“Se quiere leer a Trotsky en un sentido tan anti-stalinista que se lo transforma en un liberal burgués” Presentación de Literatura y revolución en la Biblioteca Nacional


edit1Extracto de la presentación de nuestra edición de Literatura y revolución a la que asistieron el traductor, Alejandro Gonzalez, Miguel Vedda y Eduardo Sartelli. Horacio González no pudo estar por razones de salud, pero envió un comentario que reproducimos.

Horacio González: Por un error ocasionado en que ocupo la mayor parte del tiempo en cuestiones de salud, pensé que no era hoy la presentación de Literatura y Revolución, por lo que se me superpuso con otro compromiso. Recién me entero, por el diario, de la presentación en la Biblioteca y no podré estar pero, por lo menos, quiero expresar que he leído en gran parte el libro, al que recordaba en la vieja edición de Ramos. Esta es incomparablemente superior y asombrosa.

Leí con sorpresa la dimensión que tuvo el debate con el Proletkult, la densa madeja en que se sumerge la intelectualidad rusa para adecuarse a la Unión Soviética y me dejé llevar por la espesura antropológica de las expresiones de Trotsky. Me pareció muy profundo y atinado cuando reflexiona sobre La Divina Comedia y más discutible, en su optimismo, sobre la revolución técnica que a un tiempo que lo lleva a condenar la torre de Eiffel, y construye una utopía artística sobre la base de una fusión final entre Techné y Arte que sería digno de discutir hoy nuevamente. Por ese tema pasó todo el siglo XX con sus vanguardias, sus fracasos políticos y sus grandes textos que aun leemos.

Eduardo Sartelli: ¿Por qué publicamos Literatura y Revolución? Por empezar, como parte de la izquierda revolucionaria argentina, Razón y Revolución ha mantenido un debate bastante amplio, sobre todo con el campo trotskista, acerca del lugar del arte y del intelectual en la revolución. Buena parte de esa discusión ha tenido como eje las posiciones de Trotsky, y en particular las de Literatura y Revolución. Obviamente la primera sorpresa que uno se lleva es que la posición de Trotsky, en sentido estricto, no existe. Lo que nosotros conocemos, hasta ahora, por Literatura y Revolución es apenas un fragmento (la primera parte), con un montón de dificultades de traducción. Además desconocemos el conjunto de textos que Trotsky produjo además de esta obra. El corpus que alguien interesado en este problema tiene para pensar a Trotsky en Literatura y Revolución es infinitamente más amplio que la edición castellana corriente la obra, que es apenas un fragmento de todo esto. Mientras intentábamos avanzar en esa discusión, nos topamos con un ofrecimiento Alejandro González, la posibilidad de reeditar la versión más completa de las ideas de Trotsky, no solo en castellano, y traducido directamente del ruso sin ninguna mediación.

Pasó mucho tiempo hasta que lo editamos, cinco años. ¿Por qué? Porque nos queríamos tomar el tiempo para hacer un prólogo que no fuera simplemente la presentación al lector de un conjunto de materiales, sino ayudarlo a sortear con cierto éxito el siguiente problema: en la tradición trotskista existe el problema “socrático”, que es una enorme mediación entre Trotsky, su época y nosotros. Los sofistas eran vistos desde la óptica de Sócrates, a su vez “versionado” por Platón. Con Trotsky pasa esto. La mayor parte de quienes discuten sobre Literatura y Revolución, sobre los problemas del arte y la literatura desde posiciones trotskistas o que examina las posiciones de Trotsky lo hace simplemente leyendo a Trotsky. Uno se sorprendería la cantidad de investigadores e intelectuales de fama mundial que opinan sobre los problemas planteados en los libros de Trotsky a partir de lo que Trotsky dice. Y juzgan a los oponentes de Trotsky desde esa perspectiva. Entonces Trotsky es el que cuenta y actúa. Nosotros leemos tan ingenuamente que, por ejemplo, lo que pensamos del Proletkult es lo que Trotsky dijo. Hay un gigantesco debate sobre el Movimiento de cultura proletaria. Creo que somos los primeros que lo defienden. Los stalinistas no lo defendieron nunca porque el Proletkult era demasiado izquierdista para Stalin. Los trotskistas no lo hicieron porque era demasiado stalinista para ellos. El Proletkult no dejó ninguna línea que lo sucediera. La mayor parte de sus protagonistas desaparecen muertos, marginados, asesinados por Stalin. Además detrás del nombre Proletkult hay tres o cuatro experiencias distintas. Aparece primero ligado a la experiencia bogdanoviana, luego al bolchevismo y por último a las vanguardias artísticas, con Mayakovski y compañía. Hasta que uno no se mete en el detalle de estos problemas, no puede entender que es lo que realmente Trotsky está discutiendo, porque no sabe quién es su contrincante, no se sabe con quién está debatiendo qué cosa.

Por otra parte, surgen una serie de confusiones que tienen que ver con colocar a Trotsky como un profeta que siempre dijo lo mismo. El trabajo de Alejandro, de recopilación de los textos, nos permite hacer una arqueología del pensamiento de Trotsky y mostrar cómo se contradice: dice una cosa y luego otra; tiene dos o tres estéticas que compiten en sus pensamientos, desde un racionalismo muy extremo hasta un romanticismo revolucionario.

Trotsky es, como cualquier persona, un pensador viviente que va produciendo, contradiciéndose, reelaborando, pretendiendo que dice lo mismo diciendo otra cosa. En su caso es más agudo porque no ha tenido tiempo de sentarse a discutir los problemas. De hecho él lo dice claramente: “yo dejé de pensar estos problemas en la década del 20”. Para cuando firma el famoso manifiesto con Breton, hace ya 10 años que no piensa estos problemas. Es una persona viviente, que tiene derecho a contradecirse, está en medio de batallas enormes. Si Trotsky ya es un problema, más problemáticos son los trotskistas, que pretenden que es un santo varón que siempre ha dicho lo mismo y que, en última instancia, se trata de reinterpretar los textos de manera tal de hacerlo coherente cuando en realidad no lo es. No lo puede ser porque no es un crítico literario, no se ha dedicado a eso. Él mismo lo dice: “estas son simples notas de un lector”. Obviamente como persona inteligente que era, metido en problemas muy complejos, nunca va a decir alguna tontería, pero no hay que tomarlo como un especialista. No hay que confundir la autoridad de la palabra política con la autoridad de la palabra en general. No porque Trotsky haya liderado una revolución puede decir cualquier cosa y todo está bien. De esta manera se construyó una lectura religiosa del personaje y no una lectura científica que nos ayude a entender qué es lo que realmente dijo y qué es lo interesante.

Nosotros nos tomamos mucho tiempo para reconstruir ese marco de trabajo de Trotsky: con quién está discutiendo, en qué momento, de qué manera, quiénes son los otros. En la medida en que la mayor parte de los contendientes de Trostky ha quedado en el ostracismo político o tuvo una vida fugaz, el problema es que nunca los escuchamos seriamente. Cuando se escucha lo que Trotsky dice de mucha gente, con la mordacidad y crueldad con la que habla, se piensa que estaba rodeado de tontos que no entendían los problemas hasta que él se los explicaba. Pero eran intelectuales con posiciones muy serias, y en más de un caso con razones muy superiores a las de Trotsky. Parece que el prólogo disminuyera la altura de Trotsky. Pero yo siempre insisto: las estrellas más grandes son las que son capaces de brillar en el conjunto de muchas estrellas.

Si se recupera la intensidad del debate, uno se da cuenta que Trotsky es muy inteligente, muy informado y ha tenido que lidiar con una pléyade de personajes que no son, de ninguna manera, intelectuales despreciables. Como los trotskistas suelen olvidar esto, reconstruyen la historia como se les da la gana. Por ejemplo: “Trotsky adora las vanguardias” Mentira. Cuando uno ve lo que Trotsky dice de Mayakovski parece que no lo hubiera leído. A Trotsky, por formación, no le gusta la vanguardia. Como buen ruso, al estilo Lenin, lo suyo es realismo, muy parecido al realismo socialista. Ha menospreciado a lo que luego sería la vanguardia artística del siglo XX, como Meyerhold, Mayakovski y muchos más. Si uno tuviera un poco de honestidad política, por más trotskista que fuera, tendría que decir: “qué mal que evaluó”. Después podrá encontrar razones políticas por las que hizo eso o no. Pero como juicio estético, Trotsky vio pasar la vanguardia del siglo XX y se le pasó de largo. De la misma manera se dicen barbaridades como que “Trotsky concede toda la libertad al arte”. Mentira, Trotsky estaba a favor de la censura. Lo dice claramente. En más, le dice a los otros: “Ustedes son unos liberales, la censura hay que aplicarla”. Se quiere leer a Trotsky en un sentido tan anti-stalinista que se lo transforma en un liberal burgués.

Para esquivar todos estos problemas, para desglosarlos, nos tomamos mucho tiempo para escribir un prólogo, lamentablemente, demasiado largo, pero que tiene la virtud de ofrecer mucha información. Para que el lector entre en una lectura no desprevenida. Que tenga la sensación que lo que va a leer se pueda hacer desde muchos lados.

Miguel Vedda: Hay varias razones para valorar muy positivamente esta edición. Es una edición planteada seriamente, traducida a partir del texto fuente original. Con un prólogo muy documentado, notas razonables y aclaratorias. Esta observación que hago podría y debería ser llamativa. En definitiva lo que acabo de enumerar es lo que se espera regularmente de una edición crítica y no debería ser tan excepcional. La realidad es que la publicación de textos marxistas en castellano está poblada de espectros de todo orden, lo más frecuente es que no encontremos estos criterios.

Hay tres problemas que podrían mencionarse como frecuentes dentro de la tradición de traducción. Una es la llamada “traducción militante”. Una idea bastante poco feliz que decía que lo fundamental era poner en circulación un texto cuya lectura se consideraba urgente y, en función de esa urgencia, resultaba bastante accesorio el cuidado del texto. Otro problema es el de editoriales latinoamericanas con la experiencia de elegir a un traductor que conoce razonablemente bien la lengua del texto fuente pero no sabe nada de marxismo. Un ejemplo bastante típico es la traducción de un texto compuesto originariamente en inglés en donde aparecía la expresión de The long march of Mao y lo tradujeron como El largo marzo de Mao. Hay un tercer problema posiblemente más ominoso y es el de las diferentes intervenciones en el texto original. Son una forma bastante particular de censura, pero muy frecuente, y tienen que ver con aquellas estrategias de canonización a las que hizo referencia Eduardo y que aparecen muy detalladamente explicadas en el prólogo. Yo puedo dar un ejemplo de esto que es bastante ilustrativo y es lo que ocurrió con las ediciones en castellano de los llamados “escritos estéticos de Marx y Engels”. La edición que más frecuentemente circulaba en alemán era la edición en un volumen que tenía un criterio sistemático. Lo que hacían los editores, de una manera que oscila entre la ingenuidad religiosa y lo delictivo, es sacar pequeños pasajes de textos de Marx y de Engels correspondientes a períodos notablemente diferentes y construir una estética sistemática como si hubieran escrito un tratado que va de lo universal a lo particular. Hoy en día hay un contexto diferente y muy positivo en comparación con esa tradición anterior, hay realmente muy buenas ediciones contemporáneas, sobre todo argentinas, en comparación con lo que se está haciendo en España con la tradición marxista.

No puedo opinar mucho sobre la traducción, desconozco la lengua rusa. Puedo decir que la impresión que produce para un lector en castellano es óptima. Sí podría decir algunas cosas acerca del prólogo que me parecen importantes. Veo en primer lugar una tentativa seria de romper con una tradición de lectura dogmática de Trotsky. Subrayo la palabra seria, porque hay rasgos tradicionales del trotskismo argentino, tradición a la que pertenecí durante años. Mi mayor pertenencia a un partido político fue al MAS en los años 80. Esto me permite recordar aspectos ominosos del trotskismo. Se han dicho cantidades de cosas, frases que tienen una amplia circulación: “dos trotskistas hacen tres fracciones”, “es posible que uno salga del trotskismo, pero no que el trotskismo salga de uno”. Respecto a esta última, una experiencia que encuentro con amigos trotskistas, muy inteligentes y honestos, es que reconocen y afirman la falibilidad de Trotsky. Pero nunca en la práctica le cuestionan algo. Trotsky, de acuerdo con un razonamiento propio de los manuales de lógica, es humano y, por lo tanto, falible. Pero no existen enunciados particulares que ilustren esta falibilidad.

El prólogo es muy convincente, al margen que se proclama anti-trotskista, felizmente no lo es y hay algo de ironía en esa expresión. Es trotskista no por ser partidario, sino porque se pusieron a analizar durante muchos años la obra de Trotsky. Y son anti-trotskistas por el hecho de que lo que atacan no es tanto a Trotsky, sino a cierta imagen caricaturesca que tiene una circulación demasiado vasta entre nosotros. Ellos dicen: “El prólogo es una crítica destructiva de la reputación del personaje Trotsky. Pero más de la caricatura tan propia de la izquierda que necesita apoyar su acción política no en el análisis concreto de la situación concreta, sino en la referencia permanente al texto sagrado”. Recordaba un pasaje de Cuestiones de Método de Sartre. Él hace una comparación entre Marx y los marxistas diciendo que lo que define a lo posterior a Marx, a diferencia de su presunto formador, es que el análisis de los casos concretos es normalmente una ceremonia. Marx tiene apasionantes análisis de coyunturas históricas específicas, cuya más apasionante es El 18 Brumario. Normalmente en los marxistas posteriores la tarea fue muy sencilla. Los problemas estaban resueltos teóricamente por la teoría y se trataba de aplicarlo a una coyuntura diciendo lo que ya sabíamos antes de hacer el análisis. Muy saludablemente dicen los autores del prólogo que esos saberes generales son totalmente inútiles para responder las inquietudes del presente. “No es Trotsky, ni Marx, ni Lenin quienes van a decirnos cómo actuar hoy porque no pueden hacerlo. Esta realidad es la nuestra. Solo un perverso ejercicio de ventriloquía que busca la tarea de hablarse por sí mismo puede hacernos creer que los muertos no lo están”.

Hay un punto en el prólogo que seguramente va a despertar polémicas y es la evaluación de Stalin. Porque es muy sencillo demonizar a Stalin, en general exime a muchos marxistas de la tarea de pensar y estudiar detalladamente el período staliniano. Dos sectores que actúan igualmente en la evaluación de este periodo son el liberalismo y el marxismo no stalinista. Los dos consideran que es un periodo en el que no ocurrió nada. Como lector obsesivo de Lukács he tenido que leer esas observaciones que dicen que siempre escribió lo mismo. No conozco dos años seguidos en que Lukács dice lo mismo. Para analizar lo que dice habría que leer unas cuantas miles de páginas. Es una tarea que requiere un esfuerzo intelectual que se resuelve más fácilmente diciendo: “dice siempre lo mismo”.

Hay varios enunciados en el prólogo que me parecen importantes. Una es la oposición a una tesis muy frecuente, que dice que el stalinismo se explica por una serie de intrigas palaciegas dentro del partido bolchevique. Otra variante de la anterior: la idea de que hubo una camarilla que destruyó el paraíso que fue la sociedad soviética en los años anteriores. Con mucha sensatez, los autores del prólogo tratan de encontrar una explicación racional, materialista histórica de las cosas y encuentran explicaciones polémicas. Me parecen aceptables, algunas concuerdo y otras no. Una respuesta es el esfuerzo de rebatir la tesis de un Termidor soviético. Como si Stalin hubiera congelado en un momento la revolución o como si su política hubiera sido “simplemente” re introducir el capitalismo en Rusia. No hace falta demasiada reflexión para saber que ambas son falsas, pero esto no impidió que circularan vastamente y fueran aceptadas sin demasiada crítica.

Otro aspecto que me parece interesante es el modo en que introducen la contingencia, el papel del azar dentro de la historia de la estalinización de Rusia. Por ejemplo, cuando analizan los combates dialécticos entre Lenin y el Proletkult, señalan que la victoria de Lenin no estaba decidida desde el comienzo. Es decir, la derrota del Proletkult fue el resultado de una serie de combates. Al mismo tiempo otorga vivacidad a la exposición del prólogo. Aparece varias veces esto, por ejemplo, en las peleas con Bogdanov. O en el propio debate Trotsky-Stalin, que aparece como algo no simplemente resuelto desde un comienzo, sino como un proceso.

Creo también que es importante el trabajo que se toman con el Proletkult porque era simplemente algo que había que descartar antes de conocerlo. Uno sabía que era algo malo y descartable. Muy persuasivamente consiguen los prologuistas mostrar una historia más compleja del fenómeno.

Por último, la imagen de Trotsky, que es polémica y muy detallada. La idea que encuentro bastante oportuna de que Trotsky no era un hombre del partido, no podía construirlo como Lenin o gobernarlo como Stalin, era un hombre del Estado. Creo que es muy acertada la argumentación. La parte dedicada a las ideas estéticas de Trotsky queda un poco breve, de todos modos aparecen las etapas y los rasgos genéricos fundamentales. La estética de Trotsky, más allá de su carácter heterogéneo, es esencialmente instrumentalista. Supone que el arte sirve para determinados propósitos ilustrativos y agitatorios. El énfasis sobre el realismo es indudable. Estoy convencido que Trotsky no era defensor de la vanguardia y que sus gustos estaban con el realismo. Y el énfasis sobre el contenido. Es decir que para Totsky, como para muchos militantes que tenían un cierto gusto por la literatura pero que no eran especialistas, lo esencial era el contenido y por eso podía otorgar libertad a la forma en la medida que la consideraba un componente menor. Es un prólogo del que es posible aprender mucho y espero que tenga muchos lectores.

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