Tiempo de canallas (y de sapos intragables)

 

Eduardo Sartelli

 

 

A cada frustración revolucionaria sucede siempre un período durante el cual los cobardes, los pusilánimes, los traidores, los místicos y los canallas hacen su agosto. ¿Tendremos que recordar a los filósofos ateos de la Revolución Francesa que terminaron en la apología de la monarquía y en la defensa de la religión cuando el momento jacobino hubo pasado? ¿Volveremos a recitar a los poetas comunistas del ’48 que le dieron la espalda al fantasma cuando el sobrino impuso la paz del imperio? ¿O tendremos, otra vez, que hacer memoria de todos los que repudiaron la Comuna de París, allá por 1871, cuando las burguesías francesa y alemana, océano de sangre mediante, retornaron todo a la calma? Tal vez debiéramos hacer la lista de los intelectuales que, habiendo hecho carrera y fama durante el período de alza, repudiaron la Revolución Rusa, Cuba, China o Vietnam, cuando el imperialismo logró contener la marea roja. No hay que ir muy lejos, sin embargo, para buscar ejemplos, basta ver a los “setentistas” locales pasarse del PRT o Montoneros al alfonsinismo primero, al menemismo después, arrepintiéndose sólo para volver a la Alianza más tarde. No está de más hacer este ejercicio hoy, cuando una nueva oleada de oportunistas se ubica en el campo del kirchnerismo más desvergonzado, habiendo hecho carrera con el Argentinazo y cuando organizaciones que parecieron haber aprendido algunas lecciones de la historia, vuelven a tropezar con la misma piedra.

Para justificar el cambio de bando (y ser bien recibido por el vencedor) lo primero es denostar la experiencia pasada: fue un error. Lo segundo, es culpar del fracaso a los propios revolucionarios: lo echaron todo a perder. Por último, la “salida”: hay que abandonar los esquemas caducos y “modernizarse”. Así, patéticos y cobardes archivistas de corajes ajenos, que viven de becas del imperialismo y favores del estado burgués, llamaron a votar por Ibarra como solución a los “errores” de los verdaderos revolucionarios, a abandonar las calles en busca de “nuevas formas de protesta” o, peor aún, de la superación de la “protesta” con “propuestas”, mientras se callan miserablemente ante los atropellos de su nuevo patrón. Estos fulanos, escoria de la historia, campean hoy por todos lados, sobre las “ruinas” del Argentinazo.

En primer lugar, el proceso que inicia el Argentinazo requería de una intervención revolucionaria. Y dicha intervención necesita de la construcción del partido revolucionario. La izquierda no faltó a la cita y con mayores o menores vacilaciones, con errores de todo tipo y con métodos más o menos adecuados, intentó construir esa herramienta. Logró incluso que una fracción de la clase obrera y de la pequeña burguesía llenara de sustancia ese embrión de partido revolucionario que se desarrolla en el seno de la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados. Que las agrupaciones en cuestión crecieron y que tienen, hoy por hoy, una influencia real en la vida política nacional, resulta innegable. Que el desarrollo de ese partido, tanto en cantidad como en calidad, se ha frenado, también. Pero de ninguna manera eso invalida la experiencia, mucho menos porque los resultados electorales no pudieran traducir en votos dicha influencia política. Se hizo, mal o bien, lo que debía hacerse.

En segundo lugar, culpar del fracaso a los mismos revolucionarios es una estupidez idealista. Porque considera estúpidos a los centenares de miles que participaron de esa experiencia, dando por sentado que “querían otra cosa” y no pudieron sacarse de encima a un conjunto de militantes perversos que no supera el millar de individuos. La idea de que la izquierda liquidó las asambleas y al movimiento piquetero por sus “prácticas” atrasadas y autoritarias es el resultado de un idealismo lamentable. Idealismo que cree que el éxito o fracaso de un proceso social no descansa en las condiciones materiales generales de las masas que participan de él, sino en el comportamiento o en el “discurso” de los aparatos partidarios. Es lamentable que individuos que razonan como los viejos manuales de historia del secundario, donde todo el problema se resume en el carácter de tal o cual prócer, sean considerados intelectuales marxistas. Las masas frenaron su desarrollo político, entre otras cosas, porque obtuvieron una serie de éxitos materiales (dos millones de subsidios al desempleo), políticos (la destrucción parcial de los aparatos partidarios burgueses, en especial, de la coalición menemista), ideológicos (el fin de la hegemonía discursiva del liberalismo) y morales (el retorno a primer plano de la historia argentina reciente bajo la forma de la anulación de las leyes de impunidad). Éxitos expropiados, también parcialmente, por la burguesía, y que constituyen el corazón de la política del tándem Duhalde-Kirchner.

Queda otra forma, sin embargo, de enterrar el Argentinazo: embarcar a las organizaciones trabajosamente construidas en la lucha, detrás del carro de la burguesía “progre”, la burguesía “pyme”. Ya lo han hecho varios MTD. La novedad de este mes es la oficialización de lo que se veía venir hace rato: el renacimiento del Frente del Sur, o lo que es lo mismo, del Frente Grande, del FREPASO, en fin, de la Alianza. El proceso comienza como siempre, con el PC y su banquero, Carlos Heller, como mentores, arrastrando ahora al Partido Socialista y a De Gennaro. Como siempre, no falta la figura políticamente “pura” que, desde el arte o la iglesia vienen a darle un toque “humanista” al asunto, ayer Pino Solanas o Farinello, ahora Federico Pagura y la monja Pelloni. No faltan tampoco los políticos desgajados de toda estructura que buscan, precisamente, conseguirse una, gratis y rápido: Ibarra, Sabatella (que no asistió a pesar de ser invitado), Juez. Tampoco los representantes de las “fuerzas vivas”, FAA y APYME, ni de los partidos “tradicionales” que intentan correr “por afuera”, como Margarita Stolbizer o Mario Cafiero. El “llamamiento por una nueva Nación”, tal el nombre del engendro, se propone reeditar aquí las experiencias de Cuba, Venezuela, Brasil y Uruguay. Teniendo en cuenta que Kirchner se codea con todos sus protagonistas y que fue el factotum del triunfo de Tabaré Vázquez, no se entiende por qué no se suman simplemente al gobierno patagónico. Así, el PC, que había logrado articular al MTL en el seno del movimiento piquetero, se propone la liquidación definitiva de esa experiencia en nombre de la unidad en la lucha contra el “neoliberalismo”. Al que, curiosamente, se abrazan en la práctica desde Kirchner a Lula pasando por Tabaré y Lagos. Queda por ver qué hace el MST y sobre todo su fracción pro-piquetera, pero parece claro que Izquierda Unida ha pasado a mejor vida.

Esta película ya se vio varias veces: con Alfonsín, con Menem, con De la Rúa. Siempre terminó mal. El problema para este variopinto conjunto de oportunistas es que el capitalismo argentino no tiene la fuerza suficiente como para soportar estas experiencias. Todas han acabado en un estallido económico, social y político. No parece ser esta una excepción. Tendremos ya, entonces, la oportunidad de ajustar cuentas con los canallas. Mientras tanto, sería importante que los compañeros a quienes se quiere arrastrar a estas experiencias condenadas al fracaso y la traición, resistan enérgicamente la nueva sopa de sapos que pretenden hacerles tragar.

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