La burguesía de Chávez. Quiénes se beneficiaron del boom petrolero con Chávez

en El Aromo n° 105

El principal problema de la economía venezolana no es el imperialismo o una supuesta guerra económica, sino la clase social que la gobierna. La burguesía venezolana es improductiva en cualquiera de sus ramas, excepto la petrolera, por lo que solo se reproduce como una asociada del Estado. Toda la pelea entre Maduro y la oposición se reduce a qué fracción de la burguesía se queda con la renta petrolera.

Por Nicolás GrimaldiGrupo de Análisis Internacional – CEICS

A la hora de hacer un análisis de la economía venezolana reciente, llegamos rápidamente a una conclusión: el chavismo no realizó ninguna modificación a la estructura económica histórica de Venezuela, sino que consolidó las variables que ya venían desarrollándose. Si observamos el gráfico número 1, veremos la relación existente entre las exportaciones del sector público y las del sector privado así como también el origen de las mismas.

Fuente: Elaboración propia en base a Banco Central de Venezuela

Lo que nos muestra el gráfico es que el Estado venezolano es, por lejos, el principal exportador, en una relación promedio de 88,9% respecto al sector privado. Dentro del propio sector público, el peso de las exportaciones petroleras es del 96,5% mientras que las exportaciones públicas no petroleras representan solo el 3,5%. En el sector privado, la relación es inversa, ya que mayoritariamente ha exportado producciones de origen no petrolero. Este dato es muy interesante, y permite señalar una serie de cosas. En primer lugar, el crecimiento de las exportaciones en relación a la década anterior, acompañado por el boom del precio de petróleo. En segundo lugar, este crecimiento de exportaciones se acentúa con la sanción de la Ley de Hidrocarburo y la conformación de empresas mixtas con PDVSA. En tercero, que el Estado ha sido prácticamente el único apropiador de dólares en Venezuela, ya que el rol del sector privado es más bien marginal. En cuarto, que a pesar de récord de exportaciones y de precios, el Estado no utilizó esos recursos para ramificar su producción, incluso se profundizó el peso de las exportaciones petroleras frente a las industriales.

Ahora bien, quedando en claro que el Estado fue el principal apropiador de renta vía exportaciones de petróleo, y que la misma no fue a parar a un intento de desarrollar la industria, ni bajo control de la burguesía ni mucho menos bajo control obrero, la pregunta es quién fue el gran beneficiario de este nuevo boom petrolero ya que tampoco sirvió para elevar significativamente las condiciones de vida de las masas. Si observamos el gráfico número 2, veremos la relación existente entre las importaciones públicas y petroleras.

Fuente: Elaboración propia en base al Banco Central de Venezuela

Lo que vemos, es que la dinámica no fue que el Estado venezolano utilizaba las divisas ingresadas vía petróleo para importar alimentos, medicinas, autopartes, y todo lo que se necesite a través de compras públicas. Lo que sucedió fue todo lo contrario, ya que el principal sector importador fue el privado, representando el 69,3% de las importaciones, mientras que el sector público importó el 30,6%. La particularidad es que la relación entre las importaciones se mantuvo estable bajo el chavismo y acentuó la tendencia que se había producido en la década anterior. Incluso, ni siquiera en pleno auge del chavismo con la adhesión masiva de las masas, avanzó en modificar esta relación.

Esta situación sirve para cuestionar la explicación del chavismo de la crisis a partir de una “guerra económica” del imperialismo”. El Estado que controló casi el 100% del ingreso de divisas, aún en su momento de crisis. Y se las entregó al sector privado. O sea, a la burguesía. Ahora bien, ¿qué importó ese sector? Principalmente, productos de consumo intermedio, básicamente partes para ensamblaje, representando un 34,4% en promedio, y solo un 19,7%, en promedio, corresponde a productos de bienes de consumo final como alimentos o medicinas. El 14,6% corresponde a bienes para la formación de capital fijo. El Estado, por su parte, importó principalmente elementos petroleros de consumo intermedio, mientras que solo el 4,3% corresponde a importaciones públicas no petroleras de consumo final y el 7% a consumo intermedio. En lugar de utilizar los ingresos de la renta petrolera para garantizar la reproducción de la clase obrera, el chavismo, en su auge y en su crisis, con Chávez y con Maduro, se dedicó a sostener el negocio de la burguesía venezolana, transfiriendo renta a través de la sobrevaluación cambiaria. Este esquema, a su vez, le arroja un déficit en la balanza comercial de 112 mil millones dólares con EE.UU. para el período 1998-2014, y de 42 mil millones con China.

Tampoco ha modificado la relación de la distribución de los ingresos petroleros, ya que entre 2004 y 2012, se destinaron 173.547 millones de dólares a misiones y programas sociales, y 180.567 millones se entregaron con tasa preferencial a unas 10.000 empresas, de las cuales 100 concentran casi la mitad de las divisas. De esas, 63 son privadas extranjeras, y 25 privadas nacionales.[1] Menos aún se avanzó en una expropiación de la burguesía nacional. Según el último censo económico, realizado por el gobierno en 2008, el sector privado se constituía de 439.985 empresas, el 93,23% del total del país, donde el 55% corresponde a la rama del comercio, 25% a servicios, 6% a medicina, y 6% a industria.[2] Es decir, más del 80% de la economía se dedica al sector “terciario”, y el grueso de la producción manufacturera corresponde al envasado o ensamble de partes. O sea, en Venezuela no se produce nada.

Esto que vemos se produjo porque el chavismo no se propuso eliminar a la burguesía, sino organizarla y colocarla bajo su control. En Venezuela, quien maneja el petróleo, controla vida política, económica y social. A su vez, se da la particularidad de que a partir de la nacionalización de la industria petrolera y la creación de PDVSA en 1976, es el Estado quien controla la renta petrolera. A diferencia de Argentina, donde la renta agraria está dividida en 80 mil burgueses rurales, la renta petrolera está concentrada en el Estado. Si históricamente el Estado utilizó los recursos petroleros para beneficiar a la burguesía tradicional, nucleada en FEDECAMARAS, el chavismo se volcó por otra fracción en particular: la boliburguesía. Esta fracción aparece organizada principalmente en FEDEINDUSTRIA, constituyéndose en proveedora de PDVSA o del Estado en general, vendiéndole por ejemplo alimentos para las redes de asistencia social PDVAL o MERCAL.

El principal problema de la economía venezolana no es el imperialismo o una supuesta guerra económica, sino la clase social que la gobierna. La productividad del trabajo venezolano históricamente se ha ubicado muy por debajo de los países rectores, siendo por ejemplo tres veces menos que la productividad de Japón, EE.UU. o Alemania.[3] Incluso, queda rezagada en comparación con países con una industria no tan importante como la automotriz Argentina. La burguesía venezolana es improductiva en cualquiera de sus ramas, excepto la petrolera, por lo que solo se reproduce como una asociada del Estado recibiendo los dólares para importar desde maquinaria hasta alimentos. El chavismo solo cambió a una fracción por otra como socia. Toda la pelea entre Maduro y la oposición se reduce a qué fracción de la burguesía se queda con la renta petrolera. Por eso insistimos, una vez más en que la clase obrera es la única que puede proponer algo distinto. Alimentos, medicinas, viviendas, todo eso abundaría si los recursos petroleros se hubiesen encontrado en manos de los obreros, en lugar de sostener a un puñado de parásitos.


[1]Cálculo realizado en base a los informes anuales de PDVSA y Comisión Nacional de Administración de Divisas

[2]“IV Censo Económico. 2007-2008”, Instituto Nacional de Estadísticas, marzo, 2010,

[3]Delgado, P: “El rezago de la productividad industrial en Venezuela en perspectiva mundial. Renta petrolera y la deuda externa como mecanismo de compensación”, Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, 2018, N° 24, pp. 37-57.

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