“Peligroso y de ideas depravadas” La acción revolucionaria de Juan Martín de Pueyrredón – Por Juan Flores y Diego Dolgopol

familiapueyrredonhistoria20Son numerosas las fuentes que sindican a Juan Martín de Pueyrredón como uno de los más decididos revolucionarios del Río de la Plata entre 1806 y 1810. No es casual que sean comúnmente omitidas por los académicos: su objetivo es ocultar tanto la existencia de clases en la revolución como a sus representantes más conspicuos.

Por Juan Flores y Diego Dolgopol (GIRB-CEICS)

Poco se sabe sobre la figura de Juan Martín de Pueyrredón. Apenas si se menciona en los textos escolares y académicos su trayectoria política previa a su llegada al Directorio. Suele incluso ser caracterizado como una figura conservadora y reaccionaria (Puiggrós), cuando no un carrerista más del personal político revolucionario (Halperín Donghi). Sin embargo, como veremos, un mínimo acercamiento a los datos empíricos correspondientes al período 1806-1810 permite barrer con dichos prejuicios.

Familia de burgueses

Pueyrredón perteneció a una familia de comerciantes y propietarios de tierras de San Isidro. Durante la sucesión de la testamentaria de su padre, se encargó del giro de numerosas mercancías agrarias adquiridas en estancias, a la par de proseguir ciertas negociaciones subsidiarias de la ruta gaditana. Hacia 1795, se trasladó a Europa. En Cádiz se vinculó a la compañía de su tío Diego, a partir de la cual adquirió una buena cantidad de mercancías. Volvió a Buenos Aires en 1802 para colocarlas en el Virreinato.

Por su correspondencia sabemos que, además del giro de variada mercadería, se insertaría en el tráfico de cueros.[1] De este modo, su actividad económica se ligó también a la campaña. Allí construyó sólidas relaciones con estancieros y hacendados. Ello repercutió en sus conocimientos técnicos sobre la producción. En su correspondencia, Pueyrredón aconsejaba a sus hermanos sobre la administración de estancias, así como demostraba ser lector del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio de Hipólito Vieytes. Dichos negocios serían finalmente interrumpidos durante las Invasiones de 1806. Un nuevo deber revolucionario demandaría nuevas tareas.

Un peligro para la Corona

A comienzos de 1810, Pueyrredón se hallaba escondido en Río de Janeiro, bajo el amparo del conde de Linhares, ministro de la Corona portuguesa. En efecto, era objeto de persecución de sus mayores enemigos. Uno de ellos solicitaba al Marqués de Casa Irujo –embajador español en la Corte portuguesa- que procurara dar con él y apresarlo, para enviarlo a la metrópoli:

“Son infinitos los datos que constituyen a Don Martín de Pueyrredón sospechoso de aquella clase de hombres peligrosos e inquietos. Él fue uno de los que estando los ingleses apoderados de esta ciudad juntó gente y se batió con Beresford en el campamento de Pedriel con ánimo e intención de proclamar la independencia si salía vencedor.”

El relato continúa señalando su intensa agitación política:

“Enseguida pasó a España y resentido sin duda al verse poco premiado escribió al cuerpo de Húsares de que fue jefe, una proclama sediciosa (…) El 14 de junio, cuando me hallaba en la otra banda, congregó una Junta con el intento que no se me recibiese al mando de estas Provincias, en cuyo medio fundaba la idea de sublevar e inducir a la Independencia.”

Concluía finalmente: “No tengo duda que su conducta será la de continuar sus depravadas ideas”.[2] Quien escribe estas líneas es el Virrey Cisneros, un enviado de la Junta Central de Sevilla, con el deber asignado de encauzar el orden perdido en el Río de la Plata para 1809. Pueyrredón es caracterizado como un hombre de “proclamas sediciosas”, que busca “sublevar” al pueblo de Buenos Aires con ideas “depravadas”, y con vocación de construir los organismos más dinámicos del proceso (las milicias). En resumen, parece tratarse de un auténtico militante revolucionario de la época. Y es que el nuevo virrey no elucubraba en el aire; estaba muy al tanto de la trayectoria política de Pueyrredón hasta esa fecha. Veamos un poco el recorrido que tanto inquietaba en la península.

Durante la primera invasión inglesa, su situación económica holgada le había permitido armar tropas con sus propios recursos. El Cabildo reconoció más tarde que Pueyrredón “no dispensó gasto” en la empresa, tanto en alimento y vestido, como con el reclutamiento de peones.[3] Estaba además acompañado de elementos de la burguesía rural, como estancieros y propietarios de tierras. Se trataba de una burguesía que se armaba en el contexto de una invasión, pero con una estrategia propia. Es en ese contexto que Pueyrredón se convierte en una dirección erigida en el marco de la apertura del proceso revolucionario. De este modo, dirigió una serie de importantes combates: tras ser derrotado en una avanzada del enemigo en la Chacra de Pedriel, lo veremos triunfar con las tropas de Liniers, en la Reconquista del 12 de agosto de 1806.

Reconquistada Buenos Aires, Pueyrredón se ocupó de formar un Batallón de Húsares, en el cual obtuvo el grado de coronel. Unos meses más tarde, el Cabildo le encomendaba una misión, eligiéndolo para informar a la Corona lo sucedido en Buenos Aires y obtener las gracias y mercedes reales. Retengamos este dato, porque nos da la pauta de la importancia del personaje como cuadro político. No cualquier dirigente sería elegido para presentarse ante el Rey y la Corte, en nombre del Cabildo. Sin embargo, el desprecio que percibe por parte de Godoy –ministro de la Corona y la intención de esta última de disolver las milicias lo convencen de que estas negociaciones fracasarían.

Para 1808 el avance francés sobre la península era incontenible. El rey Carlos IV abdicaba su trono y su heredero, Fernando VII era apresado. Comenzaba, de este modo, la formación de Juntas de gobierno y la resistencia del pueblo español. Pueyrredón era testigo allí de la descomposición del orden feudal. Era evidente que ya nada podía esperarse de ese imperio en decadencia. En una carta privada a un amigo –José Núñez- lo expresaba de este modo: “La Ruina de este Reino va a seguirse inmediatamente; y no crea usted otra cosa, aunque algunos escriban ocultando las divisiones en que están las provincias (…) Ya llegó amigo mío el tiempo de desengañarnos”.[4]

Fue así que ante el derrumbe de la monarquía, sus acciones más inmediatas distaron de reflejar a un fiel súbdito de la Corona. En su lugar, Pueyrredón planeó desde Cádiz un viaje a Londres, que las autoridades francesas impidieron. Su intención era celebrar tratados comerciales con mutuas ventajas. Así envió a dos emisarios que procurarían avanzar en las negociaciones, con resultados más o menos positivos: aunque Inglaterra no apoyaría ninguna secesión abiertamente, podía volverse un aliado diplomático a futuro.[5] José Moldes –uno de los emisarios recordaba años después que el objetivo era “solicitar la protección inglesa para la independencia de esta América”. Se trata de un dato fundamental para calibrar a Pueyrredón en su justa medida: dichas negociaciones eran realizadas por su exclusiva cuenta –es decir, a espaldas de un Cabildo presidido por peninsulares y con Álzaga como figura central y con una finalidad claramente independentista. Es evidente que no se actúa así sin un programa claro y decididamente revolucionario.

En un tono similar a sus otras correspondencias escribiría a los Húsares:

“Compatriotas, compañeros, después de las obscuras y complicadas noticias que tendréis de los acontecimientos de España y Europa, mi llegada os ilustrará a fondo de lo más sustancial y verdadero. Oiréis de mis labios el lenguaje de la verdad y el desengaño, y formaréis el saludable sistema, que os inspiren mis sensibles observaciones.”[6]

Efectivamente, Pueyrredón prometía una sociedad nueva para la burguesía criolla.

La persecución

Pueyrredón emprendió su retorno a mediados de noviembre de 1808. Sin embargo, al arribar a Montevideo, en enero de 1809, Francisco Javier Elío –gobernador de dicha plaza- decidiría su detención, la cual se extendería por el plazo de cuarenta días. Las acusaciones provenían del propio Álzaga y sus partidarios. Habían dado con las cartas remitidas a José Núñez y con la proclama a los Húsares. No estuvo exento de ciertos ribetes cinematográficos su periplo: Elío lo remitió a España para que allí sea juzgado, pero al pasar cerca de las costas brasileras, Pueyrredón perforó una parte de la nave, por lo cual todos debieron abandonarla en botes. Conducido encadenado hasta una posada, lograría escapar con ayuda de un marinero. Oculto un tiempo en Río de Janeiro, retornó a Buenos Aires en junio de 1809. Ya en la ciudad, retomaría la conducción de los Húsares.

Para ese entonces, la sociedad de Buenos Aires se hallaba cada vez más polarizada. La llegada de Cisneros representaría un motivo de discusión táctica entre los revolucionarios: ¿debían esperar mayor apoyo popular o bien, avanzar sin dilaciones? Belgrano relataba así los sucesos:

“Llegó la hora y apareció en mi casa don JMP y me significó que iba a celebrarse una junta de comandantes en la casa de éste, a las once de la noche, a la que yo precisamente debía concurrir; que era preciso no contar sólo con la fuerza, sino con los pueblos y que allí se arbitrarían los medios.”

Pueyrredón estuvo entre quienes plantearon desconocer la autoridad de Cisneros. De hecho, se negó a jurar fidelidad al nuevo Virrey, lo cual le valió ser apresado en el cuartel de Patricios. El propio Cuerpo, con una fuerte movilización, lo ayudaría a escapar nuevamente. Belgrano lo envió entonces a proseguir las negociaciones –finalmente fallidas- con Carlota en Río de Janeiro.

Así, no es de extrañar que Pueyrredón fuese catalogado por los contrarrevolucionarios como sedicioso y propagador de ideas subversivas. La misma Junta de Sevilla observaría que su conducta estaba dirigida hacia la independencia, que su presencia era “peligrosísima” y que había que aislarlo. Ante la persecución, Pueyrredón debió refugiarse hasta junio de 1810 en Río de Janeiro.

Un imprescindible

Son numerosas las fuentes que sindican a Juan Martín de Pueyrredón como uno de los más decididos revolucionarios del Río de la Plata entre 1806 y 1810. No es casual que sean comúnmente omitidas por los académicos: su objetivo es ocultar tanto la existencia de clases en la revolución como a sus representantes más conspicuos. En cambio, hemos observado aquí entonces a un cuadro fundamental en el proceso revolucionario, que ocupó cargos políticos de relevancia y que llevó adelante con decisión el programa burgués. Queda probada además la existencia de un programa independentista, llevado adelante por la clase social que venía a instaurar nuevas relaciones sociales. En este marco, la actuación de este revolucionario, no puede dejar de destacarse.

Notas

[1]Lafuente Machain, Ricardo: Juan Martín de Pueyrredón visto a través de un copiador de cartas, Buenos Aires, 1940

[2]Gammalsson, Hialmar: Juan Martín de Pueyrredón, Goncourt, Buenos Aires, 1968, p. 91

[3]Documentos del Archivo de Pueyrredón, Tomo I, Museo Mitre, Buenos Aires, 1942, p.46.

[4]Mayo Documental, Tomo III, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1961, p. 48

[5]Documentos del Archivo de Pueyrredón, Tomo II, Museo Mitre, Buenos Aires, 1942, pp.64-65

[6]Mayo Documental, Tomo III, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1961, pp. 151-152

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