La hilacha. Los intelectuales y las revoluciones obreras – Eduardo Sartelli

hilacha Eduardo Sartelli

Los escritores contra la comuna se ha constituido en un clásico del marxismo en general, y del análisis literario en particular. Un examen sobre la naturaleza social de aquellos que hacen de las ideas su profesión. En un nuevo esfuerzo, Ediciones ryr ha puesto este libro al alcance del público. Todos aquellos que creen que los intelectuales son una casta aparte (un “campo”), que pueden pontificar por encima de la lucha de clases, deberían leer este libro. Aquí, el prólogo de Eduardo Sartelli.

¿Quién es Paul Lidsky?

El lector de Los escritores contra la Comuna no encontrará mucho en internet sobre Paul Lidsky. Parisino nacido en plena Segunda Guerra Mundial (el 26 de febrero de 1941), Lidsky es profesor de literatura egresado del Instituto de Estudios Políticos de París a comienzos de los ’60. Este crítico de literatura infantil, director de un centro cultural y ensayista, escribió un libro curioso: muy citado, podría haberse constituido en un modelo de ejercicio del análisis literario; por el contrario, su ejemplo no ha sido imitado. La absolutamente necesaria tarea de exponer la naturaleza de clase de los artistas e intelectuales, que se manifiesta en forma clara y distinta cuando el proletariado desafía el sistema existente, no ha encontrado continuador. Ese combate contra la canonización de violencia de clase se nos presenta con una urgencia difícil de negar.

Ascenso y caída de la Comuna de París

La Comuna es uno de los mayores eventos  de la historia de la revolución proletaria, es el primer ensayo general de un Estado revolucionario. La experiencia de la Comuna duró poco más de 70 días, cubriendo el espacio entre la caída del Segundo imperio napoleónico y el ascenso de la III República. Es la expresión de la crisis de un régimen que se hizo célebre y dio nombre a toda una clase de tales experiencias, el bonapartismo. En el medio, el catalizador del proceso, la guerra franco-prusiana. El proceso general incluye la extensión del orden capitalista en toda Europa, sobre todo la constitución definitiva de la nación que dominaría a partir de allí la política continental, Alemania. Se trata de un alzamiento demasiado prematuro para tener éxito; demasiado importante como para dejarlo en el olvido.
El Segundo Imperio, encabezado por quien Víctor Hugo llamó Napoleón el pequeño para diferenciar al tío (Napoleón Bonaparte) del sobrino (Luis Bonaparte), tiene su origen en la Revolución de 1848. El descendiente aprovecha la crisis revolucionaria para presentarse como el salvador de la patria, de la burguesía acosada por el alzamiento popular. […] Este juego de arbitraje social, combinado con el aventurerismo imperialista y la corrupción administrativa generalizada, llevó al desgaste del bonapartismo en momentos en que ascendía la estrella de la burguesía alemana. La guerra se hace inevitable y termina estallando en el momento menos propicio para Francia, el 19 de julio de 1870. Una rápida sucesión de derrotas puso al gobierno en jaque, obligándolo a capitular ante los alemanes el 2 de setiembre, tras el desastre de Sedán. Con Bonaparte prisionero y París bajo sitio se produce la revolución del 4 de setiembre, a resultas de la cual se constituye un Gobierno de Defensa Nacional dominado por la burguesía republicana. El Imperio ha caído pero el nuevo gobierno resulta incapaz de organizar la resistencia, lo que llevará a las masas a tomar esa tarea para sí, un preámbulo de la insurrección. […] El nuevo gobierno de la ahora República Francesa es encabezado por Thiers, que se hará célebre por su pasión represora. Su programa es el mismo del gobierno que lo precedió: lograr la paz con los alemanes y desarmar París. El 16 de marzo Thiers intenta incautar los cañones de la Guardia Nacional para hacer realidad el pacto con los alemanes y dominar la ciudad insurrecta. La reacción popular no se hizo esperar: el 18 la multitud resistió la entrega de los cañones y tomó prisioneros a los generales Lecomte y Thomas. Ambos represores del ’48 fueron fusilados. Thiers y el gobierno abandonan París, que queda en manos del Comité Central de la Guardia Nacional. Se convocan a elecciones municipales del que participan todos los varones adultos. El resultado reúne a republicanos, miembros del Comité de la Guardia Nacional, blanquistas, internacionalistas y jacobinos. Es un gobierno de la pequeña burguesía y del proletariado parisino. Ha nacido la Comuna.
El organismo comunal creado reunía las funciones legislativa y ejecutiva, no había funcionarios ejecutivos permanentes y todos eran directamente responsables ante los ciudadanos. Todos los agentes de la administración, la justicia y la enseñanza debían ser elegidos por sufragio universal; se limitó al sueldo de un obrero corriente el salario de los funcionarios y se prohibió la acumulación de cargos. Se suprimió el ejército permanente y la policía fue colocada bajo control comunal. La fuerza militar de la Comuna era la Guardia Nacional, es decir, el pueblo en armas. Entre las medidas tomadas por la Comuna figuran la eliminación de la enseñanza religiosa, la separación de la Iglesia y el Estado, la supresión del presupuesto para cultos, la fijación de precios máximos, creación y socialización de talleres bajo gestión obrera, imposición de salarios mínimos, eliminación de multas y retención sobre salarios, organización del trabajo de las mujeres, postergación de desalojos y prórroga de alquileres, etc.
Desde ese momento, el Estado burgués en Versalles se encontrará frente a un Estado proletario en París sintetizado en la Comuna revolucionaria. Concluida la paz con Prusia, Thiers consigue armar 170.000 hombres para reprimir a los insurrectos. Aislada del resto del país, apenas apoyada por alzamientos en Lyon, Marsella, Toulouse, Narbona, Saint Etienne y Creusot, París se enfrenta a fuerzas muy superiores. Los versalleses torturan y fusilan a todo el que capturan vivo sin que la Comuna se anime a algo parecido. El 20 de mayo las tropas contrarrevolucionarias entran en la ciudad sitiada. La defensa se extendió por ocho días, sin coherencia y sin plan. El 23, con la caída de Montmartre, comenzaron los fusilamientos en masa y la persecución de “petroleras”. La ciudad está tomada ya el 28, pero las matanzas continuarán hasta mediados de junio. Las cifras hablan de más de 20.000 ejecutados en esas jornadas y 36.000 detenidos, más 13.000 condenados a muerte, trabajos forzados, deportación, etc., en los dos años siguientes gracias a parodias de juicio. Un cómputo más realista parece alcanzar a los 100.000 muertos.

Los intelectuales y la clase obrera

La relación entre los intelectuales y el proletariado ha sido objeto de largas disquisiciones imposibles de reseñar aquí. Sin embargo, en la tradición marxista clásica, la que va desde Marx hasta al menos Gramsci, pasando por Rosa Luxemburgo, Trotsky o Lenin, existe un cierto consenso acerca de que los intelectuales provienen de una clase distinta del proletariado. Los intelectuales del proletariado no brotan en el proletariado. Todo lo contrario, son atraídos por la clase obrera, para desempeñar funciones propias de su despliegue histórico.
Careciendo de la capacidad de producirlos, la clase sólo puede atraerlos. Por razones que se encuentran fácilmente en la coyuntura social, capas enteras de intelectuales se acercan a la clase enemiga de la que han salido: la crisis económica suele desembocar en crisis sociales agudas que no pueden no producir crisis de conciencia, en tanto se hace evidente que el mundo no es como nos han dicho.  El momento, su etapa estudiantil, también resulta de fácil explicación: la ideología burguesa aparece en sus vidas todavía como pura ideología; su rol como funcionarios del capital, que asumirán después del paso por la universidad, todavía no ha creado esa costra cínicamente realista que caracteriza a todo buen burgués.
En efecto, la crisis económica se hace social, lo social se hace conciencia, una conciencia en crisis. El ascenso del proletariado suele ofrecer oportunidades de todo tipo para quien sospecha que no hay mucho futuro para él en el estado actual de la sociedad. Conclusión, el movimiento proletario se le ofrece como una tabla de salvación. Y el salto se produce. Pero cuando el ascenso deja paso al descenso, cuando ser amigo del proletariado se convierte en un pasaje al fondo de la sociedad, el intelectual que cambió de bando recuerda que su padre todavía guarda fortuna e influencias; que con un poco de arrepentimiento puede recuperar un lugar que creía perdido. Es más: descubrirá rápidamente que su nueva conversión es muy redituable, porque nadie mejor que aquel que estuvo allí para decirle ahora al mundo que todo era una farsa, que los militantes eran en realidad ladrones, que los revolucionarios estaban locos y el que no lo estaba era, simplemente, un aprovechado. Descubrirá, rápidamente, las virtudes del renegado y los privilegios que le aguardan. Hemos visto muchas veces este pasaje, este camino de retorno, del que ya hablaba Gramsci. El último, eso que llamamos posmodernismo: el socialismo ya no sirve; la caída del muro clausuró una experiencia histórica equivocada; vivimos en un mundo post-marxista; etc., etc.
Esta cuestión es la que ha creado una sana desconfianza en el mundo obrero hacia los intelectuales, desconfianza que hasta hizo escuela en variantes del anarquismo, en el sindicalismo revolucionario e incluso en la tradición clásica. Hoy por hoy, sin embargo, las cosas han cambiado. Una de las cuestiones que más obstaculiza en ciertos ámbitos la discusión sobre los intelectuales es la incapacidad para reconocer las transformaciones que esa figura, ya de por sí compleja, ha sufrido. Repasemos brevemente la principal de ellas, la aparición de masas intelectuales. En efecto, a medida que las necesidades intelectuales de la burguesía (desde la producción científica a la educación más elemental, pasando por el periodismo, la publicidad, las artes, etc.) crecen, la posibilidad de monopolizar las tareas que les corresponden es menor. De allí que los “intelectuales” de fines del siglo XIX a comienzos del XX tenían necesariamente un origen burgués o, en el mejor de los casos, pequeño-burgués asalariado. El crecimiento de tales funciones obliga a delegarlas en capas asalariadas cada vez más amplias. Se crea así, un verdadero proletariado intelectual, muy lejos de esa capa privilegiada de la que hablaba Paul Lafargue. La aparición de una fracción intelectual de la clase obrera transforma en obsoletos dos presupuestos asumidos por la tradición clásica, debidos respectivamente a las plumas de Lenin y Trotsky: la teoría proviene de fuera de la clase obrera; la clase obrera no puede tener una cultura propia. Este hecho, entonces, obliga a una revisión completa de la política de la izquierda sobre los intelectuales, tema que aquí, lamentablemente, excede las necesidades de este prólogo, pero que encontrará un insumo brillante en el libro que el lector lee en este momento.

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