Río Negro – El Espacio Vacío. Sobre la implementación de los Espacios de Vida Estudiantil y la sobrecarga de trabajo a sus referentes

en El Correo Docente 21

Gerardo Wilgenhoff y Alejandra Mendelsohn
Conti-Santoro


Como venimos describiendo en estas páginas, la reforma de la escuela secundaria en la provincia profundiza el proceso de degradación educativa flexibilizando, además, las condiciones de trabajo. La provincia pionera sirve de ejemplo de lo que más temprano que tarde llegará al resto del país.  Vamos a analizar el Espacio de Vida Estudiantil (EVE), en teoría, un espacio de participación de los estudiantes en el desarrollo y construcción colectiva de proyectos. En la práctica, un espacio vacío de contenidos que acentúa la degradación y provoca mayores miserias para los docentes.

Cambiar para que nada cambie

El EVE surge a partir de la reunión de área docente. Esta última, es un tiempo semanal de dos horas reloj, donde se reúnen todos los docentes de la escuela y los coordinadores de área. Toda la provincia se reúne el mismo día: miércoles de cada semana, en las dos primeras horas tanto en el turno mañana como en el turno tarde. Los docentes trabajan temas referidos a la enseñanza y el aprendizaje, a la planificación y a la innovación de criterios para implementar el plan de estudios. Todos los cargos (9, 16 y 25 horas) tienen asignada esa reunión. Entonces, ¿qué pasa con los alumnos? Para cubrir ese espacio ausente de “materias tradicionales” surge el EVE. Según el Régimen académico (RA), se trata de un espacio abierto para trabajar las trayectorias formativas de los alumnos, apuntalar la conformación de centros de estudiantes, organizar talleres, desarrollar proyectos comunitarios, tutorías, seminarios, jornadas, ateneos, simposios, debates, entre otros.

El espacio cuenta con un responsable: el Referente del Espacio de Vida Estudiantil (REVE). Su función es realizar un diagnóstico de la institución, examinar sus “particularidades y potencialidades” y, a partir de ahí, promover y articular proyectos y acciones, con el consenso de los estudiantes. Para esa tarea, la escuela cuenta con una única persona: el mismo docente debe recabar información, procesarla, diseñar proyectos, promover la conformación de centros de estudiantes, informar a alumnos ingresantes, desarrollar proyectos socio-comunitarios, desplegar el trabajo intra e interinstitucionales y estrategias deportivas.

Como un solo docente no puede abarcar todos los talleres que se llevan a cabo al mismo tiempo, los preceptores, deben, en teoría, “acompañar” y supervisar que los alumnos realicen sus proyectos en esas dos horas. Como los proyectos son propuestos y armados con los estudiantes, cada uno de ellos participa de aquel que considera de su interés, con independencia del curso al que pertenece. Así, el preceptor se encuentra “cuidando” un curso que desconoce sumado a la gran cantidad de alumnos que quedarán a su cargo: 30, 40 alumnos.

La vida real en las escuelas

Más allá de cuáles fueran sus intenciones, en la práctica, los talleres son imposibles de realizar, por varios motivos: falta de espacio adecuado, falta de acompañamiento externo, falta de recursos, por mencionar los más obvios. Así, los estudiantes, que esperan participar en un taller del que participaron en su diseño, se encuentran con un límite objetivo: el vaciamiento de recursos (de todo tipo) que hace décadas afecta a la educación, gobierno tras gobierno. Los EVE se revelan, entonces, como una gran estafa que esconde un profundo vacío curricular. Aún cuando los proyectos propongan trabajos innovadores, la escasez los llevará al naufragio.

Mientras tanto, en la vida real y desbordada de las escuelas, se producen dos escenarios. Por un lado, si los alumnos aceptan con calma el ambiente, permanecen tranquilos dos horas, pero carentes de aprendizajes. Por otro, si la situación no puede contenerse por el personal escaso a cargo, los estudiantes se escapan, se producen situaciones de violencia verbal o física, cargadas, roturas, entre otras. La escuela se vuelve un caos y la situación suele ser muy difícil de contener. Para peor, el preceptor a cargo ni siquiera cuenta con el listado de alumnos a su cargo. Ni hablemos de cómo se complicará todo cuando alguno de los preceptores se encuentre ausente o en uso de licencia.

El cuadro lo agrava el mismo régimen de calificaciones: muchos de los alumnos, consientes que su participación en el taller no conlleva una nota ni se desaprueba, deciden no hacer nada. Sobre ese último punto, no se trata de una exclusividad del EVE: la aprobación por homologación se encuentra a la orden del día.

Un espacio vacío

El EVE no es más que un ejemplo de la descomposición social en la que nos sumerge desde hace décadas la burguesía. Se trata de un espacio de contención de los alumnos, vacío de contenidos, mientras los docentes cumplen con la reunión de personal. Como vemos, los EVE son una muestra más de la gran flexibilización de las condiciones de trabajo de los docentes que encubre la reforma. También, anotician cómo el contenido, en última instancia, no es importante. Mientras los índices de repitencia no crezcan, esto es lo que tienen para ofrecernos: una educación al servicio del capital que crea futuros obreros brutos y baratos. Por eso, la propuesta no conlleva la creación de algo tan simple como más cargos REVE. La escuela se convierte así en una guardería y los docentes en contenedores de una situación que los desborda. Debemos pensar que otra educación es posible, una que esté al servicio de la clase obrera, donde no estemos corriendo detrás de la inflación, con salarios que no alcanzan, dónde la sobrecarga de trabajo se vuelve incontrolable y nuestra función pedagógica, vaciada de contenidos, inútil e insoportable. A esta situación de miseria hay que presentarle un verdadero plan de lucha que incluya la convocatoria a un congreso educativo provincial para debatir esta reforma de miseria y ajuste que recae sobre la clase obrera.

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