Lamas, Federici y el proxenetismo argento

en Novedades/Trece Rosas

Por Rosana López Rodriguez

Marta Lamas, al igual que Silvia Federici, consideran que el «trabajo sexual» es aceptable porque dada la sociedad en la que vivimos, la relación de explotación no puede ser superada (y peor aún, no puede ser cuestionada). Claro que tampoco puede cuestionarse la subordinación de las mujeres a los hombres, no claro que no. Ambas sostienen que el matrimonio es prostitución. Pero a ninguna se le ocurre soñar con una relación en la cual no haya jerarquías, se llame matrimonio o como se llame. Y si no se les ocurre, ¿cómo habrían de pelear por ello? Pues, claro. No peleando, sino adaptándose. Solo transcribiré poco más de un minuto de la charla de ayer de Marta Lamas y veremos…

“Hay intercambios instrumentales. Yo coj0 contigo porque quiero conseguir algo y ese ‘algo’ tiene una gradación entre ‘bueno, coj0 contigo porque me quiero casar contigo, entonces si me das un anillo de compromiso, entonces coj0, hasta porque me interesa subir en la categoría que tengo en la fábrica y coj0 con el capataz, hasta me van a invitar a un viaje, entonces si acepto ir al viaje entonces sé que tengo que cog3r. Y también está el tema de que coj0 por dinero. Y a mí siempre me ha sorprendido mucho que en los intercambios instrumentales el que mete más conflicto es justamente el del dinero. Lo que se llama prostitución. A mí no me gusta hablar de prostitución porque invisibiliza a los clientes. Creo que es mejor hablar de ‘comercio sexual’ porque hay un comercio allí. Alguien compra y alguien vende servicios sexuales.”

Todo lo que está mal. Y no porque idealicemos ningún vínculo. De hecho, todas las relaciones humanas tienen un elemento base que es el instrumental. Somos seres sociales, no podemos vivir al estilo Robinson Crusoe. Sobre esa materialidad (necesidad) colaborativa elemental, existen el altruismo, la cooperación, la solidaridad, el amor, el compañerismo, etc. Sin embargo, a esta señora esa dimensión que nos hace verdaderamente humanos, se le escapa. Según ella cree, todos los intercambios son instrumentales y lo son de manera absoluta. Por ese motivo, no puede distinguir (al igual que Federici, quien a diferencia de Lamas, ve que todos los vínculos son negativos, aunque inevitables) entre un matrimonio o una relación saludable y la prostitución. También la prostitución es un medio para obtener caprichos: un viaje, una cartera de marca. Ellos tienen el poder y la plata, nosotras queremos las carteras, habiendo pagado el precio de la sexualidad. Imagino que cuando haya que decidir acerca de temas importantes no irán a consultar a la que porte la Prada más cara del mundo.

O una herramienta por la cual una obrera puede mejorar su condición laboral.
Quien no cree que las mujeres tengamos derecho a nuestro deseo sexual y también a ser competentes y exigir el lugar que merecemos en el campo laboral, no es feminista. Según Lamas, no podemos. Lo que sí podemos es ascender a costa de nuestra sexualidad e incluso, sin competencia alguna. Y acá hay otro punto importante: ¿cómo vamos a pretender que se nos respete por nuestras capacidades si consideramos que merecemos ese espacio por el hecho de haber enajenado nuestro deseo? Por eso no se respeta a las mujeres que creen que esa es una herramienta válida. De esto hablamos las abolicionistas cuando hablamos de dignidad. De que se nos respete por nuestro trabajo, nuestras condiciones y nuestras luchas.
Imagino a Georgina Orellano, quien se ha convertido en la campeona retórica del estigma y que todo el tiempo dice que ningún trabajo es digno bajo el capitalismo, entrando en el quirófano mientras le dicen: Georgina, he aquí la cirujana que te va a operar porque la chica ha tenido el honor de acostarse con el dueño de la clínica. Después de esta afirmación, la burócrata saldría corriendo en bata por el nosomio al grito de «Conmigo no». Fin de la comedia.

Lo que dice con relación a lo que dice de la «invisibilización del cliente», es parcialmente pertinente. Al hombre hay que nombrarlo. Salvo que las abolicionistas no aceptamos que se blanquee la denominación de ninguna de las partes con expresiones connotativamente positivas. El «cliente» es el prostituyente, el «patrón» es el proxeneta, la «prostituta» es prostituida.

La prostitución no es un trabajo socialmente aceptable.
No a la expropiación del deseo sexual de las mujeres.

Aquí abajo, para la posteridad, el vínculo de larga data entre la burócrata del proxenetismo argentino, Orellano, y Marta Lamas. 

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