Por respeto a la ciencia (II)

Segunda parte de la respuesta a Christian Rath, sobre la Revolución de Mayo*

 

En el número pasado, comenzamos una respuesta al “enojo” del PO por nuestras críticas a su libro sobre la Revolución de Mayo (La revolución clausurada). Señalamos que su ofendido autor, Christian Rath, no respondía a nuestros señalamientos y que defendía tradiciones burguesas. Aprovechamos, también, para identificar errores graves. Aquí, la segunda parte. Agárrese fuerte, porque entramos en un túnel muy oscuro…

 

Juan Flores

GIRM-CEICS

 

Para retomar el hilo de la crítica, vale repasar los tantos: este año, el PO, a través de dos autores (Christian Rath y Andrés Roldán) editaron un libro sobre la Revolución de Mayo, llamado La revolución Clausurada. [1] En su momento, escribimos una crítica. Parece ser que Rath se “ofendió” y publicó una respuesta que duplicaba en extensión a nuestra crítica. Pues bien, en la edición pasada le respondimos: pusimos de manifiesto cómo los dirigentes del PO evadieron la mayoría de nuestras críticas y dejamos constancia de un sinfín de afirmaciones erróneas. Como el espacio es tirano, tuvimos que dejar algunas cuestiones importantes en el tintero a la espera de este nuevo número.[2]

 

Del Triunvirato al Directorio

 

Al ocuparse de los gobiernos posteriores a la Junta Gubernativa (o Primera Junta), Rath y Roldán llaman al “Triunvirato” (¿a cuál? ¿Al primero, de Rivadavia, o al Segundo de la Logia Lautaro?) “la contrarrevolución porteña” (p. 93) y, luego, ambos son equiparados con el Termidor (p. 134). No obstante, Termidor no es lo mismo que contrarrevolución. El primero representa las fracciones interesadas en detener la revolución, aunque sean parte de ella. La segunda, el intento de restaurar las relaciones sociales anteriores. El primero, asienta su poder en lo ya conquistado. La segunda, intenta destruirlo. Collot d´Herbois no es lo mismo que Luis XVI, así como Stalin no es lo mismo que Hitler. Trotsky lo entiende muy bien cuando llama a apoyar incondicionalmente a la URSS (en concreto, a la dirección termidoriana), contra cualquier ataque capitalista (es decir, contrarrevolucionario).

Ahora bien, cuesta creer que ambos Triunviratos y el Directorio fueran “contrarrevolucionarios” cuando desbarataron una conspiración realista, ejecutaron a sus líderes, expropiaron a los contrarrevolucionarios (los compañeros pueden consultar los legajos de “Pertenencias Extrañas”, en el Archivo General de la Nación) y financiaron la campaña a Chile y al norte durante diez años. Fueron las fuerzas directoriales las que tomaron Montevideo en 1814. Fueron, también los gobiernos de la primera década revolucionaria los que expropiaron las tierras realengas y comenzaron un reparto de las mismas en un sentido burgués.

Para poder definir si estamos ante un régimen del tipo termidoriano o contrarrevolucionario (lo que cambia el carácter de clase) es necesario, ante todo, definir el contenido de ese proceso. No obstante, Rath y Roldán no especifican ante qué tipo de revolución estamos, por lo que no sabemos cómo calificar al Triunvirato ni al Directorio. Si lo que analizamos es la revolución burguesa, entonces hay que juzgar a los gobiernos en torno a la instauración del capitalismo. Si los autores creen que lo que se jugaba era una revolución socialista, entonces el parámetro es otro. Eso sí, en caso de sostener lo segundo, deberían presentar un acabado corpus documental que convierta ese disparate en algo real.

¿En qué elemento se basan los autores para caracterizar este aparente Termidor? Primero, en un armisticio, el del 7 de octubre de 1811, entre Buenos Aires y Elío (el dirigente realista en Montevideo), por el cual la revolución se retira de la Banda Oriental. Lo que los autores no perciben es que dicho tratado, entendido en su contexto, era absolutamente lógico. Aunque Buenos Aires y Artigas habían logrado el apoyo de la campaña, Montevideo resistía de forma efectiva dada su facilidad al acceso al aprovisionamiento de material militar y al comercio por el puerto, a lo que se sumaba el bloqueo de Buenos Aires. El 20 de junio de 1811, la derrota sufrida en Huaqui provocó la disolución del Ejército del Norte y abrió peligrosamente un flanco vital al enemigo, que llegó hasta Tucumán. Ese mismo año, las tropas revolucionarias perdían el control del Paraguay y Buenos Aires se hallaba incapacitado para realizar un reclutamiento en regla. De hecho, ya había sufrido dos levantamientos populares (abril y diciembre de 1811), por ese motivo. A eso debemos agregar el frente de flotas realistas en el Río de la Plata, que conformaban un peligro latente. La situación era apremiante. ¿Acaso Trotsky no firmó un acuerdo “vergonzante” en Brest-Litovsk? El tratado de 1811, buscaba “tercerizar” el problema portugués en los realistas. Cuando estos últimos no cumplen su función, el armisticio se rompe y Buenos Aires vuelve a la carga. La burguesía porteña nunca abandonó su interés por la Banda Oriental, mientras el objetivo fuera viable. De hecho, la recuperó en 1814 y volvió a intentar reconquistarla en 1825.

Al respecto, en nuestra intervención radial, señalamos que la revolución debió resolver el mismo problema que la Revolución Rusa: la contrarrevolución. Los autores niegan que el problema sea el mismo. Sin embargo, si la revolución rusa tiene que enfrentar decenas de ejércitos, el poder revolucionario del Río de la Plata tiene que lidiar con los realistas en sus tres fronteras: Norte (Alto Perú), Este (Elío y Portugal) y Oeste (Chile), sin la cantidad de población que ostentaba Rusia.

Como afirmar frases sin sustento empírico es gratuito, Rath sostiene que “los recursos del Estado no se usaron para la guerra contra la contrarrevolución y los realistas, salvo los escasos recursos brindados a la preparación del Ejército de los Andes”. ¿Miró Rath los números?

Para junio de 1813 -antes del conflicto abierto con el artiguismo-, el Segundo Triunvirato sostiene 2.619 hombres en el sitio de Montevideo y recluta 3.464 hombres en Buenos Aires. El artiguismo, bastante menos: 2.173 hombres.[3] Ni que hablar del Ejército del Norte: a partir del estudio de dos muestras completas, vemos que entre diciembre de 1815 y marzo de 1817, el Directorio aporta el 35% de los gastos totales, contra el 26% entre julio de 1810 y octubre de 1811.[4] Es decir, el financiamiento va subiendo, no bajando. Con respecto al Ejército de Los Andes, solamente en 1816, el Directorio financió con la suma de 1.062.313 pesos la campaña a Chile.[5] Si tenemos en cuenta que el gobierno recauda 6 millones en cinco años (de 1815 a 1820), podemos darnos una idea de la magnitud del esfuerzo. Si realizamos una simple proyección, nos encontramos que muy lejos de los “escasos recursos”, Buenos Aires está destinando casi todo el presupuesto a la guerra. Rath lanzó frases al aire porque no imagina que haya gente que trabaja seriamente el tema y es capaz de cotejar la información.

El problema se agrava porque los autores no conocen información elemental sobre el período. Por ejemplo, el Primer Triunvirato tuvo que hacer frente a la conspiración de Álzaga de 1812. En relación a ese fenómeno, se dice: “En 1812, la Junta de Gobierno enfrentó una conspiración aún más seria que la de Liniers, comandado en esta oportunidad por Álzaga” (p. 78).

Una primera cuestión: en 1812 no gobierna ninguna “Junta de Gobierno”, sino el Triunvirato (en cuestión, el primero). Ahora bien, dejando de lado este grosero error, según este relato, no puede decirse que el gobierno fuera contrarrevolucionario. No obstante, más adelante (pero en el mismo libro), los autores se desdicen por completo: “En julio de 1812, Martín de Álzaga […] fue fusilado y colgado de la plaza de la Victoria, acusado por el gobierno de liderar una conspiración […]. La campaña contra la supuesta conspiración tuvo dos caras visibles: Rivadavia y Monteagudo” (p. 90). Antes de discutir, otra vez, deberían ponerse de acuerdo en algo tan elemental como el contenido de una conspiración tan importante. Podrían haber leído algún material nuestro, en el que lo detallamos con información de primera mano.[6]

La hipótesis de que a partir de 1811 el morenismo es marginado no tiene sustento empírico. Ya les explicamos a los autores que el grueso del personal morenista continúa en puestos de dirección hasta, por lo menos, la caída de Alvear. Rath sigue repitiendo lo mismo “el morenismo se disgrega”. Otra vez, Christian (a esta altura ya tenemos algo de confianza, ¿no?): “Larrea, French, Beruti, Vieytes, Rodríguez Peña, Álvarez, Núñez, Posadas, Miguel de Azcuénaga, Monteagudo y siguen las firmas”. Fue lo que escribimos en su momento. ¿Dónde están los morenistas “federalistas”? ¿Podés dar un nombre, Christian? El hombre sigue en las suyas: lo leyó en algún lado, alguien se lo comentó por ahí…

Hasta que le soplan al oído: hay algún morenista en La Crónica Argentina, un periódico que fue cerrado en 1817. Sí, Christian, uno solo: Pedro Agrelo. Pero nosotros dijimos que los morenistas llegaban hasta la caída de Alvear, que fue en abril de 1815, y La Crónica Argentina comienza a publicarse en 1816. En esa fecha, todos los alvearistas están en la oposición. Te soplaron mal. No coinciden las fechas…

Está bien, somos demasiado precisos. Pobre Christian. Vamos a dejarle pasar este error. Vamos a hacer de cuenta que ese periódico se publicó antes de 1815 (digamos, en 1811, cuando comienza la “reacción”), que eran todos morenistas y que eran opositores al Triunvirato (a los dos, que, como sabemos, para Christian son uno solo) y al Directorio de Posadas y Alvear. Bien, ¿era este periódico parte del “ideario federalista” que se deslizaba hacia el artiguismo? Veamos qué dicen sobre los levantamientos federales:

 

“En medio pues, de la indignación y de la angustia, que inunda mi alma el doloroso presentimiento de esta invasión, y de la tendencia a la anarquía de un pequeño número de refractarios, que deslumbrados y sin conocimiento verdadero de sus propios intereses sirven de instrumentos ciegos a los malvados; solo se descubre un porvenir lisonjero en el poder vigilante y activo del gobierno, que incesantemente ocupado en armar a los pueblos, sostenga con energía, vigor y constancia sus providencias para refrenar y tener a raya a esa masa de gente ignorante y bozal”.[7]

 

Se ve aquí el repudio a los levantamientos artiguistas (“anarquistas”, “gente ignorante y bozal”) y el apoyo al gobierno de Pueyrredón, al que auguraban un “poder vigilante y activo”. ¿Estos son los “federalistas”? ¿Christian, por qué hacés mención de un periódico que no conocés?

Ahora bien, con respecto a las disputas del morenismo con el saavedrismo. En el año 2010, le señalamos que el Comité de Seguridad, órgano de persecución de la reacción, no había sido instaurado enero de 1811, sino en abril, tras el levantamiento popular dirigido por Saavedra. Le pasamos la cita, para que cotejara.[8] No obstante, en el libro de este año, Christian y su compañero repiten el mismo error:

 

“En enero de 1811, sin Moreno, la Junta creó el Comité de Seguridad Pública para perseguir a la oposición y denunciar a los contrarrevolucionarios” (pág. 79).

 

Así no hay forma de ayudarte, Christian…

 

Artigas y su relación con las masas

 

¿Es Artigas el Babeuf latinoamericano, como nos dice el autor ofendido? No parece. ¿Era un partidario del atraso? Tampoco. Artigas es un revolucionario, pero un revolucionario burgués: una dirección revolucionaria de la burguesía oriental en oposición a la contrarrevolución y en competencia con sus pares porteños. En un contexto de revolución burguesa, un problema nacional todavía abierto, las burguesías regionales compiten por la hegemonía del proceso. Pueden encarar estrategias diferentes (centralismo, federalismo) y direcciones diversas (Artigas, Pueyrredón). Esas diferencias tienen, sin embargo, un hilo de continuidad: su contenido burgués. Le explicamos, en su momento, que toda su base de apoyo estaba en los hacendados de la Banda Oriental. Escribimos, en su momento, que el Congreso de Tres Cruces estaba restringido a los hacendados.[9] Los peones o esclavos no tenían voz ni voto. ¿Cómo hablar del artiguismo sin referirse a tan importante fenómeno?

Se nos acusó de negar que en el libro se analizara el Reglamento de 1815. Christian, ustedes no analizan el Reglamento, lo que hacen es referirse a sus artículos sin examinar el texto ni establecer una jerarquización. Las fuentes deben ser traducidas, ese es el primer mandato del historiador. Artículos de tamaña importancia, como los que señalan quiénes tienen la prerrogativa política de asignar las tierras, pasan desapercibidos en el rubro de “autoridades y procedimiento de aplicación”. No se dice quiénes son los “alcaldes” ni los “vecinos” que tienen a su cargo la implementación del reparto. Tampoco se evalúa cuantitativamente el alcance del Reglamento, aunque supone que tiene un “objetivo igualitarista”.

Leído correctamente, el Reglamento de 1815 no quiere más que instaurar el orden de la burguesía oriental bajo sus propias condiciones. Si los autores hubieran examinado el contexto de redacción, habrían caído en la cuenta de que lo que se presenta como un “reparto” es un sentido común de la época para colonizar suelos incultos o fuera del control del Estado. Ya desde el período colonial, esto era un problema, por lo que el asentamiento de pequeños productores fue el mecanismo por el cual se dio rienda a la creación de nuevos pueblos fronterizos. Para 1780, el virrey Vértiz, en consonancia con las recomendaciones del Comandante de Frontera, ordenaba conceder tierras a los blandengues (milicianos, en su mayoría pequeños productores) y a otros pobladores (generalmente, peones que no son “vecinos”) para defender los nuevos fortines:

 

“Apruebo la proposición de que se fomente, y continúe en la formación de Pueblos, que se han empezado a establecer de mi orden al abrigo de los Fuertes de la Campaña a los que el comandante de ella hará desde luego recoger las Familias que considerase establecidas en parajes arriesgados […] y se proveerá lo conducente a la orden, policía y gobierno, que requiere la vida civil y administración de justicia entre los vecinos y pobladores”.[10]

 

Más tarde, con el fin de consolidar un nuevo orden para la propiedad privada, los gobiernos revolucionarios también intentaron establecer sus repartos fronterizos. Veamos lo que indicó el propio Pueyrredón, en 1817:

 

“La indispensable precisión de consolidar, cuando sea dable, toda clase de relaciones con los indígenas inmediatos, de que resultará un aumento al grado de sociabilidad que ya van estos adquiriendo y otras razones políticas y de conveniencia pública, convencen la necesidad de aumentar los establecimientos que están avanzados a la expresada laguna o paralelos a la línea de ella, concediendo tierras a los que quieran dedicarse a la cría de ganados e industria agricultora. Bajo estos principios, los individuos que pretendan contraerse a este ramo de labor, ocurrirán a este Supremo Gobierno a denunciar los terrenos baldíos que gusten ocupar en aquella demarcación, los cuales le serán concedidos a merced, siempre que tengan aquella calidad, aun cuando antes hayan sido denunciados” [11]

 

Como Christian tal vez no entienda el significado de todo esto, lo vamos a analizar (tal como debía haber hecho él con el Reglamento artiguista). En primer lugar, lo que se intenta es ganar tierras más allá de la laguna Kaquelhuincul de forma tal de incrementar las relaciones con tribus cuya actividad descansa en el comercio con los productores. Es decir que, lejos de representar una “intromisión” esos grupos necesitan la presencia de pobladores para dinamizar el comercio. Esas tierras serán entregadas a “individuos”, es decir, a gente que no necesariamente es “vecino”, ni siquiera “domiciliado”, sino que cualquier habitante, inclusive un migrante, puede acceder a esas tierras. En tercero, que esos individuos pueden denunciar terrenos baldíos ya denunciados, es decir, que ya tuviesen un aspirante a propietario. ¿Y quiénes denunciaban tierra? Los que habían tenido capacidad de hacerlo bajo el régimen colonial, lo que era sumamente caro. Ahora bien, Pueyrredón, a diferencia de Artigas, no pone el reparto en manos de “vecinos” ni de los Alcaldes de Hermandad. Es decir, los hacendados tienen un menor control, para estas tierras, que bajo el artiguismo. Rath y Roldán atribuyen como beneficiarios de las políticas revolucionarias (como se imaginará el lector, sin especificar cuáles son) sólo a los “latifundistas”, porque desconocen la cantidad de litigios entre grandes y pequeños productores fronterizos.

 

¿Ciencia o microhistoria?

 

Para Rath, la resolución de la lucha de clases se comprende únicamente en el corto plazo. Para argumentar esto, se nos dice: “Si se deja de lado la consideración de que hay ciclos y épocas revolucionarias, como lo fue el ciclo de la revolución burguesa en el mundo, dentro del cual se inscribe nuestra Revolución de Mayo, el planteo es absolutamente falaz”. Claro, Christian, si se deja de lado algo tan fundamental como la existencia de esos ciclos, que determinan los hechos concretos, sí. Pero eso es como decir que si se deja de lado la ley de gravedad, el hombre puede volar… ¿Por qué hay que dejar de lado algo tan importante? La tarea del científico es incorporar las determinaciones esenciales a la explicación de los fenómenos y no desconocerlas. En una revolución, el largo plazo es lo que permite evaluar su victoria o su derrota. Veamos a una serie de ejemplos.

A partir de 1794, el régimen de Termidor comienza a liquidar a las tendencias radicales de la Revolución Francesa. Napoleón les da el golpe de gracia y, en 1815, se instaura, otra vez, la monarquía borbónica. ¿Podemos decir que la Revolución Francesa fracasó, que fue un acto “profundamente antinacional”? Nuestro Christian razona de la siguiente manera: si se deja de lado que hay ciclos y épocas, hay que decir que los jacobinos fracasaron, Babeuf fue ejecutado, los borbones volvieron, ergo, la burguesía francesa no llevó adelante sus tareas históricas, el capitalismo francés no se desarrolló y Francia tiene pendiente las tareas nacionales…

Vamos a Inglaterra. En 1688, los grupos más radicales fueron reprimidos (levellers, diggers). Cromwell está muerto y su régimen, enterrado. En medio de una restauración, la burguesía inglesa pacta con la nobleza protestante el desalojo del rey católico y la coronación de otro rey, Guillermo de Orange. ¿Puede decirse que Inglaterra no logró consolidar un capitalismo pujante? ¿Alguien se animaría a decir que la revolución burguesa allí fue incompleta? Nuestro interlocutor nos mira impávido: “si se deja de lado…”, repite… Bueno, Christian…está bien…

En definitiva, el PO tiene derecho de sostener las hipótesis propias del nacionalismo, tal como lo hace. Tiene derecho a repetir al pie de la letra a Puiggróss, a Pigna y al maoísmo. Otra vez, hemos discutido con estas posiciones y lo hacemos asiduamente. Sin embargo, en este caso, dado este nivel de impericia de los compañeros en cuestión, no podemos iniciar una discusión seria. Lo que nos interesa discutir y demostrar aquí -y para ello utilizamos todo este espacio- es el profundo desprecio al conocimiento que tienen los dirigentes del PO, que no es otra cosa que la negación de su propia función de dirección política. Andrés Roldán nos ahorró cualquier argumentación, al decir, en la presentación del libro: “No somos historiadores. Tomamos un poquito de aquí, un poquito de allá…”. Toda una confesión de la falta de respeto a la clase obrera en general y a todos los militantes revolucionarios en particular. La ignorancia nunca puede ser reivindicada. Nunca.

*Poco antes del cierre, Christian Rath envió una respuesta a nuestra primera parte, en la que reconoce varios de sus errores. Para no desviar el eje del debate, tal como pretende el PO, publicamos la segunda parte y, en todo caso, en el número que viene haremos mención a la autocrítica de Rath.

1Todas las citas señaladas entre paréntesis en el texto corresponden a Rath, Cristian y Roldán, Andrés: La Revolución Clausurada, Mayo 1810-Julio 1816, Editorial Biblos, 2013.

2Véase Flores, Juan: “Por respeto a la ciencia (primera parte). Una respuesta inicial a Christian Rath, a propósito de la Revolución de Mayo”, en El Aromo, n°74, septiembre-octubre de 2013.

3Rabinovich, Alejandro: “La militarización del Río de la Plata, 1810-1820. Elementos cuantitativos y conceptuales para un análisis” en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, núm. 37, segundo semestre 2012. P. 38

4Halperín Donghi, Tulio: “Gastos militares y economía regional: el Ejército del Norte (1810-1817)”, en Desarrollo Económico, Vol. 11, n°41, 1971, Pp. 87-99

5Hoffman, Fritz: “The financing of San Martín’s expeditions”, en The Hispanic American Historical Review, vol. 32, num. 4, Duke University Press, 1952, pp. 634-638. También véase Halperin Donghi, Tulio, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino (1791-1850), Editorial de Belgrano, 1982.

6Véase Schlez, Mariano: Dios, Rey y monopolio, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2010.

7La Crónica Argentina, nº 13 (agosto de 1816), en Biblioteca de Mayo, tomo VII, p. 6384.

8Registro Oficial de la República Argentina (RORA), Imprenta Especial de Obras, Buenos Aires, 1879, t. I, p. 108.

9Véase Harari, Fabián: “Artigas, los caudillos y las masas. Una crítica a la historia ‘nacional y popular’”, en El Aromo, n° 24, octubre de 2005.

10Bando del Virrey Vértiz, 3 de octubre de 1780.

11Registro Oficial de la República Argentina, Doc. n° 1246, t. 1, p. 480. y Doc. n° 1270, t. 1, p. 487.

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