Educando al enemigo. A propósito del documental La Educación Prohibida

a68nataliaNatalia Álvarez Prieto
Grupo de Investigación de la Educación Argentina-CEICS

¿Vio el documental La Educación Prohibida? Si lo hizo, no se pierda esta nota en la que le contamos por qué allí hay gato encerrado. Si no, también léanos, no sea cosa que después diga que no le avisamos.

El pasado 13 de agosto se estrenó La Educación Prohibida, un documental independiente realizado por un grupo de jóvenes -de los cuales sabemos poco y nada, ya que procuran no “definirse” por sus títulos- que intenta retratar las formas “alternativas” de educación que se desarrollan en distintos lugares del mundo. La película hilvana una historia ficticia, protagonizada por Gastón Pauls, con una serie de entrevistas realizadas a educadores y especialistas en formas “novedosas” de educación. En teoría, una investigación “informal” en la que se entrevistó a más de noventa educadores de 45 propuestas educativas “alternativas” que se desarrollan en distintos países (Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador, Perú, Colombia, México, Bolivia, Francia, España y Alemania).
En la primera semana, el film ya había sido visto por miles de personas -incluyendo proyecciones en escuelas y universidades- y su reproducción en internet rondaba los dos millones. Tal recepción pone en evidencia que la película recoge y expone un problema innegable: la crisis del sistema educativo. Sin embargo -anticipándonos algo a la crítica que sigue- la salida propuesta es sumamente reaccionaria. Lo triste del asunto es que, una vez más, un programa burgués intenta hacerse pasar por revolucionario y se desarrolla a partir del trabajo de gente honesta que, sencillamente, no comprende bien lo que hace.

Blues de la libertad

Al comienzo, el documental intenta resumir el contenido de la crítica al sistema escolar a través de dos reflexiones filosóficas. Por un lado, se presenta la alegoría de la caverna, de Platón. En ella, un grupo de prisioneros se encuentran encadenados dentro de una caverna desde su nacimiento, de tal forma que no pueden moverse ni girar sus cabezas y sólo pueden ver una pared. Detrás de ellos, una hoguera proyecta, en forma distorsionada, las sombras de otros hombres que transportan distintos objetos a través de la cueva. Según Platón, si uno de ellos fuera liberado podría ver una nueva realidad, más profunda y completa que la proyectada por la hoguera. El film traslada esta metáfora, sin mediaciones, a la situación en la que se encontrarían los estudiantes -equivalentes a los prisioneros- dentro de las escuelas. Para acceder a una educación “libre”, éstos deberían romper sus cadenas ligadas al paradigma pedagógico tradicional. De ese modo, podrían “conocer” la realidad, accediendo directamente a ella en lugar de aceptar pasivamente la transmisión falseada que les ofrece la enseñanza escolar. El resultado sería la generación de sujetos autónomos, capaces de cuestionar las “verdades” -siempre subjetivas y relativas al punto de vista adoptado- que sostiene la escuela pero que, como en la alegoría de Platón, no son más que sombras de una realidad distinta y cambiante.
Por su parte, en la ficción, el profesor Javier –el personaje de Gastón Pauls- le explica a sus alumnos la conocida -y, frecuentemente, mal entendida- Tesis XI de Marx y los invita a transformar el mundo1. El resultado de la mixtura de alegoría y tesis, más allá de lo que pretendan los directores del documental, es un simple rechazo de la importancia del conocimiento real del mundo, de la ciencia y de la educación.
En efecto, como conclusión de ambas metáforas, La educación prohibida defiende la idea aparentemente correcta de aprender a partir de la acción y el juego. En ese sentido, el docente sólo debería facilitar algunas herramientas para que el niño descubra por sí mismo las reglas científicas. Según los especialistas consultados, los niños “son genios” autosuficientes por lo que los maestros deberían limitarse a abrir las “puertas para que descienda el conocimiento”. Es decir, se supone que el niño puede resolver por sí mismo las operaciones algebraicas, el teorema de Pitágoras o entender la generación de electricidad, el funcionamiento de la física cuántica, etc. Esta perspectiva esconde detrás de las palabras opciones pedagógicas criticables. En particular “acción”. ¿Qué es “acción”? Evidentemente, interactuar con los objetos en un laboratorio es “acción”, igual que el caminar por un jardín. Pero también es acción escuchar una conferencia o prestar atención al docente que explica un tema determinado. Salvo que se suponga que cuando eso sucede el cerebro de una persona está desconectado, no está “actuando”. El privilegio de las operaciones manuales sobre las mentales que otorga el concepto de “acción” que promueve el documental, es arbitrario y desconoce uno de los basamentos del conocimiento: la acumulación a través del tiempo. Si cada niño tuviera que descubrir por sí mismo y por medio de operaciones manuales el conjunto del conocimiento humano no sintetizado por la enseñanza de un docente, terminaría por no aprender nada importante. Todos los ejemplos que pueden darse no sólo han sido el producto de científicos que dedicaron su vida entera a las ciencias, sino que han supuesto miles de años de experimentación y descubrimientos previos. Salvo que uno crea en la genialidad espontánea, al estilo Good Will Hunting2, todo acto educativo real contiene buena parte de lo que se llama “educación tradicional”, que no debe ser tan mala si ha permitido a la humanidad llegar hasta donde llegó.
Por otro lado, una y otra vez el documental enfatiza sobre la idea de cómo los niños aprenden sin ningún esfuerzo a través del juego. Sin embargo, la idea de que podemos conocer el mundo en forma placentera, sin esforzarnos, resulta cómoda aunque falsa. Contiene, además, un supuesto erróneo: que la realidad se nos presenta en forma directa y transparente. Precisamente, como la realidad no es inmediatamente perceptible es que se requiere del auxilio de la ciencia para develar las leyes que gobiernan la vida social. Suponer que el conocer es una tarea placentera y no requiere esfuerzo alguno, agotador y muchas veces aburrido, es propio de quien nunca se dio la tarea seria de conocer nada. El proceso de aprendizaje requiere trabajo, tesón y constancia. La gratificación, las más de las veces, se encuentra en el resultado final, no necesariamente en el medio. Peor aún, nuestros documentalistas plantean que los niños sólo deben aprender aquello que les divierte y que los motiva espontáneamente. Por supuesto, olvidan que ese interés y esa motivación no tienen nada de espontáneo sino que, por el contrario, se encuentran determinados por las posibilidades de acceso a la cultura que brinda la clase social de pertenencia.
En el mismo sentido, los “especialistas” consultados en el film sostienen que una de las falencias de la escuela sería el transmitir contenidos que no se corresponderían con las necesidades inmediatas de los estudiantes. En ese marco, se estarían impartiendo conocimientos de carácter “preventivo”, es decir, que pueden no utilizarse nunca en la vida y que, por lo tanto, suelen quedar en el olvido. Así las cosas, sostienen que “podemos vivir sin saber logaritmos” pero no sin saber relacionarnos o emplear herramientas. Es decir, la educación debería estar estrechamente limitada a las necesidades concretas de los niños y jóvenes. Lo que no se pone en cuestión es, precisamente, el núcleo del problema: ¿quién impone esas necesidades? En tanto y en cuanto se piensa en abstracción de las condiciones materiales que determinan la vida de los educandos, nuestros pedagogos “libertarios” no logran comprender que esas necesidades son impuestas a cada niño en función de la clase social a la que pertenecen. En calidad de futuros obreros, que se desempeñarán en procesos de trabajo cada día más simplificados, la mayor parte de la población puede prescindir de cada vez más conocimientos. Salta a la vista el flaco favor que le hace esta perspectiva educativa a los trabajadores, contribuyendo a su alienación con respecto al conocimiento y, por lo tanto, a la mutilación de todas sus potencialidades. ¿Será necesario aclarar a qué programa político resulta funcional esta perspectiva?
Esta posición hunde sus raíces en el posmodernismo, cuya esencia no es más que la negación de la posibilidad de conocer la realidad, si no su negación lisa y llana. Así, el documental afirma la inexistencia de “verdades” y, en consecuencia, la veloz caducidad del conocimiento y la imposibilidad de dar respuesta a ninguna pregunta. Por supuesto, todo ello, afortunadamente, se lleva de patadas con la tradición escolar.

Gato encerrado

El documental plantea un conjunto de críticas al sistema escolar que son correctas y que dan cuenta de una serie de problemas reales: hoy en día la mayor parte de las escuelas se han convertido en espacios de contención en los que los chicos se aburren y no aprenden nada. También observan adecuadamente la segmentación del sistema: hay escuelas de élite y otras para obreros. Sin embargo, en tanto ese cuestionamiento es realizado desde una perspectiva que se abstrae de las condiciones concretas en las cuales la escuela se encuentra inmersa, las conclusiones a las que llegan resultan sumamente regresivas. Veamos algunos ejemplos.
Durante toda la película los docentes son responsabilizados por todos los males educativos, demonizados, imponiendo silencio, enseñando cosas sin ninguna utilidad, obligando a sus alumnos a repetir como loros, no dejándolos expresarse, insultándolos, etc. Si bien aclaran que no es que los docentes sean malos, sino que son hijos de un sistema que los formateó de ese modo, conociendo las condiciones en las que éstos trabajan, el ángulo de la crítica mueve a la indignación. ¿Cuál sería la razón de que los maestros sean así? Sencillamente, que no aman lo que hacen porque no son libres. Nada de hablar de salarios miserables, edificios que se caen a pedazos, aulas superpobladas, horas extras no pagas, trabajo adicional en la escuela como asistentes sociales, psicopedagogos o psicólogos de facto, etc. Todo eso sería minucia si comprendieran su rol privilegiado y amaran su labor; no saldrían de la escuela agotados sino felices y reconfortados. A esta altura uno se pregunta quién educó a estos “genios” de la pedagogía de avanzada…
Otro de los problemas que detectan es la ausencia de las familias en el desarrollo de los procesos educativos. ¿Por qué sucedería esto? Muchas familias no se tendrían confianza y supondrían que criar un hijo es una actividad profesional y, obnubilados por las apariencias y el dinero, les dedicarían muy poco tiempo de sus vidas. Como puede verse, se trata de una vieja crítica de la “derecha”: la culpa es de la familia. No se les ocurre que, probablemente, la mayor parte de esos padres que cuestionan de esa manera tan superficial se encuentran trabajando durante todo el día para llegar a fin de mes. Por el contrario, sostienen que, producto de nuestro libre albedrío, creamos una sociedad en la que la gente trabaja en cosas que no le gustan sólo para acumular dinero. El enajenamiento de los realizadores del documental llega al ridículo al hacer de miseria virtud y confundir la falta de recursos con un proyecto educativo innovador: las escuelas rurales son presentadas como un buen ejemplo de las bondades que ofrecería una institución en la que los niños y jóvenes no son divididos en función de sus edades sino amontonados en un mismo espacio y tiempo.
Por otro lado, desde una perspectiva foucaultiana, el documental iguala la escuela con la cárcel y la fábrica por constituir dispositivos de encierro destinados al disciplinamiento de los sujetos. A partir de esa perspectiva, concluyen que el surgimiento de la institución escolar habría supuesto un jalón regresivo en la historia de la humanidad. Es cierto que el surgimiento de la escuela moderna, en el contexto del ascenso del capitalismo, estuvo determinado por la necesidad de la burguesía de formar trabajadores dóciles, por un lado, y cuadros técnicos y políticos por el otro. Sin embargo, con su masificación, posibilitó el acceso de la clase obrera al conocimiento (con todas sus limitaciones, dado el carácter ideológico de la educación burguesa). Hasta ese momento, los saberes habían sido históricamente vedados para las clases explotadas a lo largo de la historia. ¿Es posible que tal progreso sea entendido como lo contrario? Por otra parte, la escuela no es igual a la fábrica ni a la cárcel. En una fábrica, los obreros entregan algo; en una escuela, los niños reciben algo. La diferencia entre una y otra cosa salta a la vista a poco se le pregunte a cualquier obrero si prefiere que lo mantengan para estudiar o ir a trabajar. En cuanto a la cárcel, está claro que nunca fue y, tal como la conocemos, nunca podrá ser un espacio de transmisión y generación de conocimiento ni, mucho menos, de disciplinamiento social. Lamentablemente, los compañeros foucaultianos suelen confundirse la forma con el contenido. En ese marco, no pueden ver que la escuela es un espacio de disputa de la burguesía y el proletariado y que, por lo tanto, allí hay que dar una batalla.

¿Para la libertad?

Ahora bien, luego de todas esas críticas a la educación “tradicional”, ¿qué propuesta superadora nos hacen? Experiencias educativas “alternativas” a partir de las perspectivas de los entrevistados, sin explicar ni desarrollar en profundidad su contenido concreto. El abanico es amplio, anárquico y, por momentos, desopilante. Va desde la enigmática pedagogía “logosófica” hasta la supuesta “educación popular”. Otras nos hacen acordar del documental Jesus Camp3. Se reúne en el mismo campo a experiencias privadas, como la Escuela de la Nueva Cultura “La Cecilia”, de Santa Fe o el Instituto González Pecotche con sedes en Buenos Aires, Entre Ríos, Montevideo y distintas ciudades de Brasil, y públicas, como las escuelas experimentales “La Bahía”, “Las Lengas” y “Caramelos Surtidos”, dependientes de la Municipalidad de Tierra del Fuego.
Por cierto, algunas de las prácticas educativas “no convencionales” retratadas en el documental son ilegales en distintos países. Si bien es cierto que ello no es un indicador de su ilegitimidad, lo cierto es que deberían ser presentadas sobre la base de una investigación un tanto más rigurosa. Uno de los ejemplos más claros es el caso del “Programa de Educación Evolutiva”, que posee todas las características de una secta, hecha y derecha. En su página de internet, los creadores del programa sostienen que a principios de los años noventa comenzaron un “viaje”, ligado a la necesidad de modificar el paradigma educativo y preparar a los niños para el nuevo milenio. En ese marco, en 1991. inauguraron en Argentina una comunidad llamada “Sambala”, en la que cuentan con un proyecto de “terapia holística para el desarrollo humano y elevación de conciencia planetaria”. En 1994 crearon una escuela piloto en Uruguay dentro de otra comunidad propia llamada “Irdinave”. Actualmente, ambas residen juntas en un nuevo emprendimiento -comunidad “Amatreya”- y dieron origen a la “Universidad de la Luz Iluí Amaní”. Como más de una secta religiosa, conviven en las sierras cordobesas, aunque hoy tienen también centros en Colombia, Chile, México y España. En septiembre de este año realizarán un “Encuentro de Integración hacia la Gran Familia del Nuevo Tiempo”. El primer día, mientras que la gente que no pertenece a la “hermandad” arme sus carpas para estar allí durante tres días, los miembros de la comunidad trabajarán su “conciencia del desarrollo de la Ciudad de Luz y Siembra de Florecimiento”. Por la tarde, realizarán sanación grupal…
Como puede verse, el documental promueve experiencias educativas absolutamente reaccionarias (más allá de algunas que podrían ser consideradas, si fueran objeto de un análisis más serio). Un ejemplo de ello es la promoción de la educación en el hogar. De acuerdo a los realizadores, se trataría de una alternativa a la escuela que considera que el mejor ambiente para la educación es la casa familiar. La cuna de esas experiencias, Estados Unidos, da prueba de su carácter regresivo. Allí, cerca de un millón y medio de niños son “educados” de esa forma en el seno de grupos evangélicos4. Esa concepción de la familia como un espacio libre de violencia y opresión es, no sólo falsa, sino estúpida y reaccionaria.

La educación en ruinas

Como hemos visto, La educación prohibida, aclamada por todo el arco progresista, intenta hacer pasar gato por liebre. Su desdén hacia la ciencia, su recelo contra los trabajadores de la educación, así como la falta de una investigación seria, la lleva a proponer una salida reaccionaria a un problema real. Por un lado, ayuda al enemigo -la burguesía- a hacer pasar por progresista su poco interés en educar seriamente a los hijos de la clase obrera. En lugar de reclamarle al Estado una educación pública de calidad para los trabajadores, que ponga en juego más contenidos y más saberes, nos ofrecen la educación más degradada: aquella que espera que la “sabiduría” emane espontáneamente del niño, sin tener en cuenta su condición de origen ni las necesidades reales de todo proceso cognitivo. También nos proponen que la educación no sea controlada por nadie, abriendo la posibilidad de que sea impartida por cualquier secta o religión que ande dando vueltas por ahí, retomando así lo peor de la enseñanza oficial y del individualismo burgués.

NOTAS

1 “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
2 Good Will Hunting (1997), película protagonizada por Matt Damon y Robin Williams, relata la historia de un joven prodigio que trabaja como empleado de mantenimiento de una universidad estadounidense. A pesar de no haber tenido una instrucción sistemática, éste logra resolver por sí mismo problemas matemáticos de gran complejidad.
3 Jesus Camp (Soldados de Dios) es un documental estadounidense realizado en 2006 sobre un campamento evangelista para niños que durante el verano “aprenden” sus “dotes proféticas” para ser “soldados de Dios”.
4 Ibídem.

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