la vez que brindar una educación sexual integral sin la interferencia de la iglesia millonaria, podríamos evitar que se compren bebés alquilando vientres, impidiendo que ninguna mujer se vea obligada a hacerlo.

Podríamos resolver la situación de los desocupados rurales con coberturas económicas adecuadas y ellos podrían elegir el mundo cultural en el que desean vivir.

Podríamos resolver la desocupación aprovechando la alta productividad de las mejores empresas, reduciendo paulatinamente las horas de trabajo y sumando nuevos trabajadores para cubrir las horas reducidas, redundando en más horas de vida propia, para más trabajadores.

Pensemos en la salud. Cada uno de los más adelantados laboratorios de la Argentina tiene entre el 2 y el 7 % de la producción, una serie de enanos en el concierto internacional, que no logran llegar a la tecnología de punta pero que enriquecen de manera desmesurada a un par de millonarios como Bagó o Sigman. Esas unidades industriales fragmentadas y enfrentándose irracionalmente podrían, de manera concertada y racional abocarse a la solución de algunos de los problemas sanitarios que nos aquejan, como el dengue, o el mal de Chagas. Incluso, si llegamos antes de que se destruya el desarrollo nuclear de medio siglo para conseguir acuerdos con China, se podría mantener e impulsar un desarrollo mucho mayor de las tecnologías de diagnóstico.

Estos productos podrían abaratar los tratamientos al hacerlos accesibles en un sistema único y estatal, racionalmente integrado, donde las comodidades y las tecnologías se dispongan de acuerdo a las patologías y no a las billeteras. Un sistema único y estatal en donde la gran demanda no se cubriera con pluriempleo y precarización para abaratar costos y ceder las ganancias a Belocopit, sino con muchos trabajadores en jornadas soportables. Un sistema unificado y estatal, donde no se dilapide una porción sustantiva de la inversión en auditorías y publicidad. Un sistema así podría ahorrar y generar gran parte de los dólares que le faltan a las cuentas nacionales mediante la economía de escala y el desarrollo. Algo similar a lo que hizo Corea del Sur entre 1950 y 2000, sosteniendo a los grandes Chaebols, grupos económicos como Samsung o Hyundai, a expensas de la clase trabajadora desarticulada después de tres guerras consecutivas. Pero aquí podríamos proponernos realizarlo a expensas de una burguesía que cada diez años nos conduce a una crisis catastrófica, y en beneficio de los trabajadores que habitan este país.

Es posible si invertimos en primer lugar una proposición que los patrones repiten insistentemente, que si no le causamos problemas a su acumulación nos va a tocar algo. O, dicho de otro modo: te doy si te domino. Contrariamente, esta acción puede comenzar por afirmar que sólo si no nos dominan les arrancaremos conquistas Y si no nos dominan los patrones tendremos la posibilidad de resolver, democráticamente, si nos tiene que dar algo, o si es mucho mejor reorganizarlo todo.

Seguramente pensará, compañero que es lindo pero imposible. ¿Por dónde se empieza a construir un sueño así? En primer lugar, se trata de construir una vanguardia. Un término desacreditado, pero de indisimulable vigencia práctica. Por ejemplo, en un partido de fútbol 5 ¿todos concurren espontáneamente, con dinero para la cancha y ropa adecuada? No, aunque todos deseen jugar, hay algunos, que convocan, arman un whatsapp, llevan la seña de la cancha, hacen la lista, buscan suplentes para los que se caen a última hora, recaudan la guita. En un asado de amigos sucede lo mismo. Algunos proponen el día, el lugar, hacen las compras, juntan la guita e incluso llevan luego a algún curda a su casa. Sin los que organizan no habría ninguna actividad colectiva. En la vida política, como en los actos cotidianos, su realización requiere de una vanguardia, que estando dentro del asunto, vaya un paso adelante resolviendo problemas, proponiendo soluciones.

Se trata entonces de construir una vanguardia para intervenir, una vanguardia es un partido. Pero esta vanguardia debe conjugar la sensibilidad para indignarse con el estado de cosas existente con un rechazo frontal con la misericordia, la caridad, la beneficencia. Una vanguardia que, si colabora con un comedor o recolecta ropa usada para un barrio, lo haga con las tripas revueltas de ver que muchos pueden sobrevivir de lo que a otros les sobra, o pueden dar. Una vanguardia que no naturalice esta disparidad. Que no lo acepte, que no lo resista, que esté dispuesta a actuar para cambiarlo.

Hay otros proyectos. El de Juan Grabois y Susana Giménez, mal que les pese la coincidencia, consiste en llevar a las poblaciones marginadas a lugares más marginales, geográfica y socialmente. El campo, la tierra fiscal, las zonas anegadizas. Es el proyecto de que los trabajadores más pobres se arreglen como puedan y no joroben los buenos negocios. A esto se suma la CGT que está siempre dispuesta a aceptar recortes salariales (o aumentos muy debajo de la inflación que es lo mismo) para que el capitalismo siga adelante.

Está el programa desarrollista que intenta que la burguesía agraria sustente con dólares captados por el estado, a la burguesía industrial más concentrada de la Argentina, y el programa mercadointernista, que intenta que esos dólares sustenten a la totalidad de la burguesía argentina, aún la más inviable en los propios términos del capital. Aunque hoy parece primar el programa chino de Alberto, que consiste en ser complementarios de una potencia secundaria como China, cediendo desarrollos a cambio de cuotas de compra de bienes primarios (soja o chanchos) para el gigante asiático. Que parece desplazar al programa yanqui que consistía en la complementariedad, pero con EEUU.

Y finalmente está el programa socialista que consiste en volcar la riqueza producida en la reorganización racional y la reformulación productiva y competitiva de la industria, en función de las necesidades generales, y del reparto del trabajo en mayor cantidad de trabajadores con menor cantidad de horas. Perjudicando, si es necesario, a una pequeña porción de la población, a los burgueses.

Esto tiene que ser llevado adelante por una vanguardia, por un partido que se proponga reordenar el país para que mucha más población pueda vivir mejor. Un partido que se proponga avanzar en la construcción de una sociedad socialista.

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