Luis Mattini y el programa de la derrota.

Por Stella Grenat.

Luis Mattini, quien fuera no sólo cofundador del ERP hacia 1970 sino miembro del buró político del PRT-ERP desde 1973 hasta 1976 y dirección de una de las fracciones del partido después de la muerte de Santucho hasta 1980, hoy nos presenta en El encantamiento político. De los revolucionarios de los ’70 a los rebeldes sociales de hoy su nueva cara política.
El texto puede dividirse en dos partes. Desde el prefacio hasta el capítulo V, donde despliega su critica a todas las categorías analíticas con las que entendía la realidad en los ’70 y presenta sus nuevas definiciones. Y una segunda parte, desde el capítulo VI hasta el epílogo, en la cual pretende explicar, con esta nueva matriz teórica, la situación de la Argentina pos 19-20 de diciembre del 2001. Esta explicación se basa en un análisis de las transformaciones subjetivas de los individuos que participan en las luchas sociales. Detrás de ello podemos observar, sin embargo, la búsqueda de una justificación teórica de la derrota política de su generación y del proyecto político que impulsaron. Por eso su texto es un contrapunto maniqueo entre las dos épocas. Todo lo anterior es negativo y lo actual no lo es. Lo único que se salva del naufragio son los sujetos.
Sin reconocer que lo que fracasó políticamente en los ’70 fue el programa que él siguió decreta de ante mano el fracaso de toda forma de lucha contra el capital. Según Mattini, ni él ni su generación fueron derrotados, sino que estaban confundidos, no sabían lo que, gracias a Toni Negri, saben hoy: que es imposible derrotar al régimen capitalista. La conversión del imperialismo en Imperio allanó el camino y ahora es posible empezar de cero. Las certezas de la Modernidad, la razón, el conocimiento científico, el poder concentrado de la burguesía en el Estado, la explotación, las clases, la lucha de clases, en fin, la realidad toda ha desaparecido. Y con ella el marxismo y los marxistas. Mattini que, aunque lo niegue es ahora un posmoderno, festeja la desaparición de los revolucionarios y la aparición, por fin, del Hombre Nuevo: los rebeldes sociales, nuevos seres irracionales y llenos de incertidumbres que mantienen del ayer “ese algo […] la pasión y la determinación” (pág. 14) para militar en pos de un mundo mejor. Seres que experimentan un nuevo tipo de saber práctico y que después del 2001 hicieron surgir una nueva sociedad y nuevas relaciones sociales en sus vivencias territoriales. Sujetos autónomos que sin temer a la horizontalidad orgánica, y decidiendo por ellos mismos, sin distraerse en la lucha por tomar el poder, “van construyendo camino al andar” (pág. 14), sin programa, sin estrategia, sin vanguardia.
El proyecto político que defiende Mattini “La comuna: hipótesis de contrapoder” (pág. 105)- es un mundo de jauja. Un mundo ideal, semejante al imaginado por los mesiánicos medievales, construido por “los ricos y pobres” (pág. 103) hermanados y reunidos en “multitudes polifacéticas, desordenadas, caóticas” (pág. 89) que, guiadas por un “sentimiento de libertad” (pág. 101), salen en carnaval a apropiarse de las calles. Este proyecto político estaría ya entre nosotros, como un embrión al que sólo tenemos que ayudar a desarrollar. ¿Cómo? Revolucionando nuestras mentes. Esta es la forma de construir ese contrapoder. Resistiendo la alienación venceremos al Imperio, “sólo basta que […] llamemos a la puerta de nuestro vecino para invitarlo con un vino” (pág. 145) o que apaguemos la televisión, “soporte esencial de la dominación capitalista actual” (pág. 157). En este mundo-idea, construido al “margen del Estado” (pág. 131), donde las determinaciones no surgen del mundo de la producción y han desaparecido las clases, vieron la luz los nuevos sujetos constituyentes, portadores sólo de valores morales positivos, los mismos que en los ’70 Mattini atribuye a los militantes. Son los nuevos “subversivos, que cruzan la línea de la institucionalidad” (pág. 11), reniegan del sistema representativo y dejaron de ser guerrilleros para convertirse en individuos originales, luchadores de todas las causas en busca, no ya del socialismo, sino de formas de vida alternativas.
Esta construcción teórica, además de absurda, es también peligrosa, y esto no sólo porque tergiversa la realidad y la historia reciente de la Argentina, de muchos militantes y otras tantas organizaciones, sino porque contribuye a la consolidación de la hegemonía ideológica y material de la burguesía.
Mientras Mattini, apreciando la diversidad de lo múltiple, milita construyendo este panegírico del autonomismo, del independentismo y del antipartidismo, deslizando una crítica feroz a todas las organizaciones de izquierda, la burguesía se rearma imponiendo su dictadura bajo la piel, nacional y popular, del cordero patagónico Néstor Kirchner. Mattini confiando en la creatividad de las bases para recrear desde su subjetividad un mundo-gueto-alternativo y separado del mundo real, encuentra en Kirchner a un compañero dentro de la multitud. Sin pudor afirma: “No tengo por qué dudar de sus buenas intenciones” (pág. 150). Para Mattini, Kirchner “empieza a ser ‘amoroso’ para la gran mayoría, a punto tal que logró un imposible, lo que ningún político argentino ni siquiera de izquierda- ha logrado jamás: cierta expectativa favorable” (pág. 148) y esto porque “comprende, mejor que muchos antiimperialistas dónde se expresa hoy por hoy el Imperio” (pág. 150).
Efectivamente, como afirma Mattini, después del 2001 se abre una nueva etapa en la cual la burguesía argentina encuentra dificultades para mantener su dominación. Frente a este panorama y mientras observamos cómo dicha clase se ordena para salvaguardar su estrategia, consolida su vanguardia, forma partidos y cuadros para defender y desarrollar su programa, Mattini nos propone que impulsemos un proyecto político según el cual la clase obrera y las fuerzas populares deben marchar en desorden y confusión, sin dirección y sin rumbo, es decir, igual que en los ’70, sin partido. Siguiendo a Mattini, seguiremos un programa que ya fue derrotado y que resucita hoy como un espectro para intentar conducirnos, otra vez, hacia lo que será otra segura derrota. No es extraño que el que lo proponga sea un reciclado de los ´70 que, vía el autonomismo, se suma a las huestes del político burgués de turno. Mattini comenzó su vida como revolucionario, equivocado, pero revolucionario al fin. Parece decidido a terminarla como contrarrevolucionario. Un tanto disparatado y delirante, pero contrarrevolucionario al fin.

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