En Chile, que se vayan todos. Sobre las elecciones presidenciales y las perspectivas de la clase obrera

en Aromo/El Aromo n° 120/Novedades

Este domingo, Boric y Kast se enfrentan en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Chile. En medio del desplome de los partidos tradicionales, la población es llamada a elegir entre la nueva expresión del progresismo y el supuesto exponente del pinochetismo. Una vez más, los medios y sectores de la izquierda encendieron la alarma ante la amenaza «fascista», apoyando la candidatura del dirigente progresista. El impulso de esta nueva fuerza, que ya se había observado en la conformación de la Asamblea Constituyente, terminó demostrando el problema que representa la dirección reformista que se impuso sobre movimiento que estalló en 2019. Frente a estas dos alternativas supuestamente antagónicas, es urgente que los trabajadores chilenos se delimiten de ambas variantes, construyan su propio partido e intervengan con una política socialista.

Martín Pezzarini

Grupo de Análisis Internacional (GAI)

La crisis política y la primera vuelta

En octubre de 2020, la población chilena fue convocada para la realización del histórico Plebiscito Nacional. En esta instancia, se decidió el inicio de un proceso constituyente y, al mismo tiempo, se determinó que el tipo de órgano que redactaría la nueva Constitución sería una Convención Constitucional conformada enteramente por miembros electos, sin la participación de quienes entonces integraban el Congreso. El abrumador apoyo a favor del cambio constitucional (78%) despertó un entusiasmo generalizado, especialmente notable en el progresismo y la izquierda, quienes abonaron la lectura de que el país se estaba volcando masivamente a las urnas para rechazar el neoliberalismo y el régimen pinochetista. Desde esta perspectiva, el movimiento iniciado con las protestas de 2019 contenía una profunda vocación democrática y reformista. El largo descontento de la población se expresaba en la búsqueda de ampliar la participación política y el intento de conquistar nuevos derechos. Siguiendo la misma línea, en mayo de este año, ante los resultados que arrojaron las elecciones de convencionales constituyentes, se destacó el triunfo que había cosechado la supuesta izquierda, los candidatos independientes y las comunidades indígenas. La proclamación de Elisa Loncón como Presidenta de la Convención Constitucional y, poco tiempo después, la victoria de Gabriel Boric en las internas del frente Apruebo Dignidad, sellaban un giro progresivo en la política nacional e iniciaban una etapa marcada por la «renovación» de los viejos partidos.

Con todo, fue suficiente que pasaran unos pocos meses para que esta lectura muestre su falta de consistencia. El 21 de noviembre, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, José Antonio Kast se impuso frente al resto de los candidatos, incluyendo al propio Boric, quien quedó en segundo lugar por una diferencia de 140 mil votos (2%). El triunfo de Kast, representante de la supuesta ultraderecha («neoliberal», «fascista», «pinochetista», entre otros calificativos que el progresismo utiliza), vino a echar por tierra la idea de que la política chilena estaba virando hacia la izquierda. Las elecciones demostraron que la crisis iniciada en 2019 sigue abierta, y hasta ahora, el principal afectado ha sido el personal político tradicional. El electorado ha decidido apoyar a figuras que, si bien no son ajenas al sistema político, han ganado presencia y reconocimiento nacional hace poco tiempo. Los principales candidatos no se han construido en oposición al sistema, pero emergieron y se impusieron por fuera de las coaliciones que venían gobernando Chile en las últimas décadas. Entre los principales competidores, el personaje que presentó un carácter más disruptivo fue Franco Parisi, no porque representara un programa distinto, sino porque su campaña estuvo orientada contra el conjunto de la política tradicional. Pese a que los votos reunidos fueron insuficientes para llegar a la segunda vuelta, consiguió superar el apoyo obtenido por Sebastián Sichel y Yasna Provoste, los dos principales exponentes de los viejos partidos.

Para comprender qué fue lo que realmente expresaron los resultados de las últimas elecciones, es necesario prestar atención al proceso de mediano plazo, evitando caer en las explicaciones simples que impone el progresismo y que la izquierda compra sin cuidado. En primer lugar, como hemos mencionado, los comicios pusieron de manifiesto que la crisis política abierta en 2019 aún no se ha cerrado. Es cierto que las movilizaciones han registrado un notable reflujo, pero la distancia entre las principales fuerzas y el electorado no se ha salvado. Las dos variantes que hace décadas venían alternándose en el poder quedaron en tercer y cuarto lugar. En conjunto, las coaliciones «Chile Podemos Más» y «Nuevo Pacto Social» ni siquiera alcanzaron los votos que, individualmente, reunieron las fuerzas que pasaron a segunda vuelta. En relación con las últimas elecciones, los agrupamientos que encabezaban Sebastián Piñera y Michelle Bachelet perdieron 2,2 millones de votos, una drástica erosión del apoyo electoral, especialmente considerando la baja participación que convocan los comicios. Este cambio de preferencias electorales no deja de ser limitado, puesto que, en términos políticos, los programas que pasaron a segunda vuelta siguen siendo los mismos de antes ¿Acaso Kast representa una alternativa sustancialmente diferente a los gobiernos de Piñera y a la reciente candidatura de Sichel? Tampoco Boric se distingue claramente de la vieja fuerza progresista. La crisis política ha provocado el desplazamiento de antiguas fuerzas y el impulso de otras. El descontento de la población se expresó en un contundente rechazo hacia los viejos partidos, pero ello no fue suficiente para evitar la reedición de un drama muy similar al que ya conocemos.

Pese a que la situación haya recuperado cierta estabilidad, no dejan de ser llamativos los elementos que expresan la fragilidad de este equilibrio y la anomia política en general. Por un lado, desde hace años, son conocidos los bajos niveles de participación que registran los comicios. En la última década, la mitad del electorado (o más) ha decidido no participar de las sucesivas convocatorias que tuvieron lugar, incluso cuando las alternativas en cuestión fueron sumamente simplificadas, como en el Plebiscito Nacional, cuando solo había que optar si se aprobaba o no un cambio constitucional. Esto demuestra la dificultad de la burguesía para sostener un régimen sobre bases sólidas y su incapacidad para encolumnar a la clase obrera detrás de un partido. Por otro lado, en sintonía con este punto, el importante lugar que han ganado las candidaturas «independientes» constituye otro síntoma de la anomia política, toda vez que el electorado termina votando a personalidades, caudillos y figuras públicas cuyo reconocimiento nada tiene que ver con la militancia partidaria y la defensa de un programa preciso. A modo de ejemplo, vale recordar las últimas elecciones de alcaldes, en mayo de este año, cuando este tipo de candidaturas obtuvieron 1,8 millones de votos, lo cual representó el 28% del total, más de lo que recibió cualquier otra fuerza. Así, compitiendo por fuera de las coaliciones tradicionales, los «independientes» lograron ocupar 105 de las 345 alcaldías que integran el país. Estos elementos expresan el frágil equilibrio sobre el cual descansa el régimen político, una dinámica que no ha cambiado luego del estallido de protestas y todas las maniobras en torno al proceso constituyente

En segundo lugar, las elecciones presidenciales también pusieron de manifiesto que el resultado del último Plebiscito Nacional solo había sido una cáscara que guardaba poco contenido. El 80% de los votos en favor del cambio constitucional carecía de significado, toda vez que, tiempo antes del Plebiscito, la mayoría de los partidos del régimen hizo campaña para promover la reforma, incluso aquellos que no integraron las negociaciones iniciales. Con algunas pequeñas diferencias, todos ellos sostuvieron que los problemas de la población chilena tenían su origen en la vieja constitución. Por lo tanto, como hemos señalado, lejos de expresar un histórico anhelo por el cambio de régimen, los resultados del Plebiscito fueron la consecuencia natural de una campaña absolutamente vacía, en donde los partidos del sistema político buscaron estabilizar la situación, acomodarse en el nuevo escenario y evitar la marginalidad. Las recientes elecciones presidenciales, que dieron por ganador a uno de los pocos candidatos que abiertamente se opuso al cambio constitucional, demuestra que aquel Plebiscito no guardaba el contenido que se le intentó atribuir, y que mucho menos se estaba inaugurando un giro a la izquierda en la política nacional.

En tercer lugar, es preciso advertir uno de los aspectos más importantes de esta situación. Los resultados electorales demostraron los alcances del movimiento que estalló en octubre de 2019, y en particular, la enorme limitación que supone la dirección reformista del proceso. Las manifestaciones que entonces llenaron las calles constituyeron una enérgica reacción de la clase obrera chilena, dispuesta a rechazar con firmeza un nuevo ajuste sobre sus condiciones de vida. Su intervención fue poderosa, llegando a sacudir el escenario político y obligando a que todos los partidos del régimen desplegaran alguna respuesta para estabilizar la situación. No obstante, dada la dirección reformista que impuso el progresismo y apoyó la izquierda, esa enorme lucha no se tradujo en organización y construcción de poder, lo cual significó una grave limitación del movimiento. En ausencia de un partido revolucionario, la herramienta imprescindible para concentrar la fuerza de la clase obrera y batallar contra la burguesía, la lucha perdió energía y terminó siendo canalizada dentro de las instituciones del propio Estado. Aprovechando esta debilidad, los partidos del régimen reaccionaron con rapidez y, en poco tiempo, han logrado estabilizar la situación. En este sentido, toda la maniobra que desembocó en la conformación de la Asamblea Constituyente, así como el recambio general que está teniendo lugar en las filas del personal político, no representan ningún avance para la clase obrera chilena. Por el contrario, ello es un intento de la burguesía por recomponer su poder luego de que haya sido cuestionado.

La segunda vuelta

Ante el escenario político que hemos observado, queda claro que nada bueno le espera a la clase obrera chilena si solo se limita a elegir entre Boric y Kast, al tiempo que aguarda tranquilamente los frutos de la Asamblea Constituyente. La apuesta por cualquiera de estas alternativas no redundará en un avance para el conjunto de los trabajadores. Atenerse a alguna de estas opciones, sea por la positiva o la negativa, implica continuar jugando con las cartas del enemigo.

Boric es la principal expresión del progresismo, que logró capitalizar la pérdida de apoyo del Partido Socialista y el Partido Comunista de Chile. Su programa no es diferente a lo que ya hemos visto en otros países de la región: críticas al “neoliberalismo”, demandas de participación, políticas de identidad y algunas moderadas reformas sociales. Además del respeto a las «diversidades», las comunidades «indígenas» y el apoyo a las pequeñas empresas, Boric propone algunas medidas cuya «radicalidad» sólo llama la atención porque se lo compara con el discurso extremadamente moderado del viejo progresismo. Sin embargo, no hay nada nuevo bajo el sol. Lejos de expresar las políticas inapelables de una eventual gestión, los aspectos más reformistas de su programa – como el aumento del salario mínimo a 500 mil pesos, la reforma del sistema jubilatorio y el fortalecimiento de la salud pública- solo constituyen las típicas promesas de un partido burgués que nunca ha llegado al gobierno. Y si ese discurso ha ganado cierta credibilidad, ello se debe, antes que nada, a los antecedentes relativamente «limpios» que tienen los partidos del Frente Amplio, que nunca han controlado el Poder Ejecutivo nacional. Bastará que lleguen a la presidencia para que terminen de enterrar su moderada perspectiva reformista. Recordemos que Boric firmó el «Acuerdo por la paz social y la nueva constitución» junto con todos los partidos del régimen, buscando descomprimir el clima de protestas en noviembre de 2019. Además, en contra de quienes participaron de las movilizaciones y saqueos de ese año, votó la «Ley Anticapuchas» junto al gobierno y, como si fuera poco, recientemente advirtió que no piensa apoyar el indulto de las personas que fueron encarceladas en aquellas jornadas. Luego de que se conocieran los resultados de la primera vuelta, el candidato no solo templó su discurso, también hizo sucesivas referencias al «diálogo» con otros sectores que precisará su futuro gobierno. Estos elementos demuestran las similitudes que comparte Boric con el resto del personal político, así como la farsa que se está construyendo en torno a su candidatura.

Por su parte, la emergencia de Kast llama la atención por su marcado contraste con el discurso cada vez más lavado que se adoptó en el gobierno y la campaña de Sichel. Pero en términos programáticos, el nuevo representante de la «derecha» no se distingue de lo que ya hemos visto durante las gestiones de Piñera. Uno de los ejes de su campaña ha sido la defensa del orden y el ajuste de algunas variables económicas que permitiera recuperar las virtudes del «modelo chileno». En oposición al progresismo, Kast ha defendido la actual Constitución, el sistema de pensiones y el papel que le cabe a los Carabineros en el mantenimiento del orden público. No obstante, el elemento que más han destacado los medios durante la campaña fueron sus declaraciones en relación con la última dictadura militar, sobre todo aquellas que pronunció en años anteriores, cuando la llegada a la presidencia no era prevista por nadie. La (moderada) defensa de la última dictadura, y en especial, su programa económico, ha ganado una dimensión cada vez mayor en los últimos meses, al punto que lo primero que se recalca es su «pinochetismo» y su ideología fascistoide.

En este sentido, dada la lectura que ha impuesto el progresismo y el posicionamiento general que se ha visto en la izquierda, es importante aclarar algunos elementos que hacen a la caracterización de este candidato. Antes que nada, es preciso advertir que Kast no representa la amenaza de una experiencia fascista. Afirmar algo semejante es tan absurdo y disparatado como creer que Boric defiende un programa socialista. Ninguna de las dos ideas son ciertas. La militarización de la Araucanía, el endurecimiento de las penas contra los delitos comunes, la represión de la protesta o la ridícula idea de cavar una zanja para detener la inmigración no te convierten en un gobierno fascista. Se trata de medidas represivas que perfectamente puede adoptar una democracia burguesa. El progresismo intenta defender esta forma de dominación de clase por la vía de excomulgar sus rostros menos presentables.

Kast ni siquiera ha necesitado la conformación de grupos de choque, armados por fuera del Estado, puesto que tranquilamente ha conseguido imponerse mediante elecciones. Más aún, en términos económicos, propone bajar los impuestos y reducir los gastos para incentivar al sector privado, medidas que nada tienen que ver con el programa del nacional-socialismo. La idea de que Kast representa una amenaza fascista solo responde, entonces, a los intereses del progresismo, que busca presentar a Boric como la única alternativa ante la posibilidad de mayor ajuste y represión. Es una propaganda electoral que está lejos de la realidad, pero que la izquierda compra sin muchos miramientos.

Una historia repetida

El proceso que está teniendo lugar en Chile torna inevitable comparar este caso con lo que hemos visto en otros países del continente. Hace tres años, Jair Bolsonaro y Fernando Haddad se enfrentaron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Por entonces, el progresismo y el conjunto de la izquierda repitieron prácticamente lo mismo que escuchamos ahora: dado que Brasil se debatía entre democracia y fascismo, votar al candidato del Partido de los Trabajadores era la única forma de evitar el peor de los males. Poco importaba que Lula y Dilma militarizaran las favelas, sostuvieran un enorme sistema de corrupción o mantuvieran a la mitad del país hundido en la miseria. Lo único relevante era salvar la democracia, el mismo régimen que contenía toda esa basura que entonces se intentaba ocultar. Pero los hechos terminaron demostrando que ese relato era una mentira. En el gobierno de Bolsonaro, los pilares del régimen se sostienen tanto como en las últimas décadas. También se roba, se reprime y se ajusta, pero esto no es nada que los gobiernos «democráticos» precedentes no hayan hecho. Así, lo único que se obtuvo con esta propaganda fue embellecer al PT y facilitar su recomposición. La clase obrera brasileña perdió una oportunidad importante para avanzar y deshacerse de un partido que viene conteniendola desde hace décadas.

Frente a la situación que ahora vemos en Chile, el caso de Brasil debería ser prueba suficiente para demostrar las consecuencias nefastas que trae no delimitarse del progresismo. Sin embargo, para la izquierda trotskista, la conveniencia es más importante que la independencia política. Eso es lo que vemos cuando consideramos otros países de la región. En efecto, los mismos partidos que se alarman ante el «peligro fascista» que representan Kast y Bolsonaro, se niegan a denunciar la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, pese a lo conocidas que son la proscripción política, las cifras de hambre, muertes y desapariciones en ese país. También los gobiernos del MAS reprimen en Bolivia, en tanto que el kirchnerismo lo hace en Argentina. Como ya lo señalamos, el propio Boric firmó el «Acuerdo por la paz social y la nueva constitución» junto al resto de los partidos, apoyó la «Ley Anticapuchas» y ya aclaró que no piensa avanzar con el indulto de quienes fueron encarcelados en las protestas de 2019. Pero estos son elementos que la izquierda prefiere olvidar cuando de lo que se trata es de enfrentar la supuesta amenaza fascista. Como resultado de estas maniobras, en medio de una crisis política sin precedentes, lo único que consigue es permanecer en la marginalidad, al tiempo que los partidos de la burguesía se reciclan y recomponen. Y todo en nombre de la lucha contra un enemigo que no existe.

Ni Boric ni Kast

Los resultados de las elecciones presidenciales demuestran que la crisis política sigue abierta. No obstante, las dos alternativas que se impusieron en la primera vuelta, y en especial, el impulso que ha ganado el progresismo en el último tiempo, ponen en evidencia los problemas de dirección del movimiento que estalló en 2019. Como ya hemos advertido, la clase obrera intervino de manera contundente, manifestando su voluntad de acción y cambio. Pero este descontento encontró un dirección completamente reformista, que canalizó las luchas hacia el cambio constitucional y buscó contenerlas dentro de las instituciones del propio Estado. El constante martilleo del indigenismo, la política de la identidad, la defensa acérrima de las minorías, las críticas al neoliberalismo, el imperialismo y el «gran capital» terminaron derivando en la emergencia de esta corriente reformista, que aplacó toda la energía que se manifestó en 2019. Y la izquierda, en lugar de denunciar el problema que constituye esta dirección, ha sumado su voz a la ideología posmoderna, reformista y, por lo tanto, burguesa que siempre ha defendido el progresismo.

La campaña en favor de Boric (o en contra de Kast, que es lo mismo) solo facilitará la recomposición de la relación política entre la clase obrera y uno de los partidos del régimen. Ello significa que las ataduras que han comenzado a romperse podrían ser reparadas, y eso no es nada bueno para los trabajadores chilenos. La degradación de sus condiciones de vida no tiene origen en el régimen político o en el supuesto modelo neoliberal de la economía. El problema es la dinámica del propio capitalismo, que condena a la miseria a una porción cada vez mayor de la población. Y este es el punto que ningún partido del régimen está interesado en cambiar, desde Kast y Piñera hasta cualquiera de las expresiones del progresismo, pasando por las innumerables «candidaturas independientes» que emergieron en los últimos años. De allí que las críticas más radicales solo apunten contra el «pinochetismo», una expresión a la que se atribuye casi cualquier contenido. «Pinochetistas» terminan siendo la democracia burguesa, la represión, la pobreza, el desempleo, la desocupación, la flexibilidad laboral, entre otras cosas. Que estas mismas miserias se registren prácticamente en todos los países del mundo es algo que se pasa por alto. De este modo, el verdadero origen de estos problemas, el capitalismo y la burguesía, quedan impolutos.

El triunfo de Boric es tan perjudicial y nocivo como el de Kast, del mismo modo que lo es la conformación de una Asamblea Constituyente cuyo principal cometido es aplacar el descontento que estalló en 2019. La única forma de enfrentar esta situación es la construcción de un partido revolucionario, una organización que concentre el poder la clase obrera e imprima la dirección correcta a sus luchas. En este sentido, el primer paso es delimitarse de todas las variantes políticas de la burguesía, y en el contexto de la segunda vuelta que tendrá lugar este domingo, ello significa votar en blanco, rechazando abiertamente las dos alternativas en disputa. Y ello no porque representaran el fascismo, el reformismo, el pinochetismo, el progresismo, la «derecha», la «izquierda», el peor de los males o el mejor de ellos. Hay que rechazarlos porque son proyectos igualmente burgueses. Este es el punto que una política socialista debe poner sobre la mesa y explicar. Si se evita dar esta discusión, destacando las diferencias antes que las similitudes entre los partidos patronales, la clase obrera estará condenada a elegir el mal menor, marchando siempre detrás del burgués aparentemente más benigno. Es preciso abandonar este camino de inmediato y sacarse de encima a todos los parásitos que nos gobiernan.

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