Lo pasado, pisado – Ana Costilla

en El Aromo nº 86

1-de-cada-4-jovenes-adultos-lamentan-haber-escrito-mensajes-en-redes-sociales-alguna-vez-en-su-vida-e1375036410921Reseña de Garavaglia, Juan Carlos: Una juventud en los años sesenta, Prometeo, Buenos Aires, 2015.

El último libro de Garavaglia, historiador y ex militante montonero, es una apelación clara a la juventud para defender la democracia, evitar los excesos del pasado y recuperar el legado de los 70 “mesuradamente”: apoyando al kirchnerismo.

Por Ana Costilla (Grupo de Investigación de la Lucha de Clases en los 70 – CEICS)

Juan Carlos Garavaglia es un reconocido historiador, referente en los estudios del agro pampeano de los siglos XVIII y XIX. Sus trabajos sobre la economía colonial son de lectura obligada para cualquier interesado en el tema, y con ellos se forman todos los estudiantes de historia en la UBA. Con la autoridad que le confiere su trayectoria académica, recientemente ha publicado un libro que escapa a su labor historiográfica. Se trata de un balance personal sobre los años 70, en los que militó entre las filas de Montoneros. Dirigido a un público joven y universitario, donde específicamente tiene mayor influencia –no casualmente fue editado por el sello Prometeo–, Garavaglia escribe, con una prosa amena, cargada de anécdotas y acompañada de fotografías, sobre aquella juventud en la que intentó conjugar su profesión con la militancia en una organización político-militar. Su testimonio es, sin embargo, una crítica aguda a la militancia setentista y una invitación a plegarnos hoy a los gobiernos burgueses.

Miseria de un fundido

Los inicios de Garavaglia en la militancia, a los que dedica los primeros capítulos, traslucen la tónica general del libro: un balance que reniega de la militancia política. El primero de los argumentos que esgrime es la irresponsabilidad de Montoneros en la manera en que realizaba las acciones militares, dejándolas en manos de “auténticos perejiles”. ¿La prueba? Su propia experiencia personal. El autor considera que en aquellos momentos no estaba capacitado para empuñar un arma. No obstante, este balance choca contra otros elementos que él mismo pone sobre la mesa y que lo desmienten. Cuando él pidió su encuadramiento[1], en octubre de 1973, Montoneros se lo negó porque consideraba que le faltaba todavía bastante “para aceptar las serias obligaciones (…) había mucho que aprender antes de agarrar los fierros.”[2] No solo muestra cómo la organización examinaba las cualidades de una persona antes de incorporarla, sino que la asunción de tareas de mayor responsabilidad y riesgo se daba en forma gradual. Así, pasaría un tiempo en el que su rol se limitaría a “hacer de campana”, antes de realizar la primera acción en que se confiara en él para garantizar el traslado de compañeros a un operativo.

A la irresponsabilidad, Garavaglia añade, cuándo no, la ausencia de democracia interna, pues “como toda organización político-militar (…) no daba mucho campo a un auténtico intercambio de opiniones” (p. 32). Este cuestionamiento al centralismo como modo de funcionamiento, va de la mano con una caracterización de la militancia en general como una actividad “irreflexiva”: “es sabido como todo militante político, a cualquier nivel que sea, vive tragando sapos. Y eso va formando una especie de segunda piel, ésta termina acorazando al militante ante las dudas, para las cuales siempre encuentra alguna justificación.” (p. 62)

Estas afirmaciones no serían graves si se limitaran a lo que realmente son: un balance personal sobre su propia vida. Sin embargo, Garavaglia lo sindica como una característica propia de todo militante. No sorprende, es la operación típica de un fundido: creer que sus propias limitaciones (la incapacidad para llevar adelante una discusión) son extensibles a toda la militancia y que, en realidad, él es el único que se anima a señalarlo. Lo cierto es que, incluso si le concediéramos a Garavaglia que no existían canales de comunicación entre la dirección y las bases (algo que, de todos modos, debe demostrarse analizando los mecanismos organizativos de Montoneros), la organización tuvo importantes rupturas en la etapa (la columna Sabino Navarro, JP Lealtad, entre otras). ¿Qué significa esto? Que si Garavaglia hubiese tenido diferencias significativas y estas no eran oídas en la dirección, él podría haberlas hecho públicas y romper, alertando y salvando a sus compañeros de una conducción “irresponsable”. Otros lo hicieron. Si él no lo hizo, es porque acató esa dirección. Si acató una dirección que consideraba equivocada y peligrosa, el irreflexivo e irresponsable es él… Como veremos más adelante, tras esta crítica, se escondía una diferencia programática, que se evidenció más tarde cuando decidió abandonar la organización. Garavaglia hace extensiva su propia debilidad política –no reconocer esa diferencia y poder llevar adelante esa discusión- al resto de los militantes, sin comprender el abismo que lo separaba del resto. En realidad, lo que lo diferenciaba de aquellos otros militantes que para él tragaban sapos, era su falta de convicción del programa montonero.

Revolución de común acuerdo

El otro elemento importante que aparece en el balance sobre la militancia es la cuestión de la violencia. Garavaglia impugna la lucha armada de Montoneros. No lo hace, claro está, desde una preocupación estratégica. Carga las tintas contra la lucha armada por el hecho de que haya implicado matar o morir. Un razonamiento que lo conduce, incluso, a equiparar explícitamente el ajusticiamiento de Rucci con el accionar represivo de la Triple A (p. 62). En palabras del autor: “poníamos en peligro la vida de otros, (…) nosotros mismos nos habíamos puesto en la situación de morir o matar” (p. 33).

La cuestión queda reducida así a un problema “ético”, vale decir, una ética burguesa que se abstrae de la realidad violenta de la sociedad capitalista en que vivimos. A lo que asistimos en un proceso revolucionario como el de los 70 es a una disputa entre clases sociales, que tienen intereses antagónicos, y donde lo que está en juego es su reproducción y existencia misma. Eso necesariamente conduce a un momento de enfrentamiento militar, salvo que uno crea que las clases se suicidan sin dar batalla. Incluso las organizaciones políticas que no adoptaron la vía armada como estrategia, tenían claro el carácter violento de la revolución.

La ética burguesa reduce el problema a la forma de “asesinato” como acto individual. Esa operación está al servicio de la defensa de un orden social construido a imagen y semejanza de la clase que mata con hambre, miseria, ignorancia, y un largo etcétera. Mientras tanto, aquella militancia que expresó el acto más puramente humano, el de orientar de la vida personal en pos de la resolución de los problemas del conjunto de la humanidad, es tildada de irreflexiva, “traga-sapos”, carente de ética y asesina.

Finalmente, Garavaglia lo dice con todas las letras: espera que nunca más haya quienes piensen que para “cambiar el mundo” haga falta “hacerlo a los balazos” (p. 35). Llegado este punto cabría preguntarse si nuestro autor realmente deseaba la transformación social. Y si, como historiador, realmente entiende la naturaleza de la vida social de una sociedad de clases…

Una juventud reformista…

La militancia de Garavaglia dentro de Montoneros pasaba por el frente territorial en Bahía Blanca. En relación a ello, el autor recuerda cuando colaboró en una obra de tendido eléctrico, lo que le permitió “estar seguro que, si no lograba ‘transformar el mundo’, estaba a mi alcance, al menos, modificar algunas de las condiciones más duras que castigaban a los compañeros de los barrios.” Un reformismo filo-autonomista. Esto, a su vez, se conjuga con un marcado populismo: “no me asustaba el peronismo y conocía de bien de cerca lo que era un barrio popular y un ambiente obrero” (p. 54). Era su convicción que “no habría ningún futuro lejano afuera de los peronistas” (p. 115).

Este programa es el que explica su militancia en Montoneros. Y, aunque parezca paradójico, es ese mismo programa el que lo hizo entrar en crisis con la organización y defender a Perón en mayo de 1974, cuando se quebró la relación entre ambos. Lo que hizo mella en Garavaglia fue el hecho de que la postura de Montoneros no fuera comprendida en los barrios “porque era insostenible dentro del peronismo; en vida de Perón, no se podía estar contra él.” Quien dice esto habla de los que se “tragaban sapos” y no eran “democráticos”… A partir de allí la organización se habría sumido en un “creciente militarismo”, pasando la política a “segundo plano”. Esta crítica y distanciamiento es comprensible: Montoneros era el eslabón más débil del reformismo peronista y Garavaglia era, a su vez, un elemento de la retaguardia de la organización. Cuando esta se distancia de Perón, abriendo la posibilidad de un acercamiento a la fuerza social revolucionaria, nuestro autor se va por derecha: preservando la relación con el líder y defendiendo el “juego político civilizado” (p. 186), que no era más que el cauce institucional que Perón, y la burguesía de conjunto, buscaron darle al proceso revolucionario. Queda claro entonces, que existía una diferencia programática entre Garavaglia y Montoneros, que aparecía velada bajo la forma de “ausencia de democracia interna”, y que se hizo explícita cuando se agudizaron los enfrentamientos políticos.

…y una vejez kirchnerista

Finalmente, Garavaglia concluye que toda la experiencia de los 70 se reduce una cuestión “ambiente” en la cual se gestó una generación que entendió que la lucha armada era una opción, producto de la experiencia de dictaduras y autoritarismo. En cambio hoy, asistiríamos a un escenario completamente distinto:

“fueron necesarias muchas muertes y desaparecidos, (…) para llegar, cuarenta años más tarde, al primer ensayo de un estilo peculiar de peronismo sumado a un cierto progresismo de izquierda, con todo lo ambigua que esta calificación pueda parecer. Y ese experimento es lo que es; con toda sus limitaciones, sorpresas buenas y malas, triunfos y fracasos.” (p. 115)

Esta cita final hace evidente el objetivo político del libro. Una apelación clara a la juventud de hoy para evitar los “excesos” del pasado y recuperar el legado de los 70 “mesuradamente”: apoyando al kirchnerismo. Nos invita, como lo hizo en el 74, a conformarnos con las migajas que nos conceden los gobiernos burgueses frente a una amenaza revolucionaria. Una conclusión política lógica de un balance macartista, populista y de un fundido.

Notas

[1]Se conocía de este modo al ingreso orgánico a la organización.

[2]Garavaglia, Juan Carlos: Una juventud en los años sesenta, Prometeo, Buenos Aires, 2015, p. 49. A partir de aquí, todas las citas corresponden a este libro.

1 Comentario

  1. Excelente nota, lástima que estaba allí desde hace casi cuatro años y yo no lo sabía, con lo útil que me habría sido.
    Es que despieza y explica controversias recurrentes, con argumentaciones sólidas que me hubieran sido muy útiles las muchas veces que mis balbuceos fueron insuficientes. Desde ahora voy a llevar esta nota en el bolsillo, y cuando la necesite, ¡faaa!, la saco y le leo a mi contrincante la parte pertinente.
    Pero en algo tiene razón Garavaglia: sí, los militantes se la pasan tragando sapos —eso ya viene en el kit del partido, claramente— a tal punto que apenas si se dan cuenta.
    Cuando la dirigencia lanza una de esas directivas capaces de dejar al militante en condiciones estuporosas y catalépticas, normalmente ya baja acompañada de la explicación que la justifica. Es como si el chabón tomara un veneno al mismo tiempo que el antídoto; en tal caso, el sapo (de él hablamos) cursa sin los síntomas inherentes.
    A esto concurre, además, que el militante está bien predispuesto a lo que el partido decide: si no fuera así, no estaría allí.
    Garavaglia dice, bien, que el militante siempre encuentra alguna justificación a sus desbarajustes, y cómo no va a encontrarla si la tiene siempre a mano, y es inexpugnable: “…los otros son peores”.

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