Género, sexualidad y prostitución: una aproximación a la ideología prostituyente

Castellú, María Delfina.
Facultad de Filosofía y Letras, Ciencias Antropológicas, UBA.
delchu_sk@hotmail.com

“Entre las múltiples consignas fundamentales que la clase obrera debe tener
en cuenta en su lucha para la conquista de la sociedad futura,
tiene que incluirse necesariamente la de establecer
relaciones sexuales más sanas y que,
por tanto, hagan más feliz
a la humanidad”.

Aleksandra Kollontai

Introducción

El presente trabajo pretende, de una manera exploratoria, abordar ciertas conceptualizaciones sobre la problemática del género en tanto desigualdad, y más específicamente, cómo esta realidad se encarna materialmente en el flagelo de la prostitución –que caracterizamos como explotación sexual- y cómo esta encuentra su correlato en la pornografía como marketing del sistema prostituyente. El objetivo será aportar argumentos en la discusión con la postura reglamentarista desde una perspectiva que tenga en consideración las condiciones de la vida material y concreta de las mujeres en tanto colectivo oprimido por el sistema patriarcal y capitalista. De esta manera, intentamos analizar desde una perspectiva feminista socialista la interrelación de dos aspectos diferenciados pero inseparables de estas problemáticas: la política sexual del patriarcado (retomando para ello producciones de la corriente feminista radical) y la explotación económica propia del capitalismo.

Para abordar la problemática del sistema prostituyente no podemos comenzar sino explicando cuáles son y en qué se basan las desigualdades históricas entre hombres y mujeres. El género es una construcción social que atraviesa a la sociedad como un todo, y que se cristaliza en unas ciertas relaciones asimétricas de poder que configuran, entre otras cosas, una determinada visión hegemónica del mundo (desde una perspectiva masculina) y un particular disciplinamiento del cuerpo (sobre todo de las mujeres, y subordinado al punto de vista masculino).

Esta división del género en identidades femeninas y masculinas, producida al término de un intenso trabajo colectivo de socialización sistemático, se encarna en unos hábitos claramente diferentes basados en el principio de división dominante, y capaces de percibir el mundo de acuerdo con ese principio. Además, si bien esta representación es reproducida por el conjunto de la sociedad, lo es especialmente por unos agentes singulares: los hombres, poseedores de unas armas como las violencias material y simbólica- y unas instituciones: familia, Estado, Iglesia, escuela etc.- (Bourdieu, 2010:33,51). Esta representación androcéntrica de los géneros se ve investida por la objetividad que le otorga el sentido común, entendido como consenso práctico y dóxico, sobre el sentido de las prácticas (2010:49)1.

Ahora bien, ¿En qué se apoya dicha división de género? ¿Cuál es su fundamento? En su obra Feminismo Inmodificado, Catharine MacKinnon desarrolla la idea de que el género es “un proceso sustantivo de desigualdad (…) es el resultado de un proceso de subordinación social que solo está vinculado de forma adscripta al cuerpo y no pierde su particularidad de sentido cuando cambia su forma encarnada” (MacKinnon, 2014: 24-25). Por eso la feminidad es una especie de degradación que se impone y puede hacérselo a cualquiera, porque lo degradado es lo femenino como tal. Esto significa que las diferentes atribuciones que la mencionada visión hegemónica adscribe al sexo biológico son en realidad determinadas por la desigualdad socialmente instituida entre los géneros.

Vinculada a esta construcción social del status de segunda de las mujeres se encuentra la sexualidad. Catharine MacKinnon postula que hay que considerar de manera conjunta el lugar de la sexualidad en el género y el lugar del género en la sexualidad, para poder entender que “la sexualidad se presenta como una dinámica interactiva del género como desigualdad” (2014: 22). El resultado final de esto es que para el colectivo femenino la sexualidad está atada a la subordinación, así como la dominación va de la mano de lo masculino; y que ambas, sumisión y dominación, son el código reglamentario a través del cual se experimenta el placer sexual (volveremos sobre el problema de la construcción de la masculinidad y el deseo más adelante). De esto se concluye que “la expropiación organizada de la sexualidad de algunas para el usufructo de otros define el sexo – mujer-” (2014: 83).

Según MacKinnon el género es, entonces, una desigualdad de poder, un estatus social basado en quién tiene permitido hacer qué a quién. Y esto nos lleva al problema de la prostitución y la pornografía.

Prostitución, violencia y sentido común

En este contexto de sometimiento extremo de las sexualidades de las mujeres, trans y travestis es que ubicamos uno de sus más salvajes exponentes: la prostitución. Quienes reconocemos a la misma como explotación lisa y llana nos oponemos a verla como trabajo sexual autónomo; ya que reconocemos que esta actividad de explotación se da en el marco de unas relaciones sociales patriarcales sumamente violentas con el colectivo de mujeres y disidencias sexuales. La prostitución se nos presenta hoy día como una serie de múltiples determinaciones: el patriarcado, la globalización capitalista, la mercantilización de los cuerpos y las sexualidades, la feminización de la pobreza, el crimen organizado, la cultura del consumo, la trata internacional de personas, el concepto liberal de “elección y autonomía” (el cual, si bien es de suma importancia para la discusión no estamos en condiciones de desarrollar en el presente trabajo), etc. Para comenzar a explicar esto es menester traer el concepto popularizado por Sonia Sánchez, y retomado por Marina Hidalgo Robles, de Estado Proxeneta. El Estado Proxeneta es mucho más que simplemente el entramado de funcionarios cómplices con las redes de trata y explotación sexual: se trata de reconocer al Estado patriarcal como el gran organizador y garante de las relaciones sociales patriarcales y prostituyentes, que pone toda su maquinaria de poder al servicio de mantener a las mujeres absolutamente sometidas (Hidalgo, 2014: 258).

Pero este sistema de relaciones patriarcales va de la mano con el sistema capitalista de producción, que se sostiene no solamente por la explotación del conjunto de la mano de obra asalariada, sino en gran medida también porque las mujeres (y trans y travestis) somos sistemáticamente expulsadas del mercado laboral; que no quiere ni puede absorber toda la mano de obra excedente existente. Estos sectores somos condenados a los empleos informales, en los sectores de servicios (casi nunca en la industria), empleos súper precarizados y de baja calificación –sin mencionar que ni siquiera percibimos igual salario por igual trabajo respecto de los hombres. Como afirma Hidalgo Robles: “con la combinación del sometimiento del cuerpo de las mujeres (y trans y travestis) y la ausencia de un trabajo que les permita un ingreso económico nace la explotación sexual” (2014:259), y debemos agregar, además, que esto sucede para el consumo de los varones prostituyentes.

Hacer foco en la realidad de la explotación capitalista y patriarcal de las mujeres y el colectivo de trans y travestis, de la mano de todo un sistema prostituyente que produce y reproduce  el sometimiento, nos da la pauta de que una regulación de la prostitución con la falacia del trabajo sexual autónomo no puede ser sino la legitimación final, el reconocimiento de la explotación más violenta que se hace de este colectivo como si fuera una actividad más, exenta de todos los riesgos, humillaciones, violencia y vulnerabilidad que realmente producen. Porque proponer que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, y que por lo tanto puede ser regulado estatalmente, es negar el carácter patriarcal y capitalista del Estado donde se desarrolla esta forma de violencia (2014: 259).

Otro problema que se desprende del hecho de que la prostitución se produce en el contexto del sistema capitalista es que se tiende a pensar que es la demanda -de los mal llamados clientes- lo que genera la oferta de personas prostituidas o directamente tratadas con fines de prostitución. Pero en la sociedad capitalista el consumo de cualquier mercancía no surge de una primera necesidad sino de una construcción social y cultural del mismo sistema que les da vida (2014: 262). La utilidad de la prostitución radica, entonces, en el mantenimiento del sistema sexual del patriarcado y en las ganancias multimillonarias que produce a costa de los cuerpos de las mujeres, trans y travestis.

El otro aspecto que no puede obviarse es que la explotación sexual se sostiene en toda una visión instaurada y reproducida por el sentido común, donde la sexualidad masculina es caracterizada por un supuesto deseo sexual irrefrenable, asociado a lo que Bourdieu entiende por virilidad como algo inseparable de la virilidad física, sobre todo a través de demostraciones de fuerza sexual (2010: 15). La prostitución, y también la pornografía, refuerzan esta masculinidad tradicional y su construcción del deseo masculino, e impiden que los mismos sean cuestionados. En palabras de Beatriz Gimeno “la prostitución enseña a los hombres a actuar una determinada masculinidad que impone un estándar impersonal que se presenta como la realidad, más que como una específica experiencia histórica para los hombres” (Gimeno, 2008:6). Debido a que el proceso de socialización de los hombres se apoya en la certeza de que su género les otorga derecho a disponer invasivamente de su entorno, del espacio y del tiempo de otros, el hecho de que esto se extienda también al cuerpo y a la sexualidad de las mujeres es solo uno de los exponentes más cruentos de esta posición de poder y privilegio masculinos. Precisamente de esta visión de la sexualidad femenina como algo que esta puesto al servicio de la sexualidad masculina, se desprende que seas legítimo conseguir acceder a esos cuerpos y sexualidades sometidos, aunque sea con violencia2. La prostitución institucionaliza la conversión de las mujeres en objetos sexuales (como proceso de deshumanización), ya que el prostituyente consigue de la persona prostituida algo que de otra manera no podría conseguir sino con violencia (Szil, 2004: 11).

Nos resulta interesante tomar la propuesta de Peter Szil de ver que, de la mano de la explotación sexual lisa y llana, tenemos a la pornografía como “marketing de la prostitución”, y que lo que ambas expresiones de la violencia hacia las mujeres tienen en común es que precisamente establecen una relación entre un comprador –el prostituyente o espectador del porno- y la mercancía –prostituta o actriz porno. La carga sexual en la pornografía no está puesta en las partes embarcadas en una experiencia sexual mutua, sino que se da entre aquel que observa y el objeto sexual a vender (la mujer). Las escenas del porno no sólo transmiten las fantasías sexuales de los hombres (determinadas por el sistema patriarcal), sino que, gracias a su estilo constatador, las hacen aparecer como una realidad objetiva; resultando en un material donde los hombres aprenden a conducirse según el rol masculino, una ficción que sin embargo define lo que la Sexualidad es para esta sociedad. Por esto Szil concluye que “en definitiva, la pornografía es el suministro de un producto al servicio de lo que se supone es la sexualidad masculina, pero no sólo eso. Es también la fuente y constante reproducción de esta noción de la sexualidad, la misma que está en la base de la prostitución y de la violencia sexual” (2004: 7).

Conclusiones

Habiendo desplegado los argumentos por los cueles entendemos a la explotación sexual como un problema social, estructural y político que afecta a las mujeres en tanto género oprimido, y quedando establecido que la sexualidad debe ser entendida como un asunto político de suma importancia para la sociedad en su conjunto, hay algunas consideraciones finales que queremos dejar establecidas para abonar a la pelea por el abolicionismo.

Una postura feminista que realmente apueste por la destrucción de las actuales relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres no puede hacer la vista gorda a las relaciones patriarcales y capitalistas estructurales que mantienen a la mujer en tanto género como ciudadanas de segunda, cuyas sexualidades son expropiadas sistemáticamente en pos de la dominación masculina.

Respecto al interrogante recurrente de qué sucede con aquellos casos particulares donde una mujer pueda elegir ser prostituida, lejos de pretender invisibilizarlos (si bien afirmamos que a todas luces representan una minoría, y que además se requiere un estudio exhaustivo de las condiciones materiales y culturales en que se genera la denominada elección autónoma) retomamos y reformulamos un agudo razonamiento formulado por Catharine MacKinnon. Para ella el foco no debe estar puesto en si hay un individuo mujer que puede escapar al lugar tradicionalmente asignado a las mujeres (en este caso en el ámbito de la prostitución), sino si es necesario para el sistema que haya siempre alguien en esa posición de la que esa persona en particular logró escapar –provisoriamente- y que ese alguien sea justamente una mujer, trans o travesti (2014: 54).3

Por último, la prostitución afecta no solo a las prostitutas sino a todas las mujeres, porque confirma y consolida una determinada manera de construir y comprender la sexualidad femenina (así como la masculina) como objeto destinado al placer del género masculino. Si sumamos a esto la enseñanza marxista de que la explotación y la degradación producen la resistencia y la posibilidad de cambiar al mundo de raíz, nos parece menester que aquellos sectores que se reconocen como contestatarios a este régimen de opresión se sumen a la pelea por terminar de una vez por todas con una de las expresiones más cruentas de la violencia hacia las mujeres.


Bibliografía

Gimeno, B. (2008). La prostitución: aportaciones para un debate abierto. Revista Transversales.

Hidalgo Robles, M. (2014). En defensa del Abolicionismo. Debate sobre la trata y la explotación sexual. Revista Socialismo o Barbarie N° 28.

MacKinnon, C. A. (2014). Feminismo inmodificado: Discursos sobre la vida y el derecho. Siglo XXI.

Szil, P. (2004). Los hombres, la pornografía y la prostitución. Versión revisada y ampliada de la conferencia pronunciada por primera vez en el Congreso Internacional “Las ciudades y la prostitución” (Madrid, junio de 2004).

Notas

1 Es interesante la advertencia que hace Katharine MacKinnon (MacKinnon 2014:90) de que, tanto en el lenguaje como en la vida cotidiana, lo masculino ocupa tanto la posición neutral como la masculina: la neutralidad de la objetividad y de la masculinidad son lingüísticamente co-extensivas; mientras que las mujeres ocupamos lo generizado, lo diferente, lo eternamente femenino.

2 De todo lo desarrollado se desprende que, si bien hay varones explotados sexualmente, la mayoría son niños o adolescentes en un lugar de clara inferioridad respecto a los adultos en esta sociedad patriarcal (Hidalgo Robles, 2014: 261). Por otro lado, Gimeno advierte sobre el peligro de tomar el caso de los gigolós y las mujeres que acceden a sus servicios para invisibilizar el hecho de que la prostitución es una expresión de la violencia de género hacia las mujeres, para hacerlo pasar como si la explotación de ambos casos fuera simétrica. De hecho, según esta autora, el hecho de que a los hombres no se los puede cosificar es un axioma patriarcal, que se traduce en que aquellos varones –adultos- que se dedican a la prostitución no son traficados, ni explotados, ni son regenteados por proxenetas, ni son encerrados, ni vendidos de un propietario a otro (2008: 4).

3 Los términos señalados en bastardillas son agregados nuestros con respecto al razonamiento original de la autora.

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