¿Qué crisis?

en Revista RyR n˚ 9

El autor estudia la evolución de la economía argentina desde la década del sesenta a partir de indicadores como el PBI para desentrañar la naturaleza de su crisis actual.

Por Juan B. Iñigo Carrera (economista, investigador, docente universitario y director del Centro para la Investigación como Crítica Práctica, CICP.)

A partir de mediados de la década de 1970, la economía argentina viene determinando manifiestamente a una masa creciente de la población obrera como sobrante para las necesidades del capital (ver cuadro nº1).

En el 60/74 el empleo creció un 17% menos que la población; en el 75/89 lo hizo en un 49% menos; y en el 90/01 el crecimiento del empleo se ubicó un 43% por debajo del de la población, pese a que la tasa de crecimiento de ésta se había reducido en un tercio. El crecimiento del desempleo y el subempleo se ha consolidado así como una condición normal de la economía argentina. El 22% en que se estima el desempleo actual no es simplemente la expresión de una crisis circunstancial, sino de que el proceso nacional de acumulación de capital presenta una tendencia específica a la formación de una población obrera sobrante. Sobre esta base, el salario ha caído de manera sostenida, ubicándose ya sin duda por debajo del valor de la fuerza de trabajo.

En el trienio 76/78, la caída del salario real en un 35% respecto del nivel que había alcanzado en el trienio 73/75 sólo fue posible bajo la forma política de una salvaje dictadura militar sistemáticamente dedicada a hacer desaparecer a los delegados gremiales de base. En la década del 90, el salario real ha pasado a tener de manera normal un nivel que lleva esa caída al 40%. Pero, ahora, este nivel más deprimido aún se ha alcanzado y mantenido a través de la acción de un gobierno encabezado por el partido que representa políticamente de manera masiva a la clase trabajadora nacional. Y la misma caída se ha prolongado con otro gobierno democrático para el que, ser progresista, se reducía a enunciar la administración honesta de la miseria progresiva. La vuelta del justicialismo al gobierno se ha abierto con el aumento de los precios internos por efecto de la devaluación, mientras que los salarios nominales se encuentran fijos y, más bien, acentúan su tendencia descendente. Sólo con la estimación oficial del aumento de precios al consumidor para el primer trimestre de este año, el salario real industrial se ubicaría prácticamente en la mitad del nivel alcanzado en el período 73/75.

Por su parte, la porción del salario que el trabajador industrial registrado percibe de manera indirecta bajo la forma de los «aportes patronales» se ha reducido nominalmente en un tercio para las regiones de menor baja. La caída real por los pagos legalmente libres de aportes, el aumento de la evasión, la dilución de los fondos jubilatorios y de los servicios de salud, etc., ha sido aún mayor. La clase obrera argentina se ha visto así progresivamente despojada hasta de la posibilidad de reproducir su fuerza de trabajo con los atributos productivos que había alcanzado antes de comenzar este proceso. Pero esto no pone por sí mismo en evidencia, ni con mucho, que la acumulación de capital en la Argentina haya agotado su espacio histórico. Muy por el contrario, la población obrera sobrante creciente y la consecuente caída del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo no son sino dos expresiones necesarias de la producción de plusvalía relativa en escala ampliada. Y es a través de esta producción que el capitalismo realiza su razón histórica de existir como modo de desarrollo de las fuerzas productivas materiales de la sociedad: la transformación de las potencias productivas del obrero libre individual en potencias productivas del obrero colectivo capaz de organizar conscientemente el carácter social de su trabajo, dentro de los límites impuestos a esta transformación por el hecho de que ella se enfrenta al propio obrero que la realiza como un potencia social enajenada en el producto material de su trabajo a la que se encuentra forzado a someterse, o sea, como un atributo perteneciente al capital.

Fuente: Elaboración propia en base a INDEC.

Reducir el agotamiento de las potencias históricas del capitalismo a la pauperización de la clase obrera, no es sino despojar ideológicamente a la propia clase obrera de la base material de sus potencias históricas revolucionarias. Así, se niega a estas potencias como la forma concreta necesaria de realizarse el desarrollo de las fuerzas productivas sociales mediante la transformación de la consciencia de los miembros del obrero colectivo en la relación social general que directamente rige la organización de la vida social. Se despoja a las mismas de su base material, para suplantar a ésta por la supuesta realización de una abstracta razón moral, de la «justicia social». O para suplantarla mediante la adjudicación ideal de una abstracta capacidad para organizar conscientemente la vida social a quienes, su propia relación social general actual a superar, el capital, les ha arrancado hasta la capacidad material para producir su vida individual sin que tuvieran siquiera la potencia para detenerlo.

Sin embargo, que el capitalismo argentino presente dicho par de atributos repugnantes propios de la acumulación en base a la extracción de plusvalía relativa, tampoco significa de inmediato que se trate de un proceso nacional de acumulación de capital en el cual las fuerzas productivas se desarrollan sin más límite que el inherente al modo de producción capitalista mismo. Ni siquiera significa de inmediato que la acumulación de capital en la Argentina esté libre de enfrentarse a un límite específico a su expansión. De enfrentárselo, tal límite tendría una expresión necesaria: la presencia particular de la crisis.

La economía política ha impuesto el dogma de que el crecimiento del producto bruto interno (PBI) a precios constantes de un año base es sinónimo de pujanza de la acumulación de capital. Comparamos su evolución en la Argentina y en los Estados Unidos en el cuadro número tres. Parecería así que la acumulación de capital en la Argentina se estanca desde 1975 a 1991, para recuperar su proceso de crecimiento durante la última década. Incluso, se diría que el ritmo de este crecimiento de la acumulación llega a superar al de la economía de Estados Unidos. Y hasta parecería que la crisis de 1995 no ha hecho sino renovar el impulso experimentado por la economía Argentina. Por su parte, la actual crisis manifiesta ya su mayor gravedad pese a no in-cluirse todavía la caída del 8% en el PBI a precios constantes que predomina en las proyec-ciones para el presente año. Sin embargo, sigue primando entre los economistas la opinión de que esta crisis responde más a la aplicación de políticas económicas circunstancialmente inapro-piadas, que al choque de la acumulación argentina de capital con alguna barrera que le sea espe-cíficamente inherente. De modo que se encuentra generalizada la creencia de que bastaría con imponer las políticas económicas adecuadas, que por cierto no implican menos que un cambio radical en las relaciones de propiedad en las versiones más extremas, para retomar el camino del crecimiento.

Sin embargo, el PBI a precios constantes se limita a reflejar de manera gruesa la evolución seguida por la producción material realizada en el país. Es, en el mejor de los casos, un indicador de la escala que tiene la producción de valores de uso en una economía. Pero, como sabemos, en las sociedades donde impera el modo de producción capitalista, la riqueza presenta una forma social general muy distinta a la de ser un mero cúmulo de valores de uso. Aquí, la riqueza tiene la forma social general de ser una masa de valor. O dicho más groseramente, nadie es más rico simplemente porque produzca más; su riqueza depende también del valor unitario relativo de lo que produzca. De modo que sólo el PBI a los precios efectivamente pagados por las mercancías correspondientes, esto es, el PBI a precios corrientes, es capaz de reflejar, aun de manera imperfecta, la evolución seguida por la capacidad de una economía nacional para generar valor.

Las series a precios corrientes se encuentran distorsionadas por expresarse en signos monetarios sujetos al cambio en su capacidad unitaria para representar valor; en particular, por la inflación. Para reflejar la evolución del PBI en términos de poder adquisitivo internacional, lo computamos en dólares de paridad y poder adquisitivo constantes en base a las evoluciones relativas de los índices de precios al consumidor de Argentina y Estados Unidos. El aspecto de la economía argentina cambia notablemente:

Fuente: Elaboración propia en base a BCRA, ME, INDEC y BEA (USA).

Fuente: Elaboración propia en base aBCRA, ME, INDEC, BLS (USA) y BEA (USA).

El tamaño de la economía argentina se estanca a partir de 1975. Pero este estancamiento no llega hasta fines de la década de 1980, sino que se detiene a mediados de ella. Y no para dar paso a un supuesto proceso expansivo, sino a una violenta contracción. Por su parte, el crecimiento experimentado durante la década de 1990 ni siquiera ha podido evitar la expansión de la brecha respecto de la escala de la economía norteamericana. Lejos de aparecer como un mero accidente, la crisis actual pone particularmente de manifiesto que la escala de la economía argentina choca contra una limitación específica que no logra superar.

Pero, como también sabemos, la producción capitalista no tiene por objeto la mera producción de valor, sino la producción de plusvalía. Podría ocurrir que la plusvalía estuviera creciendo aceleradamente, pese a la disminución en la masa del valor producido. Veamos entonces la evolución seguida por la masa de plusvalía (neta de los gastos corrientes de circulación y a la que se suma el valor del capital fijo consumido durante el año) de que dispone el capital en la Argentina para ampliar la escala de su acumulación:

Cuadro nº: 5

Fuente: Elaboración propia en base a BCRA, ME, INDEC y BLS (USA).

Comparemos el promedio del período 1975/89 contra el de 1960/74. La plusvalía disponible para la acumulación aumenta un 90%, con un incremento en el producto de valor del 40%. Hasta aquí, puede parecer que el límite peculiar a la expansión de la escala que encierra la economía argentina no implica traba específica alguna a la magnitud de la acumulación de capital en el ámbito nacional. Sin embargo, la cosa cambia sustancialmente en cuanto comparamos el promedio del período 1990/01 con el del 1975/89. La brutal caída del salario y el aumento del total de fuerza de trabajo puesta en acción permiten todavía aumentar la masa total de plusvalía neta, a pesar de la contracción del producto de valor. Pero el freno impuesto a la expansión de la plusvalía neta por la contracción en la escala de la economía nacional resulta evidente: apenas puede crecer un 8%, arrastrada por el 10% de contracción en el PBI.

En la Argentina, la acumulación de capital choca contra un límite histórico específico, distinto al correspondiente de manera general al modo de producción capitalista. No se trata de que aquí el capitalismo ha desarrollado las fuerzas productivas materiales de la sociedad de manera particularmente acelerada, poniendo a la clase obrera nacional en la plenitud de su potencialidad para tomar en su manos la aniquilación de este modo de producción. Por el contrario, se trata de que la acumulación de capital ha tomado una forma nacional específica que, lejos de llevarla aceleradamente más allá de su límite cualitativo, le impone un límite particular a su mera expansión cuantitativa y, con él, al desarrollo de su potencialidad histórica misma. De donde resulta que esta forma específica despoja a la clase obrera argentina de las potencias históricas que genéricamente le pertenecen en cuanto personificación directa del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. De ahí que la producción de la consciencia de la clase obrera argentina como condición para que ésta tome en sus manos la realización de sus potencias históricas, tiene en su base el reconocimiento de la especificidad en cuestión. Se trata de un paso ineludible en la acción política de la clase obrera argentina como expresión de sus intereses generales de clase.

Buenos Aires, marzo de 2002


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