Para una Biblioteca del Proceso

en Revista RyR n˚ 8

-I-

De dictadores, golpes y clandestinos

Por Guillermo Parson

El dictador

María Seoane y Vicente Muleiro

(Ed. Sudamericana)

              Ambos columnistas de Clarín: en el caso de la primera, ya con incursión en el relato político (Todo o nada sobre Roberto Santucho y El burgués maldito, biografía de Gelbard). Este trabajo fue un record de venta, lo que muestra la existencia de un público “avido” por conocer  nuestra historia reciente. Toda su fuerza argumentativa está apoyada en demostrar cómo un hombre en principio “apocado, con aparente falta de espíritu resolutivo” va derrotando a sus adversarios hasta convertirse en amo y señor de “vidas y haciendas”. No es casualidad, entonces, que el régimen instaurado en el ‘76, les merezca el mote de videlismo. Hacia el final del mismo ellos reconocen en una página las limitaciones que el grueso volúmen posee:

                   “Este libro ha buscado aproximar una lectura del pasado reciente a través de la vida pública y privada de su mayor protagonista (…) Se dejan ver dos grandes deudas: … un estudio pormenorizado de las responsabilidades del poder económico y del sector externo en el genocidio… Y otro sobre el comportamiento de la sociedad en su conjunto ante el autoritarismo armado.”

              Ya una sola de estas “deudas” bastaría para no incluirlo en un trabajo de tipo historiográfico, aunque si cumple una función: la difuminación del enfrentamiento social en la explicación de los procesos históricos, el manejo de conceptos que sirven a este propósito (los arriba citados son un buen botón de muestra) y la reivindicación de la democracia “a secas”, sin adjetivos, a la cual hay que preservar aún a riesgo de mantener ciertas desigualdades económico-sociales constitutivas de la misma. Y es precisamente allí en donde se encuentra el meollo del texto. Como ya dijimos no hay casualidades en la utilización de ciertos conceptos, y parafraseando a Althusser opinamos que no sólo no hay “lecturas inocentes”, sino tampoco escritos inocentes.

              Que el título sea El Dictador es otro perfecto ejemplo. Hay un permanente juego de contraposición en el texto, entre dictadura y democracia casi en un estado arquetípico. Precisamente lo anterior concuerda con lo dicho por una integrante de la academia, en una nota que lleva estos dos términos como título (Hilda Sábato, “No debemos confundir dictadura con democracia”, en Clarín, 29/3/01). La autora constatando el “malhumor social” (movilizaciones contra Lopez Murphy-Cavallo, escepticismo ante el sistema, etc.), llama la atención sobre la posibilidad de perder de vista la “distinción” clara de lo que es vivir en una dictadura y en una democracia, consagrando como inmodificable la división de “esferas”, la económica y la política, que caracteriza al capitalismo. No es caprichoso citar dicho artículo porque el mismo concluye con proposiciones y advertencias que son un calco de aquellas que Seoane-Muleiro enuncian recurrentemente:

              “Si no reconocemos las diferencias entre una y otra realidad corremos el peligro de ignorar los instrumentos legales e institucionales de que disponemos para luchar contras las graves injusticias de nuestra actual democracia y de caer así en la inacción, el cinismo o las soluciones mesiánicas”.

              Queda claro que nadie desde las ciencias sociales, y más aún, desde la mismisima vida cotidiana, puede (ni debe) ignorar aquella distinción. El problema radica en que cuando nos quedamos en la mera descripción de la forma de los fenómenos,  el contenido equivale a algo así como el “noumeno” kantiano, y así nos hallamos en la puerta del verdadero conocimiento. Y éste no es comprendido como lo que realmente es: una totalidad. Ya Marx le criticaba (entre otras cosas) a los economistas clásicos, buscar “el secreto” de las relaciones sociales en el marco de la circulación y el intercambio y no en donde verdareramente se hallaba: la producción. La escisión que el capitalismo introduce entre estado y sociedad civil, siendo esta última el area de conflicto que la esfera estatal arbitra y de alguna manera supera en el plano político. En este plano, en el político, es en donde el burgués, el obrero, el terrateniente, se convierten en ciudadanos, conformando así falsa dualidad sobre la cual descansa la reproducción (y la garantía) de las relaciones capitalistas.

              El trabajo entonces (y así lo explicitan sus autores tanto en el prólogo como en las conclusiones) apunta a obstaculizar el desarrollo del escepticismo hacia las instituciones democráticas actuales,  que en especial transita la pequeño burguesía, pues cuando eso ocurre (1975!) lo que puede aparecer a la vuelta de la esquina es la mano dura del terrorismo estatal. No es que pensemos que el escepticismo en si mismo es progresivo (¿acaso no es una de las figuras que adopta la conciencia en su recorrido de la experiencia, Hegel dixit?), pero lo grave es que éste se cristalice, cuando la única perspectiva que se le ofrece es la aceptación de las “imperfecciones democráticas” o la vuelta a cualquier tipo de genocidio. 

El golpe

Alberto Dearriba

(Ed. Sudamericana).

              Periodista de El Cronista Comercial, Página 12, Mercado, entre otros medios de prensa. El libro, en su introducción, realiza una petición de principios: “No fui ni soy neutral. Estoy del lado de los derrotados. Pero, desde ese lugar, busqué porfiadamente la verdad. No fue la labor de un historiador, sino la de un periodista que vivió los hechos.” (p. 9) Como se desprende de la cita, el enfrentamiento social está presente y constituye el centro de la explicación para desentrañar el objeto de estudio a investigar, y el investigador “toma partido”. Esto sólo ya lo pone por encima del texto anterior.

              Ya es un lugar común, afirmar que en cualquier trabajo histórico, problemáticas del presente “ordenan” el interrogatorio al pasado. Y tambien los proyectos políticos a los que el autor adscribe (explícita o implícitamente), subyacen en su desarrollo y exposición. Dearriba pregunta ¿por qué el golpe? y la constatación empirica le lleva a responder: la fracción más concentrada de la burguesía argentina (la financiera) consuma el golpe con el objetivo de implementar una nueva acumulación capitalista que requiere del disciplinamiento de la clase trabajadora (cuando no de su exterminio liso y llano). Al gobierno nadie sale a defenderlo y por eso el golpe es “simple paseo en helicoptero militar”. ¿ Por qué entonces se produce esto? Porque la alianza de clases nacional y popular que encarnaba el peronismo estalla por los aires ya desde la destitución de Gelbard y no se ha logrado recomponer.

              Hay dos esquemas teóricos que recorren el texto y que definen su matriz (claro que al no estar frente a un trabajo académico, éstos se hallan desdibujadamente expuestos). El primero es que al tratarse la Argentina de un país periferico en el orden mundial, su burguesía nacional tiene un rol progresivo por cumplir en alianza con el proletariado y los sectores populares: el de emancipar a la nación de la tutela foránea. El segundo presupuesto (muy en boga en la actualidad) es que la primacía de la burguesía financiera en el control del estado (según su propia caracterización), plantea la necesidad de un agrupamiento opositor que tenga al “capital productivo” y sus exponentes como principales referentes. Como lo expresa en la p. 83:

                “Las burguesías nacionales estan condenadas a ser expropiadas por la clase obrera o por el imperialismo y entre esas dos opciones me quedo con la primera -le había confíado Gelbard a un periodista… Este sector dirigente de la burguesía nacional  no tenía buenos contactos con los oficiales de las FFAA, que siempre eligieron codearse en los salones con los representantes de las grandes empresas, la banca y la oligarquía tradicional.”

              Se estudia el golpe para de él desprender dichos enunciados políticos propositivos. La conclusión es que el empresariado nacional al romper la alianza de clases que estaba en el gobierno y alinearse contra las fracciones de la clase obrera, no se da cuenta (observación que el autor realiza conociendo el resultado posterior) que “… les habían dicho que se terminarían los conflictos gremiales y la guerrilla, pero no que desaparecerian tambien sus empresas” (p. 281).Lo cual para Dearriba significa que haber participado de dicha fuerza social pro golpista, termina siendo su eutanasia social. En un sentido esto podría (y ojalá lograse) reinstalar el debate político en el mejor sentido ¨setentista¨ a través de la relectura del pasado. Señalar las insuficiencias de dichos planteos llevaría un desarrollo más profundo, que para nada desechamos, pero que supera los contenidos de estas líneas.

Diario de un clandestino

de Miguel Bonasso

(Planeta)

              A través de un cuaderno de notas hallado por el autor (ex parte integrante de la dirección de Montoneros y director del diario Noticias) continúa con el análisis que ya realizará en El presidente que no fue en el cual se ensalzaba la figura de Campora (del cual el autor fue secretario de prensa) y de su fugaz gobierno. Aquí entonces lo que tenemos en realidad es una fuente histórica, por alguien que participó directamente del desarrollo de la lucha de clases en los ‘70, como parte de un colectivo político militar que se postuló como conducción de una de las fuerzas sociales que se constituyeron durante el mismo. Si bien como cabe presuponer, aquí la matriz conceptual es casi idéntica a la de Dearriba, la lectura del Diario permite intentar pensar cómo la fuerza social en la que se halla la clase obrera, “demora” por así decir en plantearse una estrategia clara y convertirse en fuerza moral.

              Si leemos el texto con esta inquietud teórico-política, el documento puede abrir nuevas puertas a aquellos que deseamos investigar dicho período. Una afirmación me parece lo suficientemente gráfica: “… que ese es el punto vulnerable de esta guerra sucia. La ventaja que tienen ellos sobre vos: su absoluta falta de límites para vencer. Su definitiva renuncia a la condición humana” (p. 232).Asimismo, salvando la distancia literaria existente, el Diario se asemeja a Ese hombre y otros papeles personales, texto recopilado por Daniel Link, sobre notas y escritos dispersos de Rodolfo Walsh. En ambos es clara la “conversión” paulatina y no exenta de contradicciones de la pequeño burguesía intelectual o con pretensiones de serlo, hacia posiciones radicales y de alianza con sectores obreros.

              Si seguimos entonces al Marx de los trabajos históricos y el Lenin que evaluaba los resultados del 1905 ruso, dicho “pasaje” es uno de los elementos que conforman una situación revolucionaria. Aquí tambien la fuente que estamos comentando aporta al debate histórico: no son pocos (en especial en la izquierda académica) los que descreen en cuanto a que ese tipo de situación concreta se dió en la Argentina luego del Cordobazo.

              Decíamos al comienzo que las limitaciones contenidas en los trabajos comentados, presuponían una tarea. La misma, resulta perentoria: es tambien  misión de los historiadores marxistas, abordar la historia reciente. La “necesidad” de respuestas a preguntas del pasado cercano, no debemos dejársela sólo a periodistas (aunque siempre es bienvenida su intervención) sino que debemos tomarla en nuestras manos.

-II-

Prensa, clase y dictadura. De la descripción a la explicación.

Por Damián Bil y Lucas Poy

Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta

              En el contexto de un análisis histórico del Proceso de Reorganización Nacional, la participación de los medios de comunicación aparece como un problema de relativa importancia para la comprensión del fenómeno global. Tomando este punto como eje central, Decíamos ayer, de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, se propone, según la definición de sus propios autores, “indagar y testimoniar sobre la historia, el desempeño y el rol que jugó la prensa gráfica argentina desde fines de 1975 hasta la recuperación de la democracia”, en la interesante perspectiva de echar luz sobre el pasado reciente de los medios masivos de comunicación.

Características generales

El trabajo se divide básicamente en dos secciones principales, a partir de la explícita elección de los autores por la reproducción documental del material periodístico como forma de estructurar la exposición. Según ellos, de esta manera evitan “corromper”, “contaminar” el material y ofrecerlo al lector sin “traducciones”, si bien deben reconocer que la selección y el volcado de las fuentes son tareas que no escapan al orden subjetivo. Las primeras sesenta páginas, aproximadamente, consisten en una introducción a los principales ejes de la problemática, abordando tópicos muy variados y de distinto carácter en un conjunto de parágrafos temáticos que desarrollan los grandes temas y su línea argumentativa. La segunda parte del libro, muchísimo más voluminosa, está dedicada a una enorme selección de fuentes, tapas de diversos periódicos, artículos (donde abundan los de índole política y económica, aunque también se hacen presentes otros temas que revistieron una especial importancia funcional en el período estudiado, como el deporte), notas de opinión, citas y reportajes a personalidades, etc., que abarcan casi una decena de medios gráficos durante los años de la dictadura (como así también sus vísperas y los comicios de 1983); a lo que se agrega un interesante apéndice estadístico y también testimonial de la herencia económica del Proceso que, de alguna manera, completa y cierra la obra.

Abordaje de la problemática y limitaciones

A lo largo de la introducción, escrita exclusivamente por Eduardo Blaustein, se abarcan problemáticas complejas y de importancia desigual, en una exposición que yuxtapone temas muy diversos sin una interpretación demasiado definida. Las cuestiones de las “responsabilidades sociales” de los distintos “sectores” de la sociedad respecto a la dictadura en general y la que cabe a los medios gráficos en particular, son los temas recurrentes que propone Blaustein, pero el carácter superficial del análisis no termina de brindar esquemas de interpretación claros. Con respecto a los posibles “márgenes de maniobra” que podían manejar los medios y las diferentes estrategias que utilizaron frente a la censura militar, si bien se arriesgan ciertas líneas de explicación, no se profundiza un análisis estructural. Tras un breve repaso de las distintas tendencias que siguieron los diferentes medios durante la dictadura, Blaustein concluye que la “claudicación ética” que supuso la “omisión del horror” es la característica general que se desprende del análisis de la prensa durante la dictadura: las temáticas quedan como “cabos sueltos”, las primeras aproximaciones a enfoques potencialmente profundos rápidamente abandonadas, las preguntas sin respuesta, y los problemas sin resolver.

La forma que adopta el autor para encarar el problema es, desde el inicio, la gran debilidad del libro. El propio Blaustein reconoce que el texto “no pretende en absoluto ofrecer un análisis sistemático”, “no inventa nada nuevo”. Más allá de los cientos de páginas de presentación de material documental (selección que, de hecho, supone un determinado enfoque), el aporte de los autores se reduce a un breve comentario introductorio, donde se exponen las principales perspectivas de los mismos, pero sin ahondar en una explicación. Las características que elige para su desarrollo expositivo impiden a Decíamos ayer llevar a cabo lo que, supuestamente, se propone inicialmente: entender los resortes estructurales de la relación entre prensa y dictadura.

De la hemeroteca portátil al análisis de fondo

Analizar la relación entre los medios de prensa y el gobierno de turno implica, necesariamente, prestar atención a las relaciones de clase que caracterizan a una sociedad determinada. Si la intención es explicar el carácter del particular desempeño de los medios gráficos durante el Proceso, es fundamental desarrollar un análisis más amplio y tener en cuenta la función que cumple la prensa, como representante de una clase, en el sostenimiento de un sistema que asegura su dominación. En Decíamos ayer, Blaustein y Zubieta, por las propias características de su trabajo, rozan tangencialmente o directamente soslayan esta referencia al fenómeno estructural. Su libro, en consecuencia, se presenta como un intento de “mirar hacia atrás sin quedar petrificados por el dolor”, pero no puede superar su propia condición, obstáculo infranqueable, de “simple selección de los discursos más representativos”, sin profundizar una problematización del asunto. En una palabra, si bien se declaran partidarios de un análisis sistemático, los autores chocan con las limitaciones que les provoca la forma en que encaran el trabajo: describen, indagan, testimonian, presentan datos (y lo hacen bien), pero en ningún momento interpretan, responden, explican.

Las contradicciones se reiteran mientras se desarrolla el argumento: es llamativa la afirmación de una total desaparición de “vida periodística” en las redacciones, de una monocorde reproducción del palabrerío oficial, de una ausencia de pensamiento crítico o cuestionamiento de la realidad, que sin dudas impacta de frente con los hechos presentados luego por el autor, como ser las “preocupaciones humanitarias” o las distancias tomadas en relación a las políticas económicas que mantienen ciertos medios durante este período. El enfoque monolítico, generalizante, impide observar las divisiones en la propia clase de poder (que se verán reflejadas en las diversas líneas políticas al interior de la burguesía), suceso imprescindible para comprender las posturas de los diferentes medios.

Entonces las diferentes estrategias discursivas, posiciones frente al golpe, trayectorias de los medios, sus caracteres comunes y notas distintivas, no pueden entenderse sin atender a los intereses de clase que se esconden detrás de ellas y las generan. Los medios masivos no pueden concebirse como “actores sociales” que se encuentran más allá de la lucha de clases, sino como exponentes de una de ellas, la burguesía, comprometidos (por su propia lógica de clase) en la defensa de un sistema que garantice la reproducción de las relaciones sociales de producción vigentes. Las diferentes situaciones históricas, claro está, determinan las diferentes formas políticas que adquiere el capital para mantener su dominación, y la actuación de los medios masivos debe analizarse en relación con estas transformaciones. Las diferencias entre los medios de la dictadura y los actuales, oportunamente señaladas por Blaustein, el paso de “aquellos diarios oscuros y grises” a los actuales “llenos de color”, adquiere por tanto otra dimensión si en lugar de limitarnos a estudiar el “papel de la prensa” en una situación concreta como la última dictadura militar, nos disponemos a observar, en un nivel superior, las relaciones que caracterizan a la prensa burguesa dentro de una sociedad burguesa, como un componente especial de la lucha de clases. Un trabajo como Decíamos ayer, más allá de las intenciones con que haya sido elaborado, al ofrecer un enorme caudal de material documental y esquivar un análisis que intente explicar la naturaleza de las relaciones entre prensa y el gobierno militar (sin alcanzar un preciso nivel de problematización y, por añadidura, sin saldar los interrogantes que surgen en el desarrollo de la exposición), corre peligro de convertirse en una recopilación de anécdotas, un “servicio de hemeroteca a domicilio”, útil en tanto permite un acercamiento a la problemática de la cuestión, pero incapaz de avanzar más allá de la simple denuncia hacia un estudio de las relaciones sociales que son la base de todo análisis histórico.

              En cierta forma, quizás, Decíamos ayer llega hasta donde puede llegar un libro que apunta a ser comercializado masivamente en el actual mercado editorial. Se trata, después de todo, de tener en cuenta que lo dicho acerca de comprender a los medios masivos de comunicación como exponentes de la clase capitalista vale también para las grandes empresas editoriales. Y es así como, irónicamente, el componente que falta en el limitado análisis de los autores, permite a la vez entender las causas de su propia ausencia. En efecto, es evidente que la dominación del capital adquiere diferentes formas según las etapas históricas y la evolución de la misma lucha de clases, y que los mecanismos de control del pensamiento crítico también se transforman sustancialmente conforme al mismo patrón. Así como lo que “está permitido escribir” en los medios varía según las formas que adopte el régimen político que sostiene el capital, también el control de lo que “está permitido publicar” en el mercado editorial nos ilustra que tanto la coerción directa como la “falta de presupuesto” son mecanismos alternativos de la misma relación social de explotación: la del capital.

El libro de Blaustein y Zubieta es hasta cierto punto interesante, refresca hitos periodísticos, presenta datos y documentos remarcables a la hora de interpretar desde una matriz científica los medios durante el Proceso. Pero es de todo punto imprescindible avanzar más allá, en la perspectiva de un real análisis histórico que permita comprender y vincular con el movimiento general del capital los mecanismos fundamentales de la prensa en una sociedad de clases. Comprender cabalmente la realidad es la herramienta para transformarla.

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