Una ¿victoria? pírrica. Cristina, la crisis y el fin de un experimento condenado al fracaso

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Por Eduardo Sartelli

Si hemos de creer a lo expresado en la última carta, Cristina entiende haber perdido las elecciones por el ajuste económico llevado adelante por Alberto y su ministro Guzmán que, según, la ex dueña del consorcio de la Rosada, gastó menos de la mitad de lo que podría haber gastado en ayuda social. Luego de que las urnas hablaran, urge un cambio de gabinete que modifique este lineamiento básico. Si suponemos que no miente y es coherente con su balance (y le dejamos pasar el macanazo según el cual ella no tuvo nada que ver con esto), su objetivo era la remoción de Martín Guzmán y su equipo, amén de otros funcionarios del área económica. Según sus propias palabras, ella habría advertido este error hace un año, en el famoso discurso en el que desarrollaba el «concepto» de los «funcionarios que no funcionan». Ahora, entonces, explícitamente, en tanto lo liga con su deseo de que el crecimiento planeado para 2021 no fuera para unos pocos, sino que se derramara «alineando salarios y jubilaciones», Cristina deja en claro que allí donde se señalaba a dichos funcionarios había que leer «Martín Guzmán y Matías Kulfas». Si bien en la carta recuerda haber señalado otros errores de gestión, no se detiene en ellos. Muy por el contrario, especifica claramente lo que hay que hacer: revisar los números y ejecutar el déficit calculado restante: «a días de las elecciones», faltaba ejecutar 2,5% del gasto calculado para el presupuesto pensado sin pandemia, que incluía un déficit total del 4,5%.

La acusación de Cristina es clara: Alberto y su ministro de economía conspiraron contra ella, consciente o inconscientemente, para provocar la catástrofe electoral. La idea de se trata de una conspiración más bien consciente y calculada se refuerza cuando se presta atención al cañonazo con el que Cristina fusila a una hormiga: Juan Pablo Biondi. ¿De qué lo acusa? De las operaciones de prensa que pretenden que ella es la responsable de la debacle. Esta es la razón por la cual Cristina arremete contra un funcionario menor, cuya función es, como ella misma recuerda, completamente anodina: «un vocero al que no se le conoce la voz».

Con este balance de las elecciones y con esta sospecha acerca de la política de su propio invento político, como ella misma reconoce, es que comienza la operación copamiento. En la carta Cristina afirma haber recomendado a Manzur para el cargo de Jefe de Gabinete, es decir, para reemplazar a Cafiero. ¿Por qué reemplazar a Cafiero? Porque es la llave con la que se maneja el gobierno. Si se lo propuso o no, no hay forma de saberlo, como tampoco la hay de cuán creíble es el rumor que pretende que Cristina intentó colocar a Sergio Massa como superministro de economía y a Máximo como superministro del área «social». Tampoco hay forma de saber si realmente no quería desplazar a Guzmán. Pero, por el contenido que revela su carta, por lo que constituye el eje de explicación de la derrota y porque esa explicación es la clave argumentativa que mejor calza con su pretensión de «yo no fui» porque la política de Guzmán no es la mía, parece claro que Cristina no fue a reunirse con Alberto para desplazar a Trotta, Frederic, Basterra y Solá. Ninguno de ellos resulta importante para explicar la derrota, según propia confesión de la autora de la misiva. De hecho, se refiere a dicho cuarteto sin mención directa alguna, en una alusión al pasar, que no ocupa más de una línea. De modo que creer que la remoción de tales personajes demuestra una victoria de la (ex) Jefa es, cuando menos, ingenuo.

En efecto, o Guzmán estaba dispuesto a «gastar» todo lo que falta «gastar» (y por eso Cristina no quiere su cabeza) o Cristina miente: como Salomé, no quedaría contenta hasta recibir en bandeja la parte superior del cuerpo del académico ministro. Que Guzmán no estaba dispuesto a seguir gastando lo revela el hecho de que el presupuesto mandado al Congreso para 2022 está en línea con ese comportamiento reprochado por la ex presidenta. Y no solo eso: esa conducta amarreta es la base a partir de la cual ha logrado un comienzo de entendimiento con el FMI. De modo que, o Cristina miente, o es absolutamente incoherente con su propio razonamiento: si el problema son los funcionarios que no funcionan, es decir, que no quieren gastar, entonces, hay que removerlos a ellos, es decir, a Guzmán y Kulfas. Los otros, son decorado. La idea de que ella fue a Olivos a proponer dos súper ministerios y una política de «shock de gasto» resulta más coherente con el reclamo planteado en la carta.

Si esto es así, entonces, lo que, al menos hasta ahora, Cristina parece haber obtenido, es poco y nada, a cambio de descalabrar por completo su propio gobierno en vísperas de una elección decisiva. Hasta ahora, al menos, Cristina ha logrado echar a quienes no montan más de una línea en la carta y ha debido recular con su pretensión de intervención del gobierno y del desplazamiento de Guzmán. Manzur es el gobernador más cercano a Alberto. Cafiero se queda y ocupa la muy visible cartera de Relaciones Exteriores. Lo suyo es casi un premio. La llegada de Filmus y Perzyck no mueve el amperímetro. La continuidad de sus «renunciantes», tampoco, porque ya los tenia y también hay funcionarios de Alberto que continúan: Vizzotti, Zabaleta, Guzmán, Kulfas, Cafiero. Dicho de otro modo, Cristina no consiguió lo que fue a buscar. Alberto no largó la conducción del gobierno (Manzur), de economía y producción (Guzmán, Kulfas), de relaciones exteriores (Cafiero) ni de la caja de Seguridad Social (Zabaleta). Dicho de otro modo, Alberto sigue controlando el gobierno y sus resortes centrales. Parece bastante absurdo que haya quien hable de una victoria de Cristina, al menos por ahora. Incluso la llegada de Aníbal Fernández, cuyo nombre consolida el voto no kirchnerista en lugar de aflojarlo, no compensa la magnitud de daño auto-inflingido.

En efecto, para conseguir este magro resultado, la ex presidenta tuvo que dinamitar su propio gobierno, poniendo en duda su continuidad después de noviembre. Porque si el resultado de noviembre es peor que el del domingo pasado, no queda demasiado margen. Cristina, en su andanada contra Alberto, reconoció que el personaje que ella eligió para «bien de los argentinos y argentinas», hizo todo mal. Con ese «subrayado» de su carta que son los burdos audios «filtrados» de Vallejos, Cristina admite que el manejo de la economía fue macrista, que el de la pandemia fue desastroso y que entre ambos disparates, provocaron la peor situación económica y social en décadas. La creencia en que el simple repetir el bartiano dogma «yo no fui» alcanza para que la población la despegue del desastre, ofende toda inteligencia. Lo único que ha logrado es reconocer su debilidad y poner en evidencia que el respeto sacrosanto hacia su conducción por el resto del «movimiento» ha desaparecido. En estas apretadas horas, surgieron voces por fuera de los bandos en lucha que los llamaron a ambos a la cordura y la unidad. Es decir, los colocaban a la misma altura. Eso es lo que consiguió Cristina: inventar el albertismo, aunque más no sea como espacio geométrico. Al empeñar una batalla contra un simple empleado, un «ocupa», lo elevó a su altura. Al no poder derrotarlo con un solo gesto, le reconoció una fuerza que, al menos, emparda la suya. Dicho de otro modo: si Cristina venció a Alberto, la suya es una victoria a lo Pirro.

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