Las cuentas y las tuercas. Tercera carta abierta a Jorge Altamira

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Por Eduardo Sartelli

En el último editorial de Política Obrera Altamira cuestiona la posición de RyR sobre el voto en blanco en las propias elecciones. Esa crítica encierra un problema más amplio, el del agotamiento histórico del trotskismo, por lo menos en la Argentina. La descomposición que vive la izquierda trotskista argentina, la fracción dominante de la izquierda en las últimas tres décadas, es expresión de problemas profundos de la corriente que se refiere al revolucionario ruso. En esta «Tercera carta abierta a Jorge Altamira», reflexiono sobre este tema. Ponemos a disposición la primera y la segunda carta abierta anteriores.

Jorge:

El último intercambio que tuvimos data de 2008. Trece años han pasado desde entonces y mucha agua ha corrido bajo el puente. Pero, el zorro pierde el pelo… Otra vez has vuelto a mencionar oblicua y despectivamente a Razón y Revolución. La última vez utilizaste como excusa un articulito de Tiempo Argentino no escrito por mí, pero, lamentablemente, con mi firma. Ahora, un posteo de un compañero nuestro, Fabián Harari, sobre el “votoblanquismo”. Un planteo “oblicuo”, como hemos dicho, cuya intención final desconozco, aunque algo diré sobre el final, y cargado de mala fe. Por empezar, porque esa es nuestra posición desde que vos, precisamente vos, perdiste la interna con Del Caño. “Perdimos”, debería haber dicho, porque en esa instancia nosotros participamos de la interna y fiscalizamos, a favor tuyo… Despectivo, como siempre lo hiciste, porque tu actitud sistemática hacia nuestra generosidad fue el ninguneo: “el grupo”, nos decís, utilizando el mismo apelativo que usan los dueños del llavero contra vos y tus compañeros, el “grupo de Altamira”. Todavía me acuerdo de ese congreso de tu ex partido en el que festejaste como logro político nuestra expulsión de la Asamblea de Intelectuales de apoyo al FIT. Te imaginarás, sin embargo, que, a mí, que entré al PO en una conferencia donde, contestando a tus posiciones frase a frase, perdí cinco votaciones seguidas 113 a 1 (literal), tus opiniones sobre nuestro trabajo me resbalan. Ya el solo hecho de que hable de “votoblanquismo” alguien que llamó a votar en blanco en Jujuy, solo porque no quería reconocer al partido del que dice ser tendencia, le quita toda seriedad a tu planteo.

La función de este texto no es, por lo tanto, llorar por las actitudes irrespetuosas de un padre ausente, sino, más bien, explicar por qué RyR no puede ser considerada ni hija, ni pariente siquiera, del Partido Obrero, del viejo o del nuevo, del “oficial” o de la Tendencia. Y la necesidad de esa explicación no es, tampoco, un ejercicio historiográfico que, probablemente, a nadie le interese jamás, sino porque es la ocasión de poner sobre la mesa el verdadero debate, ese al que siempre le escapaste, ese que te costó tu propio partido. No sería relevante tampoco la cuestión si ese debate solo tuviera como objeto tu lugar en la pequeña historia reciente de la izquierda, en un país cuya tradición revolucionaria se remonta al menos 150 años atrás y abarca todas las tendencias políticas mundiales que han existido. Es relevante porque tu “error” (y remarco: “error” y no “errores”) es común a casi toda la izquierda, en particular a esa cofradía hoy dominante que suele responder al apelativo “trotskista”. Es relevante porque, en eso seguro coincidimos, se vienen crisis potencialmente revolucionarias (y, por lo tanto, potencialmente contra-revolucionarias) y la izquierda no parece estar a la altura de la circunstancia. Es relevante, entonces, por lo que podamos corregir antes de que se desencadene la tormenta, por lo que podamos hacer para no terminar siendo parte del problema en lugar de parte de la solución.

Para terminar esta introducción, saquemos de lado lo pueril e innecesariamente mezquino: resulta que nosotros somos ahora parte de las huestes de Capitanich porque estuvimos con Castells… Jorge, Jorge… ¿Tengo que recordarte todas las ocasiones en las que “estuviste” con Castells? ¿Tengo que recordarte a Emerenciano Sena? ¿A Gumersindo Parajón? Caramba, Jorge, qué mirada selectiva. Lo peor, sin embargo, es que vos mismo estuviste en la ANT con Castells, no ya aquella, la gloriosa, la hija del Argentinazo, sino esta misma, esta pequeña y tozuda voluntad de recuperar nuestra propia historia. Porque, salvo que Eva Gutiérrez quiera mentir frente a los muchos testigos que podemos poner, la Tendencia no se incorporó a la ANT, ésta, la “menor”, porque, según sus propias palabras, no les quedaba claro cuál iba a ser nuestra actitud con el FITU. Dicho de otra manera, si íbamos a llamar a votar por ellos, como ya había anticipado el PRSA o, como hace, ahora, Convergencia Socialista. Cuando se te contestó, Castells incluido, que no teníamos nada pensado como ANT y que no correspondía a la ANT hacerse un planteo de semejante tipo, porque seguramente sería divisionista para un agrupamiento de lucha como el que queríamos construir, la vocación de la Tendencia por su propia historia, se desvaneció de golpe. Porque la ANT, esta, como aquella, tiene como pretensión reunir luchadores, gente que quiera darse un programa de lucha. Y las elecciones, sobre todo, estas, no constituyen un escenario importante de lucha hoy. Mañana, tal vez. Pero hoy no. Para nosotros, RyR digo, la tarea del momento es la construcción del partido en el seno de las masas, justo cuando las masas comienzan a repudiar al sistema político, cuando comienza una tendencia, muy incipiente todavía, pero visible, al “que se vayan todos” que es, incluso, mucho más general y abarca buena parte de América Latina. Claro, cuando Uds. escucharon eso, se fueron a buscar otra cosa: Manuela y su NMAS, un frente que duró lo suficiente para ilustrar sobre tu forma de hacer política y tu sinceridad a la hora de acusar a otros, Solano, por ejemplo, de “electoralistas”. Curiosamente, otra vez, ahora te acordás del episodio Castells y no recordás que, a la hora de haber posteado su foto con “Coqui”, ya había sido expulsado, con un comunicado escrito por nosotros que Política Obrera reprodujo tal cual…

¿No podrías haberte ahorrado esta payasada? ¿No pensabas que podíamos responder a tu exabrupto? ¿O querías que lo hiciéramos? Caramba. Para plantear un debate seriamente, no es necesario hacerlo de este modo. Bastaba un llamado, un temario acordado y un poco de publicidad. Si no querías plantear un debate, sino simplemente cubrir tu retirada del “Frente Manuela”, bastaba con retractarse y punto, decir, por una vez, una sola vez, “me equivoqué”, en lugar de seguir engañando a una tropa menguante con el mito de tu infalibilidad, mito en el que ya nadie cree. Te garanto que hubieras ganado mucha autoridad.

El punto ciego de una tendencia que se niega al auto-examen

Vamos ahora a lo importante. Entiendo yo que el problema que está detrás de esta cuestión es cómo se construye un partido revolucionario. Obviamente, eso supone que estamos de acuerdo en qué constituye, como tal, un partido. Supongo que sí, que podemos partir del punto común según el cual un partido es un programa. Pero ya aquí aparecen las diferencias: cómo se construye un programa. Para el trotskismo, el programa ya está escrito, la estrategia ya está definida, el marco en el que hemos de actuar ya se conoce y, por lo tanto, solo se trata de actuar. El programa es la “revolución permanente”, la estrategia es la insurrección proletaria mediada por la “constituyente”, la táctica es la contenida en el “programa” de Transición, la definición de la Argentina como semi-colonial y dependiente, es decir, carente de un Estado-nación completo, es el marco de la acción. En ese contexto, la participación electoral es un instrumento de agitación política. Como todo esto es vago y general y ningún trotskista se ha preocupado por “chequear” su adecuación a la Argentina, es decir, constituye un “kit” revolucionario comprado “llave en mano” o “listo para usar”, el resultado es la ausencia de un programa efectivo. Este es el punto de partida de todos los problemas y el único que vale la pena discutir, el único de todos tus errores que tiene relevancia: lo que el trotskismo llama su programa, no es tal. Toda la obra publicada por RyR demuestra esto, no voy a extenderme aquí más allá de algunos breves comentarios que resumen nuestras conclusiones:

  1. La Argentina no es un país semi-colonial ni dependiente, sus problemas no se derivan del imperialismo.
  2. La Argentina es un capitalismo desarrollado.
  3. En consecuencia, no hay tareas nacionales que cumplir.
  4. Como no hay tareas nacionales que cumplir, no hay tareas burguesas que realizar.
  5. No hay motivo alguno, entonces, para un “etapismo”.
  6. Como es un capitalismo desarrollado, no hay rémoras feudales o no capitalistas, luego, la alianza que prescribe el trotskismo con “campesinos” es imposible.
  7. Dado el alto grado de desarrollo de las relaciones capitalistas, la reforma agraria es una medida reaccionaria, igual que cualquier concesión a la pequeña burguesía “pyme”.
  8. Por esto, todo acercamiento al nacionalismo burgués, es decir, al peronismo, es una perversión de la política revolucionaria.

Si estas afirmaciones son correctas, todos los dramas del trotskismo se explican fácilmente: el trotskismo argentino no tiene programa, porque lo que pretende utilizar como tal, no se aplica a la Argentina. De nada sirve apelar al Programa de Transición, porque tal “programa” es, en realidad, un conjunto de recomendaciones sobre cómo actuar en una situación revolucionaria, la forma en que un partido puede encarnar en las masas en ese momento. No contiene, ni siquiera un verdadero planteo de poder, simplemente porque es un “manual” de tácticas. La “insurrección”, la “constituyente”, como la “guerrilla” o el “parlamentarismo”, son simples instrumentos estratégicos circunstanciales que, igual que las consignas tácticas de “transición”, no definen la especificidad trotskista. Su especificidad es la revolución permanente. Ese programa no sirve para la Argentina. De este error fundamental, se derivan todos los demás.

Como dijimos, la elección de ese programa no se hizo a través de un examen de la realidad argentina. No fue luego de un largo y concienzudo análisis de la estructura social, de la economía, de las relaciones de fuerza sociales, la historia política y cultural del país, que se llegó a esa elección. No. Se la adoptó como oposición a lo que se veía como problemático en la izquierda dominante en su momento, el Partido Comunista. Dicho de otro modo, es una de las consecuencias del obstáculo epistemológico constituido por el anti-stalinismo: si lo que hizo Stalin está mal, lo que promueven sus críticos, entre ellos, el primero y más importante, Trotsky, debe estar bien. Por más que se lo quiera disfrazar con algunos escarceos aquí y allá con la realidad concreta, el programa trotskista no brotó, en la Argentina, del análisis científico, no hubo aquí, nunca, ningún libro como El desarrollo del capitalismo en Rusia, de Lenin. Se trata de un acto de fe. Veamos las consecuencias de este error a la hora de intentar construir un partido revolucionario.

Las consecuencias de una actitud religiosa ante la realidad

En tanto su “programa” no encaja en la realidad en la que debe operar, en su práctica concreta, el trotskismo carece de programa o, mejor, posee un programa empírico y parcial, que no coincide con el planteo formal, un programa implícito, que obliga a quien lo defiende a torsiones propias de artista de circo para justificarlo cuando se lo contrapone con los textos “sagrados”. Dicho de otro modo, el trotskismo dice una cosa, pero hace otra, simplemente porque la realidad lo obliga. De esa tensión, brotan contradicciones a cada paso, pero allí está El Contorsionista, léase “la dirección”, para arreglarlas con un expediente simple: a esas contorsiones se las llama “capacidad dialéctica” y a otra cosa. El que no comprende que esas contradicciones son solo aparentes, “le falta dialéctica”. Como dijimos, mucho más serio sería chequear el programa “ideal”, que se declama inútilmente, con la realidad en la que debe operar, en lugar de bogar a la deriva en una empiria oportunista. Pero claro, ese “chequeo” implica un largo y penoso trabajo de investigación social, que ponga sobre la mesa las determinaciones básicas de la acción revolucionaria en nuestro país y todas las complicaciones que introducen determinaciones menores en todos los campos de la vida social. De lo contrario, sólo nos queda el famoso mago que resolvía sus trucos… a pura magia… Pero no, el trotskismo es perezoso, prefiere la papilla, a la ardua tarea de un asado criollo en pleno campo y sin carbón. O impaciente: no sabe adónde hay que ir, pero quiere partir ya. El resultado es la incoherencia sistemática. Esta es la primera consecuencia de esta carencia de programa: la incapacidad para justificar la acción.

Siendo una tradición política carente de un verdadero programa, por su incapacidad para examinar la realidad concreta (ahora veremos a qué se debe esto), todo debate “teórico” entre trotskistas se refiere siempre a los textos del santo fundador, amenizados, aquí y allá, con datos impresionistas que dan cuerpo a las pretensiones “teóricas” en cuestión. Es decir, en lugar de referirse a la ciencia, los trotskistas argentinos se encolumnan en la disputa talmúdica, en el principio de autoridad. Esta es la segunda consecuencia: la religiosidad como método.

Por eso la vida política de los partidos trotskistas está siempre ligada a la preeminencia de un caudillo, que interpreta los textos y cuya palabra es, entonces, sagrada. Cuando ese caudillo muere (como Moreno) o fracasa estrepitosamente en algún evento considerado clave, como la preeminencia en las listas de candidatos (como es tu caso), se pierde la autoridad que ordenaba las interpretaciones “correctas” y el partido estalla. Cuando observamos la disputa entre partidos que se supone tienen el mismo programa y que, en lugar de conformar uno solo, arman “frentes” inverosímiles (un frente se arma con gente que tiene otro programa, por definición), tenemos aquí, nuevamente, parte de la explicación: como no hay programa y como esa carencia se resuelve por relación a las “escrituras” mediada por la lectura oficial del caudillo de turno, todo debate entre partidos de izquierda es una conjunción de citas bíblicas y crítica mezquina, por lo general, estirada hasta constituir problemas de principio (como la tuya: “¡estuvieron con Castells!”). Todo para justificar la autoridad del “caudillo” o como se ha dicho recientemente, el “hombre-programa”. Esta es la tercera consecuencia de la carencia de programa propia del trotskismo: el caudillismo.

La cuarta consecuencia opera ya en el campo de la intervención práctica. Como eso que se propone como programa no es más que un conjunto de afirmaciones religiosas que no encajan en la realidad en la que tiene que operar, la política concreta de cada partido trotskista tiene que fundamentarse en otra cosa. Como no se tiene sino una postura religiosa, no es la ciencia la que ordena la política, sino un conjunto de impresiones momentáneas, carentes de toda coherencia y sin mayores fundamentos sustantivos, que brotan “de la cabeza” del caudillo, normalmente reflejando intereses inmediatos, más que una línea estratégica (posicionarse frente al resto de los partidos trotskistas, congraciarse con el peronismo, prepararse para las elecciones, llamar a la “unidad”, romperla, etc.). Esta falta de estudio de la realidad lleva a los partidos trotskistas a intervenciones incoherentes (como querer combatir al kirchnerismo al mismo tiempo que se les llena las marchas con más gente que el kirchnerismo puede movilizar), a combatir problemas imaginarios (como el de la “privatización educativa”), a adoptar un formalismo burgués innecesario (como tu apoyo a De Vido), o directamente, a plegarse a estrategias burguesas de contención de las masas (como la “constituyente”, tal cual sucedió en Bolivia, ahora en Chile, etc.). Obviamente, cuando queda claro que la línea elegida es errónea, rápidamente se cambia y se copia una nueva de otros agrupamientos (como hicieron uds. con nosotros con la “presencialidad”, entre otras cosas), sin reconocer errores y sin ponerse colorados a la hora de afirmar alegremente “nuestra posición fue siempre…” o “fuimos los primeros que…”, porque en última instancia, el elemento cohesionador del “partido” trotskista no es la tarea científica, sino el “hombre-programa”. Quizás el mejor ejemplo de este afán, muy stalinista por cierto, de cambiar el pasado al gusto del caudillo de turno, lo constituye la elevación de Pitrola a héroe del Cordobazo. Cuarta consecuencia, entonces: el dogma de la infalibilidad de la dirección.

Esta estructura armada en torno a un programa falso, que se adecúa empíricamente a la realidad a partir de las necesidades de posicionamiento político y de las impresiones inmediatas de la dirección, construye, tarde o temprano, una “forma” o “tradición”, una costumbre. Así, a lo largo del tiempo, cada agrupamiento tiende a desarrollar, debajo de ese programa general falso, de fachada, un programa implícito, que suele representar una tradición específica. Así es como podemos identificar dos grandes “tradiciones” en el trotskismo argentino actual (hay más, pero no son relevantes hoy): el morenismo y el altamirismo. Ambas dicen defender el mismo programa, el “programa trotskista”, pero, como ese programa no es operativo, en realidad, defienden programas reales diferentes. Son programas parciales, que se diferencian no tanto por el elemento más general e inútil, la revolución permanente, sino por la forma en que articulan los elementos estratégicos y tácticos en la práctica cotidiana. En función de esos elementos, se construyen estas tradiciones, en las que unos aparecen como más “oportunistas” y otros como “principistas”. Para unos el oportunismo será, en realidad, “flexibilidad” táctica, mientras que el principismo aparecerá como “sectarismo”; para los otros, a la inversa. Durante 40 años, ambas tradiciones se han acusado de una y otra cosa, en su disputa del Reino del Heredero de Octubre, pero lo cierto es que las diferencias entre uno y otro suelen ser mucho más matizadas. El altamirismo se aprovechó del estallido del morenismo, que dispersó todas las variantes posibles de su múltiple política en agrupamientos menores. Todos esos agrupamientos, sin embargo, mantienen un elemento común, la debilidad subjetiva en relación al peronismo en particular y a la burguesía en general. La claudicación del MST ante Juez no es muy diferente de la del NMAS y el PTS ante el kirchnerismo, solo que no se ha traducido en alianzas explícitas (por ahora) sino en algo tal vez peor, una adaptación programática. El altamirismo se caracterizó por una mayor resistencia en tal sentido, pero solo en términos de grado y hasta que las transformaciones internas del partido (que veremos más abajo) aprovecharon el vacío programático para desplegar un oportunismo mayor al que el “hombre-programa” había impulsado hasta entonces. Dicho claramente: el huevo de la serpiente anida en el trotskismo, por más que esta o aquella “tradición” pueda ejercer una mayor resistencia al oportunismo implícito en esta falta de principios. Eso explica que las campañas del FIT bajo la égida del PO altamirista no se diferencien tanto de las comandadas por las huestes de Del Caño. El motor de esta “diferenciación” entre “tradiciones” no es una interpretación demasiado distinta de la realidad, sino la competencia entre personales políticos que se disputan el mismo espacio político. Por eso, se trata siempre de un juego de espejos: cada uno adopta la posición que le conviene en relación al otro. Durante el predominio morenista, el PO se definió como su opuesto; durante el predominio altamirista, el PTS hizo lo propio con el PO. Ahora, es claro que vos, Jorge, estás tratando de fundar la Tendencia con la misma estrategia, contra el PO oficial, que no es más que una mala copia del PTS. No se trata de cuestiones profundas, sino de simple disputa de aparatos. Esto explica, en parte, las dificultades de la “unidad trotskista”: hay programas reales diferentes, no existe la tan mentada “unidad programática”, y cada uno de esos “programas” es la expresión de los intereses particulares y momentáneos de un aparato en disputa con otros. De un aparato que no mira la política general y las necesidades de la clase obrera en primer plano, sino las del aparato mismo. La quinta consecuencia es, entonces, el sectarismo.

Está claro que estas diferencias, que solo pueden considerarse programáticas si se toma como tal el encadenamiento de tácticas cotidianas que distingue a cada corriente, no se corresponden con las líneas generales del programa “explícito”. El resultado es que, según le vaya en la contienda, este programa implícito, práctico, empírico, tiende a generar, sobre todo si tiene un relativo éxito, una base dentro del partido, una base que se va a reproducir materialmente a partir de esa nueva situación creada por el giro de la fortuna. En consecuencia, no solo aparece un nuevo programa cotidiano, justificado casi siempre a la manera de la diferencia entre el programa “máximo” y el “mínimo” del juanbejustismo, sino que surge, escondido a la militancia, una nueva meta, un nuevo objetivo para el partido, que ya no es la revolución socialista. No es casual, por lo tanto, que cada dos por tres, camadas enteras de “las bases”, abandonen sus partidos con la convicción de haber sido “traicionados”. El aparato dice perseguir la revolución, pero en realidad, persigue su propia reproducción. Para eso, seguirá siempre la línea política que le permita reproducirse como tal, porque su objetivo es el aparato mismo y su burocracia. La concentración en todos los ámbitos en que haya “caja”, en particular, las elecciones, termina siendo la mejor forma de garantizar la reproducción de esa burocracia. Entonces, el objetivo real de la lucha ya no es la “revolución” sino la retórica de la revolución que esconde una práctica vergonzante reformista.  Digo “vergonzante” porque, como diría el viejo Bernstein, no se animan a parecer lo que son. Sexta consecuencia: el oportunismo.

Este oportunismo explica en parte las dificultades de la unidad “trotskista” y la necesidad de un “frente”: tienen que armar un frente porque el trotskismo es apenas una cáscara cuyo contenido envuelve prácticas muy disímiles, incluso, como les gusta decir a los trotskistas, “opuestas por el vértice”, desde los que terminan en el ERP hasta los que cierran sus ciclos vitales como embajadores del menemismo, todos son trotskistas, o, lo que es lo mismo, ninguno lo es, porque simplemente no existe algo llamado “trotskismo”. Tienen que armar un frente, porque son partidos con programas distintos, vergonzantes, pero distintos. Pero, al mismo tiempo, se necesitan, porque cuando el oportunismo se mezcla con la necesidad de “caja” y esa caja es la democracia burguesa, nace el parlamentarismo. A la hora de las elecciones habrá que deponer las disputas, pero no silenciarlas. Deponerlas, porque si no se corre el riesgo, sobre todo desde la aparición de las PASO, de perder la caja. No silenciarlas, porque la disputa ya no es por la caja en sí, sino por el porcentaje que le toca a cada “partido”, lo que depende, en última instancia, del lugar que ocupen sus candidatos. Cada víspera electoral es, entonces, una batalla por las bancas, no importa qué principio haya que tirar por la borda. Séptima consecuencia: el cretinismo parlamentario.

La octava consecuencia de la falta de programa del trotskismo es la pérdida completa de capacidad de orientación política frente a la coyuntura. No conociendo de primera mano el país en el que quieren hacer nada menos que una revolución, los trotskistas plantean alianzas absurdas, incumplibles por completamente imaginarias: ¿con qué “campesinos” se construirá la “alianza obrero-campesina” que dicta la revolución permanente? Esta tontería alimenta no solo ilusiones disparatadas (como la de una “reforma agraria”, demostrando que, o no se sabe qué es la reforma agraria o no se conoce el campo argentino), orienta políticas no menos disparatadas (como los trotskistas que apoyaron al “campo” contra el kirchnerismo) o lleva a la parálisis completa frente a una crisis política (como, otra vez, durante el conflicto “del campo”, los que, como el PO y el PTS, decretaron “ni con el campo, ni con el gobierno”, sin saber indicar con quién, ni hacia dónde, ni para qué). Es obvio que, en este último caso, lo que paralizó a los posteriormente socios del FIT fue su caracterización del chacarero pampeano como algo que, si no es, se parece al “campesino”, por la cual, lo único que retuvo la tendencia natural pro-chacarera que impone la “permanente”, fue la alianza que la FAA trazó con la Sociedad Rural, como si la primera necesitara a esta última para ser una organización burguesa nefasta. Como de la claudicación ante el peronismo hablaremos más abajo, no me extenderé más en este punto. Octava consecuencia: la desorientación política.

La novena consecuencia es, claramente, la concentración del trotskismo en la lucha sindical, que es lo que aparece como menos complicado en términos programáticos, en tanto es un desprendimiento del Programa de Transición. No obstante, su obsesión por la lucha “anti-burocrática” desvía los verdaderos objetivos que un partido revolucionario debe buscar en la lucha sindical, a saber, construir el partido, en la medida en que su accionar en las bases se mueve por reivindicaciones inmediatas, sin ningún intento ni instrumento para politizar esas bases, a las que solo se les habla de política como “política electoral”. Dicho de otro modo, a las bases la política del partido se les presenta como política burguesa. Novena consecuencia: el sindicalismo.

Visto esto, la pregunta que sigue es: ¿por qué el trotskismo carece de programa? ¿Por qué no puede hacer el esfuerzo de dotarse de un instrumento tan imprescindible? Se podría decir que la ausencia de un programa preciso es un resultado lógico de la estructura de partido-caudillo, es decir, de la existencia de “hombres-programa”. Pero en realidad, va más allá. Los trotskistas, en general, suponen que la conciencia socialista brota de la propia práctica, por un lado; que las masas no necesitan ninguna conciencia desarrollada, que alcanza con esa conciencia desarrollada en el partido. Dicho de otra manera, las masas sabrán, en su momento qué hacer, que, en última instancia es sencillo: elegir a la dirección correcta, que es el motor real del proceso. Después veremos cómo se constituye esa dirección. Décima consecuencia: el espontaneísmo.

Esta concepción sobre el proceso revolucionario, que no necesita de un proceso de preparación ideológica de las masas, lleva también a que el propio partido carezca de una formación política seria. Consecuentemente, el partido trotskista carece de escuela de cuadros, carece de una política cultural, carece de un sistema de medios propagandísticos (incluso, cuando este existe, no está al servicio del desarrollo del programa, sino de la ilustración de esas tesis genéricas, que, por su labilidad, pueden ser vehículo de las ideas más diversas y una claudicación ante la ideología burguesa). Está claro que, para el trotskismo, la función del partido no es educar a las masas (puesto que eso lo hará la “práctica”) sino, en todo caso, saber interpretarlas y mostrarse consecuente con sus reclamos, en espera de la “traición” de sus direcciones burguesas. Cualquier intento de discutir esta concepción es considerado “intelectualismo” pequeñoburgués o, también, “gramscismo”. Undécima consecuencia: el adaptacionismo.

En la medida en que no hay nada que hacer, porque el programa está escrito, lo que pueda faltar lo agrega el “hombre-programa” y a la clase obrera no hay que educarla, los intelectuales son poco menos que enemigos molestos, gente que pretende discutir minucias. Por lo tanto, la política hacia el mundo intelectual es puramente manipulatoria, destinada a utilizar “figurones” en el momento en que hace falta publicidad (las elecciones) y un camino por el cual se establece una alianza con la burguesía, sobre todo, con la pequeña burguesía. Así, cualquier intento de entender la cultura obrera, de formar una cultura proletaria, es decir, de combatir la ideología burguesa, es caracterizado como “stalinismo”, porque la política “trotskista” es dar “a los intelectuales” lo que no se le puede dar a la clase obrera: la “libertad”. El resultado, el partido desprecia la tarea intelectual y a los intelectuales. Como ya te expliqué esto en las dos cartas anteriores, no me extenderé sobre el asunto. Mejor hablemos de las perspectivas que los trotskistas tienen en la Argentina, es decir, qué creen que es posible hacer y hacia dónde quieren arrastrar a su clase obrera, no sin antes anotar la duodécima consecuencia: el anti-intelectualismo.

Para el trotskismo argentino, la revolución socialista no es posible en la Argentina. No solo porque el país tiene todavía que completar sus tareas burguesas (que, dicho sea de paso, nunca queda claro a qué se refieren concretamente por esto, salvo vaguedades sobre Malvinas o, en el colmo del delirio petesiano, la existencia de “naciones” oprimidas aborígenes), sino porque no cree que la revolución pueda triunfar en un país sin hacerse inmediatamente universal. Es decir, no hay posibilidad alguna de “socialismo en un solo país”, entre otras cosas, porque no tiene ninguna definición concreta de “socialismo”. Luego, no tiene nada que proponer a las masas, salvo negativas (“no a esto, no a aquello”) y medidas completamente descolgadas de la realidad, ya sea porque ya se han hecho y están en funcionamiento (la “nacionalización” del comercio exterior, entelequia que los gobiernos burgueses resuelven con las retenciones), son banalidades (como la “estatización” de una banca que en la Argentina no existe y lo que queda de ella es un apéndice del Estado), resultan indiferenciables de cualquier programa burgués reaccionario (los “créditos” a las pymes), o terminan por ser un simple reflejo nacionalista peronista (como la idea de que el problema es el FMI). La imposibilidad de pensar la revolución como un hecho nacional (“por su forma”, diría Trotsky) los incapacita para presentar un programa completo y coherente de transformación del país. Pero es peor, porque esa incapacidad se traduce en otra: no hay cómo explicar a las masas hacia dónde queremos que nos siga. Se les pide, de nuevo, un acto religioso. Décimo tercera consecuencia: el milenarismo.

Si no tienen un programa, si no creen realmente en una revolución socialista, si su actividad es básicamente el sindicalismo, ¿cuál es la definición más correcta del trotskismo “real”? Básicamente, el trotskismo es un laborismo radicalizado. Esto puede parecer un exceso, pero ¿qué es una corriente que se concentra en la lucha sindical y propone un “gobierno de trabajadores” para realizar tareas “burguesas”? De allí el privilegio a la lucha electoral y el discurso democratista difícil de distinguir del peronismo, salvo por las posiciones culturales más conservadoras de este último. Con el kirchnerismo la cuestión es más difícil todavía, porque cultiva una imagen precisamente opuesta a ese conservadorismo. Pero es un laborismo radicalizado inútil, porque pretendiendo representar al bolchevismo, los trotskistas se auto-castran, no creen posible gobernar el país sin la revolución mundial. Tampoco saben para qué sirven las bancas conquistadas en el proceso electoral, a las que no se les da ningún uso serio, a lo sumo como apoyo del sindicalismo. Décima cuarta consecuencia: la impotencia política.

Si este es el programa real, ¿cuál es la perspectiva política de los trotskistas en la Argentina? El punto más importante es su carencia de vocación de poder. Se dirá que es falso, pero, ¿qué se puede pensar de una tendencia que solo puede agitar consignas burguesas como la “constituyente” con la que todas las burguesías latinoamericanas han frenado todos los procesos críticos? En la vida real, la izquierda trotskista solo aspira a superar las PASO e incorporar uno o dos diputados en el Congreso. Dicho de otro modo, es una izquierda puramente testimonial. Lo cual es lógico, porque si su programa no tiene que ver con la realidad, si su estrategia no puede reunir la alianza que considera imprescindible, su programa de gobierno es poco menos que un saludo a la bandera y su objetivo final no es más que un conjunto brumoso de fantasmagorías, ¿a qué otra cosa que a una concejalía en Calamuchita pueden aspirar? Testimonialismo, la décimo quinta consecuencia.

Teniendo en cuenta que el santo al que rezan considera que la Argentina es un país dependiente, una semi-colonia, no es extraño que todos los problemas del país sean leídos como consecuencia de una relación externa, más que de la explotación local del trabajo. Así, la burguesía local es ignorada, encubierta y, en más de un caso, embellecida. No solo eso, hasta apoyada. Se encuentra aquí la raíz del apoyo de prácticamente todo el trotskismo a Leopoldo Galtieri durante la guerra de Malvinas, con la excusa de que el enemigo “principal” es el imperialismo. Está claro que este concepto, “imperialismo”, reemplaza el de “explotación” y que explica absolutamente todo. La obsesión de los trotskistas con la deuda externa y el FMI nace de aquí. Esta es también una fuente de la claudicación sistemática ante el peronismo, porque Abelardo Ramos no salió de la nada. Décimo sexta: el nacionalismo.

Por último, por ahora, porque tela para cortar todavía queda, para cerrar esta parte, ¿qué tipo de partido real forman los trotskistas? Sin programa, sin escuela de cuadros, sin un estudio de la realidad sistemático y permanente, un partido trotskista es, básicamente, “Mascherano y diez más”. Es decir, un agrupamiento en torno a un caudillo cuyas cualidades intelectuales y experiencia política lo constituyen en un “centralizador” natural de un grupo de seguidores. Estos se desarrollan sin ninguna formación más que el seguimiento de las directivas del “hombre-programa”. Los que adquieren alguna autoridad partidaria, porque logran dirigir una huelga, un sindicato, una universidad, un barrio, etc., se transforman en “cuadros” y acceden a la “mesa casi redonda”, es decir, el CC del partido. Forman una élite, la “dirección” y su peso allí es proporcional a la base que lograron construirse. Cualquiera que haga sombra al caudillo, corre peligro. No hay una estructura dinámica de renovación e incorporación, de rotación de funciones. Dicho de otro modo: lo tuyo, Jorge, no es un partido, es un “grupo”. Lo era antes y lo es ahora. El PO oficial es otro “grupo”, solo que con más de una cabeza, más “nivelado”. El PTS es otro “grupo”, cuyo centro permanece oculto, como sucede con el NMAS, porque ambos dividen la tarea de dirección por un lado y la de exposición pública por otro, por necesidades electorales e imposición del desarrollo biológico que aleja del electorado a todo aquel que no dé el Phisique du rol del/la joven/a con los que la “juventud” pueda identificarse (y votar). Deberías haberte dado cuenta de esto… Décimo sexta consecuencia: imposibilidad de construir el partido.

Con esto hemos llegado al fin de nuestro recorrido, que simplemente señala que sin un programa correcto, adaptado a las necesidades del marco concreto en dónde va a desarrollarse el drama, no hay forma de que las cosas terminen de otra manera que como las estamos viendo hoy. Estas anotaciones son más o menos válidas para cualquier partido trotskista, porque básicamente es una estilización de las experiencias concretas que hemos visto en nuestro país desde los años ’30. Enfoquémonos en el caso que vos más conocés.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Seguramente, una de las cosas que más de uno podrá decir es que esta perspectiva puede ajustarse a la actualidad, pero no a los años ’80 y ’90. Como debiera quedar claro ya, el núcleo del problema no está sino en el punto de partida: el trotskismo no puede construir un partido porque no tiene programa. Y no tiene programa porque es, más que una perspectiva científica sobre la realidad, una secta religiosa (igual que el maoísmo o el guevarismo, por supuesto, pero ellos no importan ahora). Lo que cambió después del Argentinazo, es que esa izquierda que era completamente marginal, encarnó en una fracción de la clase obrera y consiguió un electorado. Nació allí una “nueva izquierda”, que no se dio cuenta de sus nuevas perspectivas hasta la creación del mecanismo de las PASO. Cuando esto sucedió, simplemente se desarrolló lo que ya estaba contenido en el origen. Me explico.

Con el Argentinazo aparecieron, para la izquierda que logró cierto volumen, un mecanismo de financiación muy importante: los recursos económicos que aportan cajas ligadas a las posiciones conquistadas. Los planes sociales y las “fotocopiadoras”, es decir, la “caja” universitaria. Quienes tuvieron éxito en ambos frentes, conquistaron fuentes de ingresos insospechados una década antes. Es el caso del PO. De tu PO. El caso del PTS es parcialmente distinto, porque sus recursos tienen más que ver con una herencia y algunas inversiones afortunadas. Algo similar se puede decir del MST. Con esos recursos creció la masa de rentados de un modo muy notable, lo que contribuyó a separar a la dirección de la base y a constituir pequeños feudos. Los “principados” organizados en torno a la universidad y al movimiento piquetero, se constituyeron en poderes independientes que ya no necesitaban al caudillo, a menos que el caudillo pudiera tener su propia base: el control de las finanzas provenientes de otras fuentes, o bien, resultar la cara pública que rendía frutos materiales gracias a la participación electoral. Las “finanzas” electorales se convirtieron en un dato muy notable con la constitución del FIT y la conquista de bancas, nuevo espacio “principesco” para reclutar seguidores propios. Pero si el caudillo no controla las finanzas provenientes de otras fuentes y basa todo su poder en su capacidad para abrir la llave de la canilla electoral, una derrota bastará para condenarlo. Creo que sabés de qué te hablo.

Es obvio que tu derrota frente a Del Caño facilitó el ascenso de los dueños de las cajas. En su momento, criticamos la decisión de ir a las PASO por una razón sencilla: otorga a la retaguardia la primacía sobre la vanguardia. El partido se ve sometido a la presión de quienes no lo construyen y toda una construcción política se somete al albur de cualquiera que quiera votar “en la interna”. Ya le había pasado a Zamora frente a Vicente. Personalmente, adelanté la victoria de Del Caño, apoyándome en este argumento. Es más, frente a la posibilidad de ruptura del FIT, señalé que era necesario romperlo. Pero no, la presión por la unidad es muy fuerte, porque la caja electoral mantiene a mucha gente, directa o indirectamente. Es la base del cretinismo parlamentario.

Ese cretinismo se desarrolla más a medida que se consolida el aparato electoral. Al punto que el programa que ya estaba implícito como programa real, empieza a hacerse explícito sin reconocerlo. Se hace campaña pensando en el voto y en torno al voto todo debe ser suspendido o supeditado. Así, el discurso del Frente y su política misma ceden ante el clima reinante, es decir, ante el kirchnerismo: ya no se habla de clase obrera ni de socialismo ni de revolución. Ahora hay “jóvenes”, “mujeres”, “juventud”, “disidencias”. Se entra así en la política posmoderna, en la desesperación por el cupo trans, la ley de identidad de género, el cambio del registro sexual en el DNI, etc. Ahora vemos incluso a conspicuos (y conspicuas, vos sabés de quiénes te hablo) sexistas insoportables hablar en “inclusivo”. Por supuesto, están los campesinos y los “originarios” y, no podía faltar, el nacionalismo llevado al ridículo. El PTS hizo punta con esto, el PO lo sigue, por ahora sin mucho éxito, y el NMAS lo ejemplifica mejor que nadie. Por esto, digo de paso, tu alianza con Manuela no es una simple “contravención”. Junto con tu llamado al voto en blanco contra el PO oficial en Jujuy, es la demostración más palmaria de que este sayo a vos también te cabe. Y no sorprende, porque tu propia campaña electoral antes de la derrota, cuando eras la cara del FIT, era tan lavada y carente de todo principio como las que vinieron después, solo que, con menos imaginación y más descaro.

Esta debacle está inscripta en una tendencia cuyo punto de partida es la carencia de un programa. No es un rayo en un cielo sereno. De hecho, ya teníamos varios antecedentes, en particular, uno muy cercano, el del MAS de Zamora. Zamora, un buen hombre asqueado por este tipo de prácticas, sacó la conclusión equivocada: el problema es el partido. Y no. El problema es qué partido. El problema es la constitución de organismos que reúnen a gente la mayoría de ella muy valiosa, pero en torno a una mitología fundante sin más perspectiva que la lucha por la lucha misma (en su etapa “romántica”), que termina desembocando en lo que acabo de relatar apenas pinta la oportunidad. En ese punto, aparecen los desencantados, los fundidos y los que, sintiéndose traicionados, intentan el salvataje por la vía de “volver a las fuentes”, hasta que la fuente se revela no muy distinto de lo derramado. Creo que tu desesperada intervención contra quienes no pueden hacerte sombra (por ahora) revela que algún torpedo pegó bajo la línea de flotación: la Tendencia no tiene razón de ser, simplemente porque no es muy diferente del PO oficial. Seguramente, con un conjunto militante más valioso, pero también con una dirección que se encamina a construir lo mismo que critica. Si sos capaz de dar estas volteretas, como criticar por electoralista y posmoderno al PO oficial para ir a las elecciones con Manuela, o denostarnos a nosotros por “votoblanquismo” en el mismo momento en que vos mismo llamás a boicotear al partido del cual te reclamás “tendencia”, es obvio que no podés justificar la ilusión de muchos compañeros honestos que vieron en el episodio de tu expulsión una cruzada por el “trotskismo verdadero”. En parte, porque no sos muy diferente de los que dirigen el PO “oficial”, entre otras cosas, porque al PO “oficial” lo construiste vos. No vino una camada de arribistas desconocidos que te arrebató las llaves de la noche a la mañana. Es la dirección que vos creaste, gente que te acompañaba desde hace veinte, treinta y hasta cuarenta años.

Tuviste muchas advertencias de lo que estaba pasando y las desoíste. Para conocimiento de los eventuales lectores de esta misiva, en la página de RyR y en La línea de sombra vamos a dejar, concentrados en un apartado, todos los textos de nuestra crítica al FIT y las dos “cartas” anteriores a esta. Pero la función de esta intervención no es cargar las tintas sobre tu persona. Porque, como se ha visto, la crítica va dirigida a todo el trotskismo, no a Jorge Altamira. Sigo pensando lo mismo que pensaba en aquellas cartas anteriores, en particular, considerándote muy por encima del resto de los trotskistas argentinos. Lo que ha cambiado es que todo el trotskismo ha bajado mucho en mi consideración, de modo que esa apreciación simplemente significa que sos lo mejor de algo que no vale mucho, políticamente hablando. Remarco “políticamente”, porque, personalmente hablando, estoy convencido de que buena parte de la masa humana más valiosa de este país se encuentra en los partidos que aquí critico, sobre todo en su base militante. Pero ese no es el problema, las personas. De buenas personas sin programa está pavimentado el camino del oportunismo político y el fracaso revolucionario.

¿Qué es Razón y Revolución?

Un partido. Ayer, limitado a la teoría y la propaganda, que defendía en el terreno de la agitación al PO y al PTS. Hay testimonio de esto. Los apoyamos y defendimos. Cuando se armó el FIT, lo militamos incluso después que nos echaron y de que vos mismo te jactaras de eso. Todavía en 2015 hicimos campaña por vos. Porque teníamos la esperanza de que el FIT pudiera transformarse en un contenedor de fuerzas partidarias que diera lugar al debate y, a través de ello, a la construcción de un programa. Esperanza vana. Como dijimos ya en 2011, el FIT no era más que una mala cooperativa electoral, que iba a terminar como terminó. Está escrito. Batallamos por el FIT, por la esencia de lo que podría haber sido. El triunfo del PTS selló esa posibilidad. Entonces, en RyR pensamos que ya no podíamos aspirar a ingresar a un partido en debate con otros compañeros. Porque ese partido, no solo no existía, sino que iba para un lugar completamente distinto. Resultó, entonces, necesario pensarnos a nosotros mismos en tareas de agitación, es decir, de desarrollar las otras partes componentes del partido. En eso estamos desde 2017-18. Cuando te sacaron las llaves, nos ilusionamos con la posibilidad de una vía de acción común, habida cuenta de una serie de caracterizaciones compartidas. No con un proceso de unidad partidaria, eso es imposible, porque la Tendencia no tiene programa y nosotros sí. Porque la Tendencia es “Mascherano y diez más” y nosotros somos un partido. Chico, minúsculo, débil, pero un partido.

El problema es que no se puede establecer un curso de acción común con quién tiene la política propia de un barrilete, un barrilete cuyo hilo que lo controla se tensa y se afloja con el ritmo electoral. Era tu gran oportunidad de quedarte con todo el “trotskismo verdadero”: hubiera alcanzado con negarte a ir a elecciones y hacer caso a tu propia caracterización de la etapa, esa que señala que se viene una crisis que nos lleva camino al “que se vayan todos”. Hubieras marcado una ruptura radical con el cretinismo parlamentario y te hubieras mantenido al margen de la charca en la que se revuelcan todos los trotskistas que forma eso llamado “FITU” y sus alrededores. Pero no, no pudiste resistirlo. Supongo que, en parte, porque quisiste “delcañar” a tu propio partido, es decir, apelar a la retaguardia contra la vanguardia en las PASO, esas que repudiabas y que ahora reivindicás. Que te quede claro: nada me gustaría más que ver a Solano morder el polvo y que la Tendencia supere al PO oficial. Pero, aunque tal cosa sucediera, está mal. No sería una victoria política, de programa, dada de cara a la vanguardia, sino un éxito publicitario aupado por los que “votan”, es decir, deciden por los que construyen un partido, sin construirlo.

Vamos a votar en blanco, claro. Porque no hay nada que votar. El solo hecho de que la Tendencia se presente, y del modo en que lo hace, indica que no hay que votarla, que es más de lo mismo. Seguro pensarás que esta correspondencia que te envío es la consecuencia propia de la actividad de un carroñero, que pretende quitarte militantes, votos, o lo que sea. No, Jorge, no. Para entrar a RyR hace falta un esfuerzo doble: primero, abandonar el trotskismo y luego, recién después de abandonar el trotskismo, aprehender el programa “erreriano”. No nos mueve la cosecha de militantes trotskistas, simplemente porque no queremos trotskistas en nuestras filas. No por algún prejuicio de tipo stalinista, sino simplemente porque no somos trotskistas. Porque el problema, Jorge, no sos vos, ni Miriam o Nico, ni el Pollo o Giordano, ni Vilma, ni Néstor o Romina. Ni siquiera, Gabriel. Ni siquiera Manuela. No. El problema es esa ilusión milenarista que se niega a auto-examinarse, esa ilusión con la que hay que ajustar las cuentas y apretar las tuercas. El problema es el trotskismo. Si querés discutirlo, ya sabés: dónde quieras, cuando quieras, como quieras.

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6 Comentarios

  1. Vamos a señalar algunas cosas punto por punto.
    1. La Argentina no es un país semi-colonial ni dependiente, sus problemas no se derivan del imperialismo.
    2. La Argentina es un capitalismo desarrollado.
    3.En consecuencia, no hay tareas nacionales que cumplir.
    4.Como no hay tareas nacionales que cumplir, no hay tareas burguesas que realizar.
    5.No hay motivo alguno, entonces, para un “etapismo”.
    6.Como es un capitalismo desarrollado, no hay rémoras feudales o no capitalistas, luego, la alianza que prescribe el trotskismo con “campesinos” es imposible.
    7.Dado el alto grado de desarrollo de las relaciones capitalistas, la reforma agraria es una medida reaccionaria, igual que cualquier concesión a la pequeña burguesía “pyme”.
    8.Por esto, todo acercamiento al nacionalismo burgués, es decir, al peronismo, es una perversión de la política revolucionaria.

    Estas afirmaciones no sé si se hace de manera tendenciosa o ignorante, pero Argentina se encuentra en una deuda con el FMI, es decir que todos sus esfuerzos irán al pago de la deuda (o al menos eso pretende que se crea en los sectores del proletariado) convirtiendo a Argentina en una deudora anclada a los intereses de la burguesía internacional.
    Al mismo tiempo, muchos de los gobiernos que operan en Argentina no tienen autonomía política, es decir que necesitan del imperialismo para poder seguir sosteniendo sus fuerzas políticas, una de las manifestaciones de esto es, como dije anteriormente, el sometimiento a la deuda contra el FMI.
    Es decir que todavía quedan tareas nacionales porque la Argentina no es un país políticamente autonomo, no obstante, en una revolución el proletariado deberá abordar estas tareas que quedaron postergadas ya no a modo de estado capitalista burgues, si no a modo de fuerza transformadora y superadora en un gobierno socialista de los trabajadores.

  2. Sos un ignorante de primera, por no decir que sos un pelotudo importante, ¿por qué pide deuda la burguesía? Analiza las consecuencias, pero no las causas que llevan a que la Argentina a pedir constantemente deuda. Te olvidas de analizar la estructura económica del capitalismo argentino. Empíricamente la falta de autonomía de planteas no tiene sustento, la dictadura militar le vendió granos a la URSS y así hay varios hechos donde la burguesía local tiene capacidad de decisión sobre los destinos del país.

  3. siempre pensé que la aparición del fit producto de las paso era una unión electoral que unía más espantos y miedos a quedarse sin las dadivas del estado. la idea de que ¨después del Argentinazo, es que esa izquierda que era completamente marginal, encarnó en una fracción de la clase obrera y consiguió un electorado¨me parece brillante. el desperdicio por parte del fit de esta posibilidad ha sido criminal. Luego, la idea de que tambien con el Argentinazo aparece para la izquierda una fuente de financiación que genera un número de rentados importante y que va a determinar una separación entre las direcciones y las bases de los partidos de izquierda, pregunto, no determina un alto grado de burocratización de esos aparatos? Algo que es molesto es no dar nombres ni razones: de que se habla cuando se dice que :¨El caso del PTS es parcialmente distinto, porque sus recursos tienen más que ver con una herencia y algunas inversiones afortunadas. Algo similar se puede decir del MST.¨ la ferreteria del PO, por ejemplo? De este tipo de cosas se refiere. Igualmente leer al profesor siempre me da la sensación de que el día que reconozca que se equivocó en alguna apreciación o que le pifió en tal o cual caracterización le va a pasar lo que le pasaba a los alienigenas contra los que luchaba david vincent. saludos.

  4. VOY A VOTAR A DEL CAÑO Y DEL PLA, PERO SIEMPRE PENSE QUE VA A PASAR EN EL PAIS, ESTO GANE EL QUE GANE , ESPERO DE CORAZON QUE EL FITU SEA TERCERA FUERZA, PERO GEOPOLITICAMENTE ,AQUI VAMOS A TENER UN LIO TREMENDO….. SI NO HAY PROGRAMA , PUEDE SER UN PROBLEMA TOTAL……. ME SIENTO DE IZQUIERDA, COMO NUNCA MILITE NO TENGO ESOS PROBLEMAS, PERO SI LA IZQUIERDA NO TIENE UN RUMBO DEFINIDO …… NOS BARREN A TODOS POR EL AIRE…. BUENO DICEN QUE ES MAS DIFICIL VIVIR QUE MORIR….

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