El patio trasero yankee en Centroamérica: integración regional de las gallinas con el zorro

oregina_a58Por Osvaldo Regina
Colaborador externo

Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá son 7 pequeños Estados que están muy próximos geográficamente de la principal potencia capitalista. Esta situación se expresa en su historia de profundos conflictos sociales, en los senderos del subdesarrollo capitalista y en los niveles de pobreza. También se verifica en los efectos de rebote de la crisis financiera mundial desde fines de 2008 sobre su nivel de actividad. Todos firmaron tratados de libre comercio con EE.UU. ¿Qué futuro les ofrece a los trabajadores radicados al Norte del istmo la sociedad de mercado en general y los EE.UU. en particular?

EE.UU. aporta una porción determinante de las exportaciones y de las remesas de los emigrantes. Todos estos países tienen tratados de libre comercio con EE.UU., publicitados internamente con el argumento de que favorecerían las inversiones extranjeras y las exportaciones, elevando así al PIB por habitante, porque les permitirá ampliar y profundizar las relaciones de mercado. Las exportaciones tradicionales son típicamente primarias e incluyen bananas, café, azúcar, carne y tabaco. Algunos rubros más recientes incluyen manufacturas, especialmente indumentaria, pero en el caso de Costa Rica también se exportan microchips.

La crisis financiera internacional afectó el nivel de actividad y empleo de estos países. Pero no a partir de una crisis de activos -dado el menor desarrollo financiero, relativo al Primer Mundo- sino a causa de la caída de las exportaciones a EE.UU. y otros países avanzados por su menor nivel de demanda, parte sustancial de las exportaciones centroamericanas. Costa Rica y Panamá tienen las economías más florecientes del grupo, con un producto por habitante equivalente a, respectivamente, 11 mil y 13 mil dólares anuales (cifras ajustadas para representar un poder adquisitivo parejo según los precios de cada país). En el otro extremo, se ubican Nicaragua y Honduras, con apenas 2.700 y 3.800 dólares per cápita al año.

Si se toma esa tasa de generación de riqueza como indicador de la productividad de la economía, una hora de trabajo nicaragüense crea menos de 6% del valor que en el mismo período alumbran los trabajadores de EE.UU. Honduras llega a un 8% y Guatemala a un décimo, etc. (ver gráfico de Productividad). Como punto de comparación, se incluye Argentina, con apenas el 31%  de la productividad yankee.

El grupo de los 7 países tiene una población total de 51 millones de personas, de los cuales un 45% vive en condiciones de pobreza. Los indicadores de pobreza acompañan, aproximadamente, las malas performances productivas (ver gráfico de Pobreza): Costa Rica y Panamá tienen el 16% y el 29% de su población bajo la línea de pobreza mientras que Nicaragua un 48%, Guatemala 56% y Honduras 59%. Buscando un parangón cercano del significado de estos porcentajes, la comparación con Argentina se complica por la destrucción esencialmente antidemocrática de nuestro sistema de estadística pública. Así, las estimaciones van para nuestro país desde 1 pobre cada 6 habitantes (según el INDEC e igual que en Costa Rica), hasta 1 cada 3 (según SEL Consultores y UCA,  tanto como en El Salvador, un país con menos de la mitad de PIB por habitante que Argentina…).

En este marco, la más dinámica Costa Rica atrae anualmente a muchos miles de inmigrantes nicaragüenses mientras que EE.UU. es el destino predilecto para la mayoría de los emigrantes centroamericanos. En particular, El Salvador y República Dominicana tienen cada uno alrededor de un millón de sus ciudadanos radicados en EE.UU. (1/6 y 1/10, respectivamente) y este drenaje de su población opera a un ritmo en el orden de las 30 mil personas por año desde cada país.

Si la emigración masiva, lejos de ser solución, expresa una coyuntura de crisis, en el caso de estos países la emigración como meta de larga data para los jóvenes trabajadores y profesionales revela la crisis estructural de Estados cuyo régimen socioeconómico de base está agotado y cuya subsistencia condena a las fuerzas productivas a una lenta descomposición. La mayor integración al mercado mundial no resolverá esta crisis estructural sino que la agudizará.

La magnitud de la saturación y exceso capitalista de millones de asalariados desclasados durante la gran crisis de los años ’30, cuando las fuerzas productivas del mercado cesaron de crecer, hizo que Trotsky señalara que comenzaban así a descomponerse las condiciones sociales para la revolución socialista. Por analogía, resultan históricamente regresivos y antisociales los efectos de la supervivencia de estas pequeñas economías nacionales bajo la égida del mercado, incluidas las maniobras de integración comercial y productiva entre ellas y con los EEUU.

Las economías nacionales débiles y atrasadas no pueden alcanzar a los países desarrollados bajo regímenes políticamente soberanos en un contexto de competencia entre economías nacionales, por más integradas regionalmente que ellas estén en lo comercial, productivo, financiero y monetario. El nacionalismo, el estatismo y el liberalismo están igualmente condenados al fracaso y condenan a la sociedad a nuevos niveles de descomposición. El camino al desarrollo de la población del istmo y del resto de la periferia capitalista requiere salirse del comercio exterior fundado en las leyes del valor y reemplazarlo por un intercambio solidario con las economías desarrolladas, fundado en el objetivo político común de la nivelación internacional de los ingresos.

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