Adiós a las armas. Los debates en el Partido Comunista Revolucionario (PCR) en los ’70 y el camino de la insurrección – Guido Lissandrello

armas A diferencia de lo que suele creerse, la izquierda de los setenta no se reduce únicamente a la “guerrilla”. En este artículo le mostramos el debate estratégico que se dio dentro de las filas del PCR al momento de la ruptura con el Partido Comunista. Allí, la posición guerrillerista fue derrotada a favor del insurrecionalismo.

Guido Lissandrello [1] Grupo de Investigación de la Lucha de clases en los ’70

Durante la década del ’70 en la Argentina la izquierda alcanzó un alto grado de desarrollo en el marco del proceso revolucionario abierto tras el Cordobazo. En general, ha tendido a creerse que los únicos destacamentos políticos de importancia fueron aquellos que defendieron la construcción aparatos armados. Ya sea urbana o rural, la guerrilla pareciera haber sido la estrategia que se impuso en la izquierda revolucionaria. Sin embargo, como veremos en este artículo, existió un importante debate estratégico durante la etapa, donde a quienes proponían el inicio inmediato de la lucha armada se le opuso la defensa del camino insurreccional. En lugar de volcar sus energías a la construcción de aparatos armados clandestinos, esta última posición bregaba por la inserción de la izquierda en los frentes de masas y el despliegue de la propaganda socialista a fin de impulsar del desarrollo de la conciencia, que culminaría en el levantamiento insurreccional contra el Estado y la clase dominante. Organizaciones como Política Obrera (PO), el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) o el Partido Comunista Revolucionario (PCR), entre otros, defendieron esta alternativa.
En esta nota realizaremos un recorrido por los debates estratégicos desarrollados tras la fundación del PCR. Habiendo roto con el Partido Comunista de la Argentina (PCA) por su adscripción al “pacifismo”, el PCR albergó distintas corrientes que acordaban en que la revolución sería “violenta”. Sin embargo, a la hora de precisar una estrategia para el nuevo partido, salieron a la luz las diferencias que enfrentaban a guerrilleristas contra insurreccionalistas.

En defensa de la violencia

Hacia 1967, comenzó a manifestarse una creciente disconformidad dentro de las filas del PCA, fundamentalmente en su Federación Juvenil (FJC). Se criticaba cada vez más abiertamente la línea estratégica oficial del partido que se subordinaba a las conclusiones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Allí se habían planteado dos tesis: la “coexistencia pacífica” entre socialismo y capitalismo, y la “vía pacífica” para la transición entre un sistema y otro. Ambas ideas apuntaban a sostener que la URSS no necesariamente debía exportar la revolución a otros países, sino que la propia competencia pacífica entre los “mundos” capitalista y socialista conduciría lenta y gradualmente hacia el triunfo del segundo. Los partidos comunistas, más que realizar la revolución en su país, debían apuntalar, desde su lugar, la construcción de la economía rusa, no confrontar con aquellos gobiernos que mantuvieran buenas relaciones y disuadir a cualquiera que amenazara a la URSS. Toda la estrategia se subordinaba a las necesidades de la diplomacia soviética.
Las tensiones comenzaron a aflorar con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Este hecho parecía discutir las concepciones del XX Congreso, demostrando no sólo la posibilidad de la vía violenta, sino su eficacia como estrategia para el triunfo de la revolución. Influenciados por este acontecimiento, los jóvenes militantes de la FJC hicieron cada vez más explícita su disconformidad con la línea estratégica oficial. Denunciaban que la adopción del “pacifismo” era producto del abandono de las definiciones fundamentales del marxismo, que reconocían el carácter violento de toda revolución como resultado de las contradicciones insalvables entre la burguesía y el proletariado. De ese modo el partido habría caído en un creciente reformismo que se expresaba en el parlamentarismo y en el abandono de la defensa de la revolución como una posibilidad real. Esta corriente interna terminó por ser expulsada entre 1967-68. Así, cerca de 4.000 militantes construyeron el Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria (CNRR) en febrero de 1968 que, hacia diciembre de 1969, se convertiría en el PCR.

¿Brazo armado del partido o pueblo en armas?

La oposición a la vía pacífica al socialismo había logrado aglutinar a un número importante de militantes del PCA que se sumaron al CNRR. Sin embargo, esa unidad por oposición generó un debate importante al momento de elaborar una estrategia por la positiva. Detrás de la defensa de la “vía armada” se escondía una multiplicidad de formas de lucha. De este modo, procesada la discusión con el PCA comenzó una nueva, destinada a avanzar en definiciones estratégicas. Allí se desarrollaron tres grandes tendencias. Una insurreccionalista, una guerrillerista y una intermedia que defendía el camino de la insurrección pero contemplaba como táctica supeditada a ella la construcción de un brazo militar del partido.
La tendencia insurreccionalista se definió por la necesidad de la construcción del partido, el desarrollo de frentes de masas, la realización de propaganda no armada y el relegamiento de la cuestión militar al momento de la insurrección y la guerra civil. Esta tendencia planteaba que la revolución sería el producto de una insurrección encabezada por la clase obrera, que debía ser dirigida por los cuadros revolucionarios. Las tareas del partido estarían orientadas a obtener una inserción de masas y al despliegue de la propaganda revolucionaria para preparar la insurrección, a fin de poder dirigir el estallido hacia la toma del poder.
De este modo, la tarea fundamental del partido era la lucha ideológica. El PCR, según esta tendencia, debía lograr una estrecha articulación con la clase obrera para poder, mediante la difusión de la teoría revolucionaria, desnudar a los ojos de la clase lo que realmente se oculta tras la ideología burguesa. Este reconocimiento implicaría el pasaje de la conciencia económica-sindical, aquella cuyo límite es la lucha por mejorar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo sin poner en cuestión la explotación ni la división en clases, a la conciencia política. Consecuentemente, esto imponía al partido la necesidad de destinar el grueso de sus fuerzas militantes al trabajo sindical, pues el sindicato era la instancia que permitiría “establecer la unidad dialéctica entre las reivindicaciones inmediatas y el socialismo.” [2] En este esquema, la “violencia” no aparecería hasta la insurrección, momento en que la clase obrera, con toda la experiencia política y militar acumulada en sus acciones de masas y enfrentamientos callejeros con las fuerzas del orden, se organizaría en tanto “pueblo en armas”. Por este motivo, no sería necesario construir destacamentos armados ni realizar operaciones “guerrilleras” antes del estallido insurreccional. Esfuerzos de este tipo desviarían al partido de la tarea central de inserción en el seno de la clase obrera y disputa por la conciencia de las masas.
Una segunda tendencia interna planteaba una posición completamente distinta. Más fielmente vinculada a la estrategia cubana, defendió la necesidad de desarrollar acciones armadas previas a la insurrección y terminó formando grupos armados clandestinos urbanos. La definición fundamental de esta corriente fue su objetivo estratégico determinado por la necesidad de “conquistar Latinoamérica para el socialismo en un proceso de lucha armada inaugurado continentalmente por la Revolución Cubana.” [3]  Siguiendo este planteo, la acción guerrillera permitiría resolver tanto un problema técnico-militar (conocimiento y entrenamiento en la cuestión armada) como un problema político (el desarrollo de la conciencia). En tal sentido, la acción armada permitiría: “[la] capacitación para la lucha armada, [la] capacitación ideológica de las masas para ganar su conciencia para la acción revolucionaria, [y el] debilitamiento indirecto del enemigo.” [4] Esta corriente se distanciaba así del insurreccionalismo, subestimando la importancia de la construcción del partido y su articulación con las masas. La vía para la revolución, para el desarrollo de la conciencia política de la clase obrera, sería la acción armada de propaganda. De este modo, la tarea de los destacamentos políticos que operaran en la Argentina pasaría por el inicio inmediato de la lucha armada para la preparación técnica, el desarrollo de la conciencia (acciones de propaganda armada) y el enfrentamiento con el enemigo.
Por último, encontramos una tercera tendencia que adscribe a los lineamientos estratégicos generales de la primera, pero combinaba como táctica supeditada la realización de acciones armadas. Esta tendencia parte de reconocer la necesidad de construir un “Partido Insurreccional” que que aglutine a las masas y las prepare para el estallido revolucionario. Por eso calificaba como “foquistas” y “voluntaristas” a organizaciones guerrilleras como la de Marighella en Brasil y Tupamaros de Uruguay. Su debilidad radicaría en formar organizaciones armadas que prescinden del trabajo de masas, pues

“orientan su accionar hacia la generación de conciencia y organización revolucionaria a través del accionar político armado, constituyéndose por ese camino en un embrión de ejército revolucionario. Sin embargo, al no accionar en la política de masas (sindical, estudiantil, campesina, etc.), persisten en uno de los errores que originaron el fracaso del intento foquista del último decenio latinoamericano.” [5]

Sin embargo, esto no condujo al rechazo de las acciones armadas, sino a su subordinación a la construcción del partido. Al combinarse tanto las actividades de masas como las armadas, el partido debería dotarse tanto de “agrupaciones, tendencias sindicales, sindicatos, centros y federaciones estudiantiles”, como de una “subestructura en cuadros de oficiales, logística, instrucción, entrenamiento, información, planificación militar estratégica y táctica, trabajo con las fuerzas armadas.” [6]  La formación de un brazo militar permitiría contribuir, por un lado, al desarrollo de la conciencia de la clase obrera. En este punto, coincidían con los “guerrilleristas” en la necesidad de realizar “propaganda armada”, suponiendo que la sola concreción de este tipo de acciones contribuiría a desarrollar la conciencia de las masas. A su vez, la creación de un brazo armado ayudaría a construir una infraestructura y adquirir pericia en el enfrentamiento militar, útil al momento de la insurrección.

Crear uno, dos, tres Perdriel…

El debate iniciado tras la ruptura con el PCA comenzó a saldarse poco tiempo después al calor de la profundización de la lucha de clases. Tras el Cordobazo, el partido se abocó a la inserción de sus cuadros en el movimiento obrero. A diferencia de otras organizaciones, que sacaron como conclusión la necesidad de emprender inmediatamente la lucha armada (y se apresuraron a “salir a la luz” con acciones de espectacularidad cinematográfica), el PCR comenzó a una tarea mucho menos visible: lograr la dirección consciente del proletariado. En diciembre de 1969 celebró, en la ciudad de Córdoba, su primer congreso. Allí, se avanzó en una clarificación estratégica. Lo primero que se definió fue la opción por la insurrección y la condena de la estrategia foquista o guerrillerista. Esta definición derivó en la expulsión del grupo que defendía el camino de la guerrilla. Fiel a aquello que habían definido como vía a la revolución, el grupo expulsado terminará formando parte de las FAL, una organización que se caracterizó por la realización de acciones armadas urbanas como mecanismo de propaganda [7].
Sin embargo, aún no terminaba de saldarse por completo la posición respecto de la dinámica de la insurrección. En este sentido, aún convivían las dos corrientes que debatían sobre el papel de la propaganda armada. Una serie de artículos, escritos en 1970 por miembros del partido, evidencian los avances y límites del debate estratégico. Allí se indica que “las masas no serán dirigidas por quien esté mejor preparado desde el punto de vista militar, sino por quien haya demostrado en la práctica que su línea política es la mejor, lo que solo puede ocurrir si a la vez se es capaz en el terreno concreto de la lucha armada” [8]. Como se ve, la frase es de por sí ambigua y muestra que la discusión aún no estaba saldada.
A pesar de la indefinición estratégica, la acción concreta del PCR durante estos años pareció orientarse hacia la tendencia insurreccionalista sin acciones de propaganda. En efecto, no se producen acciones de este tipo con firma y, en oposición, comienza a desarrollarse, cada vez con mayor intensidad, una importante inserción sindical. El epicentro de este trabajo fue Córdoba y las Agrupaciones Primero de Mayo, adscriptas al partido. La mítica toma de la fábrica Perdriel, resultado del trabajo cotidiano y constante en el frente sindical, resultó ser un punto de inflexión que terminó por saldar el debate.
Perdriel era una fábrica de herramientas y matrices emplazada en el barrio Santa Isabel de la capital mediterránea. Sus trabajadores estaban nucleados en el SMATA, donde el PCR comenzó a desarrollar su tarea de inserción. El partido presentó candidatos para las elecciones de delegados, lo que motivó que la patronal intentara trasladarlos a otras plantas. Ante tal situación, los activistas promovieron la ocupación de la fábrica que se inició el 12 de mayo de 1970. Pertrechados con bombas molotov y tomando cerca de treinta rehenes, entre los que se contaba personal jerárquico, el colectivo obrero de la empresa logró sus reivindicaciones. Los activistas no fueron trasladados y se respetó el resultado de las elecciones, en las que algunos de ellos fueron elegidos como delegados.
El rol dirigente del PCR en este conflicto resultó fundamental para definir el debate interno en favor de la posición insurreccional, que culminó con una nueva expulsión. Esta vez, se fueron quienes defendían la necesidad de construir un brazo armado como herramienta táctica subordinada a la estrategia insurreccional. Ya para agosto de ese año, se realizó un balance de Perdriel que atestigua un creciente distanciamiento de la cuestión armada y una adhesión más marcada al insurreccionalismo. Discutiendo con las ya formadas FAL, el partido elaboró una consigna esclarecedora: “Más vale un Perdriel que cien secuestros” [9]. En las publicaciones posteriores a la toma aparece con mayor insistencia la necesidad de construir corrientes clasistas que disputen las direcciones sindicales fieles a la burguesía. Paralelamente, se define la insurrección como una estrategia de acumulación de fuerzas que evita la separación entre lo militar y lo político, pues implica la utilización de “los métodos de la violencia revolucionaria en las luchas obreras, estudiantiles y populares” [10]. El impulso a los levantamientos populares como el Cordobazo, dotándolos de carácter ofensivo al fijarles objetivos políticos y militares (centros de gobierno, órganos represivos, etc.) iría desgastando al Estado pero también generando en la clase experiencia política y militar. Esa práctica permitiría gradualmente el surgimiento de milicias obreras o populares, ya no como construcción deliberada del partido sino como emergente del proceso de lucha de clases. El partido no sería quien dispondría la creación de organismos de lucha armada, sino que acompañaría y buscaría dirigir a la clase que empezaba a realizar su experiencia militar. De igual modo, acompañaría la lucha y la experiencia de otras clases, como el campesinado, que podría desarrollar guerrillas rurales. Paralelamente, se desarrollaría el trabajo ideológico en las Fuerzas Armadas, para quebrar a su base y nutrir el “ejército revolucionario insurreccional”. En este sentido,

“no hay declaración de guerra voluntarista, basada en el nivel operativo alcanzado por el grupo, que pueda contraponérsele seriamente. Sólo este proceso permite llegar a la creación de organismos de unidad revolucionaria del pueblo en armas, verdadero doble poder en condiciones de disputar el suyo a los explotadores.” [11]

Ya no encontramos la propuesta de conformar un brazo armado del partido como soporte de la insurrección, sino el impulso de la insurrección que culminaría en un levantamiento del “pueblo en armas” dirigido por el partido para la toma del poder. Tal diseño estratégico se confirma en un artículo publicado en la revista teórica del PCR, Teoría y política, donde se evalúa el accionar del PRT-ERP. Sugestivamente se discute con la idea de que sería posible complementar el gran desarrollo militar del agrupamiento liderado por Santucho con la construcción sindical del PCR. Es decir, lo que en última instancia proponía la tendencia recientemente expulsada:

“En Córdoba [las acciones del PRT] suscitaron la simpatía de la clase obrera y de algunas direcciones clasistas. Esta actitud posibilitó el surgimiento de la ‘teoría del empate’: afirmando que el PCR posee una línea correcta y eficaz en la lucha sindical y el ERP una organización eficaz en el aspecto militar, se trataría […] de promover una complementación entre ambas organizaciones. Es imprescindible combatir esta concepción porque no comprende que se trata de dos estrategias radicalmente distintas. Y estas diferencias se verifican prácticamente. Para el PRT la cuestión es ‘mostrar’ (esta palabra aparece reiteradamente en sus documentos) a las masas, por medio de acciones espectaculares, las posibilidades de la acción armada.” [12]

De esta manera el PCR avanzó en clarificar la estrategia insurrecionalista. A partir del desarrollo de hechos insurreccionales de masas, como el Cordobazo y el Viborazo, y de la profundización de su inserción sindical (manifestada en la toma de Perdriel), comenzó a ganar primacía la corriente insurreccionalista que descartaba la realización de acciones armadas previas a la toma del poder.

El camino de la insurrección

Como queda de manifiesto, durante los setenta la lucha armada no fue la única opción estratégica. Rivalizando con los destacamentos que propusieron la construcción de organismos militares de diversa naturaleza, existieron también nucleamientos que defendieron el camino de la insurrección, justamente en un momento en que las masas comenzaban a manifestar esa forma de lucha en hechos de envergadura como el Cordobazo y el Viborazo. Para estos destacamentos la tarea fundamental fue la construcción de un Partido Revolucionario. Es decir, lograr la articulación de la vanguardia revolucionaria con la clase obrera a partir de una ardua tarea de desarrollo de la conciencia. La cuestión militar no era negada sino relegada a un momento posterior, en el que, producida la fusión entre clase y vanguardia, la fuerza revolucionaria se aprestara a librar el combate decisivo contra el Partido del Orden. Retomar estos debates y analizarlos a la luz de la derrota del ’76 resulta necesario para las nuevas generaciones de militantes. Evidentemente, el PCR tuvo limitaciones programáticas, que analizaremos en otra oportunidad (y que ya hemos mostrado para el presente). No obstante, ante tanto guevarismo de café, pero también ante tanta urgencia electoral, recuperar la senda de la insurrección se vuelve imprescindible.

NOTAS:
1 Con la colaboración de Ana Costilla.
2 Marín, Andrés: “Espontaneidad y conciencia de clase”, en Teoría y Política, nº 1, enero de 1969, p. 7
3 Zárate, Camilo y Gervasio Zarate: “Ciencia y violencia”, Teoría y Política n° 2, marzo-abril de 1969, p. 33.
4 Ídem.
5 Petri, Juan: “Problemática insurreccional”, Teoría y Política, Nº 2, marzo-abril de 1969, p. 63.
6 Ídem.
7 Sobre las FAL véase Grenat, Stella: Una espada sin cabeza. Las FAL y la construcción del partido revolucionario en los ’70, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2010.
8 Martín, Mariano: “Preparar la insurrección”, Teoría y Política, Nº 3, enero-febrero de 1970, pp. 25-26.
9 PCR: “Conferencia Permanente del PCR”, en Documentos aprobados desde la ruptura con el PC revisionista hasta el 1ª Congreso del PCR 1967/1969, Buenos Aires, 2003.
10 Saenz, Rodolfo: “Notas sobre el militarismo peronista”, Teoría y política, Nº 6, julio-agosto de 1971, p.43.
11 Ídem.
12 Gardella, Emilio: “Algunas conclusiones sobre el segundo Cordobazo”, Teoría y política, Nº 7, noviembre-diciembre de 1971, p. 17.

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