China, el tercer hijo, la demografía y la lucha de clases en el plano internacional

en Aromo/El Aromo n° 118/Novedades

Pese a sus cerca de 1500 millones de habitantes, China teme que su baja tasa de natalidad comprometa su rol como principal proveedora de mano de obra barata. En este artículo repasamos la trayectoria económico social de esta potencia oriental y la forma en que la misma nos afecta.

Marina Kabat – Taller de Estudios Sociales

Este año China sorprendió al mundo al anunciar que se permitiría a las parejas de ese país tener un tercer hijo. La medida continúa una tendencia previa que ha llevado a lo largo de las últimas décadas a flexibilizar la política del hijo único, establecida en 1979. Primero se había permitido el segundo hijo a las familias rurales cuando el primero fuera una mujer (bajo el supuesto de preferencia por los hijos varones y como mecanismo para evitar la extendida práctica del infanticidio selectivo de las niñas). Luego en 2016 la posibilidad de tener dos hijos se generalizó al conjunto de las parejas. Sin embargo, la tasa de natalidad continuó cayendo, algo que se profundizó durante la actual pandemia.

Esta caída de la natalidad preocupa a las autoridades chinas porque produce un envejecimiento de la población. Cae la proporción de trabajadores en edad activa que deben sostener a los adultos mayores. Al mismo tiempo, de profundizarse esta tendencia China podría perder posiciones relativas respecto a la India e Indonesia, dos países que compiten con ella por la provisión de mano de obra barata en la economía mundial.

Al establecerse la política del hijo único se buscaba prevenir futuras hambrunas. Esa política estaba complementada por la normativa previa que limitaba la migración rural –urbana (HOUKU). En la medida que la provisión de alimentos dependía de la fuerza de trabajo aplicada al agro, al evitar una traslación masiva de población hacia las ciudades se buscaba garantizar la subsistencia del conjunto de la población. Al mismo tiempo se intentaba prevenir los conflictos que pudieran emerger ante el arribo de contingentes demasiado numerosos de población rural desplazada que no pudiera encontrar empleo en las ciudades. Hoy, por el contrario, se incentiva la natalidad porque de la continua provisión de mano de obra barata depende la trayectoria económica de China y su capacidad de aventajar a sus competidores asiáticos.

El contraste entre los objetivos que guiaban la política demográfica china hace medio siglo y ahora nos muestra que, al revés de lo que ocurre en otros países, como los europeos, Estados Unidos y América Latina, China experimenta un pasaje de capas de la sobrepoblación relativa a población activa. La sobrepoblación relativa es aquella que el capital no puede emplear en condiciones medias de productividad. El aumento del desempleo es el síntoma más evidente del pasaje al mundo de la sobrepoblación relativa de antiguos obreros ocupados del mundo occidental. Su empleo en actividades de subsistencia o tareas de muy baja productividad como el cartoneo o la costura a domicilio son otras de sus manifestaciones. En la mayoría de los países occidentales crece la sobrepoblación relativa, mientras esta disminuye en los países asiáticos, al punto de que países otrora preocupados por una dinámica demográfica que podía engendrar grandes hambrunas, hoy busquen promover un mayor número de nacimientos.

Límites a la política del tercer hijo

Si el permiso para tener un segundo hijo no ha aumentado la tasa de natalidad es difícil esperar un resultado diferente de la nueva medida que autoriza tres. El principal obstáculo es la falta deseo de tener más hijos de las parejas en medio de un contexto social adverso y poco propicio, e incluso algún porcentaje de mujeres que no parecen desear tener ninguno. Otros factores, como la menor proporción de mujeres por hombres, resultado de la práctica de infanticidio de niñas o abortos selectivos, contribuyen a agravar ese panorama.  

En China no se encuentra desarrollado un sistema que permita socializar el cuidado de los menores. Todas las instituciones de lo que podríamos denominar Estado de Bienestar se han reducido a partir de las reformas capitalistas a su mínima expresión. Por ejemplo, el Estado ha dejado de proveer vivienda gratuita o garantizar alimentos a la población. Un problema adicional surge de las limitaciones a las migraciones rurales-urbanas. En las últimas décadas el sistema Houku, si bien se ha flexibilizado, ha mantenido a los migrantes rurales como una clase obrera de segunda sin derechos sociales. En particular, es especialmente dificultoso el acceso a la educación de los hijos de esos migrantes. Por ello, la mayoría de los trabajadores que provienen de zonas rurales, migran a las ciudades sin sus hijos, a quienes dejan al cuidado de parientes en el campo. Es difícil que trabajadores en esas condiciones opten por tener más hijos.

Consciente de estos límites el gobierno ha anunciado medidas complementarias como el relanzamiento de viviendas sociales. Sin embargo, las propuestas no parecen responder adecuadamente a la magnitud del problema y resultan más bien una gota en el desierto. Aunque tampoco se puede descartar que China profundice medidas keynesianas como mecanismo para intentar sortear su presente crisis.

El Houku

Como complemento a la política del tercer hijo también se avizoran nuevas flexibilizaciones al sistema que rige las migraciones. Estas merecen un análisis específico: En 1958 entró en vigor el Houku. El mismo segregó a las masas campesinas de las ciudades. El Houku implica un sistema de registro de residencia. El mismo divide a la población entre urbana y rural. A su vez, la población queda inscrita en base a una localidad de residencia. Migrantes no autorizados podían ser repatriados a sus poblados de origen e, incluso, detenidos en establecimientos especiales. El Houku, como la ciudadanía de otros países es un estatus hereditario.

Originalmente, este sistema estaba sumamente centralizado a nivel nacional. Cada año solo se permitía que entre el 0,2 al 0,5 de la población rural adquiriese un Houku urbano. Desde la década del ’80 aumentó la migración rural urbana. Este proceso ha sido denominado por algunos autores como la migración más grande de la historia. Los migrantes rurales no accedieron a un houku ubano, en su lugar se les dio certificados de residencia temporaria. En la medida que para acceder a beneficios sociales en las ciudades era necesario poseer un houku urbano, tomó forma una pauta migratoria caracterizada por la migración a las ciudades de trabajadores solos que dejan su familia en el campo para trabajar. Dentro de los beneficios sociales a los que un migrante rural no podía acceder estaban la vivienda social y la inscripción a establecimientos educativos para sus hijos. De tal forma, en esta gran migración los niños fueron dejados atrás.

Esta pauta migratoria no representa una novedad absoluta. Se observan patrones similares en otros países. Por ejemplo, en la Argentina, en Santiago del Estero es común la figura de “el nieto”, un menor que es dejado en el campo al cuidado de adultos mayores, mientras sus progenitores migran a las ciudades a trabajar y envían remesas. Sin embargo, en el caso de China por sus dimensiones el problema ha cobrado otra naturaleza. El número de menores dejados atrás era calculado en 61 millones en 2013, 38% de la población infantil rural de China de ese entonces. Para dimensionar la magnitud del fenómeno basta pensar que esta cifra prácticamente corresponde al conjunto de la población de Argentina y Chile sumadas. Imagine el lector que toda la población de ambos países estuviera formada por menores cuyos padres han migrado a trabajar en las ciudades chinas y tendrá una dimensión del proceso. Un porcentaje importante de estos niños se ve librado a su suerte o la ayuda comunitaria cuando los familiares que quedaron a cargo de ellos envejecen demasiado, enferman o mueren.

Desde los años ’90 el Houku ha tenido diversas reformas. En primer lugar, el sistema se ha descentralizado. De esta forma, a nivel regional los gobernadores han tenido mayor injerencia y libertad para determinar que el porcentaje de personas que podrían acceder a un houku urbano y cuáles serían los requisitos para ello. También se ha habilitado en diversa medida el acceso a algunos servicios sociales a inmigrantes sin Houku urbano.

Esta descentralización, no habría producido hasta ahora un cambio radical. Solo en las localidades más pequeñas con menos oportunidades de empleo se hizo más accesible el acceder a un houku urbano, mientras en otras se observa, incluso, lo contrario. En cuanto a derechos sociales de los migrantes, el acceso a la educación de los jóvenes que acompañan a sus padres a las ciudades ha concentrado muchas preocupaciones. Formalmente los hijos de los migrantes pueden ahora acceder a la escuela pública. Sin embargo, en las grandes ciudades se mantiene la dificultad para que una familia migrante obtenga una vacante en las escuelas. Por eso, si bien con el anuncio del permiso para el tercer hijo se ha comunicado la intención de ampliar derechos de migrantes y nuevas reformas al sistema Houku, entre los trabajadores se mantiene el escepticismo respecto a que la situación de verdad mejore.

La fábrica de migrantes. Historia de la transición capitalista del agro chino.

El flujo migratorio ha sido inmenso. En 1980 solo el 19% de la población china residía en espacios urbanos. Hoy el 60% de la población del país vive en las ciudades (más allá de que mantenga un Houku rural). En 2013, 253 millones de chinos eran migrantes (5 veces y media la población argentina actual).

A mediados de los ’90 algunos estudios veían una limitación a esta migración rural-urbana en China al supuesto de que China no podía abandonar la producción agraria porque la misma no podría ser cubierta por países extranjeros. Incluso, a nivel internacional se manifestaron presiones hacia China para que alcanzase la autosuficiencia alimentaria, se creía que para ello era necesario limitar la migraciones del campo a la ciudad. Sin embargo, las migraciones continuaron sin que se produjeran las temidas hambrunas. Esto se explica por las transformaciones del agro chino y, más recientemente también por la relación que China establece con países como los latinoamericanos y la importación de soja.

En torno a los cambios internos, tras la muerte de Mao, a finales de los ‘70 comienza una reforma capitalista en el agro que tendrá un recorrido zigzagueante. En un primer momento se descolectiviza la agricultura y se pasa a un sistema de agricultura familiar (household responsability system) a través del cual se reduce la escala de producción.

Cabe aclarar que no existe una propiedad privada de la tierra sino un derecho de uso. Bajo la etapa cooperativa se impulsaron medidas de infraestructura general, pero no se favoreció la mecanización ni el uso temprano de semillas híbridas y otras novedades tecnológicas. Por eso, hubo un bajo incremento de la productividad agraria. Esta apenas aumentaba acompañando el crecimiento demográfico lo que impedía al país resolver problemas de sustentabilidad alimentaria (entre 1956 y 1978 la producción agraria creció al 2,68% anual y la población al 1,95% anual). Esto hizo que en una coyuntura climática adversa se produjera las grandes hambrunas de 1958-1962. El avance lento de la productividad era en parte el resultado de una política que buscaba contener gran parte de la población en espacio rural y por lo tanto desperdiciaba mano de obra en una apuesta voluntarista.

Al descolectivizarse la agricultura y liberalizarse parcialmente el comercio de bienes agrarios, si bien con resultados diferenciales y hasta contrapuestos por regiones, hay un limitado avance de la productividad, pero que no se sostiene en el tiempo. Sin embargo, esta reducción de escala de la producción agraria fue solo momentánea, un paso necesario en términos políticos para desarmar estructuras previas. En las últimas décadas el derecho de uso de la tierra es alquilado a compañías cada vez mayores que encaran la producción agraria a gran escala en forma capitalista con trabajadores asalariados.

Desde 1978 a 2010 la producción de granos aumentó un 79% y la población el 39%. El avance de la productividad se intensificó en las últimas décadas, cuando se alcanzó una economía de escala merced al alquiler del uso de la tierra. En promedio, en 2007 el 53% de la tierra cultivable era alquilada a grandes empresas o cooperativas (que hoy asumen una forma capitalista). Ese guarismo en 2013 ya alcanzaba al 70% (un porcentaje equivalente al que representan hoy los pools de siembra que alquilan tierras para la cosecha de granos en la Argentina). Este mercado de alquiler de tierras está altamente concentrado. El 10% de las empresas que alquilan tierras arriendan el 80% de la superficie que se negocia en ese mercado. Estas grandes empresas rurales son conocidas como “dragonheads”, compañías cabeza de dragón. La ampliación de la escala productiva es lo que ha permitido liberar población sobrante del agro luego absorbida en empleos urbanos.

Todo el proceso demuestra la superioridad de la agricultura a gran escala y el enorme costo económico que China tuvo que pagar por iniciar el proceso revolucionario con una estructura social atrasada que incluía un vasto campesinado. Las cooperativas no llegaron nunca a resolver el problema pues no tenían una escala suficiente. Si esta herencia social fue una limitante para el desarrollo socialista en China, se observa cuán reaccionarios son las propuestas de Reforma agraria en países como el nuestro.

Consecuencias sociales: la flexibilidad laboral en China y en el mundo.

El intento de desarrollo de una economía socialista en China tuvo avances y retrocesos, en un camino que reptó esquivando diferentes obstáculos. Un problema crónico fue la baja productividad rural. Tras las hambrunas de 1958-62 se impuso una política reformista liberalizadora que engendró tendencias capitalistas dentro de la burocracia. Frente a eso Mao respondió impulsando la Revolución cultural. En las fábricas la misma apuntaba a un mayor control del conjunto de los trabajadores sobre la administración de las empresas públicas. La derrota de la Revolución cultural llevó al proceso inverso: la liberalización económica, la restauración de una disciplina más draconiana en el ámbito laboral, el incremento de incentivos salariales estilo taylorista y posteriormente la flexibilización laboral.

Al principio los derechos laborales de los antiguos trabajadores fueron respetados. Los obreros de las compañías estatales tenían derecho a empleo fijo y beneficios sociales como la vivienda, conquistas del proceso revolucionario. Se comenzó por emplear trabajadores contratados muchos de ellos migrantes que carecían de estos derechos. Cuando fue necesario estos contratados fueron despedidos en masa. La aparición de empresas privadas, y luego la privatización de empresas estatales, erosionó los antiguos derechos del conjunto de los obreros. Se liberaliza el comercio de granos y se anula la provisión estatal de los mismos a los habitantes con Houku urbano. Desde 1998 el Estado tampoco proporciona vivienda gratuita. También desapareció el derecho a la estabilidad laboral. En el marco general, los trabajadores migrantes se encuentran en peores situaciones y están sometidos a diversos controles, no solo en las fábricas, sino también en los barrios donde viven. La persistencia del Houku permite tener una clase obrera de segunda, disciplinada por la amenaza de la revocación de permisos de residencia temporales. En ese sentido, el Houku opera en China como la migración ilegal pero consentida en Estados Unidos. Por esa razón el sistema es modificado una y otra vez, pero nunca eliminado. La diferencia es que, en China esta población alcanza entre el 40 al 50% de la fuerza laboral.   

La derrota de la Revolución cultural y del intento de desarrollo de una economía socialista en China ha degradado los derechos laborales de los operarios de aquel país, pero a través de la competencia mundial ha incidido también en el aumento del desempleo y la flexibilidad laboral de amplias capas de la población mundial. El triunfo de la restauración capitalista en China, como todo otro gran evento de la lucha de clases mundial, ha tenido gigantescas consecuencias internacionales. 

En los ’80 preocupaba quién alimentaría a China. Ese hoy no es un problema. China lo ha resuelto mediante la ampliación de la escala de la producción agraria y, en menor medida, a través de la importación de alimentos como la soja. No tiene dificultades en sostener a su población, por eso quiere ampliarla para mantener su lugar en la producción manufacturera en base a la provisión de mano de obra barata. Al asociarse como actor secundario a este esquema, Argentina se ata a un nexo de naturaleza neocolonial a una potencia que no tiene espacio para importar ningún bien elaborado que pudiéramos producir. Esto nos condena a exportar soja y chanchos, y a abandonar aún más la producción secundaria potenciando en nuestras tierras el desempleo que el país oriental expulsa de sus fronteras. Sólo una rebelión de la clase obrera argentina nos permitirá substraernos a este proyecto regresivo al que nuestra burguesía intenta llevarnos.

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