¿Terminó la primavera? Los levantamientos en Argelia y Sudán

en El Aromo n° 105

La clase obrera apela a la acción directa, se organiza por fuera de las estructuras burguesas y derriba un gobierno tras otro. Una muestra que la Primavera Árabe aún no se cerró y que el proletariado, lejos de estar a la defensiva, como afirma el derrotismo trotskista, tiene una constante y sólida predisposición a la lucha.

Por Nadia Bustos Grupo de Análisis internacional -CEICS

Hoy en día, hablar de la vida en África es sinónimo de miseria, hambre y descomposición social. La región acumula las tasas más altas de pobreza, analfabetismo, mortalidad infantil y materna del mundo.[1] Junto con este escenario conviven masas gigantescas de población defraudadas por el nacionalismo, la religión y en última instancia, por el propio sistema capitalista, que no les puede ofrecer más que barbarie.

El primer estallido de la crisis pudo verse con la emergencia de la Primavera Árabe en Túnez, Egipto, Siria, Libia, Argelia, Marruecos, Irak y Yemen. Las movilizaciones se llevaron puestos gobiernos enteros (Mubarak en Egipto, Ben Alí en Túnez) o toda la estructura estatal, sumergiendo estados en una guerra permanente (Siria, Yemen, Libia). Algunos gobiernos lograron sostenerse a partir de concesiones o mayor represión. Este fue el caso de Abdelaziz Bouteflika, presidente de Argelia, quién debió poner fin a diecinueve años de estado de emergencia en el país y prometer algunas reformas. Sin embargo, hace unos meses las movilizaciones volvieron a estallar, obligándolo a renunciar. Este no fue el único caso. En Sudán[2], el que cayó fue Al Bashir, luego de 30 años ininterrumpidos en el poder.

Sudán y Argelia no son entidades aisladas dentro del mapa mundial, sino que se encuentran sumergidos en un conjunto de relaciones más amplias, que van más allá de la propia debacle estatal. Si bien África es arena de disputas tanto del imperialismo chino como norteamericano, es el primero quién ha desarrollado una política más agresiva y sistemática en la región, gozando de una mayor hegemonía y solidez.

Si analizamos el caso de Argelia, por ejemplo, China es el principal proveedor del país desde el 2016, superando ampliamente a Francia, que durante mucho tiempo había ocupado ese lugar de primacía por razones históricas. Argelia es uno de los socios de la Nueva Ruta de la Seda, recibe el 6% de las inversiones del gigante asiático en África y cuenta con una de las comunidades chinas más grandes de la región (alrededor de 70 mil habitantes). Además, es el tercero en el continente, detrás de Sudáfrica y Congo, con más lazos económicos con el gigante asiático. Argelia ya tiene en marcha inversiones chinas en construcción. Por ejemplo la ruta de 1.200 kilómetros en la meseta de Mitiya, que atraviesa el país de este a oeste y emplea a casi 13.000 trabajadores migrantes chinos.

Argelia no es, tal como señala el PTS y el PO, una nación oprimida por el imperialismo francés.[3] En realidad, Argelia es un aliado fundamental del bloque imperialista liderado por la burguesía china.

El caso de Sudán es similar: el país es el mayor receptor de ayuda externa de China en África y, junto con Argelia, es uno de los mayores compradores de armas chinas de la región. China fue, además, mediador durante en conflicto con Sudán del Sur. Esta región tiene un especial interés para los capitales asiáticos, ya que alberga la mayor parte de las inversiones chinas en hidrocarburos. Durante todos estos años, China apoyó incondicionalmente a Bashir.

A su vez, el país asiático opera allí con mano de obra barata y disciplinada. ¿Cómo? Desde hace tiempo tiene la política de exportar fuerza de trabajo. Por este motivo, los principales países aliados en África tienen importantes comunidades chinas en sus territorios. Muchos capitales chinos (los vinculados a la construcción, por ejemplo) tienen como requisito la contratación de mano de obra china para operar. A nadie se le escapa que estos inmigrantes se encuentran en una situación más vulnerable que los obreros locales, agravado por las dificultades comunicativas y de organización.

Por último, las alianzas sirven a los capitales asiáticos para ganar cuotas de mercado, logrando insertar sus productos en nuevos espacios, expandiendo así la frontera de acumulación.

La debacle de los estados nacionales se ve agravada por el accionar de las potencias. Es curioso que el PTS identifique la influencia China en Sudán, pero no en Argelia. Más grave aún es el caso del PO, que no considera a China una potencia imperialista. Esta visión parcial no le permite identificar el conjunto de responsables por la miseria y barbarie en la que está sumergida la clase obrera de esta región.

“Barakat”

Desde la independencia de Francia, en 1962, hasta nuestros días, el pilar de la economía argelina es la exportación de hidrocarburos. El país es el sexto exportador mundial de gas y ocupa el puesto 16 en reservas probadas de petróleo. Hoy en día, 60% de los ingresos estatales provienen de este sector, los cuales representan el 95% de los ingresos de exportación.[4] El principal destino de estas exportaciones es la Unión Europea, en particular España, Italia y Francia. Otras ramas industriales tienen escaso desarrollo, dejando los ingresos estatales vulnerables a las fluctuaciones de precios de los hidrocarburos. El problema se hizo más evidente desde 2014, cuando la caída de los precios del petróleo obligó al gobierno a realizar ajustes más profundos.

Desde 2015, el presidente Bouteflika viene realizando un incremento paulatino los impuestos al combustible, cigarrillos, alcohol y bienes importados. También impulsó una política proteccionista para fomentar el desarrollo de otras ramas industriales, promoviendo restricciones al acceso a las divisas extranjeras para las importaciones y cuotas para productos específicos, como autos. Sumado a esto, en enero de 2018, suspendió la importación de aproximadamente 850 productos.

A pesar de las medidas, la crisis siguió su curso. El desempleo estimado del país es del 11,7% y golpea en particular a los más jóvenes. El 54% de la población actual de Argelia tiene menos de 30 años y el desempleo de este grupo alcanza al 26,4% de la población.[5] No es de extrañar que esta fracción haya sido la protagonista de las masivas protestas que iniciaron el 10 de febrero y se extendieron por Orán, Tizi Ouzou, Bejaia, Annaba y Setif. A ellos se sumaron trabajadores de la empresa de gas natural Sonatrach, portuarios, docentes y empleados públicos.

El principal reclamo era la salida de Bouteflika, quien ya había anunciado que se presentaría a elecciones para obtener su quinto mandato. Hay un elemento a destacar: las elecciones presidenciales argelinas de 2014 estuvieron plagadas de denuncias de fraude y restricciones a la oposición. Según resultados oficiales, Bouteflika ganó con el 81.53% de los votos en 2014, 90% de los votos en 2009 y el 85% en 2004, cifras que no dejan de llamar la atención en un país quebrado.

De hecho, luego de las elecciones de 2014, surgió un movimiento llamado Barakat (Basta) que pedía un cambio pacífico en el sistema. Este movimiento volvió hacer aparición con las movilizaciones de febrero, reclamando “Barakat este sistema”. Bouteflika intentó calmar las aguas renunciando a la reelección, pero no fue suficiente. El presidente argelino prometió reformas económicas y políticas, pero las movilizaciones continuaron y se volvieron cada vez más masivas. Paulatinamente, los aliados de Bouteflika, incluidos jueces, empresarios y legisladores, pasaron al bando de la oposición. La ruptura más importante ocurrió cuando perdió el apoyo del ejército y el general Ahmed Gaed Salah, jefe de las fuerzas armadas, propuso declarar al presidente como no apto para el cargo.

Bouteflika dimitió el 2 de abril y el ejército se hizo cargo del Ejecutivo. Este anunció un “período de transición” hasta el 4 de julio, cuando se celebrarían elecciones. Los manifestantes se opusieron a una transición tutelada por el ejército y las consignas se radicalizaron, pidiendo “que se vayan todos”.[6]

Bouteflika pertenecía al Frente de Liberación Nacional (FLN) uno de los partidos más importantes del país. Durante los años de gobierno, el partido contó con el apoyo de la Unión General de Trabajadores Argelinos (UGTA), la burocracia del sindicato docente (FTEC) y estudiantil (UNEA). Es por este motivo que los trabajadores también rechazan estas direcciones. A modo de ejemplo, una de las consignas en Tlemcen, fue “Fuera Said”, refiriéndose a Abdelmajid Sidi Saïd, líder de UGTA.

A pesar de todo, la UGTA apoyó la transición liderada por el ejército y llamó a la edificación de una “nueva república”. Esta perspectiva es compartida por el Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) y el Partido de los Trabajadores (PT). Tanto el PT como el FFS llamaron a la elección de una asamblea constituyente que apoye la voluntad popular, que tenga por objetivo la construcción de una “Segunda República”.

National Rally for Democracy es el segundo partido en importancia del país, luego del FLN. Fueron aliados de Bouteflika mientras controló el gobierno. Sin embargo, con el avance de las movilizaciones, pasaron al campo de la oposición y, al igual que el FLN, son favorables a la controlada por el ejército.

A su vez, Movimiento por la Sociedad y la Paz, partido islámico vinculado a la Hermandad Musulmana, siempre fue opositor al FLN. Como medida para paliar la crisis, propusieron un período de seis meses liderado por un presidente que no esté involucrado en ningún caso de corrupción o fraude electoral, hasta que se celebre una nueva ronda de elecciones.

La aparición en escena de la movilización de masas profundizó la crisis política. La clase dominante tiene en claro que, si el movimiento se profundiza, representa un peligro muy importante. Por este motivo el ejército buscó calmar las aguas aplicando algunas dosis de represión, recambios en el personal político y encarcelando aliados de Bouteflika. Entre ellos, los hermanos Kuninef, dueños del grupo industrial KouGC, poseen inversiones en el sector petrolero, agroalimentario, la telefonía móvil y obra pública. También Alí Haddad, dirigente de la cámara patronal FCE, quién fue arrestado intentando escapar hacia Túnez. Y el más reciente, Issad Rebrab, director ejecutivo del grupo Cevital, que abarca producciones en agroindustria, electrónica, electrodomésticos, siderurgia, construcción, automóvil y financiera. Todos ellos, se encuentran entre los hombres más ricos del país y fueron apresados con cargos de corrupción.

Esto no es más que un gesto para la tribuna. Tanto la cúpula militar, como los partidos en la oposición gobernaron con Bouteflika hasta el mes pasado. Es decir, son cómplices de la corrupción y es poco probable que se investiguen a sí mismos. Todo el problema del actual gobierno de transición es ganar tiempo para encontrar a alguien presidenciable. Esto abre al movimiento obrero argelino la oportunidad única de dar un paso al frente y dirigir la salida a la crisis. Para ello, es necesario llamar a una asamblea nacional de trabajadores ocupados y desocupados para discutir como intervenir con un programa revolucionario.

Vals con Bashir

Sudán alcanzó la independencia de Reino Unido en 1956, luego de un acuerdo entre la burguesía británica y egipcia. Sin embargo, el estado nación no fue consolidado sino hasta muchos años después. Sudán estuvo atravesado por dos guerras muy extensas (1955-1972 y 1983-2005) entre el norte y el sur, que terminó en la separación del segundo y con más de 2 millones de muertos y más de 610.000 refugiados en países limítrofes. 

Al igual que muchos países de la región, el estado sudanés se reproducía en base a los ingresos de la renta petrolera. Muchas de estas reservas se perdieron luego de la secesión de Sudán del Sur en 2011. Para compensarlo, la burguesía sudanesa comenzó a cobrar impuesto por el paso de petróleo por sus territorios. En consecuencia, los conflictos entre el sur y el norte volvieron a estallar, con foco en Kordofan del Sur, Darfur y el Nilo Azul.

Paralelamente, el gobierno sudanés buscó impulsar industrias que no estén vinculadas a la renta petrolera, como la minería de oro y la agricultura. Además de los derivados del petróleo, Sudán exporta a los países árabes más cercanos (Egipto, Emiratos Árabes, Arabia Saudita) algodón, sésamo, ganado, maní, goma arábiga y azúcar. Sin embargo, nada de esto logró paliar la crisis.

A pesar de las medidas, el déficit en la balanza comercial continúa siendo muy grande (2,7 mil millones a fines de 2017) ya que el país depende de las importaciones de alimentos, productos manufacturados, equipos de refinería, transporte, medicamentos, productos químicos, textiles y trigo, provenientes de Emiratos Árabes, India, Turquía, Egipto, Japón y Arabia Saudita.

Bashir estuvo 30 años al mando del estado, disciplinando a la población a través del importante control sobre los medios de comunicación y la persecución a opositores. Es, además, el responsable del asesinato de más de 50 mil personas en la masacre de Darfur en 2003.

En 2017 el 46% de la población sudanesa vivía por debajo de la línea de pobreza, la tasa de desempleo alcanza el 19,6% y más de la mitad de la población vive sin electricidad. A este cuadro, se agrega que el país está ubicado entre los más corruptos del mundo: En un ranking de 180 países de Transparency International, Sudán ocupa el lugar N°175.[7]

Durante 2018 los sudaneses vieron cómo la inflación se disparó en un 60%, la devaluación comía su salario y un ajuste feroz diseñado por el FMI se puso en marcha. El ajuste implicaba un recorte a los subsidios a los alimentos, energía y combustible. Esta situación hizo eclosión en diciembre, con el inicio de una ola de protestas muy masivas que pedían la salida y arresto del presidente Omar Hassan al-Bashir.

Las movilizaciones iniciaron en diciembre y fueron organizadas inicialmente por la Asociación de Profesionales Sudaneses, un grupo compuesto por médicos, abogados y estudiantes. En enero se formó la Fuerza de Libertad y Cambio, una coordinadora de la oposición de Al Bashir de la que la Asociación forma parte, junto con una coalición de partidos opositores, incluido Al Umma (nacionalismo islámico). Esta coordinadora elaboró una declaración, donde declaran luchar por el fin de la presidencia de Bashir y la formación de un gobierno de transición.[8] Tanto el PC sudanés, como organizaciones estudiantiles se sumaron a las protestas, reclamando por la salida del presidente.

Como respuesta, el gobierno estableció un estado de emergencia, otorgando al aparato de seguridad una autoridad casi ilimitada para reprimir. Las movilizaciones continuaron, hasta que Bashir fue depuesto y arrestado a través de un golpe de estado.

El Ministro de Defensa, Awad Ibn Auf, tomó el control del gobierno y estableció período de transición de dos años, suspensión de la constitución, estado de emergencia por tres meses y un toque de queda. Es decir, mantuvo la ofensiva represiva de su antecesor. Auf era parte del personal político de Bashir, fue un importante líder militar durante la represión en Darfur y cómplice de sus políticas. Sus medidas desataron una ira mayor de los manifestantes Las movilizaciones, en reclamo por una transición administrada por civiles y la salida de Auf, continuaron en todo el país.

El 6 de abril comenzó una sentada masiva frente al Ministerio de Defensa. Varios oficiales de bajo rango comenzaron a unirse a las protestas, demostrando la división interna del propio régimen. Advirtiendo la situación, el Consejo Militar retrocedió en algunas medidas. El 12 de abril depuso a Auf, y se nombró en su lugar a Abdel Fatah Al-Burhan. Burhan anunció el levantamiento del toque de queda, la liberación de todos los manifestantes detenidos en las últimas semanas y se comprometió a juzgar a los responsables materiales de los asesinatos de los manifestantes. A su vez, se obligó a dimitir a Salah Gosh, jefe del NISS (servicio de inteligencia sudanés) encargado de la represión de las manifestaciones.

A pesar de las concesiones, el movimiento de protesta no cedió. Los manifestantes reclaman el establecimiento de un gobierno de transición liderado por civiles. Sin embargo, a diferencia del movimiento argelino, la oposición burguesa logró hacerse con mayor facilidad de la dirección del movimiento, encapsulando la lucha en el terreno de las mejoras democráticas.

Perspectivas

El avance de la crisis capitalista puso a la burguesía entre la espada y la pared, llevándola de una crisis política tras otra. Mientras tanto, la clase obrera apela a la acción directa, se organiza por fuera de las estructuras burguesas y derriba un gobierno tras otro. Una muestra que la Primavera Árabe aún no se cerró y que el proletariado, lejos de estar a la defensiva, como afirma el derrotismo trotskista, tiene una constante y sólida predisposición a la lucha.

Las dificultades en estabilizar los estados nacionales dificultan, además, que las burguesías más concentradas logren una hegemonía a nivel mundial. Especialmente porque sus intereses se ven amenazados constantemente por la debacle del estado.

Todo esto es expresión del fracaso de los proyectos nacionalistas africanos 50’ y 60’. El agravante ahora es que la burguesía pretende resolver la crisis con más nacionalismo. La clase obrera debe organizar todo este descontento con un programa y una dirección revolucionaria. Es necesario poner en pie una intervención que se plantee la lucha por una sociedad que nos ofrezca mucho más que barbarie. Ese horizonte debe ser el Socialismo.


[1]https://bit.ly/2W4RMZ9

[2] Nos referimos a Sudán del Norte.

[3]https://bit.ly/2PqtxCp, https://bit.ly/2PzBHsl

[4]Según CIA World Factbook

[5]https://bit.ly/2XE93ZI

[6]https://bit.ly/2IRN9hu

[7]https://herit.ag/2BaQ3qc

[8]https://bit.ly/2vhsTxB s

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