El camino de los chalecos amarillos

Desde hace varios días las miradas del mundo se posaron en el movimiento chalecos amarillos. Surgió a fines de octubre, como un reclamo por la suba del diésel. En el primer día de protesta, los chalecos se esparcieron en más de 2000 concentraciones, bloquearon los principales caminos, peajes y entradas de supermercados.

El reclamo se extendió contra la miseria, el aumento de los costos de vida y la pérdida de poder de compra de los salarios. ¿Le suena conocido el panorama? Es un nuevo salto en la crisis política en Europa: la clase obrera sale a la calle. De a poco, la lucha va tomando un horizonte claramente político y se escucha “Fuera Macron”.

¿Cómo se llegó a esto? La crisis mundial viene golpeando a Francia. Macron busca hacerle frente, aumentando la productividad de los capitales. Esto lo llevó a encarar una serie de reformas y ajustes, descargando la crisis sobre la clase obrera y la mal llamada “clase media”. Mientras tanto, los capitales reciben créditos y exenciones fiscales, y se benefician con la reforma laboral. Como siempre, los platos rotos los pagamos nosotros, los laburantes.

Además, Macron redujo los subsidios a la vivienda, aumentó el impuesto a la Contribución Social General, terminó con las pensiones indexadas a la inflación, recortó el empleo público, impulsó una reforma regresiva en educación, entre otras medidas. También proyecta reducir pensiones y beneficios sociales para el 2019. Así, vino a continuar el camino iniciado por Sarkozy y Hollande, de forma mucho más agresiva. Como siempre, los representantes de los patrones son todos lo mismo.

Muchos –incluso la izquierda– le restan protagonismo a la clase obrera. Hablan de la acción de las “clases medias”, el “precariado” y el “cuentapropismo”. Son términos que encubren la participación obrera. Contra el sentido común, que asocia clase obrera a pobreza extrema, los trabajadores también son afectados por el aumento del diesel. En particular, aquellos del interior de Francia, que viven en zonas rurales y suburbanas y recorren entre 30 y 40 km para llegar a sus trabajos. Sin ir más lejos, si usted conoce el interior de Argentina, sabe que allí tener una moto e incluso un auto es bastante común en aquellos pueblos alejados de las grandes ciudades.

Justamente las regiones francesas más movilizadas son aquellas donde se concentra la fracción más pobre de la clase obrera. A ellos se unieron obreros de diferentes sectores de la economía, afectados por la situación genera. Aquí y allá se hicieron presentes las críticas a la burocracia sindical. Solo así se entienden otras consignas obreras como la elevación del salario mínimo, recuperación del poder adquisitivo, mejora de las condiciones de contratación, trabajo para los desocupados, entre otros. Finalmente, el pequeño capital también tiene sus demandas de protección contra las grandes empresas y los impuestos.

El gobierno respondió a las protestas con una importante represión, aunque una fracción de la policía antidisturbios se negó a hacerlo. Hay que tomar nota de esto y atender a la importancia de reconocer a la base de las fuerzas represivas como compañeros de clase.

Luego de las represiones, Macron debió ceder hasta eliminar el aumento en los combustibles. Sin embargo, para esa altura, los chalecos amarillos ya impulsaban un conjunto de demandas sociales y políticas más amplias. Macron debió aumentar 100 euros el salario mínimo –lo que sigue siendo poco- y aseguró que los pensionados no pagarían aumentos a la seguridad social. Se negó, en cambio, a restablecer el impuesto a la riqueza.

¿Qué perspectivas tienen los chalecos amarillos? La lucha requiere una unificación de todos los que luchan, e impulsar a hacerlo a quienes todavía no han salido a la calle. Para llegar a buen puerto, se necesita una dirección que define cómo y hacia dónde hay que ir. Dicho sencillamente: la izquierda revolucionaria debe ponerse a la cabeza de la lucha y darle una salida socialista a la crisis. Para eso debe salir de su modorra y abrir los ojos. El primer paso es reconocer quienes se están movilizando: los trabajadores.

El segundo paso es crear un órgano nacional a partir de núcleos de chalecos amarillos en cada ciudad y barrio. Esos organismos deben ocupar las empresas productoras de alimentos y combustibles, para garantizar el acceso a los bienes elementales. Además, si se quiere abolir la República, hay que llamar a un congreso de toda la clase obrera para discutir un nuevo régimen político.

Los hechos que ocurren hoy en Francia nos muestran que la clase obrera volvió. Y está en el lugar dónde mejor puede hacer política: la calle. Como hemos visto, la realidad de los compañeros franceses es la nuestra. Aquí y allá, la clase es una sola y sus tareas también: la lucha revolucionaria por el Socialismo.

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