Una fantasía nacional. El revisionismo de León Pomer

a68juanfloresJuan Flores
CEICS-GIRM
 
León Pomer es un historiador sumamente reconocido en el campo nacionalista y en la izquierda argentina. Ha marcado el paso de lo que debía decirse sobre todo el siglo XIX y, en especial, sobre la Guerra del Paraguay. Este año, editó un libro sobre el proceso de 1810, en una colección dirigida por Norberto Galasso. A continuación, una crítica a su obra.
 
No es ninguna novedad que el kirchnerismo utiliza la historia para difundir su programa político. Intelectuales, historiadores y divulgadores ofrecen una historiografía “nacional y popular”. El último gladiador nacionalista que ha salido a dar batalla es León Pomer [1]. En el marco de la colección “Ensayo argentino”, dirigida por Norberto Galasso, el viejo militante comunista ensaya una versión bien peronista de la Revolución de Mayo. El prestigio que el docente universitario, exiliado en Brasil, aún posee en amplios sectores progresistas y de la izquierda nos obliga a señalar los límites de su obra. 
 
Una teoría vieja y caduca
 
Fiel al estilo “revisionista”, Pomer no investiga, es decir, no se preocupa por demostrar lo que dice. Más bien, se limita a repetir ideas viejas. En esta oportunidad, busca presentarse como progresista filiando sus ideas con las del “dependentismo” (tan caro a la izquierda argentina). Es así que caracteriza el funcionamiento del régimen colonial a partir de las teorías de Immanuel Wallerstein y Henri Pirenne. No viene al caso insistir aquí, una vez más, en los límites del circulacionismo para explicar el proceso histórico [2]. Sí vale la pena señalar que Pomer no sólo elige una teoría inservible, sino que ni siquiera se toma el trabajo de explicitar por qué sigue citando libros escritos a principios del siglo pasado, eludiendo cientos de investigaciones más pertinentes. Los nacionalistas no sólo acrecientan su afición por el ensayismo, sino que desconocen, desechan u ocultan (tal vez por inconveniencia, tal vez por pereza) debates fundamentales como el que se desarrolló en la década de 1970 sobre los modos de producción en América Latina. 
Con semejante teoría, Pomer no podría hacer otra cosa que decir barbaridades sobre 1810. Las mismas que repite buena parte de la izquierda criolla. En primer lugar, caracterizar al proceso de Mayo como una revolución incompleta, realizada por la misma clase que ya tenía el poder en América, los hacendados y los comerciantes. Lo que no se entiende es para qué alguien hace una revolución si ya tiene el poder. Pero esto es un pequeño detalle lógico para quien asegura que los “meros cambios en el poder no honran a la palabra revolución” [3], afirma que en Mayo se redujo a modificar sólo algunos aspectos del poder político, pero insiste igualmente en que estamos frente a una revolución. 
El problema de los nacionalistas es que intentan ocultar los antagonismos objetivos entre las clases con cuestiones sentimentales. Así como por “amor a la Patria” los obreros debieran abandonar la lucha por sus intereses, la historia es explicada por cuestiones morales. Traiciones y egoísmos explican el derrotero de una nación. Por ejemplo, Pomer considera que había una clase de comerciantes sin “pruritos éticos”: para ellos “la patria no cuenta, cuenta el dinero” [4]. Como son “cipayos”, el comercio porteño “subordina al interés personal” los intereses nacionales. Aquí llegamos al nudo de la trampa ideológica burguesa: los comerciantes cabalgaron la Revolución de Mayo, la domaron y la pusieron al servicio del capital inglés. La “dependencia”, el “imperialismo” y el “librecambio” habrían inhibido la capacidad de la Argentina de producir una industria con mayor “valor agregado”. 
Aliados a estos comerciantes “vende patria”, sojuzgaron también al país los “dueños de la tierra”, los “latifundistas”, la tan mentada “oligarquía”, que perpetúa su poder desde los tiempos coloniales, condenando al país al “atraso” [5]. 
 
Las ilusiones del nacionalismo
 
Para los revisionistas, las jerarquías sociales originadas por el orden colonial persistieron tras la revolución. Pomer intenta probar esta idea asegurando que antes y después de 1810 existió la papeleta de conchabo. Señala, además, los límites a los avances de la “inclusión democrática” de las clases subalternas en la nueva nación. La idea central se resume, por tanto, de la siguiente manera: el gobierno revolucionario siguió obligando a los peones a trabajar por medio de la violencia política y no los incorporó en su sistema político. Por lo tanto, el proceso de Mayo no habría sido ni popular ni revolucionario, contrariamente  a lo que habían querido Moreno, Castelli y Artigas. No obstante, todo esto es falso por donde se lo mire. 
En primer lugar debemos abandonar el plano moral de los revisionistas, y analizar los hechos científicamente. Como hemos sostenido en otras ocasiones, una nación burguesa no es ni una “pasión” ni un “sentimiento”: se trata del coto de caza de una determinada clase dominante, en donde funcionan las leyes que le permiten acumular capital [6]. Es decir, no se debe confundir un régimen político (la democracia), con la tarea histórica que le cabe a la burguesía en la construcción de Estado Nación plenamente capitalista. Si no queremos quedar presos de las apariencias, no debemos caracterizar el éxito de un determinado proceso revolucionario a partir del régimen que provoca (democracia, dictadura, monarquía parlamentaria). Su forma obedece más bien a la correlación de fuerzas en el plano de la lucha de clases y no hace a la completitud de las tareas nacionales de una burguesía. Por ejemplo, España es tan capitalista como Francia y los países árabes. 
Lo que debemos analizar, el verdadero nudo gordiano de todo proceso revolucionario, son las relaciones sociales por las cuales las clases se organizan y las riquezas se producen. Debe observarse, entonces, si existe una clase poseedora de los medios y bienes de producción y otra carente de ellos, que se ve obligada por medios económicos a vender su fuerza de trabajo a los propietarios. Asimismo, debemos verificar que se haya construido un mercado nacional unificado, así como que se hayan destruido todo tipo de relación precapitalistas y todas las trabas internas para la libre circulación de mercancías. Estas son las cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de analizar las relaciones objetivas que existen en entre las clases fundamentales del sistema capitalista. Lo que nos permite abandonar otra de las ilusiones del nacionalismo: que existe una forma de integrar los intereses obreros y los burgueses.
Con respecto a que la clase dominante no buscó incorporar a las clases explotadas en el proceso, dicha afirmación consiste, sin embargo, en un error lógico, un contrasentido. Una nación implica un vínculo orgánico entre la burguesía y las clases explotadas. Ningún movimiento nacional puede sostenerse sin este vínculo. La misma construcción del Estado Nacional argentino y la consolidación de la burguesía como clase dominante implican por necesidad la generación de la conciencia nacional en las masas. Ello no puede hacerse sin realizar algunas concesiones. El siglo XIX está repleto de ejemplos sobre la misma producción simbólica y ritual del Estado-Nación. Al parecer Pomer confunde la generación de una conciencia y de una identidad nacional común entre las clases con las nociones de igualdad y democracia, conceptos que utilizados de tal modo sólo reflejan la contradictoria pretensión de superar la igualdad formal bajo el mismo orden burgués. En efecto, la burguesía sí busca integrar al proletariado a la nación, pero lo hace bajo sus propias condiciones. 
 
Argentinos, pero no idiotas
 
¿Cuál es la operación política que subyace tras esta visión de la Revolución de Mayo? Encolumnar a las masas tras un proyecto que se reconozca “nacional y popular”, que ejecute el programa abortado de Mayo de 1810. Es decir, que “integre” las demandas de las masas a la política nacional y, por ende, a la nación en sí misma; que dé por tierra con el atraso al que nos condenaría el viejo y obtuso latifundio; que desarrolle la gran industria argentina y que complete el desarrollo nacional frenado por las “cipayas” clases dominantes que nos gobiernan desde la colonia. 
Pomer, en nombre de la historia de “los de abajo”, escribe al servicio del poder político. De la colonia a Mayo, expresa, sin embargo, que el Argentinazo no está muerto, y que los intelectuales kirchneristas deben seguir apelando a la revolución para encausar a las masas en un proyecto que ya ha dado sobradas muestras de privilegiar la defensa de la propiedad privada por sobre las necesidades de la clase obrera. Un antagonismo que, pese a los historiadores revisionistas, no deja de hacerse ver. 
 
NOTAS
1 Pomer, León: Continuidades y Rupturas. De la colonia  a Mayo, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2012. 
2 Para una crítica más detallada del circulacionismo, véase el artículo de Santiago Rossi, en este mismo ejemplar.
3 Pomer, op. cit., p. 8
4 Idem, p. 59
5 Para una crítica de esta concepción de las relaciones sociales en la Argentina véase Sartelli, Eduardo (comp): Patrones en la Ruta, Ediciones RyR, Bs. As., 2008.
6 Véanse Harari, Fabián: “Un síntoma recurrente, ¿es Malvinas una cuestión nacional?”, en El Aromo, nº65, marzo-abril, 2012 y “Socialismo o liberación nacional. Una respuesta al PTS sobre el caso Malvinas”, en El Aromo, nº66, mayo-junio, 2012.

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