COSTUMBRES CONTRA EL CAPITALISMO

en Revista RyR n˚ 1

Por Ellen Meiksins Wood
Tomado de New Left Review n° 195
[Traducido por Sandra Barani]

Recurrir a la historia para justificar el capitalis­mo siempre ha requerido una delicada acción de equilibrio. Por un lado, estamos obligados a aceptar que la modernización capita­lista transformó completamente el mundo hacia el inequí­voco beneficio de la humanidad. Por otro lado, debemos admitir que nada más ocurrió en este proceso de transformación. No hubo momen­tos revolucionarios, ni profundos conflictos socia­les, ni penosos trastornos. No existió ningún «siglo de la revolu­ción» en Inglaterra, y ni la Guerra Civil ni 1688 tuvie­ron nada que ver ‑ya sea como causa o efecto‑ con los cambios en las rela­ciones sociales de propiedad. Si, en el siglo siguien­te y/o en el posterior, hubo algo así como una «revolu­ción industrial» -y un creciente número de historiadores negaría que la indus­tria­lización fue algo parecido a una «revolución»‑ esta no molestó a nadie en forma esencial y simplemente mejoró los niveles de vida del trabajador pobre. Cualesquiera hayan sido los males que acompañaron a la «modernización» en el siglo veinte, el proceso original de transformación (que nunca sucedió verdaderamente) fue, en general, favorable (como debiera serlo hoy en los nuevos capitalismos emergentes si no estuvieran corrompidos por su pasado comunista). De hecho, si el colapso del comunismo no hubiera revitalizado ideológica­mente el concepto de «capitalismo», se habría seguido negando su existencia como una expresión diferente de «el mundo moder­no» o «la sociedad industrial».

            E. P. Thompson se transforma en un obstáculo casi a cada paso de la construcción de estas defensas. Su más famoso e influ­yente trabajo The Making of the English Working Class (La Formación de la Clase Obrera Inglesa), no es sólo un esfuerzo por rescatar al trabajador pobre, su cultura y su protagonismo histórico, «de la enorme condescendencia de la posteridad», sino también una demostración viva, en la experiencia cotidia­na del pueblo trabajador, de las transformaciones y disloca­ciones estructurales que produjo el capitalismo industrial, sus modos de expropiación y explotación manifestados en los cambios de pautas de trabajo, tiempo libre y solidaridad comunal, junto con las respuestas políticas y culturales engendradas por ellos. Sus escritos sobre la ley, las costum­bres y las relaciones sociales del siglo dieciocho y comienzos del dieci­nueve en Inglaterra han remarcado tanto la consolida­ción de como la resistencia a una economía de mercado, los cambios en los conceptos de propiedad y de organización del trabajo, que han constituido el ascenso del capitalismo. Dentro de las especi­ficidades detalladas de la historia so­cial, él ha trazado en relieve destacado los principios gene­rales del modo de produc­ción capitalista y el gran proceso de transformación que ha llevado a ser, y ha convertido a un modelo teórico en una experiencia viva.

            Nadie ha transmitido con más efectividad la sutil capaci­dad‑de‑ser‑otro del capitalismo, la especificidad de su siste­ma lógico, la irracionalidad de sus principios desde la posi­ción ventajosa del pueblo trabajador, la dificultad de implan­tar sus prácticas económicas, valores y racionalidad de merca­do, su idea de propiedad, su concepción del tiempo y el régi­men de disciplina laboral. La inimitable habilidad de Thompson en distanciarnos de las premisas del capitalismo y revelar su estructura en las transacciones cotidianas de la vida social, es particularmente evidente en su colección de ensayos de reciente publicación, Customs in Common[1]. Este volumen verda­deramente importante reúne algunos de sus ya clásicos ensayos sobre la historia inglesa del siglo dieciocho y principios del diecinueve, «The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century» and «Time, Work‑Discipline and Industrial Capitalism», con algunas nuevas reflexiones sobre la «economía moral» y una respuesta a las críticas, versiones extensamente revisadas de estudios tempranos en «The Patricians and the Plebs» y «Rough Music», junto con otros nuevos sobre «Custom, Law and Common Right» y «The Sale of Wives», y una introduc­ción que los vincula en una tesis común sobre «Custom and Culture». Cada uno de estos ensayos recoge y desarrolla temas familiares de Thompson: el «desciframiento» de costumbres populares, su oposición a principios de mercado e ideologías predominantes; la paradoja del siglo dieciocho, «una cultura tradicional rebelde» en la cual las costumbres (reales o inventadas) se convertían en un vehículo de resistencia; el conflicto entre la ley y los derechos comunes; la recusación a los historiadores triunfalistas de la revolución agrícola; y juntamente, estos estudios adelantan su proyecto de toda la vida de dar una voz a la multitud trabajadora. Pero hay más en este volumen que una «historia desde abajo», que ha inspirado una generación completa de historiadores dedicados al estudio de la sociedad y la clase obrera. Hay aquí, nuevamente, una poderosa demostración de la «gran transformación» en el traba­jo, el modo capitalista de producción que viene a realizarse.

Enfrentando al capitalismo

            El siglo dieciocho proporciona un campo de pruebas parti­cular­mente significativo. Hubo un momento en el que el período entre 1688 y las últimas décadas del siglo dieciocho fue considerado como un interludio tranquilo y, en términos gene­rales, poco interesante de la historia inglesa, intercalado entre dos momentos revolucionarios, la Gloriosa Revolución y la Revolución Industrial (por supuesto con una interrupción desconcertante dada por la Guerra Americana de Independencia). Más recientemente, mientras estos dos límites de época han tendido a perder sus condiciones revolucionarias, el período entre ellos se ha convertido en un importante campo de batalla historiográfico. ¿Fue ésta simplemente una era de prosperidad y consumismo para «gente culta y dedicada al comercio»?[2] ¿Fue éste el ancien regime de Inglaterra, la edad dorada del Angli­canismo, del monarquismo y la condescendencia?[3] ¿O fue éste un momento de consolidación para la propiedad capitalista y las relaciones de mercado, de represión estatal por un lado, y crimen y protesta por el otro, de criminales transportados de a miles, de cercamientos  autorizados por el Parlamento y la extinción de los derechos consuetudinarios, de la prolifera­ción de estatutos capitales que definían nuevas categorías de crímenes contra la propiedad, castigados con la muerte?

            La pregunta sobre la prosperidad de Inglaterra y el grado en que ésta se filtró hacía abajo hasta el trabajador pobre, es sólo parte de la cuestión, y no el tema que concierne princi­palmente a Thompson en este volumen, aunque en el pasado él se ha ocupado del debate sobre el «nivel de vida» en rela­ción con la historia de la «industrialización» inglesa. Los optimistas de la  historiografía del siglo dieciocho, ocupados por la indiscutible prosperidad comercial de Inglaterra en el período posterior a 1688, sin duda han tendido a menospreciar la extensión de la pobreza tanto rural como urbana; pero el punto de discusión entre ellos y Edward Thompson no puede resolverse midiendo el PBI o el ingreso per‑capita. Tampoco es, a pesar de toda la urgencia moral de los argumentos de Thompson, simplemente un asunto de diferentes juicios éticos. En reali­dad, el debate tiene que ver con el hecho de si la historia inglesa del siglo dieciocho representa un enfrenta­miento no exactamente entre clases sino entre diferentes principios de orden social, entre los principios ascendentes del capitalismo y la resistencia popular a ellos.

            Más aún, se ha confundido al asunto por una tendencia de parte de un bando en el debate a encerrarse completamente dentro de la premisa del orden capitalista y a encontrar la controversia de esas hipótesis, más allá de su especificidad histórica, literalmente inconcebibles. Esto hace que sea especialmente difícil tratar con argumentos como los de Edward Thompson, los que más que otros requieren de una capacidad para mantenerse fuera de las premisas del capitalismo, para verlas desde una distancia antropológica, no como el orden natural de las cosas sino como las prácticas y valores de un tiempo y un lugar específicos.

            Así, por ejemplo, las típicas críticas al trabajo de Thompson sostienen algo así como: él ve protestas y conflictos de clases por todas partes, él es muy propenso a ver rebelio­nes, no está lo suficientemente dispuesto a ver condescenden­cia y colaboración. El trabajador pobre fue con frecuencia conser­va­dor ‑patriótico, monárquico, religioso. La experiencia plebeya fue más variada de lo que Thompson admite, y la socie­dad inglesa menos bipolar. Por lo tanto, es probable que Thompson sea demasiado proclive a favorecer el lado rebelde de la cultura plebeya a expensas de sus otras manifestaciones. Pero ésto es algo que sus críticos juzgan a menudo desde una  posición equivocada. Reconocer la actitud contestataria y la resistencia -especialmente en una sociedad donde las relacio­nes de poder fueron disfrazadas por «rituales de paternalismo y deferencia», donde la oposición a las nuevas definiciones de propiedad a la racionalidad del mercado fue formulada en el lenguaje conservador de la costumbre‑ presupone una aprecia­ción de que hay algo a lo que oponerse.

El tema puede ilustrarse con un intercambio que tuvo lugar recientemente entre uno de los colaboradores de Thompson, Peter Linebaugh, y  un crítico de su brillante si bien algo indisciplinado libro, The London Hanged: Crime and Civil Society in the Eighteenth Century.[4] Tomando como punto de partida la historia de crímenes capita­les y de sus perpetrado­res en el Londres del siglo dieciocho, Linebaugh describe un cuadro detallado y eficaz no sólo del crimen y del castigo, o de personalidades precisas como el legendario ladrón, asaltan­te de caminos y maestro de la fuga, Jack Sheppard, sino tam­bién de una sociedad entera que con­fronta, y en gran medida resiste, un nuevo orden social. El también pone en clara exhibición la clase de pobreza urbana de la que prefieren apartar sus ojos los optimistas históricos. Este libro ‑que ilustra la continua y fructífera influencia de Thompson y del proyecto que él preparó‑ probablemente no sea superado en su capacidad de transmitir la estructura existen­cial de una sociedad de mercado en sus primeros años, cómo ésta penetra aún más profundo dentro de las vidas cotidianas de las perso­nas todavía motivadas por otros valores y expecta­tivas, por concepciones de propiedad y del derecho a subsistir contrarias a la racionalidad del mercado.

Pero donde Linebaugh ve resistencia a la expropiación urbana y a la lógica del mercado, su crítico, el historiador de la ley John H. Langbein, ve sólo crimen, puro y simple. «En la medida en que transcurría el siglo dieciocho,» escribe Langbein, por ejemplo, «se fueron tomando medidas para mejorar la eficien­cia, reducir el gasto, y proteger contra el robo. Estos cam­bios limitaron las ganancias realizadas en el lugar de trabajo en base a restos, sobrantes y desperdicios. Linebaugh observa que los trabajadores vieron a algunas de éstas como extras del empleo, y desecha la evidencia de la preocupación manifestada por parte de los empleadores para reprimir tales practicas, como opresión de clase. El argumento, en pocas palabras, es que el crimen era costumbre.»[5]

            La respuesta de Linebaugh resume el tema con precisión: «Lang­bein pone el carro delante del caballo: mi razonamiento no es que «el crimen era costumbre». Por el contrario, es /acerca/ de la criminalización de las costumbres…: «La ley encarcela al hombre o mujer │ Que roba al ganso de la propie­dad común │ Pero deja libre al mayor criminal │ Que roba  la propiedad común del ganso.»» Las ganancias obtenidas en el lugar de trabajo a las que se refiere Langbein no son, dice Linebaugh, simplemente «extras», como la ocasional llamada telefónica privada de larga distancia realizada desde la oficina. Aqué­llas eran esenciales para el presupuesto de la familia pobre, y en el siglo dieciocho «los trabajadores esperaban tener acceso a los medios de vida, si no por costum­bre, sí por derecho».[6]

            Si quitar el ganso a la propiedad común es un crimen mayor que cercar a dicha propiedad es, precisamente, lo que consti­tuía el punto de discusión en el conflicto entre las costum­bres y la propiedad capitalista. Nadie que comience con la cuestión ya resuelta en favor del capital y los principios del mercado, está en posición alguna de juzgar si allí existe siquiera alguna lucha, menos aún si algún agravio en particu­lar contra la propiedad ‑definido como un crimen por la ideo­logía dominante‑ constituye también una protesta. Cada palabra en el informe de Langbein es una insensible traición: la propiedad de los medios de producción del capital implica que el acceso del trabajador a los medios de subsistencia, lejos de existir por costumbre o derecho, sea una dádiva del emplea­dor, y los «extras» pueden impedirse en interés de la «efi­ciencia» ‑léase productividad y beneficio. El derecho a «los sobrantes» no es un derecho  consuetudinario, es en realidad, propiedad del trabajador, pero el «rateo», es un crimen contra la propiedad de otro. No es lucha.

Un momento transitorio

            Lo que además complica el cuadro, es una peculiar ambi­güedad en la sociedad inglesa del siglo dieciocho. Por un lado, no puede decirse que éste fue un «siglo de revolución» como el diecisiete. No hubo momentos trascendentales de con­frontación política como la Guerra Civil. Ni hubo, no obstante la exis­tencia de una «plebe» notoriamente bulliciosa, una sucesión de graves levantamientos del tipo de los que habían marcado la historia de la Inglaterra de los Tudor. Y mientras la mejor época del capitalismo industrial estaba aún en el futuro, las relaciones sociales de propiedad del capitalismo se encontra­ban ya firmemente instaladas. Por otro lado, mucho parecía estar aún desordenado, indeterminado, abierto. En retrospecti­va puede verse con claridad que la dirección del desarrollo capitalista estaba, para entonces, muy firmemente establecida como para ser desbaratada, pero había algo singu­larmente transitorio, para usar una palabra de Thompson, con respecto a aquella fase particular en la evolución del capita­lismo.

            Los trabajadores en el siglo dieciocho tenían «muy poco con­trol sobre el mercado para sus productos o sobre los pre­cios de las materias primas o de los alimentos «, lo que cuenta para ciertas formas características de resistencia popular tales como los desórdenes por la alimentación, o los crímenes descriptos por Linebaugh. Pero éste también fue un momento en que los obreros aún gozaban de algún grado de control sobre «sus propias e inmediatas relaciones y modos de trabajo.»[7] En verdad, señala Thompson, éste fue en algunos aspectos, un momento de libertad sin precedentes. «Este», escribe él, «es el siglo del ascenso del trabajo «libre»»,[8] un período en el cual se desgastaron las formas semi‑libres de trabajo, marca­das por «la declinación de los medios de vida, la desaparición final de la servidumbre y el avance del traba­jo libre, móvil, y asalariado», mientras que las nuevas disci­plinas de la fábrica aún tenían que surtir efecto.[9] Por un momento breve, transitorio, «una proporción substancial de la fuerza de trabajo se volvió verdaderamente más libre con respecto a la disciplina en su trabajo diario, más libre para elegir entre empleadores, entre trabajo y ocio, menos situada en una posi­ción en la que su día de vida dependiese del traba­jo, tal como lo habían estado antes o iban a estarlo en las primeras déca­das de la disciplina de la fábrica y del re­loj.»[10]

            Desde la situación ventajosa de la clase dirigente, esta fase  transitoria tuvo sus ambigüedades y contradicciones. Habiendo obtenido las ventajas de una fuerza de trabajo móvil a la cual ya no debían más la reciprocidad que implicaba la relación señor‑siervo, ellos eran reacios a abandonar los beneficios de la dependencia y la deferencia de los sier­vos.[11] Como se desgastaron las formas más antiguas de con­trol señorial o paternalista sobre la entera vida del trabaja­dor, las clases propietarias se vieron obligadas a encontrar nuevas formas de poder y hegemonía para penetrar a fondo las exten­siones más profundas de las vidas de sus trabajadores. Como las viejas formas de autoridad se debilitaban, y en tanto las nuevas disciplinas del capitalismo industrial, junto con las modernas autoridades de las escuelas y de los medios de comu­nicación de masas, no se encontraban aún en su lugar apropia­do, hubo, argumenta Thompson, un interludio en el cual el simbolismo ‑y afecta a las costumbres y tradiciones para ambos, dirigentes y dirigidos‑ tuvo un lugar especial, tanto en el ejercicio de la hegemonía de la clase dirigente como en las formas de resis­tencia y protesta.

            No fue el factor menos importante en este simbolismo la «ma­jestad y el terror», el «teatro» y el ritual, de la ley, desplegada no sólo como un medio de coerción sino también como un instrumento de hegemonía. Si el terror a la ley se ejercitó a través de la amenaza del castigo capital en un número de crímenes enormemente multiplicado que implicaban la pena de muerte, especialmente delitos contra la propiedad, el teatro hegemónico de la ley a menudo utilizó sus efectos haciendo una demostración de debilidad al llevar a la práctica aquella amenaza. Y, en verdad, dependía en parte de ser vista no sólo para reprimir sino a veces también para beneficiar al trabaja­dor pobre.[12]

            Thompson pinta un sutil cuadro de las interacciones entre las clases dirigentes y las subordinadas, en un balance a menudo delicado que requería tanto concesiones como severas represio­nes por parte de la clase dominante. Aquí entra en juego un aspecto particularmente polémico de su concepción del estado inglés. Si el equilibrio social en la Inglaterra del siglo dieciocho era especialmente delicado, él sugiere que lo era en gran medida a causa de la debilidad interna del estado. Exter­namente, era un poderoso instrumento de guerra e imperia­lismo, afirma. El estado «de adentro» era «costoso y excesiva­mente ineficiente». Más efectivo en lo que dejaba de hacer ‑o sea, detener a las clases propietarias‑ que en lo que ha­cía.[13] Esta debilidad era estructural, arraigada en la fun­ción del estado como una «formación política secundaria», operando menos como un efectivo aparato político y administra­tivo o un instrumento de poder de clase, que como un parásito, un ins­trumento de corrupción, por medio del cual una fracción de la clase dirigente podía valerse de prebendas, gangas, y la oportunidad de obtener riquezas producidas en otra parte.

El estado parasitario

            Thompson ha sido criticado por no reconocer la fortaleza y eficiencia del estado inglés, el cual, se ha sostenido, era el más avanzado y efectivo en Europa, con no sólo una maquina­ria imperial sumamente eficiente, sino también un aparato fiscal altamente «racionalizado».[14] Su enfoque sobre la cri­mi­nali­dad de la «Antigua Corrupción» y el parasitismo del régi­men Liberal, sostienen algunos crítícos, le ha impedido com­prender el verdadero sentido del estado inglés.[15]

            Aunque Thompson reconoce que la organización fiscal y la burocracia impositiva se hallaban más libres de corrupción que otros servicios del estado, es la función parasitaria la que cobra mayor importancia en su provecho; y quizás puede soste­nerse que él exagera la debilidad del estado en lo interno, tanto como el grado en que la riqueza de la aristocracia dependía del estado. Pero si el aparato fiscal de Inglaterra era, como sostiene John Brewer, el rasgo distintivo del estado más moderno de Europa, quizás la primera burocracia verdadera­mente «racional», entonces, hay un sentido en el cual la descripción del estado parasitario de Thompson explica los fundamentos sociales de este fenómeno polítíco/administrativo de una forma que Brewer mismo no lo hace.

            El aparato fiscal del estado inglés era «racional» por las mismas razones que la «Antigua Corrupción» era una «forma­ción secundaria», un crecimiento parasitario. En la formación clásica del ancien regime en Francia, el sistema tributario era un instrumento directo de apropiación de los productores primarios, el campesinado. La función del estado era una forma de propiedad privada, y la burocracia era en este aspecto «pre‑moderna», una forma centralizada de explotación «extra‑e­conómica», rivalizando con otros reclamos de obtención de excedente laboral de los productores‑campesinos. En este sentido, la apropiación privada era una función «primaria» del estado, no un crecimiento extraño, no simplemente una corrup­ción, no sólo un parasitismo, sino su objetivo final. En Inglaterra, por contraste, si el estado sirvió como un medio de llenar los bolsillos privados, no fue principalmente como un medio de apropiación inmediata de los productores directos sino, precisamente, como un crecimiento parasitario secunda­rio, basado en una economía en la cual la apropiación de los productores directos tomó una forma puramente «económica», una explotación capitalista en mayor grado que en cualquier otro lugar de Europa; y el sistema tributario fue adoptando su forma moderna no como medio de explotación directa sino como imposición de contribuciones sobre la riqueza ya apropiada en la esfera económica. La «racionalidad» del aparato fiscal inglés, en otras palabras, se arraigó en las relaciones socia­les de propiedad del capitalismo.

            Mientras que la exención de impuestos fue una caracterís­tica de los estados privilegiados en la Francia del ancien regime, en Inglaterra la clase terrateniente, cada vez más satisfecha de obtener riquezas en la esfera «privada» de la agricultura capitalista, se resistía menos a la tributación misma, aún por sanción parlamentaria ‑como en el Impuesto a la Tierra intro­ducido inicialmente en 1690. Pero ésto también significaba que la «Antigua Corrupción», cuando se alimentaba del estado, era parásito de su propia clase. Thompson aclara ésto (e incluso está aún más claro en un ensayo original no incluído en este volumen, «The Peculiarities of the En­glish»[16]) que el estado era parasitario en este sentido exa­c­tamente, como una excre­cencia del capitalismo agrario, espe­cialmente resentido por la nobleza provinciana por aquella misma razón. Su polémica formulación, entonces, puede ayudar a explicar ciertas carac­terísticas de la sociedad inglesa ‑nota­blemente conflictivas dentro de la clase dirigente‑ de un modo más sistemático de lo que es posible por otros medios.

            Aquí y en otras partes, Thompson se niega a tratar a la «mo­dernización» capitalista como un proceso técnico neutral, impersonal y transhistórico, la «racionalización» del estado, o la «industrialización» de la economía, como algo distinto del desarrollo y la transformación de las relaciones sociales. Cada aspecto de su razonamiento está guiado por una insupera­ble profundización dentro de la especificidad histórica del capitalismo como un sistema económico, social y moral; y esta penetración dentro de la particularidad de sus leyes de fun­cionamiento, sus soportes éticos e ideologías sustentantes, como algo experimentado y con frecuencia resistido por hombres mujeres vivos, implica, también, un reconocimiento de su carácter controversial.

            Algunos críticos de Customs in Common han adoptado, no para expresar condescendencia, un tono de despedida, como si éste marcase el fin de la tradición historiográfica que ha sobrevi­vido a su  utilidad. Aparte de la duradera importancia el propio trabajo de Thompson, el de Peter Linebaugh y otros como Marcus Rediker, Douglas Hay, Jeanette Neeson o Nicholas Roger ‑para nombrar sólo a algunos pocos historiadores que han continuado y llevado adelante el proyecto de Thompson en sus variadas  formas‑ ilustra qué vacía es aquella opinión y con qué riqueza perdura la veta abierta por Thompson. Es difícil pensar sobre otro historiador cuyo trabajo haya sido tan fértil como éste.

            Pero hay un sentido más general según el cual el proyecto de Thompson recién está comenzando. El abandono de la fe en lo controversial del capitalismo se encuentra entre los aspectos más prominentes de nuestra situación actual. La Izquierda no menos que otros parece cada vez más inclinada a perder de vista la especificidad histórica del capitalismo y a aceptar los reclamos del «mercado» como una ley universal. Esto hace que la invocación histórica de Thompson a las costumbres populares contra la hegemonía capitalista sea más actual que nunca. «Nosotros nunca volveremos a la naturaleza humana precapitalista», escribe él, «más aún un recordatorio de esta alternativa necesita, expectativas y códigos que puedan reno­var nuestro sentido de la escala de posibilidades de nuestra naturaleza.»[17]


Notas

  [1]E. P. Thompson: Custom in Common, Merlin Press, Londres, 1992

    [2]Ver, por ejemplo, P. Langdorf: A Polite and Commercial People: England 1727-1783, Oxford, 1989.

    [3]Esta es una caracterización más bien de idiosincracia ofrecida por J. C. D. Clark en sus varios escritos sobre el «ancien régime» de Inglaterra entre 1688 y 1832.

    [4]Peter Linebaugh, The London Hanged: Crime and Civil Society in the Eighteenth Century, Allen Lane, Penguin Press, Londres, 1991.

    [5]John H. Langbein: «Culprits and Victims», Times Literary Supplement, II Octubre, 1991, p. 27.

    [6]Peter Linebaugh: «Carta al editor», TLS, Noviembre 15, 1991, p. 17

    [7]Thompson, op. cit., p. 74

    [8]Ibid. p. 73.

    [9]Ibid., p. 36.

    [10]Ibid., p. 38.

    [11]La tenacidad de los viejos principios amo-siervo, en las relaciones entre el capital y el trabajo «libre» asalaria­do, aún en el caso de los EEUU, el que se supone ha estado libre de esos remanentes antiguos, la ha descripto Karen Orren en su estudio que abre nuevos horizontes. Belated Feudalism: Labor, the Law, and Liberalism in American Political Develop­ment, Cambridge, 1991.

    [12]Teniendo en cuenta este matiz de Thompson sobre el rol de la ley en su aspecto dual, el que desarrolla particularmen­te en la conclusión de Whigs and Hunters: Black Act (Londres, 1975, con una nueva posdata, Harmondsworth, 1977) es especial­mente incomprensible la crítica reciente de John Brewer a Thompson (en su reflexión sobre Custom in Common, TLS, 13 de marzo de 1992) por descuidar «las formas en que la ley … podría beneficiar tanto como perjudicar tanto como perjudicar a los intereses del trabajador pobre» (p. 15) -aunque debe decirse que un sistema legal notorio, entre otras cosas, por su inventiva en definir los crímenes contra la propiedad como delitos capitales, resulta seguramente más perjudicial que beneficioso a los intereses del trabajador pobre.

    [13]Thompson, Custom in Common, p. 30

    [14]Ver John Brewer: The Sinews of Powers: War, Money and the English State 1688-1783, New York, 1989.

    [15]Perry Anderson ha criticado el trabajo de Thompson sobre estos temas en Arguments Within English Marxism, Lon­dres, 1980. Aunque sus críticas se cruzan en algunos puntos con las de Brewer (quien se refiere a ésto en su propia revi­sión de Custom in Common), generalmente Anderson se ha incli­nado a acentuar más el atraso que la modernidad del estado inglés.

    [16]Thompson, «The Peculiarities of the English», origi­nal­mente publicado en Socialist Register, 1965. V. reimpreso en The Poverty of Theory and Other Essays, Londres, 1978.

    [17]Thompson, Custom in Common, p. 15

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

*

Últimas novedades de Revista RyR n˚ 1

Las puercas del verano

Por Catherine Sameh (1991)[Tomado de Against the Current, nro. 34]             Todos
Ir a Arriba