Enero de 1919: semana de huelga y progrom

a64_viasEste año nuestra Biblioteca Militante publicó En la semana, la primera novela de David Viñas. Aquí, Marcela Croce, destacada crítica y especialista en la obra del autor, escribe sobre aquel libro y sobre la oportunidad de su publicación. Si todavía no lo leyó, tal vez este texto le explique lo que se está perdiendo. Si lo hizo, lea y repase las impresiones que le dejó.


Marcela Croce

Facultad de Filosofía y Letras

Un afán de simplificación marca las revisiones que David Viñas operó sobre sus textos una vez pasadas tres o cuatro décadas desde la primera edición. Si en los noventa ese bastión renovador de la crítica local que fue Literatura argentina y realidad política(1964) se expandió en dos volúmenes y se condensó nominalmente en Literatura argentina y política (1995-1996) –sospecho que para esquivar el énfasis–, la novela lanzada en 1966 con el título En la semana trágica prescinde del adjetivo en esta reedición de la Biblioteca Militante de Razón y Revolución (2011). Acaso más que una voluntad sintética lo que alienta en la prescindencia del adjetivo sea la desconfianza hacia una calificación que acarrea estirpes malditas y catarsis oprobiosas y que ha generado, en contrapartida y a modo de conjuro, ejercicios humorísticos que antes que en la renuencia a admitir la brutalidad del episodio histórico se especializan en el rechazo de un género poco propicio para el siglo XX.

Así operó Arturo Cancela al publicar en un folletín de “La Novela Semanal” su relato Una semana de holgorio en la inmediatez del mismo 1919 en que la huelga en los talleres Vasena derivó en el primer pogrom de Buenos Aires. El subtítulo “Diario de un guardia blanca” ingresa en contrapunto feroz con la primera persona narrativa de Pesadilla de Pinie Wald, un judío polaco afincado en el barrio de Once (Balvanera) a quien se acusó de encabezar el soviet porteño. Esos dos textos formaban parte de las lecturas a las que obsesivamente regresaba el Viñas crítico, como deja constancia su artículo “Cancela: un humorista en el pogrom de Buenos Aires”, nunca recogido en libro propio. Pero ante todo, la Semana Trágica de 1919 configura el primer momento en que el gobierno de Hipólito Yrigoyen desata una represión, práctica que continúa dos años más tarde con los peones rurales de la Patagonia en un hecho que la novelística de Viñas plasmó en su obra más comentada, Los dueños de la tierra (1958). El juez Vera es el alter ego de Ismael Pedro Viñas, padre del escritor, enviado por el presidente a pacificar los ánimos en Santa Cruz mientras el coronel Héctor Benigno Varela se ocupaba de pacificar los cuerpos metiéndoles bala a los soliviantados cuyo cabecilla era el “gallego” Antonio Soto.
Una constante de las novelas de Viñas es instalar la acción en el contexto de la historia nacional. Sus momentos preferidos son el primer yrigoyenismo (los casos referidos), la década del 30 (Un dios cotidiano), el peronismo (Jauría), el frondizismo (Dar la cara). Correlativamente, la narración se va escandiendo con subtítulos en cuya reiteración se asientan diversas perspectivas. Sus escalas más notorias las conforman En la semana, Cosas concretas (1969) y Prontuario (1993); así, los parágrafos de “Qué yunta” en la primera se corresponden con los de “Fratellanza” en la última. Son las expansiones de los muchachos las que recorren el itinerario autobiográfico del novelista que se inicia en el colegio de curas (donde pontifica el previsible “padre Lostalé”, p. 49) y prosigue en el liceo militar. “A Camilo le entusiasmaban los militares” (p. 33) es la frase que abre el texto, a continuación del epígrafe de Joaquín V. González –ministro de Interior del gobierno del general Roca, promulgador de la Ley de Residencia para perseguir y deportar a los extranjeros “indeseables”– que configura una advertencia tan acalorada como la que formuló José María Ramos Mejía en Las multitudes argentinas (1899). Y las expansiones castrenses se suceden en la serie integrada por “los botines charolados, la mirada de los tenientes, los ademanes enérgicos, hasta el pico de metal del kepí a la prusiana” (Íbid.). En esta descripción ya se perfila la inminente Hombres de a caballo (1967) mientras un aire de época parece impregnar tal imaginario con las desventuras que llegan al crimen en el colegio militar Leoncio Prado de Lima en La ciudad y los perros (1962) de Mario Vargas Llosa.
Los énfasis militares encuentran su correlato literario: no el consabido Leopoldo Lugones que confía en el ejército como la última jerarquía disponible, sino el desplazamiento patriotero que se detiene en Olegario Víctor Andrade, antes de que las seducciones de lo popular reclamen el teatro de Enrique García Velloso representado en el Onrubia (p. 47) donde resuena Salvadora Medina Onrubia, esposa del dueño del diario Crítica Natalio Botana. Fuera de “Qué yunta” transcurre la historia inmediata (“Verano”, recalcando el calor del ambiente entre el 7 y el 13 de enero de 1919), que adquiere en ocasiones entonación de crónica periodística, al tiempo que se despliega la novela familiar de la familia judía también frecuentada en Prontuario al asociar a la madre y las tías con el justiciero Simón Radowitzky. En los “Párrafos del samovar” que desgrana En la semana la opción por la bastardilla recalca gráficamente la condición “bastarda” asignada a esos inmigrantes a quienes se les estampó un sofisma portentoso: Todos los judíos son rusos / Todos los rusos son comunistas / Por lo tanto todos los judíos son comunistas. Tal lógica trastornada (que renunciaba momentáneamente a la segregación por la cual Buenos Aires reservaba para el sector de tenderos barriales las cualidades de codiciosos y avaros amparando el juicio en remotos orígenes “raciales”) exacerbó el temor a la “ola roja” y justificó el aplauso de la Asociación del Trabajo –dirigida por Pedro Christophersen y Atilio dell’Oro Maini, inminente fundador de los Cursos de Cultura Católica y de la revista Criterio, a la par que imponderable referente del nacionalismo de derecha– a la descarga de los granaderos en la calle Barcala (p. 99).
La reedición de la Biblioteca Militante añade plusvalía a las variantes respecto del texto original. La primera es el prólogo de Rosana López Rodríguez que revisa la bibliografía sobre Viñas, restituye al autor en su “contorno” –con la semiosis proliferante que arrastra el término en este caso– y diseña una breve biografía lastrada de un error que no corresponde adjudicárselo a la autora sino al empecinamiento del novelista por la representatividad histórica. Viñas nació en 1927, pero prefería difundir que era de 1929 porque elcrack de la Bolsa de Wall Street era un dato inmediatamente memorable, en tal caso mucho más que el levantamiento de Augusto Sandino en Nicaragua ante la invasión norteamericana del 27. Esa introducción se complementa con la provisión inusualmente generosa de una bibliografía más amplia que la que el texto reclamaba: crónicas de la Semana Trágica, historias del movimiento obrero argentino, testimonios de los partícipes de los hechos, volúmenes sobre el anarquismo e incluso referencias cinematográficas integran el catálogo para abordar críticamente una novela que exige un lector activo y un conocimiento de primera mano para que los nombres y los episodios que circulan en sus páginas no constituyan una nómina incolora ni una colección casual sino que sean articulados con el vigor con que fueron plasmados.

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *