Libros y alpargatas. Unidad de obreros y estudiantes durante la Reforma Universitaria

Jonathan Bastida Bellot

Bandera Roja

El movimiento estudiantil argentino nació ligado a la clase obrera. Analizamos aquí la génesis de ese vínculo.


Perón, que desde el golpe de 1943 tuvo en los estudiantes universitarios unos de sus principales adversarios, instigó la separación de obreros y estudiantes. Esta división todavía hoy es propiciada por el peronismo: basta escuchar a sus dirigentes sindicales quienes lo único que atinan a responderle a los reclamos de izquierda es que el gremio no es un centro de estudiantes.1 El lema peronista “Alpargatas sí, libros no”, condensa tanto el antiintelectualismo peronista como su búsqueda de escindir lo que hasta entonces había estado unido.

Alianza cultural

En líneas generales, la mayoría desdibuja el rol de la clase obrera en el proceso de la Reforma Universitaria. En general, si se menciona algún tipo de participación obrera en el proceso, se la restringe a los meses de junio a septiembre de julio a 1918, es decir se la limita el período de manifestaciones callejeras que va desde que es elegido un rector católico a quien los estudiantes no dejan asumir (Nores) a la ocupación de la Facultad por los estudiantes. Pero, en realidad el vínculo era previo y se había empezado a construir antes de que el movimiento reformista se iniciara.

En 1916 un grupo de intelectuales liberales y futuros dirigentes reformistas conformado por Deodoro Roca (autor del Manifiesto Liminar), Saúl Taborda, Arturo Capdevila y Arturo Orgaz, entre otros, constituyeron la “Asociación Córdoba Libre”. Este era un órgano de tendencia liberal-progresista que pedía la separación de Iglesia y Estado, la supresión del senado, el establecimiento del divorcio, la abolición de la pena de muerte, la laicidad de la enseñanza, la personería de los sindicatos, la creación de talleres, gimnasios y baños públicos para obreros y la implementación de la enfiteusis reformada. Esta asociación se había puesto como objetivo mejorar las condiciones de vida “del pueblo”, en todos los niveles.

En 1917 este grupo pone en marcha un proyecto conocido como “Universidad Popular”, donde se daban clases de economía, derecho y moral a los obreros de la ciudad. Este antecedente es la base de la extensión universitaria, que reclaman los reformistas y que implica la apertura de la universidad al conjunto de la población. De hecho, serán Orgaz y Roca, dos integrantes de Córdoba libre, los principales defensores de la extensión universitaria como punto del programa de la Reforma. Ambos defenderán la extensión universitaria tanto en el Congreso Nacional de Estudiantes de 1918 como en otras intervenciones públicas.2 Deodoro Roca, llegó a plantear que toda reforma universitaria era limitada en la medida en que persistiera la “odiosa división de clases”.3 Estas posiciones los hicieron coincidir con el Partido Socialista, que también defendía la extensión universitaria y que fue un protagonista decisivo en el momento más radicalizado de la lucha estudiantil durante 1918. Es importante recalcar que el temprano trabajo de Córdoba libre y la consecuencia con la que sus dirigentes defienden en diversas instancias y momentos del proceso de reforma la extensión universitaria dan cuenta de un vínculo de estudiantes y obreros que no es coyuntural ni oportunista. Es decir, los estudiantes no recurren a los obreros, solo a pedirles su ayuda cunado necesitan su apoyo en las calles. Desde mucho antes están trabajando con ellos en tareas que veían como necesarias para el cambio social.

Alianza política

El movimiento reformista tiene una primera etapa muy moderada. En la misma solo reclama que se otorgue a los profesores (no a los estudiantes) el derecho a elegir el rector de la universidad. Pero en junio, cuando esto sucede los profesores consagran como rector al católico Nores. Es entonces cuando el movimiento se radicaliza. Los estudiantes impiden que Nores asuma. La dirección de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) se da cuenta que la modernización de la universidad no se podrá realizar apoyándose en los docentes. En función de esto, el movimiento, su programa y sus métodos se radicalizan. Al mismo tiempo busca ampliar su base social por fuera de la universidad para fortalecerse políticamente. El éxito de esta nueva estrategia se verificó en la masividad de los actos y movilizaciones que organizaron los reformistas de ahí en adelante. Esto explica que la FUC haya podido realizar actos con veinte mil manifestantes cuando la Universidad de Córdoba sólo contaba con alrededor de mil estudiantes.

La FUC se apoya y explota sus relaciones previas con la clase obrera. Pide solidaridad a los sindicatos y a los partidos de izquierda. Se consigue la adhesión de los gremiosy de la Federación Obrera de Córdoba (FOC). Se establecen vínculos con Miguel Contreras, secretario de esa federación, quien también era unos de los fundadores del Partido Socialista Internacional (después Partido Comunista). Con él los dirigentes estudiantiles establecieron lazos estrechos de solidaridad obrero-estudiantil.

A su vez, cuando entre 1918 y 1919, en Córdoba cuando los trabajadores molineros, los de la industria del calzado, los empleados municipales y los tranviarios se alzaron en huelga   contaron con el apoyo de la Federación Universitaria. Incluso, Deodoro Roca llegó ser orador en los actos organizados por los gremios que dirigían esos conflictos. Por otra parte, los estudiantes trataban públicamente con los obreros en sus propios locales y dictaban diariamente conferencias sobre la “revolución universitaria”. Esta alianza se da, en un momento de ascenso de la lucha de clases, que tendría como momento culminante la Semana Trágica de 1919. Coincide también con los meses previos a la Revolución Rusa y el consiguiente temor al “maximalismo”. De hecho, el movimiento estudiantil reformista fue caracterizado con ese rótulo por parte de la prensa católica, asociándolo de esta forma con el movimiento obrero y la revolución.4

Estudiantes y obreros compartían los mismos enemigos que recurrían a los mismos métodos. En 1918 crece la represión privada, que luego va a consolidarse como grupo para estatal con la Liga Patriótica. Por el momento, tanto obreros como estudiantes sufren la represión de grupos de choque aislados. En noviembre de 1918, el presidente de la FUC, Enrique Barros, es atacado por un grupo de choque católico mientras estaba de guardia en el hospital de clínicas. Estos matones le pegan con fierros en la cabeza, dejándole lesiones cerebrales. Después de eso se va por muchos años a Europa para hacerse un tratamiento. Ante este suceso, la FUC recibe la solidaridad de: “trabajadores del calzado”, los Ferroviarios del Central Córdoba. Otras cartas y telegramas de organizaciones obreras: Federación Obrero, Telegrafistas y Empleados Postales, Unión General de Mozos, Federación Obrera Ferrocarrilera S. Córdoba Central Argentino; Obreros Molineros, Ferrocarrileros del C.N.A.; obreros de Talleres; personal del Consejo de Higiene; empleados F.C.C.A.; gremio Ferroviario; Unión Tranviarios Eléctricos de Córdoba; obreros de Calzado; ferroviarios de C. C.; Sindicato obrero del F.CC.N.A. (Sección Alta Córdoba); Centro empleados Ferroviarios (Sección Río Segundo); Sociedad Unión Obreros Carpinteros; Empleados de la Compañía de Luz y Fuerza.5

La extensión universitaria, ayer y hoy

Como hemos visto, la extensión universitaria fue uno de los puntos del programa de la reforma. Nace como una iniciativa autónoma de los estudiantes y de su voluntad de vincularse a la clase obrera para promover la transformación social. Para los reformistas del 18 la “extensión” no era otra cosa más que llevar los últimos adelantos científicos a la sociedad. Pero en las últimas décadas esto ha cambiado: el contenido de los programas de extensión se ha degradado y su finalidad política se ha tergiversado. Lo que era un movimiento genuino construido desde abajo por los estudiantes en pos del cambio se ha transformado en una política clientelar y conservadora orquestada desde las altas esferas de la gestión universitaria.

En los años setenta y ochenta el concepto de extensión universitaria pasó por fuertes cambios que se reflejan hoy en la relación concreta entre Universidad y sociedad. La nueva concepción se prefigura en la “Segunda Conferencia Latinoamericana de Extensión Universitaria y Difusión Cultural” de 1972. Según el nuevo paradigma, en la definición de extensión habría predominado un criterio de “dádiva cultural” con un marcado acento “paternalista”, ya que era la Universidad la que decidiría sobre el contenido y el alcance de su proyección. Por lo tanto, la extensión y difusión se realizarían mediante un canal de una sola dirección, que va de la Universidad, depositaria del saber y la cultura, al pueblo, simple destinatario de esa proyección y al cual se supone incapaz de aportar nada valioso.

Frente a esto se propone como superador un modelo influenciado por las ideas de Freire, a favor de una “dialogicidad”, una dinámica educativa donde Universidad y sociedad se paran de igual a igual y ambas aprenden por igual una de la otra. Detrás de este discurso “progre”, y de la mano del posmodernismo, se postula la ausencia de jerarquías en el conocimiento: todo conocimiento es igual de válido. Se equipara el conocimiento científico al sentido común. En segundo lugar, se asocia extensión con los programas de acción social. Prácticas de asistencia social son presentadas como parte de formación de los estudiantes. De esta forma, la Universidad pervierte uno de los legados más progresistas de la Reforma del 18 convirtiéndolo en un mecanismo más de contención social, para lo cual emplea a los estudiantes como mano de obra gratuita.6

En Argentina, esta concepción se volvió hegemónica durante el kirchnerismo. Por caso, en la Facultad de Filosofía y Letras podemos encontrar actividades de voluntariado y extensión al estilo de “Programa Filo: recupera trabajo y residuos.” Por otro lado, desde el año pasado se está implementando la curricularización de este tipo de actividades a través de las Prácticas Socioeducativas Territorializadas (PST). La curricularización busca que estas actividades pertenezcan a la currícula de los programas de estudio y sean obligatorias para todos los estudiantes. Con estas prácticas se lleva a los estudiantes a realizar tareas en locales de la CTEP (organismo ligado a la Iglesia católica), de organizaciones ligadas a la “economía popular” y Centros de Acción Familiar para realizar tareas que debiera cumplir el estado como la alfabetización de la población o actividades de “inclusión” de los “pueblos originarios”. Con la curricularizacion de la extensión, algo que empezó como un movimiento autónomo de los estudiantes se institucionaliza coartando toda autonomía previa y se lo transforma en un mecanismo digitado desde arriba para la contención social. Desde la lógica estatal, ante la imposibilidad política de introducir aranceles a la educación superior, se cobra a los estudiantes una suerte de impuesto en trabajo que, de avanzar la curricularización, deberán cumplir en forma obligatoria para recibirse.

Algunas lecciones

Durante la Reforma Universitaria los estudiantes no actuaron solos. La clave de su victoria relativa fue su alianza con la clase obrera, vehiculizada a través de los gremios y las organizaciones de izquierda. Esto se verificó no solo en la alianza en las calles sino en el planteo de llevar la universidad al conjunto de la sociedad. Eso garantizó la masividad y popularidad de la lucha. Esto también muestra el tipo de universidad que buscaban los reformistas. Una que desarrolle el conocimiento científico al servicio de la transformación social.

Paradójicamente, hoy que los estudiantes que pueblan las universidades son en su mayoría obreros, la universidad sirve menos que nunca a la clase obrera. Esto es así porque una universidad posmoderna que no crea conocimiento útil, no puede servirle a la clase obrera. La consecuencia se observa en la degradación de la extensión universitaria. Como la camarilla hegemónica no produce conocimiento útil a los trabajadores, lo único que puede ofrecerles es el trabajo gratuito de sus propios hijos, quienes bajo la figura de estudiantes ofrendan su fuerza de trabajo al Estado para sus tareas de asistencia. El problema no se resuelve por meras campañas de solidaridad, donde los centros de estudiantes brindan su simpatía y apoyo a sindicatos en lucha. Otra vez, con un contenido político más progresista, de todos modos pareciera que la facultad solo puede ofrecer músculo, fuerza de trabajo militante para sostener un corte o una toma. Pero, ¿para eso vinimos a estudiar? ¿Es eso todo lo que podemos aportar? Definitivamente no. Somos estudiantes, la mayoría trabajamos y es un esfuerzo enorme cursar cada día. Si sostenemos ese esfuerzo es porque creemos que vale la pena. No dejemos que nos digan lo contrario las academias y camarillas, llenando nuestras valiosas horas de estudio de clases y bibliografía inútil. Luchemos por ese conocimiento científico que nosotros y el conjunto de la clase obrera necesitamos.

Notas

1Esto sucedió este año en el plenario de afiliados de ATE Capital.

2Roca, Deodoro en el Discurso de clausura del Primer Congreso Nacional de Estudiantes, Córdoba, julio de 1918, en Gabriel del Mazo, ob. cit., t. III, pp. 7-10.

3En Revista de Filosofía, año VII, 1 de enero de 1920.

4El Pueblo, 10/09/18.

5La Vanguardia, 6//11/18; 7/11/18, 8/11/18, 9/11/18, 10/11/18, 11/11/18.

6TünnermannBernheim, C.: La universidad latinoamericana ante los retos del siglo XXI, UDUAL, 2000.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *