México: ¿un giro a la izquierda?

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se erigió con la presidencia de México con más del 52% de los votos, obteniendo también mayoría en Diputados y Senadores, dejando muy atrás, con menos del 20%, a los partidos tradicionales del PRI, el PAN, y el PRD. Por esto, buena parte del mundo político sostuvo que se trató de un giro a la izquierda de la segunda economía de América Latina. Partidos que se proclaman socialistas como el MAS, han sostenido que “con AMLO se prepara un mejor terreno en México para discutir y avanza en la pelea por derechos fundamentales”. Sin embargo, existen muchos elementos que demuestran no solamente que López Obrador no tiene nada de izquierda, sino también de las continuidades con la historia política reciente de México. Veamos.

En primer lugar, López Obrador llega a la presidencia de la mano de la alianza Juntos Haremos Historia, conformada por su partido MORENA, el Partido del Trabajo (de extracción maoísta) y el Partido del Encuentro Social (PES), un grupo de orientación evangélica, por lo tanto claramente opositor al aborto y con tendencias homofóbicas, en una coyuntura donde comienzan a generarse movilizaciones de mujeres reclamando el derecho al aborto a nivel nacional, que es legal solo en 13 de los 18 estados mexicanos.1

En segundo lugar, su gobierno estará compuesto por cuadros políticos de la burguesía con larga data en la política mexicana. El jefe de ministros será Alfonso Romo, un empresario del área de la genética y la transgenética, que actualmente dirige el grupo empresarial Synthenic Genomics. Ya había apoyado a Fox y Calderón, pero en el 2011 se volcó hacia López Obrador. Marcos Fastlicht, es un empresario de la construcción y el arte, y es suegro de Emilio Azcarraga Jean, presidente del Grupo Televisa. Fastlicht estará a cargo del enlace con organizaciones de la sociedad civil. Dentro de los ex PRI, aparecen Marcelo Ebrard, quien estará a cargo de la política internacional. Ebrard también fue parte del PRD, al que renunció luego de una serie de rupturas dentro del partido, y estuvo ausente del espacio público debido a que fue acusado de corrupción en la construcción de la línea 12 del Metro de la ciudad de México cuando era jefe de gobierno. Esteban Moctezuma Barragán, estará a cargo del desarrollo social, y fue parte del gobierno de Ernesto Zedillo a fines de los ’90. Alfonso Durazo Montaño, miembro del PRI hasta el año 2000, se desempeñará como secretario de Seguridad. También aparece Ricardo Monreal, miembro del PRI hasta 1998, por el que fue gobernador de Zacatecas, diputado federal y senador, para luego transitar por el PRD, Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano, y MORENA. También hay ex miembros del PAN, como Tatiana Carrillo, quien estará a cargo de la política interior, Manuel Espino, de dilatada trayectoria en el PAN vinculado a su ala más conservadora, Germán Martínez, uno de los colaboradores del ex presidente Calderón, y Gabriela Cuevas, ex diputada panista. Por último, encontramos a Yeidckol Polevnsky, quien ocupó cargos directivos en instituciones financieras y fue la primera mujer en presidir la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra), e hizo carrera dentro del PRD junto a Obrador. Si bien no integra su gabinete, será su principal operadora política, siendo además Secretaria General de MORENA.2 Es decir, una parte del personal político responsable y cómplice de la situación actual de México, volverá a desembarcar en la administración nacional de la mano del “izquierdista” AMLO.

En tercer lugar, sus alianzas políticas y la conformación de su gobierno y conjunto de operadores políticos, de los cuales la mayoría tiene una amplia trayectoria en cargos políticos del país, el programa de AMLO es más bien genérico, con pocas precisiones, y plagado de elementos más gestuales que concretos. Para AMLO, el principal problema de México es la corrupción y la falta de transparencia, aunque para combatirla no propone ningún otro elemento más que hacer cumplir la Constitución y reducir al mínimo las reformas que el Ejecutivo le proponga al Legislativo, como forma de garantizar la división de poderes. Se propone reducir el déficit, sin emitir ni endeudarse ni aumento de impuestos sino que financiará el gasto público con el “ahorro” en corrupción y privilegios, aludiendo a la reducción salarial de los altos funcionarios. Su programa también establece una clara defensa del mercado interno, rescatando la necesidad de recuperar la agricultura y las “comunidades indígenas”, promover la producción de fertilizantes y productos agrícolas, fijando precios y distribuyéndolos a bajo costo como forma de alcanzar la autosuficiencia alimentaria. Aparecen también una serie de elementos de estirpe desarrollistas como la construcción de dos pistas de aeropuerto, acceso a internet en todo el territorio, la creación de una zona franca o libre a lo largo de los 3.180 km de frontera con EE.UU., creación de consorcios de Pymes para aumentar la escala y fondos de inversión público-privado. Dentro de la política social, propone crear becas universitarias para familias de bajos recursos, y duplicar la jubilación. Se propone también revisar los contratos de concesión, principalmente petroleros, y apuntar a mejorar la producción de energía para reducir el costo de importar 600.000 barriles diarios. Es decir, AMLO llega con la misión de volver más “eficiente” al Estado, al que también apuesta a descentralizarlo. Como parte del combate a la corrupción, se propone eliminar los fueros en los cargos públicos, y también un elemento polémico de impulsar una amnistía, tema que no ha quedado claro en las diferentes entrevistas, ya que por un lado se ha hablado de una suerte de “punto final” en las investigaciones de causas de corrupción, y por otro lado de liberar algunas presos por narcotráficos a cambio de pacificar las calles del país. Como todo terreno escabroso, AMLO pateó la pelota para adelante, sosteniendo que debía ser discutido, e invitó al Papa y al Secretario General de la ONU a participar.3 No sería descabellado que se abra una negociación donde los corruptos negocien su libertad a cambio del apoyo al gobierno.

Como se ve, AMLO no representa ningún giro a la izquierda. Expresa, por un lado, el descontento de una buena parte de la sociedad mexicana con el conjunto de los partidos políticos tradicionales, PRD, PAN y PRI, y por otro lado, el reciclaje de una parte de los cuadros políticos de estos últimos. El propio López Obrador fue miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) entre 1977 y 1988, del Partido de la Revolución Democrática (PRD) entre 1988 y 2012. Así, un personal burgués con un programa burgués se presenta como una variante apelando al nacionalismo (defensa del mercado interno y de lo “hecho en México”) y una supuesta honestidad, capitalizando el descontento de las masas con las estructuras políticas tradicionales. Este descontento también puede verse en que la abstención se mantuvo dentro de los parámetros normales, 38% cuando en las últimas dos elecciones había sido del 40%, y en que hubo más de un 1 millón de votos nulos. Es decir, no se trata de un viraje a la izquierda, sino de la profundización de la ruptura del vínculo político entre las masas y las direcciones burguesas. No se trata de que ahora existan mejores condiciones para luchar como sostiene el NMAS, por ejemplo ¿qué haría AMLO frente a las movilizaciones de mujeres reclamando por el aborto ya que mantiene una alianza con el PES? AMLO no es más que el recurso de la burguesía para contener la crisis política. No por nada rápidamente la oposición reconoció la derrota, y recibió saludos de la burguesía mexicana más importante y hasta del propio Trump a quien AMLO le propuso establecer una agenda común sobre los temas de migración y generación de empleos. No es un bonaparte, no llega como Kirchner con las masas en la calle, sino más bien como Lula, aunque sin una estructura sólida detrás.

Con todo, AMLO aspira como máximo a un tibio reformismo, menor incluso al del PT en Brasil. Por lo tanto, no debe confundirse a las masas y sentar un antecedente peligroso para el resto de la región. AMLO solo aspira a lavarle cara de la burguesía mexicana, apelando a elementos más de índole gestual. No obstante, esta elección muestra el inicio de una crisis política importante, ya que afecta al sistema de partidos tradicionales mexicanos y una ruptura de la clase obrera con la burguesía. En medio de una aceleración de la crisis mundial, difícilmente AMLO repita el ciclo de Lula o Kirchner. Más bien, parece el preludio a un estallido mayor.

Para canalizar el descontento y preparar una intervención, es necesaria una acción independiente del conjunto la clase obrera, ya que el zapatismo ha demostrado, como toda variante autonomista, su incapacidad para disputar seriamente el poder político de una sociedad. Apelar, mediante la convocatoria a un encuentro nacional de trabajadores y dirigentes sociales, a los millones que se resisten a votar o lo hacen en blanco, que rechazan abiertamente el sistema, e incluso a buena parte de los votantes de AMLO, debe ser el primer pilar de la construcción de un movimiento verdaderamente revolucionario.

Razón y Revolución


Notas

1 https://bit.ly/2lXgk69; https://bit.ly/2IW0GAN; https://tinyurl.com/y7sgehlc

https://tinyurl.com/yddcf52n

3 https://tinyurl.com/ybsp7jaf; https://tinyurl.com/y75tkoka

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *