La gota que rebalsó el vaso. Sobre la violencia policial y la crisis en Estados Unidos

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El asesinato de George Floyd, un afroamericano de 46 años residente de la ciudad de Minneapolis en manos de la policía indignó a una porción importante de la clase obrera norteamericana. La detención se produjo en un comercio de la ciudad, luego de Floyd intentara pagar con un billete de 20 dólares falso. A las pocas horas comenzó a circular un video de la detención, donde se observa cómo la policía lo mantiene unos 10 minutos en el piso con la rodilla del oficial haciendo presión sobre el cuello, cortándole el ingreso de aire. En el video se observa a Floyd gritando “No puedo respirar”, pero sin embargo la policía continuaba con la violencia. Floyd fue llevado al hospital, donde murió a las pocas horas.

Las protestas comenzaron el martes en Minneapolis y fueron rápidamente reprimidas por la policía local. Sin embargo, esto no amedrentó a los manifestantes, que continuaron movilizándose los días siguientes, expandiéndose, incluso, a la ciudad gemela de St. Paul. El jueves fue el día en que el video de Floyd alcanzó su mayor alcance y desató la ira de la población. La movilización se dirigió hacia la oficina de policía local y la prendieron fuego. Hubo ataques a comercios aledaños y movilizaciones a la sede municipal. Como respuesta, el alcalde demócrata, Jacob Frey, declaró un toque de queda de tres días a partir del viernes a la noche y pidió refuerzos a la guardia nacional. A pesar de ello, los manifestantes se mantuvieron en las calles.

Las protestas se extendieron a otros estados. En California, un grupo de personas cerraron calles en la ciudad de Los Ángeles y rompieron los vidrios de autos de la Patrulla de Caminos del Estado. El viernes, la policía detuvo a 533 personas en las protestas y el sábado, el alcalde Eric Garcetti declaró el toque de queda. En este mismo estado también hubo protestas en Oakland y un policía fue asesinado de un tiro.

En Louisville (Kentucky) hubo bloqueo de calles, ataques a la policía y a la estatua de Luis XVI frente al Ayuntamiento. Como respuesta, hubo una fuerte represión, 7 personas terminaron en el hospital con heridas de bala. En Louisville la policía mató en el mes de marzo a Breonna Taylor, una mujer negra y aspirante a enfermera. Taylor fue asesinada de ocho balazos en su departamento en el cual la policía se encontraba ejecutando una orden de allanamiento. Una situación de represión similar ocurrió en las protestas en Denver, con la salvedad que no hubo heridos.

En New York la policía arrestó a 70 manifestantes en Union Square. A pesar de ello, las protestas continuaron y otras 200 personas fueron detenidas hoy. En Columbus (Ohio) los manifestantes entraron en el edificio municipal rompiendo todo a su alcance y tuvieron que dispersarlos con un equipo SWAT. El alcalde Andrew Ginther declaró el toque de queda para hoy.

En Phoenix (Arizona) la policía declaró que la protestas eran ilegales, pero los manifestantes se negaron a dispersarse cantando «No puedo respirar». La policía reprimió con balas de goma y gases lacrimógenos. En Huston también hubo movilizaciones, con un saldo de 137 detenciones.

Filadelfia (Pensilvania) es otra de las ciudades donde se extendió la protesta y las refriegas con la policía. Al igual que en otras ciudades, el alcalde demócrata Jim Kenney respondió con represión y toque de queda para el sábado a la noche. En Atlanta, la alcaldesa demócrata Keisha Lance Bottoms, aplicó la misma política.

Las protestas no terminaron allí, también se registraron manifestaciones en Albuquerque (Nuevo México), Cincinnati y Cleveland (Ohio), Chicago (Illinois), Pensacola y Miami (Florida), Newark (New Jersey), Indianapolis (Indiana), (Des Moines) Iowa, Milwaukee (Wisconsin), Washington DC, Denver (Colorado), Austin (Texas). Además de los ataques a la policía, varias de las protestas se dirigieron hacia los ayuntamientos, sedes del gobierno municipal y, por último, a las mismísimas puertas de la Casa Blanca. La represión se cobró la primera muerte en Detroit, cuando un manifestante fue asesinado de un disparo el día sábado.

La respuesta estatal no solo abarcó la represión y el toque de queda. Ante la crisis, los cuatro policías vinculados al hecho fueron desplazados de la fuerza y se acusó a uno de ellos de asesinato en tercer grado. Esto impulsó aún más las movilizaciones. Una acusación de asesinato en tercer grado significa que se hizo “sin intención” y, por lo tanto, reviste de una condena menor.

Es clara la complicidad estatal en este punto. Testigos señalan que la policía tuvo a Floyd entre 8 y 10 minutos en el piso, con la rodilla de uno de ellos en el cuello, incluso aunque el detenido no puso resistencia y durante los últimos 3 minutos su cuerpo se encontraba flácido, ya sin oxígeno.  

Trump solo atinó a criticar a los manifestantes y cruzar a los demócratas por su incapacidad para controlar las protestas y ofreció sacar a la Guardia Nacional en los territorios más conflictivos. El ofrecimiento fue aceptado en varias ciudades, donde se desplegaron efectivos adicionales y una violenta represión. Es decir que, tanto demócratas como republicanos coinciden en que el orden debe ser restablecido de cualquier forma, cueste lo que cueste.

Contra la violencia policial, el particularismo no es una salida.

Ante este panorama, el conjunto de la izquierda y de las organizaciones de DDHH se ocuparon de denunciar el racismo y la violencia policial. Sin embargo, estas denuncias parciales dejan de lado a la represión como política de Estado y son solo la punta del iceberg de un problema mayor. 

En Estados Unidos hay, anualmente, hay más de mil muertes en manos de la policía. Si tomamos los datos de 2019 solamente, fueron asesinados 307 blancos, 235 negros, 158 hispanos y hay 202 personas donde no se identifica raza. Una tendencia similar se repite años previos. Esto muestra, por un lado, que la represión policial abarca toda la sociedad. Por otro lado, si consideramos que la población negra representa solamente el 13% de la población norteamericana, es claro que esta fracción es la más perseguida.

Esta situación fue advertida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2018 donde analiza los distintos aspectos de la discriminación racial, tanto en las instituciones policiales como judiciales y el uso excesivo de la fuerza como política de estado

Otra muestra de ello es que el policía acusado de asesinato, Derek Chauvin tenía un largo historial de abusos, incluidos tres incidentes de disparos, alrededor de 13 quejas y dos cartas de reprimenda todos ellos fueron cerrados sin disciplina. Aun así, fue galardonado con la Medalla al Valor del departamento por su servicio en 2009. Es decir, el Estado no solo avala la represión, sino que también la glorifica.

Un segundo elemento para analizar son las movilizaciones. Se trata de un movimiento de protestas importante que abarca las principales ciudades y que movilizó a una porción de la clase obrera. La mayoría de ellas fueron convocadas por organizaciones de DDHH como Black Lives Matter, The Gathering for Justice y Mass Action Against Police Brutality, bajo la consigna del fin de la violencia policial y la persecución a los negros.

Cabe destacar que se trata de una fracción de la clase obrera profundamente afectada por la crisis y agravada por la pandemia. La movilización se convierte así en una forma de liberar la tensión acumulada contra el conjunto del Estado burgués. Muestra una tendencia de las masas al levantamiento y a un intento de respuesta ante la crisis.

Sin embargo, la política particularista encapsula la lucha. En particular, porque se olvida que el Estado reprime al conjunto de la clase obrera, tanto en las movilizaciones, como cuando se asesinan a otros obreros inocentes o cuando se impone el toque de queda. No es la primera vez que ocurre un levantamiento de estas características en el país. Tal vez el que más repercusión tuvo fue el del taxista Rodney King, apaleado por la policía de Los Ángeles en 1992. La violencia policial desató una insurrección en la ciudad que fue apagándose a medida que avanzaban los días.

Por lo tanto, para darle continuidad al movimiento, es necesario abandonar el particularismo y pedir una solución para el conjunto de la clase. La consigna central debería ser el fin de la represión estatal, la organización de una comisión obrera independiente que investigue todos los casos de violencia. Pero lo más importante es que se pueda desarrollar una centralización de todas las luchas a nivel nacional para hacer frente a la crisis y dar una respuesta obrera. El problema no es solo el color de piel, el problema también es de clase.

Razón y Revolución

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