Clásico piquetero – El camino intermedio de Darwin – Stephen Jay Gould

stephen_jay_gouldLa teoría de la selección natural no surgió ni como inducción elaborada a partir de los datos de la naturaleza, ni como un misterioso relámpago de iluminación procedente del subconsciente de Darwin, detonado por una lectura fortuita de Malthus. Emergió, por el contrario, como resultado de una búsqueda consciente y productiva, que procedió de un modo ramificado pero ordenado, y que utilizó tanto los datos de la naturaleza como el abanico asombrosamente amplio de percepciones procedentes de disciplinas muy dispares y alejadas de la suya propia. Darwin recorrió el camino intermedio entre el inductismo y el eurekismo. Su genio no es ni pedestre ni inaccesible.
El mundo académico darwinista ha experimentado una explosión desde el centenario de El origen de las especies en 1959. La publicación de los cuadernos de notas de Darwin y la atención dedicada por varios estudiosos a los dos años cruciales transcurridos entre el atraque del Beagle y la desautorizada inspiración maltusiana, han cerrado la discusión en favor de una teoría del “camino intermedio” sobre la creatividad de Darwin. Dos trabajos particularmente importantes se concentran en las escalas más amplia y más estrecha. La magistral biografía intelectual y psicológica de Howard E. Gruber sobre esta fase de la vida de Darwin, Darwin on Man, sigue la pista a todos los falsos intentos y puntos cruciales de la investigación de Darwin. Gruber demuestra que Darwin estaba continuamente proponiendo, comprobando y abandonando hipótesis, y que jamás se limitó a recoger datos ciegamente. Empezó con la idea un tanto imaginativa de que las especies nuevas surgen con un margen de vida limitado, y se abrió camino gradualmente, si bien a empujones, hacia la idea de la extinción por competencia en un mundo de luchas continuas. No dio muestras de exaltación alguna al leer a Malthus, porque en su rompecabezas le faltaban por aquel entonces tan sólo una o dos piezas por encajar.
Silvan S. Schweber ha reconstruido, con un detalle todo lo minucioso que permiten los datos y documentos existentes, las actividades de Darwin durante las pocas semanas anteriores a Malthus (“The Origin of the Origin Revisitad”, Journal of the History of Biology,1977). Argumenta que las piezas finales surgieron, no de datos nuevos en la historia natural, sino de los vagabundeos intelectuales de Darwin por campos muy distantes. En particular, leyó un largo resumen del trabajo más famoso del científico social y filósofo Auguste Comte, el Cours de philosophie positive. Se sintió particularmente impresionado por la insistencia de Comte en que una verdadera teoría ha de ser predictiva, y, al menos, potencialmente cuantitativa. Después abordó el trabajo de Dugald Stewart On the Life and Writing of Adam Smith, y se embebió de la creencia básica de los economistas escoceses de que las teorías sobre la estructura social global deben empezar por analizar las acciones no reprimidas de los individuos. (La selección natural es, por encima de todo, una teoría acerca de la lucha del organismo como individuo por su éxito reproductivo.) Después, buscando la cuantificación, leyó un largo análisis del trabajo realizado por el más famoso estadístico de sus días, el belga Adolphe Quete-et. En las reflexiones de Quetelet encontró, entre otras cosas, un planteamiento categórico de la afirmación cuantitativa de Malthus: que la población crecería geométricamente y los suministros de alimentos lo harían sólo aritméticamente, asegurando así una intensa lucha por la supervivencia. De hecho, Darwin había leído ya la afirmación de Malthus varias veces; pero sólo en este momento estuvo preparado para apreciar su significado. Así pues, no dio con Malthus por accidente, sino que sabía ya lo que decía. Su “entretenimiento”, debemos asumir, consistía sólo en un deseo de leer en su formulación original la familiar afirmación que tanto le había impresionado en su exposición secundaria por Quetelet.
Al leer la detallada exposición de Schweber acerca de los momentos que precedieron a la formulación de la selección natural por parte de Darwin, me sentí particularmente impactado por la ausencia de influencias decisivas procedentes de su propio campo, el de la biología. Los agentes precipitadores inmediatos fueron un científico social, un economista y un estadista. Si el genio posee algún denominador común, yo propondría la amplitud de los intereses y la capacidad de construir analogías fructíferas entre distintos campos de trabajo.
De hecho, en mi opinión, la teoría de la selección natural debería ser vista como una analogía extendida (si consciente o inconscientemente por parte de Darwin, no sabría decirlo) de la economía del laissez-faire de Adam Smith. La esencia de la argumentación de Adam Smith es una especie de paradoja: si se pretende una economía ordenada con un máximo de beneficios para todos, entonces dejemos que los individuos compitan y luchen en su propio beneficio. El resultado, tras una adecuada selección y eliminación de los individuos ineficientes, será un Estado armónico y estable. Un orden aparente emerge de un modo natural de las luchas entre los individuos, no de unos principios predeterminados o de un control superior. Dugald Stewart epitomizaba el sistema de Smith en el libro que leyó Darwin:

“El plan más efectivo para hacer avanzar a un pueblo… es permitir que cada hombre, en tanto que observe las reglas de la justicia, se guíe por sus propios intereses a su modo y manera, y ponga tanto su diligencia como su capital en la más libre competencia posible con los de sus conciudadanos. Todo sistema político que pretenda… atraer hacia una especie particular de industria una mayor parte del capital social del que normalmente iría a parar a ella… es, en realidad, subversivo del gran propósito que pretende promover.”

Como afirma Schweber: “El análisis escocés de la sociedad sostiene que el efecto combinado de las acciones individuales tiene como resultado las instituciones sobre las cuales se basa la sociedad, y que tal sociedad es estable y evoluciona, y que funciona sin necesidad de una mente directora y planificadora”. Sabemos que la singularidad de Darwin no reside en su apoyo a la idea de la evolución: docenas de científicos le habían precedido en esto. Su contribución particular se basa en la documentación y en el carácter de novedad de su teoría acerca de cómo opera la evolución. Los anteriores evolucionistas habían propuesto mecanismos imposibles basados en tendencias perfeccionadoras internas y en direcciones inherentes. Darwin abogaba por una teoría natural y comprobable basada en la interacción inmediata entre individuos (sus oponentes la consideraron desalmada y mecanicista). La teoría de la selección natural es una transferencia creativa a la biología de la argumentación básica de Adam Smith en favor de una economía racional: el equilibrio y el orden de la naturaleza no surgen de un control más elevado y exterior (divino), o de la existencia de leyes que operen directamente sobre la totalidad, sino de la lucha entre los individuos por su propio beneficio (en términos modernos, por la transmisión de sus genes a las generaciones futuras a través del éxito diferencial en la reproducción).
Mucha gente se siente desasosegada al escuchar semejante planteamiento. ¿Acaso no compromete la integridad de la ciencia el que algunas de sus conclusiones fundamentales se originen, por analogía, de la política y la cultura contemporáneas en lugar de a partir de los datos de la propia disciplina? En una famosa carta a Engels, Karl Marx identificaba las similitudes entre la selección natural y la situación social en Inglaterra:

“Resulta notable ver cómo Darwin reconoce entre las bestias y las plantas a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, su competencia, su apertura de nuevos mercados, sus ‘invenciones’ y la ‘lucha por la supervivencia’ malthusiana. Es el bellum omnium contra omnes (‘la guerra de todos contra todos’) de Hobbes.”

Y, no obstante, Marx era un admirador de Darwin; y en esta aparente paradoja se encuentra la respuesta. Por motivos que comprenden todos los temas que he subrayado aquí (que el inductismo es inadecuado, que la creatividad exige amplitud, que la analogía es una profunda fuente de percepciones), los grandes pensadores no pueden divorciarse de su medio (y origen) social. Pero el origen de una idea es una cosa; su verdad o su fecundidad, otra. La psicología y la utilidad de los descubrimientos son temas extremadamente diferentes. Darwin puede haber sacado la idea de la selección natural de la economía, pero aun así, puede ser correcta. Como escribió el socialista alemán Karl Kautsky en 1902: “El hecho de que una idea emane de una clase en particular, o esté de acuerdo con sus intereses, no prueba, por supuesto, nada acerca de su verdad o falsedad”. En este caso resulta irónico que el sistema del laissez-faire de Adam Smith no funcione en su propio terreno de la economía, ya que lleva al oligopolio y la revolución y no al orden y la armonía. No obstante, la lucha entre los individuos parece ser ley de la naturaleza.
Mucha gente utiliza tales argumentos acerca del contexto social para adscribir las grandes percepciones fundamentalmente al indefinible fenómeno de la buena suerte. Así, Darwin tuvo la suerte de nacer rico, tuvo la suerte de viajar a bordo del Beagle, tuvo la suerte de vivir rodeado de las ideas de su época, tuvo la suerte de tropezar con el pastor protestante Malthus; fue esencialmente poco más que un hombre en el lugar preciso en el momento preciso. Y, no obstante, cuando leemos la historia de su lucha por comprender, y de la amplitud de sus preocupaciones y sus estudios, y de la orientación de su búsqueda de un mecanismo para la evolución, comprendemos por qué Pasteur pronunció su famosa frase de que la fortuna favorece a la mente preparada.

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