Resurrección y muerte del Anarquismo.

en El Aromo n° 18

Por Silvina Pascucci.

Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo-CEICS.

Comúnmente se asocia al anarquismo con el movimiento obrero de fines del siglo XIX y principios del XX. Suele suponerse, además, que los anarquistas ya no existen o que, a lo sumo, se encarnan en algún adolescente rebelde y desencantado del mundo que se viste de negro con cadenas en la cintura. Sin embargo, el anarquismo no ha desaparecido. Sigue palpitando en un sector del movimiento obrero argentino, más específicamente en una fracción del movimiento piquetero: aquella que está nucleada en torno a los MTDs. Sin indumentaria de velorio, ni cinturones de tachas, los militantes de los MTDs reproducen los principios básicos del anarquismo, su estrategia política y su visión del mundo. Para comprender los límites que plantea la política anarquista, tanto en los inicios del siglo XX como en la actualidad, resulta útil revisar las lecciones que nos brinda la historia de la lucha de clases en la Argentina. Veamos.
Para explicar el triunfo y la posterior derrota del anarquismo entre fines del XIX y principios del XX, Juan Suriano, historiador de la UBA, sostiene (en Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910, Manantial, Bs. As., 2004) que las características de este movimiento son las que explican tanto su éxito como su fracaso. Plantea, además, que el anarquismo tuvo un carácter dual, es decir, que incluía en su interior tanto al individualismo como al colectivismo, que convivieron junto con otras tendencias como las que representaban los doctrinarios puros, los sindicalistas y los anarco sindicalistas. Según el autor, este marco de “multiplicidad de tendencias inherente al movimiento anarquista”, le confirió una amplitud que lo tornó atractivo a distintos sectores de los trabajadores, ya que representaba tanto sus necesidades individualistas como las de carácter colectivo, sus intereses sindicales, así como también los políticos y culturales. Suriano destaca el importante papel del anarquismo en la construcción de una “sociabilidad” que integró a los trabajadores inmigrantes, pero a partir del respeto a su individualidad. La clave del éxito se transforma, según el argumento del historiador, rápidamente en la causa de la derrota: las disputas internas producto de esta variedad de tendencias (que incluso llegan a enfrentamientos armados entre anarquistas de distintas corrientes) y la inexistencia de una dirección unificada le impidió organizar un movimiento coherente que impusiera cierta disciplina y unidad, tanto en la acción como en los objetivos. La dispersión y el debilitamiento del movimiento libertario se provoca entonces, según el autor, por sus características propias: su carácter dual y la multiplicidad de tendencias.
La explicación que Suriano ofrece sobre el éxito y la derrota del anarquismo no es convincente. En primer lugar Suriano no comprende la verdadera causa del éxito anarquista, es decir, la acción directa. Sólo la acción directa de la clase, movilizada y en lucha puede garantizar las conquistas que los trabajadores reclaman, y sobre todo en el período 1890-1920, donde la legislación laboral es inexistente y la represión es moneda corriente (no sólo en las manifestaciones obreras sino además por toda una legislación represiva cuyos mayores exponentes son la Ley de Residencia y la Ley de Defensa Social). El anarquismo entendió justamente eso, la necesidad de la acción directa, y como consecuencia, tuvo un papel fundamental en la organización de huelgas, sindicatos, medidas de lucha, etc., garantizando con ello una serie de conquistas para la clase obrera.
En segundo lugar, Suriano ofrece una segunda explicación de la derrota: caracteriza al gobierno de Yrigoyen como un gobierno democrático que negocia con los trabajadores y se preocupa por la cuestión social. El autor argumenta que la “urgencia revolucionaria” y el “confrontacionismo a ultranza” del anarquismo (y su negativa a la negociación) alejó a los trabajadores de sus círculos cuando el Estado se mostró más receptivo. Suriano da una imagen falsa de Yrigoyen: así parece olvidar que bajo su gobierno se desarrollan las sangrientas jornadas de la Semana Trágica, enero de 1919, y la Patagonia Rebelde en 1921; que fue Yrigoyen el primer presidente en utilizar al ejército para reprimir la lucha obrera y que la tibia legislación laboral jamás se cumplía en la práctica.
Entonces, ¿dónde podemos encontrar la explicación a la derrota del anarquismo? Parte de la respuesta la ofrece Suriano cuando analiza correctamente los problemas de la multiplicidad de tendencias sin una dirección sólida. Efectivamente, una organización que no puede ordenar un programa y una estrategia común, que no logra disciplinar sus filas, que no consolida una dirección que la oriente, es decir, que no se plantea la construcción de un partido, adolece de una debilidad que pone en peligro a la propia organización. Pero esta debilidad se vuelve todavía más criminal a la hora del enfrentamiento, ya que si existe una organización por excelencia, esa es el Estado, y detrás suyo la burguesía. La relación de fuerzas se vuelve entonces desfavorable para una clase obrera no organizada en torno a un partido y cuyos referentes principales están divididos. División que llega al enfrentamiento y al asesinato (por ejemplo, en el marco de las peleas faccionales de la década del ’20, Emilio López Arango, director de La Protesta, muere a manos de Severino Di Giovanni). Detrás de esta negativa a conformar una dirección se encuentra un segundo problema que Suriano no identifica como tal: su filosofía individualista, basada en el voluntarismo y el idealismo. Si analizamos los periódicos anarquistas, sus discursos y su forma de pensar la lucha de clases, vemos que está muy presente (en mayor o menor medida según las distintas tendencias) el individuo, la libertad individual, la moral y la ética como atributos abstractos. En todos estos elementos subyace la ideología burguesa, lo cual impide consolidar una organización política verdaderamente revolucionaria.
Por otro lado, para comprender la derrota del anarquismo, debemos tener en cuenta la consolidación del sindicalismo revolucionario. Esta corriente luego de la represión del Centenario, abandona la estrategia insurreccional y el objetivo de transformación revolucionaria (aunque su nombre indique lo contrario). El sindicalismo revolucionario fue cooptado por el gobierno de Yrigoyen al que apoyó. Su estrategia principal fue la negociación. Podemos decir que el sindicalismo revolucionario fue a Yrigoyen lo que la CCC y D’Elía a Kirchner.
En resumen, el principal elemento que explica el éxito del anarquismo de principios de siglo XX es su tendencia a la acción directa. Sus características internas, su estrategia antipartidista, así como su filosofía individualista y en última instancia burguesa, fueron los factores que provocaron su fracaso. Éste fue facilitado a su vez por la división del movimiento obrero y la cooptación del sindicalismo “revolucionario”por Yrigoyen.
Hoy vemos que un sector importante de los trabajadores (sobre todo aquellos nucleados en torno a la Asamblea Nacional de Trabajadores) tienen presente esta experiencia histórica: sólo la organización, la acción directa y la independencia de clase pueden garantizar sus reclamos. Sin embargo las fracciones que integran los MTDs insisten en desarrollar los aspectos más lamentables del anarquismo (el individualismo, el autonomismo, el independentismo) y se niegan a plantear la necesidad de organización, de dirección, de construcción del partido. Esto es lo que provoca con tanta facilidad la dispersión y la división, e incluso que un sector de ellos esté hoy en día encolumnado detrás del kirchnerismo. La inexistencia de un programa coherente y comprometido con la independencia de clase es lo que hace posible las desviaciones y la confusión. Los MTDs abren la puerta, por su antipartidismo y autonomismo, a la cooptación del movimiento obrero por el gobierno. De esta manera, el MTD combina los errores del anarquismo y del sindicalismo revolucionario. Estos errores gestaron en el pasado la derrota de la clase obrera: la huelga de junio de 1921 fue vencida, los dirigentes, incluyendo los que apoyaban a Yrigoyen, fueron encarcelados y el movimiento entró en un período de reflujo. Cien años después del fracaso histórico de estas tendencias, ellas viven todavía en los MTDs y esto representa un peligro de muerte para la clase obrera en lucha.

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